Tengo la plena certeza de que Dios existe y podrían presentarse numerosos argumentos racionales para sostenerlo. A lo largo de la historia, la inteligencia humana no ha permanecido indiferente ante la pregunta por el fundamento último de la realidad. Desde distintas disciplinas y sensibilidades, filósofos, científicos y teólogos han intentado mostrar que la certeza de la idea de la existencia de Dios no es un salto irracional, sino una conclusión razonable.
Existen diversos caminos clásicos hacia el descubrimiento personal de la existencia de Dios: los argumentos ontológicos, que parten de la idea misma de un ser perfecto; los cosmológicos, que reflexionan sobre el origen y la contingencia del universo; los teleológicos, que observan el orden y la finalidad en la naturaleza; los morales, que descubren en la conciencia una ley que trasciende al individuo; e incluso argumentos históricos vinculados a la figura de Jesucristo o a las culturas. Podría afirmarse que hay tantos itinerarios intelectuales hacia Dios como personas que se han tomado en serio la pregunta por el sentido último de la existencia.
Para los cristianos, la cuestión no es únicamente filosófica. Creemos que Dios entró en la historia concreta: que Cristo -Dios y hombre- nació en tiempos de César Augusto, siendo Cirino gobernador de Siria, y fue crucificado bajo Poncio Pilato. La fe cristiana no se apoya en una idea abstracta, sino en un acontecimiento histórico que reclama ser examinado con la misma seriedad que cualquier otro hecho del pasado.
Sin embargo, quisiera detenerme en un argumento que, por su sencillez y profundidad, sigue interpelando a creyentes y no creyentes. Me refiero a la célebre “apuesta” de Blaise Pascal. Este pensador francés del siglo XVII no solo fue filósofo y teólogo, sino también un brillante matemático y científico.
El planteamiento de Pascal, recogido en su obra póstuma Pensées (1670), no pretende ofrecer una demostración estricta de la existencia de Dios. Parte de un reconocimiento honesto: la razón humana, por sí sola, no alcanza una certeza matemática en esta cuestión. Pero, lejos de concluir en la indiferencia, Pascal sostiene que el ser humano está inevitablemente obligado a elegir. No decidir también es decidir.
Su razonamiento puede expresarse así: existen dos posibilidades reales —Dios existe o Dios no existe— y dos actitudes posibles —creer o no creer—. Si Dios existe y creemos en Él, la ganancia es infinita: la comunión eterna con el Bien supremo. Si Dios existe y no creemos, la pérdida es igualmente infinita. En cambio, si Dios no existe, tanto creer como no creer comportan únicamente consecuencias finitas, limitadas a esta vida.
Desde el punto de vista de la teoría de la probabilidad, cuando lo que está en juego es infinito, incluso una probabilidad pequeña adquiere un peso decisivo. En términos actuales diríamos que el “valor esperado” de creer resulta incomparablemente superior. Por ello Pascal concluye: “Si ganáis, lo ganáis todo; si perdéis, no perdéis nada. Apostad, pues, sin vacilar que Dios existe”. (Fragmento 233)
Naturalmente, este argumento ha sido objeto de críticas. Se le ha reprochado que la fe no puede reducirse a un cálculo interesado o que el planteamiento simplifica las múltiples concepciones posibles de Dios. Y es cierto que la apuesta no sustituye a la experiencia religiosa ni agota la reflexión metafísica. Pero su fuerza no radica en ofrecer una demostración lógicamente impecable, sino en obligarnos a reconocer que la vida misma es una apuesta.
La neutralidad absoluta es imposible. Incluso el agnosticismo práctico es ya una opción existencial. Además, la cuestión no es solo lógica, sino profundamente humana. El corazón del hombre está abierto al infinito. Buscamos verdad, justicia, amor pleno, felicidad sin término. Ningún bien limitado logra saciar del todo ese deseo. La apuesta de Pascal pone en evidencia esa desproporción entre nuestras aspiraciones y las realidades finitas que nos rodean.
La apuesta es la forma concreta que toma nuestra libertad frente al misterio. Creer es el acto más lúcido de la inteligencia y el gesto más valiente del corazón. ¡Apuesto mi vida por Dios!
*Fernando Armas Faris, Sacerdote católico y doctor en Filosofía

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