A 25 años de la barbarie terrorista del 11-S

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La imagen de los aviones impactando contra las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York permanece grabada en la memoria colectiva. Veinticinco años después, aquellas escenas siguen representando uno de los momentos más dolorosos y estremecedores de nuestra historia contemporánea.

Cerca de tres mil personas perdieron la vida en los atentados perpetrados por Al Qaeda aquel 11 de septiembre de 2001. Las víctimas pertenecían a numerosas nacionalidades y procedencias. Entre ellas hubo también dos mujeres salvadoreñas: Gloria Pocasangre, quien viajaba como pasajera en uno de los aviones secuestrados, y Elsy Carolina Osorio Oliva, una joven ingeniera informática de 27 años que trabajaba en la Torre Norte del World Trade Center.

Recordarlas es también recordar que detrás de las cifras había seres humanos: padres, madres, hijos, hermanos, compañeros de trabajo y ciudadanos que aquella mañana realizaban actividades cotidianas sin imaginar que serían víctimas de un acto de terrorismo de dimensiones hasta entonces inconcebibles.

El 11-S cambió la manera en que buena parte del mundo entendía las amenazas del terrorismo internacional. Los atentados mostraron la capacidad de organizaciones extremistas para utilizar medios civiles como armas y atacar deliberadamente a personas inocentes. También evidenciaron los peligros del fanatismo que manipula creencias religiosas para intentar legitimar la violencia. Ninguna religión puede servir de excusa para asesinar inocentes, y ninguna comunidad religiosa debe ser responsabilizada colectivamente por los crímenes cometidos por extremistas.

Las imágenes de las torres envueltas en humo, de quienes buscaban desesperadamente ponerse a salvo, del heroísmo de bomberos, policías, rescatistas y ciudadanos, y finalmente del derrumbe de los edificios son parte imborrable de la memoria del siglo XXI.

Pero recordar el 11-S no debería significar únicamente regresar al horror de aquella jornada. La memoria adquiere verdadero sentido cuando ayuda a las sociedades a defender la vida, la convivencia y la dignidad humana frente al odio y la intolerancia.

El terrorismo continúa siendo una amenaza que puede adoptar distintas ideologías, discursos y formas de actuación. Por eso, combatirlo exige cooperación internacional, instituciones capaces de prevenir la violencia y sociedades dispuestas a rechazar cualquier intento de justificar el asesinato de civiles por razones políticas, religiosas o ideológicas. Esa lucha debe realizarse, además, respetando los principios democráticos y los derechos humanos que precisamente el terrorismo pretende vulnerar.

A 25 años de aquella mañana trágica, corresponde rendir homenaje a quienes perdieron la vida y acompañar en la memoria a sus familias. Para El Salvador, ese recuerdo tiene también los nombres y rostros de compatriotas cuyas vidas quedaron truncadas lejos de su tierra.

El mejor homenaje a todas las víctimas es mantener firme un principio elemental: ninguna causa, ninguna ideología y ninguna interpretación religiosa puede justificar el terrorismo.

El 11 de septiembre debe permanecer en la memoria de la humanidad no solamente por la magnitud de la tragedia, sino por la responsabilidad que dejó a las generaciones posteriores: rechazar el fanatismo, defender la convivencia y trabajar juntos para impedir que el terror vuelva a imponerse sobre la vida y la razón.

 

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