En un extracto del poema Todos tenemos hambre, de Amado Nervo, nos dice: aprende a conocer el hambre del que te habla… en el concepto de que, fuera del hambre de pan, todas se esconden. Cuanto más inmensas, más escondidas…
Compilado en el libro Plenitud del mismo autor, esta reflexión hecha poesía después de más de un siglo continúa mostrando lo existente pero invisible es la necesidad humana frente al entorno de estar vivos.
¿Cuánto habrá de cierto en lo que decimos o lo que entendemos?
En ambos casos, hay un tejido mental que urdirá una conclusión con la que estaremos o no conformes, esta podrá llegar a ser vistosa de colores y adornos de manera que se asemeje a lo que es una respuesta o siga siendo una interrogante. Pero, la difícil trama que existe para poder expresar claramente lo que sentimos y pensamos sobre algo determinado, casi siempre tiende a enredarse en ese mismo tejido mental, porque en los colores hay corazas que nos defienden de vernos débiles, con necesidad de saber, con hambre y en los adornos un vaivén de máscaras que terminan por ocultar nuestras interrogantes y miedos. De allí el aprender a reconocer que en ocasiones cuando histriónicamente, alguien se decanta por algo en específico, es porque desea que así fuera y no porque lo tenga.
Seguramente la mayor parte de nuestras vidas pasamos con hambre y nos resulta difícil comprender el hambre diferente a la de nosotros, porque somos distintos pese a iguales necesidades humanas; existen diferentes añoranzas de afecto, de saber, el hambre de por fin encontrar una manera en la vida que de paz. Esta necesidad podría entenderse, al menos así lo pienso, como la búsqueda eterna que permanece dentro de nosotros mismos, por lo cual se vuelve extenso y estropeado el camino en donde aprendimos a esconder lo que llevamos en el interior, pero que permanece una interrogante hacia algo que faltó o falta en nuestras vidas.
Alguien me dijo que la resiliencia como tal no tiene ningún significado ante lo que sucede, que no puede aplicarse ante la huella permanente que se graba en el alma. Pienso igual, talvez esa palabra pretende mermar un dolor, un faltante y a su vez dar un color esperanza entregando una máscara que oculte el llanto, la mirada tibia y las arrugas que la amiga tristeza deja en la piel. Y si no, es que a través de ella, muy profunda se oculta aquella hambre que no fue saciada.
De niños empezamos a esconder nuestras carencias, pero así mismo las observamos desde nuestro pequeño mundo y vamos entendiendo lo confusos que resultan los adultos. Muestran alegría para encontrar verdad, tolerancia por permanencia, pero lo que realmente hay en un trasfondo inevitable es hambre por saciar el miedo al fracaso, a la soledad y a lo infortunada que puede llegar a ser la vida.
La misma hambre que empuja a ser saciada o ser ocultada con placebos, es la que nos mantiene en constancia, buscando entender. Pero a la vista de nadie no es agradable ver a un hambriento, a un famélico que se desborde totalmente.
Pero si un poco, solo un poco escuchamos a los demás y a nosotros mismos, podremos escuchar como a intervalos hay silencios que se disfrazan de risas, guardando composturas porque las cosas son como son al tiempo que un suspiro nos hace más tibia la mirada.

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