Yo crecí escribiendo en máquina de escribir. Si me equivocaba, no había “delete”: había que empezar de nuevo y, un poquito después llegó el corrector blanco o “chelito”. El teléfono estaba fijo en la pared y, como teníamos tienda, los vecinos llegaban a hacer llamadas urgentes. Aquel tiempo dibujaba un futuro lineal más o menos claro. Si estudiabas y trabajabas, progresarías. ¡No había donde perderse!
Ahora, apenas logro entender la velocidad de la tecnología que usamos a diario. Y mientras yo trato de adaptarme, los jóvenes ya viven en un mundo que cambia antes de que podamos explicárselo, o ellos mismos digerirlo. Ahí comienza el conflicto.
No estamos frente a una generación débil. Estamos frente a la generación que ha tenido que crecer en el período de mayor aceleración tecnológica y social que hemos conocido. La inteligencia artificial redefine profesiones en cuestión de meses o las elimina, mientras nuestras universidades siguen ofreciéndolas en sus viejos pénsums.
Nuestra generación enfrentó cambios importantes; ellos enfrentan cambios permanentes. Sin embargo, seguimos educándolos como si el mundo fuera estable.
Nosotros fuimos formados en la lógica, la disciplina y la planificación lineal. Creíamos —y funcionaba— que el esfuerzo sostenido conducía a resultados relativamente previsibles. Ellos viven en un entorno donde las reglas se modifican constantemente y donde la pregunta principal no es sólo “¿qué voy a hacer?”, sino “¿quién soy en medio de todo esto?”.
Nosotros resolvíamos problemas concretos. Ellos intentan construir identidad. Ahí está la brecha generacional.
Muchas veces les hablamos desde la razón cuando están buscando comprensión emocional. Les exigimos seguridad cuando el entorno les exige reinvención. Les pedimos estabilidad en medio de la incertidumbre. No es que estén perdidos, están sobreexpuestos y confundidos. Lamentablemente, este mundo no les atrae.
En ese escenario, el arte deja de ser un lujo cultural y se convierte en una herramienta esencial, pero los adultos siguen viéndolo como una actividad de perdedores y “peludos sin oficio ni beneficio”. La música, el teatro, la pintura, la escritura o cualquier forma de creación no son simples actividades complementarias o “negocio”. Son lenguajes emocionales. Son espacios donde un joven puede ordenar su mundo interior cuando el exterior es inestable. Donde puede transformar ansiedad en expresión y confusión en significado.
Cuando un joven crea, no sólo produce algo estético. Está construyendo sentido. Está descubriendo qué lo conmueve, qué lo inspira, qué tipo de mundo quiere habitar. Y eso es fundamental para cualquier proyecto de vida.
Muchos jóvenes no carecen de capacidad; carecen de espacios para conectar con lo que sienten. Sin autoconocimiento, cualquier decisión académica o profesional se vuelve superficial.
Por eso necesitamos iniciativas reales: más arte en las escuelas, más espacios comunitarios de creación, más oportunidades para que produzcan cultura y no solo la consuman. No basta con advertirles sobre el futuro; debemos ofrecerles herramientas para enfrentarlo con conciencia.
Si no les damos un lenguaje para comprender sus emociones, el ruido del mundo será más fuerte que su propia voz.
En un entorno acelerado, el arte no es adorno, no es botar dinero; es ancla, es brújula y puede ser el puente que nos permita, finalmente, volver a conversar con la generación que viene.

Deja una respuesta