Por fin, mi buen amigo, Daniel Portocarrero, me ha escrito ‘desde algún lugar de la USA’. Me alegro de tener noticias de él, por un momento creí que lo habían capturado y lo tenían incomunicado y que lo iban a deportar.
Pero no es así ―me respondió sin que yo le preguntara eso―. Hasta hoy la he librado, porque vivo escondido y ya llevo diez ciudades en las que he vivido desde que empezó esta persecución feroz. Aquí siempre han perseguido a los inmigrantes irregulares, pero ahora se trata de una cosa desquiciante. Vivo oculto y me disfrazo, no sé de qué, pero me disfrazo, rehúyo lugares populosos, donde andan capturando, trabajo solo uno o dos meses en un lugar y cambio. Hace como un mes casi caigo en una redada, todo por culpa de la pinche nostalgia. Caminaba por un parque y me llegó el olor inconfundible de pupusas de chicharrón y no pude contenerme y me fui a meter a ese avispero. Esperé un rato hasta que fue mi turno. Y en el momento en que me dieron el paquete de cuatro pupusas de chicharrón y pagué, alguien grito: ¡la migra, la migra, la migra! Y el desparpajo se armó, yo salí con rumbo desconocido y corrí todo lo que pude sin soltar en ningún momento mis pupusas. Nadie se imagina lo que aquí estamos pasando. Me las fui a comer como a dos kilómetros de allí. ¿Qué sensación experimenté? Sé que me vas a acusar de ñoño, pero fue una delicia enorme comerme esas pupusas en medio de esa aflicción.
A veces vuelvo la vista atrás y veo el colosal cambio que he experimentado en un par de años ―Daniel ha pasado a otro tema, y decido no contestar hasta que termine su chorro de recuerdos―. Yo tenía mi trabajo estable, era director de una institución en la que se me respetaba y trataba con cierta consideración. Diecisiete años iba a cumplir de estar allí cuando me lancé a esta aventura. Todo parecía seguro. ¿Por qué lo hice? Ahora sé que por ambicioso. Nunca imaginé que hasta iban a revisar las nacionalizaciones, yo me viene porque me amparé a una seguridad que ahora es incierta. Y si revisan la nacionalización de quien me facilita su sombrilla, cómo no me van fregar a mí. Un día, cuando vi que esto iba en serio, le dije a mi mujer, me largo, prefiero ser un indigente aquí, pero libre. No voy a regresar allá, porque quemé las naves, me hiciste quemar las naves. Y me fui sin decir a donde. Así están las cosas.
A escribirle iba, cuando un nuevo texto de Daniel emergió: Llevo casi un año de vivir a salto de mata y mi mentalidad ha mutado. Me he dicho que no regresaré al terruño. ¿A qué? Lo vendí todo, todo. No tengo adonde llegar, mi madre está muy anciana para irla a atormentar allá a Candelaria de la Frontera. Goza de buena salud y sé que mi presencia la aterraría. ¿Mis hijos? Están dispersos por el mundo, pero no me arrimaré a ellos. No les estorbaré. ¿Mi mujer? Ha quedado atrás. Como ves, estoy ab-suelto, como vos decís. Sé que en algún momento estaré cercado y mis opciones laborales se reducirán a la mínima expresión. No creás, he pensado en hacerme mendigo, sí, mendigo, y caminar y caminar hasta salir del radio de acción de esta gente. Así que cuando ya no pueda más aquí, buscaré la manera de ‘saltar’ a México, y como el escritor que tanto te gusta, Ambrose Bierce, me perderé en la tierra mexica, donde no me perseguirán.
Esperé unos segundos y como vi que ya no iba a seguir, pues comencé a responder, pero de nuevo, Daniel soltó otro chorro: Aquí se vive una situación difícil, para varios sectores, pero ustedes también deben prepararse, porque se les puede poner color de hormiga la cosa. Tengo noticias ciertas (de una vecina que cuida a mi mamá y con quien me comunico para saber cómo está ella) de que poco a poco el torniquete económico comenzará a apretar.
Te lo voy a ilustrar con tres ejemplos. El primero es el del ‘la economía política del huevo’ (¿te acordás de Aquiles que todo lo remitía a la economía política?), ahorita sé que venden en las tiendas cinco huevos por un dólar, eso lleva ratos, pero la vecina de mi mamá dice que, en Candelaria de la Frontera, en Ahuachapán y en Chalchuapa, ya el huevo se está vendiendo en algunas tiendas a cuatro por el dólar. Uy, eso es peligroso, porque toca el estómago de la marabunta laburante. Si llega a tres huevos por un dólar, la verdad, no sé qué pueda pasar. El otro ejemplo es el de la comunicación instantánea que se ha vendido como necesidad vital. Dice la vecina de mi mamá que hace un par de meses el paquete TIGO más barato pasó de un dólar a uno veinticinco y hace un par de días trepó a uno cincuenta. Uf, un cuchillo en el costado ¿Sabías que TIGO es de los chinos? Y el tercero, que aún no ocurre, es que el transporte público en las ciudades puede hacer aguas y quizá comiencen las presiones para subir las tarifas. Bueno, ya voy terminando, no me escribás a este número porque es un móvil descartable, yo lo haré no sé cuándo.
*Jaime Barba, REGIÓN Centro de Investigaciones

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