El fútbol en El Salvador ha vivido durante décadas bajo una sombra espesa. Cuando no eran los escándalos de amaños que avergonzaron al país, eran los rumores pasilleros sobre cómo se conforman nuestras selecciones menores. Por años, el secreto a voces ha sido el mismo: que para que un joven llegue a ponerse la azul y blanco en categorías inferiores, a veces pesa más el «tráfico de influencias», el ser «hijo de» o el pago de favores, que el talento puro.
Recientemente, el despido de un técnico de ligas menores bajo el rótulo de «faltas a la ética» nos recuerda que esos vicios siguen ahí, enquistados. Y aunque no se hagan públicos los detalles, los que hemos tenido hijos en estas ligas sabemos que el barro viene de lejos. Si el mérito se subasta o se transa por influencias, estamos matando el fútbol desde la raíz.
Pero hay un problema más profundo y cruel del que poco se habla: el maltrato laboral. Se nos olvida que el futbolista es un empleado. Es un padre de familia que tiene facturas que no esperan. Es indignante ver cómo directivas y dueños de equipos deciden, unilateralmente, que no pagan porque «no hubo resultados».
¿En qué otra profesión se acepta que si no «ganas el partido» no comes ese mes? A la distribuidora de energía, a la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (ANDA) o al colegio de los hijos no se les puede decir: «espérenme diez días a que la directiva quiera pagar». El hambre no tiene calendario y las facturas no saben de tácticas de juego. Que los jugadores hoy se atrevan a denunciar estos impagos no es indisciplina; es el ejercicio mínimo de su dignidad frente a un sistema que los ha tratado como mercancía desechable.
El cambio real que debe impulsar esta nueva gestión en la federación no solo es limpiar las finanzas, sino profesionalizar la vida del jugador. No podemos seguir obligando a nuestros jóvenes de 14 o 15 años a elegir entre el estudio o el balón. Esa dicotomía es una condena a la pobreza.
La carrera del futbolista es corta, termina a los 30 o 34 años. Si no les permitimos formarse, si no adaptamos los entrenos para que saquen carreras universitarias, los estamos enviando directo al olvido o a la migración forzada. Ya hemos visto a grandes talentos, como los hermanos Corrales y tantos otros, terminar trabajando en Estados Unidos en oficios ajenos al deporte o sobreviviendo con pequeñas academias porque el sistema les cerró las puertas del conocimiento mientras les exigía sudar la camiseta.
Sanear el fútbol salvadoreño no es solo ganar partidos con la mayor. Es erradicar el tráfico de influencias en las ligas menores, asegurar que el jugador reciba su salario a tiempo como cualquier trabajador y permitir que el atleta sea también un profesional académico.
Yamil Bukele ha tomado las riendas en un momento crítico y es evidente que un par de meses no bastan para limpiar décadas de basura, pero el rumbo debe ser claro: ni un centavo más al corrupto, ni un día más de hambre para el jugador, y ni un joven más obligado a elegir entre su talento y su futuro.

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