Dios y la desmitificación del mundo

En el artículo anterior, El infinito y Dios, mencioné de pasada una idea que merece una reflexión más detenida. Se refiere a algunas convicciones intelectuales que hicieron posible el nacimiento mismo de la ciencia moderna, y que, dependen de otro tipo de conocimiento.

Aunque parezca trivial una de las ideas que influyó para poder desarrollar la ciencia como ahora la entendemos es la comprensión cristiana de Dios. Para los cristianos, Dios es un ser personal, distinto de la naturaleza y la creación.

Existen indicios de que prácticamente todos los pueblos han reconocido alguna forma de realidad trascendente. Culturas separadas por enormes distancias geográficas y temporales desarrollaron creencias religiosas, ritos y mitos sobre el origen y el sentido del universo. Sin embargo, en muchas de estas cosmovisiones la naturaleza aparecía estrechamente vinculada a lo divino.

No es posible comprender la civilización maya sin referencias a Hunab Ku, considerado el dios supremo, a Itzamná, señor del cielo, o a Chaac, dios de la lluvia. Tampoco se puede entender la cosmovisión mexica sin Huitzilopochtli, asociado al sol y a la guerra, o sin Quetzalcóatl, protagonista de los relatos sobre la creación y renovación del mundo. Los fenómenos naturales, los ciclos agrícolas, las estaciones e incluso la supervivencia de la humanidad estaban profundamente relacionados con la acción de los dioses.

Algo semejante ocurría en el mundo grecorromano. Zeus —Júpiter para los romanos— gobernaba los cielos y lanzaba los rayos. Poseidón —Neptuno— dominaba los mares y los terremotos. Deméter protegía las cosechas. Apolo estaba vinculado al sol y a la armonía del cosmos. El universo aparecía poblado por fuerzas divinas que intervenían constantemente en la vida humana y en los procesos naturales.

Esta visión religiosa poseía una enorme riqueza simbólica y cultural. Inspiró obras de arte, epopeyas, tragedias y sistemas filosóficos. Sin embargo, también tendía a identificar estrechamente la naturaleza con lo sagrado.

La propuesta cristiana introdujo una novedad decisiva.

El cristianismo afirma que Dios creó el mundo libremente y no se identifica con él. El universo no es una parte de Dios, ni Dios es una fuerza impersonal difundida en la materia. El Creador y la creación son realidades distintas. La naturaleza dejó de ser un poder divino al que hubiera que temer o aplacar mediante sacrificios. El mundo pasó a entenderse como una creación ordenada, distinta de su Autor, y Dios dejó de ser concebido como un ser caprichoso, iracundo o vengativo. Las consecuencias intelectuales de esta idea fueron inmensas.

Si el Sol no es un dios, puede ser estudiado. Su estructura, su composición química y sus propiedades pueden ser conocidas mediante la observación y la razón. Si los rayos, las tormentas o el movimiento de los astros no son manifestaciones caprichosas de poderes sobrenaturales, es posible investigarlos y descubrir las leyes que los gobiernan. En otras palabras, la naturaleza deja de ser una realidad divinizada e inaccesible para convertirse en un cosmos ordenado, inteligible y abierto a la exploración humana.

Algunos historiadores han descrito este proceso como una auténtica desmitificación del mundo. No significa que el universo pierda su valor religioso. Al contrario. La creación sigue remitiendo a Dios, pero ya no es Dios.

Además, la fe cristiana introdujo otra convicción fundamental: el mundo ha sido creado por una Inteligencia racional. La naturaleza no es un caos arbitrario ni el resultado de fuerzas imprevisibles. Posee un orden interno que puede ser comprendido.

Esta confianza en la racionalidad del universo fue decisiva para muchos de los fundadores de la ciencia moderna. Kepler buscaba las leyes matemáticas del movimiento de los planetas porque estaba convencido de que el cosmos reflejaba una sabiduría divina. Galileo sostenía que el libro de la naturaleza estaba escrito en lenguaje matemático. Newton veía en las leyes físicas la expresión del orden establecido por el Creador.

No estudiaban la naturaleza a pesar de su fe, sino precisamente la fe los llevó a estudiar la naturaleza. Por supuesto, sería un error afirmar que la ciencia moderna nació exclusivamente del cristianismo. La herencia griega, las aportaciones del mundo islámico, el desarrollo de las matemáticas y numerosos factores culturales, políticos y económicos desempeñaron también un papel decisivo. La historia siempre es más compleja que cualquier explicación monocausal.

Es innegable que la visión del Dios cristiano contribuyó a crear un marco intelectual en el que la investigación científica podía desarrollarse con naturalidad. Dios nos dejó una creación profundamente ordenada y nos dio la capacidad de conocer ese orden: esto es ciencia.

* Fernando Armas Faris, Sacerdote católico y doctor en Filosofía 

 

 

 

 

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