El Dios sin forma y la muerte desmitificada: cuando el miedo a morir construye religiones

Sí, creo en Dios, me dijo. Pero mi dios no tiene forma, no viste de blanco ni tiene largas barbas. No escucha no habla. No castiga ni premia. No posee un libro sagrado ni leyes celestiales o terrenales. Mi dios no me aterroriza con guerras sagradas ni me señala un cielo al que subir ni un infierno al que bajar. Mi dios está ahí, presente en todo lo que mis ojos ven y solo me promete un regreso de donde vengo. Aquel lugar acuoso, solitario, silencioso, donde la tranquilidad es reina. Ese es el dios en el que creo.

Aquel hombre, próximo a morir, recién le habían diagnosticado un cáncer terminal en fase avanzada. En aquella habitación en tinieblas se despedía de su mundo, de su familia y sus hijos. No temía a la muerte, sabia que era la ultima parada de su ciclo. Ciclo al cual no tenía más que dar ni ofrecer.

La muerte, ese desconocido viaje hacia el más allá, hacia la oscuridad, el silencio, o el reino de los cielos. ¿Siempre hemos tenido los humanos miedo a la muerte? ¿es ese miedo innato o aprendido?

La investigación histórica señala que el miedo transversal a la muerte en la sociedad surgió claramente alrededor del siglo XII, con esplendor durante el Renacimiento. Su máximo exponente es el historiador francés Philippe Ariès, quien en su libro Historia de la muerte en Occidente (1975) analiza las distintas formas en que esta ha sido entendida desde la Edad Media hasta nuestros días. Ariès nos señala cuatro etapas en su concepción:

La muerte domesticada de la Alta Edad Media. En esta etapa, la muerte forma parte de la economía diaria de la gente. Dada la carencia de medicamentos y cuidados médicos generalizados, los fallecimientos se suceden con asiduidad dentro de los hogares. Los cementerios se sitúan en los centros de las urbes, de modo que la ciudad de los vivos y de los muertos se superpone. Gran parte de la desdramatización de la muerte proviene de la confianza cristiana en la resurrección y la «otra vida».

La siguiente etapa histórica es la “muerte propia” durante el esplendor del renacimiento y su apogeo de la individualidad. Durante esta etapa comienzan las inscripciones funerarias individuales. Esta etapa marca el surgimiento del miedo a la muerte propia.

La tercera etapa, La muerte ajena (finales del siglo XVII – siglo XIX): El miedo se desplaza de uno mismo a la pérdida del ser querido. La expresión material de este sentir se observa nítidamente en el diseño de los cementerios de la época, copados de ostentosos mausoleos y tumbas.

La última etapa es la que sigue vigente en nuestros días: la llamada Muerte prohibida. La muerte llega a sustituir al sexo como un nuevo tabú. Como tal, no puede ser mentado; solo puede ser aludido a través del recurso de las metáforas. Durante esta ultima etapa, y que es la actual, el miedo a hablar de la muerte se impone, se establece la “conspiración del silencio”, la muerte se aplaza o desplaza. Si pienso en ella me angustio, por ello elijo negarla. Esto impide tanto generar buenas herramientas de resiliencia como estar preparados para enfrentamos a una pérdida (de un familiar, un amigo o la nuestra propia).

“Si fuéramos eternos las religiones no existirían” dijo a mediados del siglo XVII el filósofo polaco-lituano Kazimierz Lyszcznski, condenado a muerte por ateísmo. La religión se beneficia del miedo a la muerte, principalmente obteniendo poder, control social y beneficios materiales. El condicionamiento de la “vida eterna” del cristianismo, y sus ideas de recompensa del cielo o castigo del infierno. Es la angustia del porvenir, y su sufrimiento ligado a pecados y la imposición del código religioso, así como ofrendas mayores ligadas a la magnitud del pecado.

Este relato nos revela una paradoja fundamental: mientras el hombre triste y enfermo de la habitación encuentra paz en un Dios sin forma, sin castigos ni promesas de eternidad, la mayoría de las religiones históricas han construido su poder precisamente sobre la angustia que ese hombre logró superar. La muerte, que para él es simplemente «el regreso de dónde vengo», ha sido transformada por las instituciones religiosas en un juicio perpetuo, en un infierno amenazante o en un cielo condicionado.

La historia nos muestra que el miedo transversal a la muerte no es innato, sino que surgió culturalmente en el siglo XII, coincidiendo justamente con el fortalecimiento del poder religioso institucional. Philippe Ariès demuestra que pasamos de la «muerte domesticada» —donde la muerte era parte cotidiana de la vida y la resurrección cristiana desdramatizaba el fallecimiento— a la «muerte prohibida» actual, donde la muerte se ha convertido en el nuevo tabú que sustituye al sexo. Kazimierz Łyszczyński, ejecutado por ateísmo en 1689, identificó con precisión quirúrgica el mecanismo: «si fuéramos eternos las religiones no existirían».

Su tragedia personal ilustra cómo el miedo a la muerte ha sido explotado sistemáticamente para obtener sumisión moral, control social y beneficios económicos. Las religiones no solo no enseñan a temer a la muerte, sino que —en su mejor expresión— podrían liberar a las personas de ese miedo, como lo demuestra el hombre de la habitación que, enfrentando su cáncer terminal, encontró en su Dios acuoso y silencioso la tranquilidad que las promesas de eternidad condicionada nunca pudieron darle.

Quizás la verdadera revolución no sea creer o no creer en Dios, sino desafiar el mecanismo que convierte el miedo natural a la muerte en fuente de poder institucional. El hombre que se despide sin temores nos enseña que cuando aceptamos la muerte como parte natural del ciclo, cuando entendemos que «no tenemos más que dar ni ofrecer», encontramos libertad. Esa libertad es precisamente lo que las instituciones religiosas, en su forma más manipuladora, buscan evitar: un pueblo que no teme a la muerte no necesita mediadores, no necesita promesas de eternidad condicionada, no necesita pagar ofrendas para evitar el infierno.

En el Dios sin forma, sin libro sagrado y sin castigos, ese hombre encuentra la única promesa verdadera: el regreso al silencio acuoso donde la tranquilidad es reina. Es la única eternidad que no necesita ser vendida, promesa que no requiere de sacerdotes ni de infiernos inventados. Y en esa aceptación radical de la finitud, encuentra la paz que las religiones del miedo nunca pudieron ofrecer.

*El Dr. Alfonso Rosales es médico epidemiólogo y consultor internacional

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