El Salvador envejece: ¿última llamada para aprovechar el bono?

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Hoy llamé a mi hermana, que vive en Berkeley, California. Nos hablamos muy de vez en cuando, pero hoy es su cumpleaños y sentí la obligación moral de marcar el número. Ella es una mujer alegre y positiva; a pesar de haber vivido una trayectoria marcada por lo trágico —como la desaparición de su primer esposo durante la guerra civil—, nunca se ha dejado arrastrar a las profundidades oscuras de la tristeza o la depresión. Siempre ha resurgido más fuerte y decidida. Yo, por el contrario, me he decantado históricamente por el lado oscuro de esta poesía que es la vida. Y, fiel a esa tradición, le dije: “No sé si alegrarme y celebrar tu cumpleaños o ponerme a llorar, porque al final estamos hablando de un año menos de vida”. Mi hermana rompió en carcajadas que terminaron en un paroxismo de tos.

“Es muy difícil evitar darse cuenta de que uno está envejeciendo”, escribió Simone de Beauvoir. Pero más difícil aún es percibir que el mundo entero está envejeciendo. El envejecimiento dejó de ser una posibilidad futura para convertirse en una realidad presente. En El Salvador y en el planeta, la estructura por edades cambia con rapidez, y ese cambio obligará a replantear políticas públicas, inversión social y la organización de los sistemas de salud.

A escala global, Naciones Unidas proyecta que la población de 65 años o más seguirá aumentando de forma sostenida en las próximas décadas, mientras la edad media de la población mundial continúa subiendo. Esto no solo refleja que vivimos más tiempo, sino también que nacen menos niños en muchas regiones, un fenómeno que transforma la economía, el mercado laboral y la demanda de servicios públicos.

En El Salvador, la transición es todavía más acelerada. Distintas proyecciones coinciden en que la población de 60 años y más alcanzará alrededor de una cuarta parte del total hacia 2050, mientras disminuye con fuerza la población infantil y juvenil. Eso significa menos reemplazo generacional y, al mismo tiempo, más presión sobre salud, pensiones y cuidados de larga duración.

El país, por tanto, no enfrenta solo un reto demográfico: enfrenta una decisión de política pública. Si no se anticipa la transición, el envejecimiento puede profundizar desigualdades y tensionar servicios ya frágiles. Pero si se planifica a tiempo, también puede abrir la oportunidad de construir un sistema más preventivo, más integrado y humano para una sociedad que envejece antes de haber resuelto sus rezagos históricos.

El país está en una etapa particularmente importante: el UNFPA señala que El Salvador entró alrededor de 2019 en el período óptimo de su bono demográfico, complementado por el “bono de género”. La proporción de población potencialmente productiva es elevada respecto de la población dependiente, y se complementa con un crecimiento adicional que podría producirse aumentando la participación laboral femenina, especialmente en empleos formales; el punto más favorable se proyecta alrededor de 2035. El Salvador actualmente tiene muchos jóvenes, y este factor, gestionado apropiadamente, podría ser un motor importante para el crecimiento económico del país.

Y ahí aparece una debilidad importante. El Banco Mundial señala que el crecimiento salvadoreño ha estado limitado históricamente por baja productividad, deficiencias de capital humano y baja calidad del empleo. Entre 2000 y 2024 el crecimiento promedio fue solamente de 2.1% anual. Es decir, tener muchos jóvenes no constituye por sí mismo una ventaja económica. Si una gran parte de ellos termina en empleos informales, de baja productividad o emigra, el país pierde buena parte del beneficio potencial del bono demográfico.

¿Qué está haciendo actualmente el Gobierno?

La estrategia económica de la administración Bukele se ha apoyado principalmente en inversión, infraestructura, construcción, turismo, logística, servicios y atracción de inversión privada. La iniciativa El Salvador Crece, desarrollada con el BID, tiene precisamente como objetivos promover inversión, aumentar productividad y generar empleo.

La política económica de El Salvador está orientada a generar crecimiento y empleo, pero todavía no está suficientemente orientada a transformar el bono demográfico en capital humano y productividad. El problema no es que El Salvador tenga demasiados jóvenes. El problema sería llegar al momento en que esos jóvenes comiencen a convertirse en adultos mayores sin haber adquirido las capacidades productivas necesarias. Muy probablemente el país esté entrando en su último gran bono demográfico; ojalá y se aproveche.

*El Dr. Alfonso Rosales es médico epidemiólogo y consultor internacional

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