En McAllen, Texas, se habla español. La ciudad fronteriza en el sur de Estados Unidos destaca como destino de shopping -como Miami (FL) o Los Ángeles (CA)-, especialmente para miles de familias mexicanas que atraviesan la frontera para comprar prendas de marcas reconocidas o para hacer negocio con las mismas.
Este flujo de visitantes y el fenómeno migratorio -marcado a través de varias generaciones-, ha logrado que la presencia latina en la ciudad sea tan importante que incluso los estadounidenses de origen caucásico se vean en la necesidad de hablar español.
Los amplios bulevares de la localidad no sólo lucen las vallas publicitarias de centros comerciales y de famosas tiendas de bajo costo -como Ross o Marshall’s– sino también las de innumerables establecimientos, marcas, servicios y políticos con nombres hispanos.

Por años McAllen ha sido puente para las familias en busca del sueño americano, una constante que llegó a un punto álgido durante la pandemia de covid-19 (2020-2021), cuando miles de migrantes se unieron en caravanas para cruzar el río Grande, que del lado estadaounidense se convierte en el río Bravo.
Fue así fue como las autoridades les retuvieron en la rivera del parque Anzalduas, donde fueron colocadas cientos de tiendas de campaña -incluso con aire acondicionado- y se les brindaron alimentos y atenciones médicas con apoyo de organizaciones como Caridades Católicas del Valle del Río Grande, de la Diócesis de Brownsville.
Pero aquella oleada de migrantes no sólo estaba compuesta de mexicanos y centroamericanos, sino también de personas de países como Haití, China o Rusia, que habían sorteado otras fronteras para unirse a esta ruta, según relata Cruz Alvarado, chofer y ciudadana estadounidense de origen mexicano.

«Desde hace cinco años, los migrantes han ido disminuyendo. En los campamentos había gente de todas las edades y nacionalidades. Habían personas de México que pertenecían a la sierra y sólo hablaban dialectos, se les trataba de lo mejor y desde aquí los transportaban a sus destinos», recuerda.
Hoy en día el parque Anzalduas luce apacible pero desolado, incluso los domingos, pues aunque permanece abierto al público, su mayor actividad se limita a días feriados como el 4 de julio (Día de la Independencia) o el Día de Acción de Gracias, el último jueves de noviembre.
Para Cruz, el fenómeno migratorio ha mermado debido a las estrictas políticas migratorias del presidente Donald Trump.

Según un análisis del Migration Policy Institute (MPI), sólo en los primeros 18 meses del segundo mandato de Trump, iniciado en enero de 2025, el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) registró cerca de 980,000 deportaciones, parte de ellas debido a las detenciones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos (Immigration and Customs Enforcement’s, ICE).
Para Yolanda Magdaleno, otra ciudadana estadounidense de origen mexicano y comerciante, estas medidas no tienen precedentes y también han afectado al comercio local.
«Estamos pasado por una temporada muy difícil. A nosotros los comerciantes nos afecta demasiado, la frontera vive de las personas de México, pero la gente tiene miedo», apunta, desde una tienda del centro de la ciudad, donde la diversidad se hace notar a través de nombres, música y atenciones al cliente 100 % en español.


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