“Izquierdas”

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La toma de posesión presidencial en Colombia el pasado viernes 7 de agosto, me revolvió el estómago por varias razones. Una tiene que ver con quien asumió el cargo: Abelardo De la Espriella, fundador y líder de Defensores de la Patria cuya bandera lo arropó para triunfar en las elecciones realizadas en primera y segunda vuelta el 31 de mayo y el 21 de junio. Le terminó ganando “por un pelito” a Iván Cepeda, candidato del Pacto Histórico: menos de un minúsculo punto porcentual. Así, Gustavo Petro ‒el mandatario  saliente‒ se sumó a sus colegas de una variopinta “izquierda” latinoamericana cuyos potenciales sucesores fueron derrotados en las urnas. Entre estas figuras, acompañan al colombiano la hondureña Xiomara Castro y Gustavo Boric en Chile, quienes finalizaron sus mandatos este año; antes, en diciembre del 2023, fue Alberto Fernández el sustituido en Argentina por el impresentable Javier Milei.

De este último no hay mucho por decir; como sostienen en México, solito se balconea. Pero cabe señalar que es un ultraderechista lambiscón de Donald Trump, al igual que De la Espriella. Además, ambos personajes del sur continental se decantan por el mal llamado “modelo Bukele”.  ¿Qué más decir del recién “coronado”? Durante su campaña proselitista aseguró que “el enemigo más grande que tiene el cristianismo es el comunismo” y que él era “el enemigo más grande que tiene el comunismo”. Eso sostuvo en medio de un calenturiento ambiente preelectoral, dejando clara su postura polarizante frente al proyecto de Cepeda quien proponía “tres revoluciones”: la ética, primero, la social y económica luego, para sumar a estas la política.

Más allá del insípido postulado enarbolado por De la Espriella y la oferta idealista de Cepeda, conviene escarbar un poco en la particular trayectoria del primero antes de lanzar su candidatura. De 48 años al día de hoy, es abogado y empresario. Su bufete jurídico defendió un tiempo a David Murcia Guzmán, su paisano procesado en Colombia y Estados Unidos de América por actividades ilegales relacionadas con captación masiva de dinero y lavado de activos; dicha defensa fue calificada como “férrea” mientras duró. Eso ocurrió en el 2008.

Un año antes, fue parte del equipo jurídico que representó a integrantes de grupos paramilitares de extrema derecha conectados con gobiernos afines de su país. Asimismo, en el 2016 defendió a Jorge Pretelt; este, siendo magistrado de la Corte Constitucional, fue retirado del cargo y en el 2019 resultó condenado por la Corte Suprema de Justicia tras ser acusado por el delito de concusión, una variante de la corrupción ejercida por funcionarios públicos. Y del 2013 al 2019 el ahora presidente colombiano fue abogado de Alex Saab, compatriota suyo y oscuro personaje vinculado a Nicolás Maduro; actualmente, Saab también guarda prisión en territorio gringo.

Además, es confeso seguidor de Trump de quien recibió abierto apoyo previo y rápidas felicitaciones tras el resultado a su favor; el estadounidense declaró que era un “honor” brindarle “su respaldo completo y total”. Asimismo, De la Espriella se entiende perfectamente con Milei ‒“el tigre” y “el león”, se autonombran‒ y admira a conservadores radicales de antes como Margaret Thatcher, Silvio Berlusconi y Ronald Reagan; también a su paisano Álvaro Uribe y la italiana Georgia Meloni.

Un lugar especial en ese catálogo de derechistas extremos lo ocupa Nayib Bukele. Se habla de un cierto parecido físico; a ello hay que agregar otras similitudes. Cito cuatro: la mercadotecnia publicitaria de sus imágenes, los lazos comerciales entre sí ‒que comenzaron a cocinarse antes de la toma de posesión del colombiano‒ y la “mano dura” en materia de seguridad que incluye las llamadas “megacárceles”, de las cuales De la Espriella ofreció construir diez. Además, ambos abrazan al Israel de Netanyahu; por ello, sin importar el terremoto que impactó la patria de García Márquez, el recién estrenado presidente no tuvo empacho en anunciar que movería su embajada a Jerusalén y reconocer la “soberanía” israelí sobre los Altos del Golán.

A diferencia de Colombia, donde el partido de “izquierda” únicamente administró el Ejecutivo durante cuatro años para perderlo por un escasísimo margen de votos, en El Salvador la exguerrilla lo controló una década; es decir, dos veces. Pero sus desaciertos le abrieron las puertas de dicho Órgano gubernamental a Bukele, quien luego se tomó todo el aparato estatal y parece que planea eternizarse al frente del  mismo. Considerando todo lo anterior, la parte dolorosa de nuestra memoria histórica nacional y regional debería también contemplar el análisis intenso y descarnado de las cagadas de las “izquierdas”, para intentar aprender a profundidad la esencia de sus lecciones. Una de estas es no confundir cambios de gobernantes con cambios estructurales.

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