No es ninguna sorpresa la decisión del actual gobierno de Nicaragua de hacer mutis en la cuestión electoral. Desde hace años el terreno electoral era quebradizo, desequilibrado y excluyente. Lo de ahora es solo un ladrillo más que se quita.
Ortega y sus ‘lumbreras’ políticas que lo asesoran (¿tendrá algo como eso?) ¿qué estarán pensando? ¿Acaso sueñan con un escenario límpido de adversarios y donde solo las voces quejumbrosas de Ortega y de su consorte se escuchen? ¿O ya deambulan platicando con el viento?
A estas alturas, el octogenario Daniel Ortega ya no está, como la Magdalena, para tafetanes. Se ha de levantar cada mañana con el peso insoportable del sopor de la soledad política en la que se encuentra. Ese régimen político se ha quedado ya sin cuerda, aunque en términos de actividad económica general a Nicaragua no le va mal.
Desde el campo opositor, sin embargo, hay poca visión aguda para apreciar con cuidado el momento actual y actuar en consonancia. Los egos, las engañifas, los lentes empañados, las ambiciones apenas ocultadas… han impedido que se configure un tejido organizativo político-social que, dentro y fuera de Nicaragua, sepa sentar las bases para articular una propuesta viable para sacar a ese país del pozo profundo en el que se encuentra.
Aunque no lo diga, Ortega sabe que ha llegado la hora de quitar la carpa. Y la decisión de suprimir de manera formal la dimensión electoral tal y como estaba establecida (en los hechos, ya lo electoral no era algo sustantivo), es un intento ingenuo, tardío y peligroso con el que se pretende postergar el inevitable declive de un proyecto político autoritario que se ha quedado sin aire. Y no importa si después dicen que nadie entendió el trabalenguas de su visión electoral. Lo real es que este régimen ya está maniatado por su propia mano. El libreto se acabó y sacan de la chistera lo que pueden.
¿Qué viene? Pues nada. La inercia de un previsible despellejamiento. Capa por capa, hasta que solo queden los puros huesitos.
Dentro del antiguo sandinismo, Bayardo Arce era lo último que tenía, y Ortega lo metió preso.
Lo sucedido en enero pasado en Venezuela, al incursionar las tropas norteamericanas y llevarse a Maduro a los empellones, pareciera que Ortega no lo ha procesado con claridad. Nicaragua no tiene ese ‘océano’ de petróleo de Venezuela ni Ortega anda alardeando a los cuatro vientos su animadversión contra Trump. ¿Y eso lo hace candidato para que no lo toquen? No. El actual modo de operar de la política exterior norteamericana es desquiciante, sin embargo, pareciera que ‘por ahora’ Ortega no constituye un ‘peligro’ inminente que haya necesidad de ‘extirpar’. El modo carnavalesco como Trump y Rubio atienden los casos de Cuba y Nicaragua no permite, aún, atisbar el tipo de decisiones que adoptarán (si lo hacen) con respecto a estos países.
De cualquier modo, en Nicaragua ya no hay máscaras: todas han caído. Ortega no va más. ¿Y Rosario Murillo? La Chayo patea ya los 75 años y está flaca como un fideo. ¿Las elecciones de 2027 serán ‘sus’ elecciones? ¿Creerá que es cierto, que por fin será la presidenta de Nicaragua por los siglos de los siglos?
¿Y el Chigüín Ortega Murillo, es decir, el tenor Laureano? En realidad, es un chiste imaginar que se vaya a producir un ‘traspaso dinástico’.
Cuando un proceso político se ha agotado, como el de Nicaragua, no resulta imposible pensar en que los cuarteamientos internos, las disidencias sordas y las inconformidades de los afectados por un régimen cerrado en un momento determinado, difícil de establecer, puedan converger en un torrente social.
El gobierno nicaragüense, en términos políticos, no va para ningún lado. Y esto, que ya no se puede ocultar, tiene consecuencias internas.
Lo que sostiene en pie a los copresidentes Ortega y Murillo es la obediencia del Ejército y de la Policía. No el de la población en general. En este momento eso de buscar el ‘apoyo popular’ ya es una carta gastada.
Lo de ampliar a 7 años el mandato presidencial es un movimiento de piezas inútil, si se piensa que los beneficiados son Ortega y Murillo.
Quiere Ortega salir del atolladero político y se decidió a mover ficha. En los hechos, le está pasando la estafeta a la señora Murillo, pero esa papa caliente quizá no la pueda sostener durante mucho tiempo.
Cae el telón y el escenario empieza a desmontarse, los personajes a salir de cuadro y la noche a crujir…
•Jaime Barba, REGIÓN Centro de Investigaciones

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