Ojalá y el bus llegue pronto, que ganas tengo de salir de este pueblo de mierda. Que largo se me ha hecho este año. Encierro, miseria, angustia. Di que sí, sin este alivio moriría sumida en una depresión profunda. Y así fluían los pensamientos rumiantes de Lola, la que tuvo y nunca fue del pueblo. Hija del doctor Jacinto Toledo, renombrado dermatólogo, originario de Andújar, España. Niña bien, altiva y prepotente, había tenido todas las oportunidades en la vida, educada en las mejores escuelas de Madrid, creció en un entorno sobreprotector, que la aislaba en una burbuja, brindándole un mundo ficticio, perfecto, pero ajeno a las piedras y espinas, que rodean las vidas de los simples mortales.
Lola, era la segunda de cuatro hijos, nacida en la década de los 50, fue una de las víctimas de la epidemia de poliomielitis de la década de 1950, una de las crisis de salud publica mas temidas del siglo XX. La vacuna desarrollada por Jonas Salk en 1955 tenia una efectividad protectora contra la polio superior al 80-90%, pero a su padre, el renombrado dermatólogo, muy ensimismado en sus “pieles”, por alguna que otra razón obvio aplicarla a sus hijos. El amor profundo que este médico profesaba por su hija incluía componentes de culpa y lastima cuyo producto fue la sobreprotección con que Lola creció en su entorno.
El virus de la polio produjo una parálisis espinal (parálisis flácida aguda) en la pierna derecha de Lola. Creció renqueando por pérdida muscular, más ausencia de reflejos. Una mujer hermosa, de cabello oscuro, abundante y ondulado. De piel que el sol ha dorado ligeramente, ojos oscuros y expresivos, y un hablar cálido, rápido y musical. De conversación fácil, fumadora empedernida que le había producido una voz áspera, hablaba con energía, acompañando cada frase con gestos vivos. Su acento andaluz les daba musicalidad a las palabras, y transmitía una mezcla de alegría, cercanía y orgullo por su tierra. En fin, una mujer hermosa y atractiva, pero con un renqueo muy evidente al caminar.
Trataba arduamente de disimularlo, pero era inútil, y a medida que pasaban los años el renqueo se hacía más notorio y paralizante. Al principio, enfrentó la discapacidad con la resiliencia propia de la juventud, pero a medida que crecía comenzó a percibir las diferencias entre ella y sus compañeros. Las limitaciones físicas, las miradas de curiosidad, la dependencia ocasional de otras personas y las dificultades para participar en ciertas actividades fueron erosionando lentamente su confianza. Poco a poco, dejó de verse como una persona capaz y empezó a definirse por sus limitaciones. La inseguridad sustituyó a la espontaneidad; la vergüenza, al orgullo. Con el paso de los años, la autoestima se fue debilitando, no por la parálisis en sí, sino por el impacto emocional y social que esta tuvo sobre la imagen que construyó de sí misma.
Lola, a sus 67 años, vivía sola en un apartamento heredado de su padre. Había estudiado medicina en Sevilla, pero nunca terminó. Una mujer inteligente pero acostumbrada por su entorno familiar ha vivir sin el requerido esfuerzo, cedió pronto ante los requerimientos y exigencias de una educación médica. Al final terminó siendo un técnico dental, profesión que ejercía desde su casa pero que también la obligaba a vivir una vida con limitaciones económicas profundas, que acentuaban su pobre autoestima al moverse dentro de un circulo de amigos de la alta sociedad de Andújar.
Una vez al año y a finales de este, Lola salía de su pueblo, invitada por su amiga de infancia y juventud, que, si se había titulado de médico, a venir a los Estados Unidos. Durante un mes o más, gozaba de una vida libre de cualquier precariedad económica y material. Durante ese mes, Lola vivía la vida que hubiese querido tener. Cuando por fin apareció el autobús, Lola apagó el cigarrillo con impaciencia y se incorporó con dificultad. El conductor bajó el compartimiento de equipaje y ella, como cada año, sintió una mezcla de alivio y euforia. Durante las próximas semanas no habría facturas atrasadas, ni comparaciones dolorosas, ni recuerdos de lo que pudo haber sido. En Estados Unidos sería la invitada querida de su amiga, la compañera de juventud que había alcanzado todo aquello que ella alguna vez soñó. Subió al autobús y ocupó su asiento junto a la ventana. Mientras el pueblo se alejaba lentamente, contempló las calles donde había pasado toda una vida intentando escapar de sí misma. De pronto comprendió algo que nunca había querido admitir: no era aquel pueblo el que la mantenía prisionera. Ni la pierna afectada por la polio. Ni siquiera la falta de dinero.
La cárcel más difícil de abandonar había viajado siempre con ella.
Apoyó la frente contra el cristal. El paisaje comenzó a desfilar bajo la luz gris de la tarde. Sonrió apenas, una sonrisa cansada pero sincera. Tal vez aquel viaje sería igual que los anteriores y, al regresar, la rutina seguiría esperándola. Pero por primera vez en muchos años entendió que la vida que había añorado no estaba en otro país, ni en otra profesión, ni en otra versión de sí misma.
Estaba en la paz de aceptar a la mujer que era.
El autobús tomó la carretera principal y desapareció en el horizonte. Lola cerró los ojos. El viaje apenas comenzaba.

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