El país se enfrenta en una encrucijada histórica educativa; desde la fundación de las primeras Escuelas Normales en el siglo XIX como baluarte de la mística docente hasta la masiva entrega de laptops y tablets en la actualidad, el país ha navegado por un mar de reformas entre planes, programas y proyectos educativos. Sin embargo, la historia nos ha enseñado que reformar no es transformar. Mientras la reforma suele ser un ajuste de tuercas en una maquinaria vieja, la transformación es el diseño de un motor nuevo.
La era digital se ha introducido en las aulas con una fuerza sin precedentes. La dotación de dispositivos móviles es un paso necesario para cerrar la brecha de acceso, pero es un error peligroso que se le debe poner atención, y no confundir la conectividad con la educación. Un estudiante con una computadora pero sin pensamiento crítico, o en una escuela con techos colapsados, es simplemente un náufrago con un salvavidas digital.
Si miramos hacia modelos exitosos como el de Finlandia, el error común es intentar copiar su currículo. Lo que El Salvador debería replicar de los finlandeses no es el «qué» enseñan, sino el «cómo» valoran.
En Finlandia, el docente es el pilar de la sociedad; en El Salvador, la carrera docente ha sido históricamente castigada con salarios insuficientes y una carga administrativa que asfixia la creatividad pedagógica. Una verdadera transformación educativa exige que el maestro deje de ser un transmisor de datos —tarea que ya hace Google— para convertirse en un mentor de vida.
La situación es más profunda de lo que dictan los planes quinquenales. El desarrollo del país no vendrá de saber usar un software, sino de la capacidad de nuestra niñez para resolver problemas complejos, trabajar en equipo y cuestionar su realidad. El sistema actual, todavía anclado en la memorización y el cumplimiento de horarios rígidos, choca con una realidad nacional que exige innovación y resiliencia. Ahora con la ayuda en las aulas de estos dispositivos y la inteligencia artificial el estudiante se vuelve más cómodo, deja de lado el pensamiento crítico, se debilitan sus facultades cognitivas, emocionales y sociales, el juicio ético y moral.
Para que El Salvador alcance el desarrollo, la transformación debe ser estructural y humana. Necesitamos escuelas que sean centros de comunidad, seguras no solo por la ausencia de violencia, sino por la presencia de esperanza. Debemos pasar de una educación que «forma empleados» a una que «cultiva ciudadanos».
La tecnología es la herramienta, pero el desarrollo humano es el fin. Si no logramos que la transformación educativa toque la raíz de nuestra cultura —priorizando la ética, la lectura comprensiva y la ciencia— seguiremos teniendo un sistema de primer mundo en los dispositivos, pero de tercer mundo en los resultados. Es momento de decidir si queremos seguir reformando el pasado o si finalmente nos atreveremos a transformar el futuro.

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