Hay una escena que se repite todos los días. Nos sentamos unos minutos a descansar, tomamos el teléfono y pensamos revisar solamente un mensaje. Después miramos una noticia.
Luego aparece un video. Después otro. Contestamos un WhatsApp, revisamos Facebook o cualquier otra red social y, cuando volvemos a mirar el reloj, ha pasado casi una hora.
No hicimos nada malo. Simplemente, el tiempo se fue. Entonces pensé en algo muy sencillo: ¿qué pasaría si cada día apartáramos solamente veinte minutos para leer un libro? No dos horas. Ni siquiera una hora. Veinte minutos.
Volver a leer sin correr
Vivimos de prisa. Comemos rápido, contestamos rápido, caminamos rápido y también queremos leer rápido. Las redes sociales nos acostumbraron a pasar de una cosa a otra en segundos.
Una fotografía, una noticia, un comentario, un video. Si algo no llama nuestra atención inmediatamente, movemos el dedo y seguimos. Un libro funciona de otra manera. Nos pide quedarnos.
Cuando comenzamos una novela quizá las primeras páginas solamente nos presentan a los personajes. Poco a poco conocemos sus problemas, sus sueños y sus secretos. Después ocurre algo maravilloso: dejamos de mirar el reloj.
Ya estamos dentro de la historia. Ese tipo de lectura nos ayuda a recuperar algo que estamos perdiendo: la capacidad de prestar atención durante un tiempo prolongado.
Veinte minutos pueden hacer la diferencia
No creo que para convertirse en lector sea necesario proponerse terminar cincuenta libros al año. A veces esas metas terminan produciendo exactamente lo contrario: presión. Prefiero algo más sencillo.
Busque un libro que realmente le interese y lea veinte minutos cada día. Puede hacerlo después del desayuno. Antes de dormir. Durante un descanso. Mientras espera una cita. Incluso mientras toma una taza de café.
Si un día lee diez páginas, está bien. Si solamente lee cinco, también. La lectura no es una competencia. Lo importante es regresar mañana. Después de varias semanas ocurre algo curioso: el libro comienza a esperarnos.
Queremos saber qué sucederá con aquel personaje. Deseamos terminar el capítulo. Una historia empieza a acompañarnos durante el día. Allí comienza a nacer el hábito.
El teléfono no es el enemigo
Quiero decirlo claramente: no estoy en contra de la tecnología. Sería absurdo. El teléfono nos permite trabajar, comunicarnos, estudiar, leer periódicos y hasta llevar una biblioteca completa en el bolsillo. Yo mismo disfruto muchas de esas posibilidades.
El problema aparece cuando ya no decidimos nosotros cuánto tiempo dedicarle, sino que la pantalla parece decidir por nosotros. Por eso no propongo abandonar el celular. Sugiero recuperar veinte minutos.
Yo, Alfredo, escritor y lector desde hace muchos años, sigo descubriendo algo cada vez que abre un libro: la mente cambia de velocidad. El ruido baja. La atención vuelve. Las palabras empiezan a producir imágenes. Y eso se siente bien.
Leer también nos ayuda a conversar
Hay otro beneficio que muchas veces olvidamos. Quien lee tiene más cosas de qué hablar. Una novela puede llevarnos a conversar sobre la familia, el amor, la justicia, el trabajo, la historia o las decisiones humanas.
Una biografía puede enseñarnos cómo alguien enfrentó una dificultad. Un cuento puede mostrarnos, en apenas diez páginas, una realidad que nunca habíamos imaginado. También aprendemos palabras nuevas sin sentarnos a memorizarlas.
Poco a poco mejoramos nuestra manera de expresarnos, escribir y ordenar las ideas. Y todo comenzó con veinte minutos.
Comencemos por algo que nos guste
A una persona que nunca ha desarrollado el hábito de lectura no le recomendaría comenzar por un libro de quinientas páginas que no le interesa. Comience por aquello que despierte su curiosidad.
Puede ser una novela corta. Un libro de cuentos. Una biografía. Una historia de aventuras. Literatura salvadoreña. Poesía. Un libro sobre algún tema que siempre haya querido conocer.
Incluso, si usted es cristiano, puede comenzar leyendo un capítulo diario de los Evangelios. Poco a poco habrá leído los cuatro y después podrá continuar con cualquier otro libro de la Biblia.
No necesita correr. Lo importante es leer con atención, comprender y reflexionar sobre lo leído. Los beneficios que he mencionado también están allí: concentración, comprensión, riqueza de lenguaje y, en este caso, crecimiento espiritual
No existe ninguna obligación de comenzar por los libros más difíciles. Lo relevante es encontrar esa primera lectura que provoque una sensación sencilla: “Quiero seguir”.
Recuerdo haber experimentado muchas veces esa alegría. Uno cierra el libro porque tiene que hacer otra cosa, pero la historia se queda dando vueltas en la cabeza.
Horas después regresamos a buscarlo. Ese pequeño deseo de volver es una de las señales más hermosas de que estamos convirtiéndonos en lectores.
Una pequeña decisión
Pensemos en lo que significaría recuperar esos veinte minutos en nuestros hogares. Un padre leyendo. Una madre con un libro. Un adolescente dejando por un momento el teléfono. Un niño preguntando qué estamos leyendo.
No hace falta organizar una ceremonia alrededor de los libros. Basta con abrir uno. Los hábitos también se enseñan con el ejemplo. Y quizá un niño que vea hoy a sus padres leyendo recuerde esa escena dentro de treinta años.
Epílogo: veinte minutos para nosotros
No sabemos cuántas horas hemos pasado deslizando una pantalla durante los últimos años. Probablemente sean muchísimas. Pero no quiero quedarme lamentándolo. Prefiero comenzar hoy.
Veinte minutos parecen poca cosa. Sin embargo, pueden convertirse en páginas, después en capítulos y finalmente en libros completos. Y los libros, cuando realmente entran en nuestra vida, dejan algo dentro de nosotros.
Nos hacen compañía, nos enseñan palabras, nos presentan personas, nos llevan a lugares donde nunca hemos estado. Y algo más valioso: Nos ayudan a pensar.
La Biblia expresa una idea hermosa: “Bienaventurado el hombre que halla la sabiduría, y que obtiene la inteligencia” (Proverbios 3:13). Quizá hoy podamos comenzar de una manera muy sencilla.
Dejemos el teléfono a un lado durante veinte minutos. Abramos un libro. Sin correr, ni competir, sin preocuparnos por terminarlo. Solo leamos. Mañana podemos volver por otras páginas.
*Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial.
alfredocaballero.consultor@gmail.com

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