Autor: Alvaro Cruz

  • Las Colinas: memoria, prevención y una deuda pendiente

    Las Colinas: memoria, prevención y una deuda pendiente

    Veinticinco años después del terremoto que marcó para siempre a Santa Tecla y a todo El Salvador, el recuerdo de Las Colinas sigue siendo una herida abierta. No solo por las vidas perdidas y las familias destrozadas, sino porque aquella tragedia expuso, de manera brutal, la fragilidad de un país asentado sobre una tierra tan hermosa como peligrosa.

    El derrumbe de aquella montaña no fue únicamente un fenómeno natural: también fue el resultado de años de decisiones mal tomadas, de urbanizaciones construidas sin el debido respeto por la geología y de una institucionalidad débil, permeada por la corrupción. Por eso, cuando hablamos del terremoto de 2001, no hablamos solo de placas tectónicas, sino de una responsabilidad humana que aún no ha sido plenamente asumida.

    Es cierto que El Salvador ha avanzado. Hoy existen normas más estrictas, estudios de suelo más rigurosos y una mejor capacidad técnica para diseñar edificaciones que resistan los sismos. La ciencia y la ingeniería han dado pasos importantes para reducir riesgos, y Protección Civil cuenta con más recursos y preparación que hace un cuarto de siglo. Negarlo sería injusto.

    Pero también sería peligroso caer en la complacencia. Una nueva generación de salvadoreños ha crecido sin haber vivido aquella catástrofe y, con ello, el sentido de urgencia parece diluirse. El país sigue ubicado en el cinturón de fuego del Pacífico, expuesto a terremotos, volcanes, tormentas y huracanes. La amenaza no ha desaparecido; lo que puede estar desapareciendo es nuestra memoria colectiva.

    Las Colinas debe ser algo más que una fecha en el calendario o un monumento al dolor. Debe ser una lección permanente. La prevención no es un lujo ni un trámite burocrático: es una política de vida o muerte. Cada construcción que ignora los estudios de suelo, cada permiso otorgado por presión política o económica, cada norma que no se cumple, es una apuesta irresponsable contra el futuro.

    Recordar el terremoto de 2001 no es vivir anclados en el pasado. Es, por el contrario, una forma de protegernos. Solo una sociedad que aprende de sus tragedias puede aspirar a que, cuando la tierra vuelva a temblar —porque volverá a temblar—, no tengamos que volver a contar cientos de muertos ni a lamentar desastres que pudieron evitarse.

  • Marco Rubio recibe al presidente electo de Honduras y acuerdan fortalecer seguridad

    Marco Rubio recibe al presidente electo de Honduras y acuerdan fortalecer seguridad

    El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, sostuvo este lunes una reunión privada con el presidente electo de Honduras, Nasry «Tito» Asfura, en la que acordaron reforzar las relaciones bilaterales, con énfasis en la seguridad regional y la cooperación en materia de inteligencia.

    Según un comunicado del Departamento de Estado, Rubio felicitó a Asfura por su victoria en las elecciones del pasado 30 de noviembre, tras un proceso de más de tres semanas marcado por denuncias de fraude electoral y la falta de confirmación inmediata de los resultados.

    Durante el encuentro, el funcionario estadounidense subrayó la intención de Washington de “profundizar” la relación con el nuevo gobierno hondureño, a través del fortalecimiento del tratado de extradición y la ampliación del intercambio de información para combatir el crimen transnacional.

    Desde días antes de los comicios, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, expresó abiertamente su respaldo a Asfura, candidato del Partido Nacional, asegurando que era el único con quien su gobierno mantendría relaciones bilaterales directas.

    Asfura, quien tomará posesión el próximo 27 de enero, prometió que su mandato se centrará en reforzar la seguridad, enfrentar al crimen organizado y promover la cooperación internacional, principalmente con Estados Unidos y las naciones vecinas de Centroamérica.

    Un día antes de la reunión entre Rubio y Asfura, la presidenta saliente Xiomara Castro solicitó un nuevo conteo total de los votos, alegando irregularidades y la existencia de actas no escrutadas. Sin embargo, el Ejército hondureño expresó su respaldo a la resolución del Consejo Nacional Electoral (CNE), que declaró oficialmente como ganador al candidato de derecha.

     

  • Owen Cooper se convirtió en el actor más joven en ganar un Globo de Oro

    Owen Cooper se convirtió en el actor más joven en ganar un Globo de Oro

    El británico Owen Cooper, de solo 16 años, se convirtió en el actor más joven en ganar un Globo de Oro en la categoría de mejor actor secundario de televisión, gracias a su papel en la multipremiada miniserie Adolescence (Adolescencia), de Netflix. El reconocimiento lo recibió en la 83.ª edición de los Globos de Oro, celebrada el domingo, consolidando un año de récords para el joven intérprete.

    Con esta hazaña, Cooper rompió la marca establecida por Chris Colfer, quien tenía 20 años cuando fue premiado por su actuación en Glee en 2010. A esto se suma su histórico Emmy, que lo convirtió también en el actor más joven en obtener ese galardón en la misma categoría.

    El adolescente se alzó con la estatuilla tras imponerse a figuras como Billy Crudup (The Morning Show), Walton Goggins y Jason Isaacs (The White Lotus), Tramell Tillman (Separación), y su compañero de reparto en Adolescencia, Ashley Walters.

    “Estar aquí, en los Globos de Oro, no me parece real en absoluto. Qué viaje tan increíble hemos vivido mi familia y yo. Estamos eternamente agradecidos”, expresó Cooper en su discurso.

    “Sigo siendo un alumno porque sigo aprendiendo cada día, sigo aprendiendo de las personas que están sentadas frente a mí, que me inspiran”, añadió, finalizando con un guiño a su equipo de fútbol: “Nunca caminarás solo”.

    El actor británico Owen Cooper (sentado) en una escena de la serie de Netflix Adolescence. EFE

    La serie Adolescence, en la que Cooper interpreta a Jamie Miller, un adolescente de 13 años arrestado como sospechoso del asesinato de una compañera, se convirtió en la producción más galardonada de esta edición con cuatro Globos de Oro: mejor miniserie, mejor actor para Stephen Graham, mejor actriz de reparto para Erin Doherty y mejor actor de reparto para Owen Cooper.

    Con apenas un papel protagónico, Cooper ha escalado rápidamente en la industria, posicionándose como una de las promesas más sólidas de la actuación internacional.

     

  • Nueva embajadora salvadoreña en España entrega credenciales al rey Felipe VI

    Nueva embajadora salvadoreña en España entrega credenciales al rey Felipe VI

    La nueva embajadora de El Salvador en España, Julieta Isabella Machuca, entregó este lunes sus cartas credenciales al rey Felipe VI en una ceremonia oficial celebrada en el Palacio Real de Madrid. Con este acto, quedó formalmente acreditada como máxima representante diplomática del gobierno salvadoreño ante el Reino de España.

    La ceremonia, de carácter protocolario, se remonta al siglo XVIII y se mantiene vigente casi sin modificaciones. En ella, el monarca español recibe uno a uno a los embajadores designados por otros Estados para entregar sus cartas que los acreditan formalmente ante el jefe del Estado español.

    Luego de su presentación en la Cámara Oficial del Palacio Real, el rey Felipe VI sostuvo una reunión privada con Machuca para conversar sobre el estado actual de las relaciones bilaterales entre El Salvador y España, y posibles áreas de cooperación entre ambos países.

    Julieta Machuca ha desarrollado una trayectoria en el servicio exterior y en el sector financiero. Antes de asumir esta representación diplomática, fungió como Ministra y Encargada de Negocios ante la Santa Sede y la Orden de Malta, y anteriormente como Ministra Consejera ante la Unión Europea. En el ámbito financiero, fue directora de ventas del Banco Agrícola Comercial de El Salvador.

    Machuca es licenciada en Economía por la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas. Además, posee estudios en Relaciones Internacionales por la Real Sociedad de Estudios Internacionales de Madrid, un máster en Relaciones Internacionales y Comercio Exterior por el INFOREM de Madrid, y un doctorado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense.

    Durante el acto también presentaron cartas credenciales representantes diplomáticos de Ucrania, Finlandia, India, Emiratos Árabes Unidos, Líbano y Hungría, quienes fueron recibidos uno por uno por el rey Felipe VI en la sede de la monarquía española.

     

  • La salud como territorio político

    La salud como territorio político

    No sé ustedes cómo están percibiendo este nuevo 2026; en mi caso ha comenzado intenso y cargado de temas fuertes. Una de esas experiencias la viví en plena época navideña, conversando con una pareja de salvadoreños que reside en Estados Unidos y que, según comentan, ya son también ciudadanos de ese país. El tema espinoso fue la supuesta transparencia de los documentos en salud que el actual gobierno dice haber instalado, y la reacción de mis “conocidos” fue desproporcionadamente intensa, casi visceral, en defensa de su ídolo político. Esta experiencia me llevo a reflexionar sobre si la salud es un derecho o un beneficio para el ciudadano salvadoreño.

    Durante décadas se repitió que la salud era un asunto técnico: números, protocolos, presupuestos, eficiencia. Hoy esa afirmación resulta cada vez más insostenible. La salud es, y siempre ha sido, un territorio político. No porque los hospitales voten o los médicos legislen, sino porque decidir quién accede, cuándo y en qué condiciones es una forma directa de ejercer poder.

    En El Salvador, los cambios recientes en el sistema nacional de salud se presentan bajo un lenguaje cuidadosamente elegido: modernización, optimización, reordenamiento. Palabras neutras en apariencia, casi asépticas. Pero detrás de ellas se juegan preguntas profundamente políticas: ¿qué se entiende por derecho?, ¿qué se considera gasto?, ¿quién asume el riesgo cuando el sistema falla?

    La salud deja de ser un derecho cuando se gestiona como un servicio y se comunica como un favor. No es una afirmación ideológica; es una constatación histórica. Cuando el acceso depende de la capacidad de pago, de la afiliación o de la “prioridad” definida desde arriba, el vínculo entre Estado y ciudadano se transforma. El paciente deja de ser sujeto de derechos y pasa a ser usuario, cliente o beneficiario temporal.

    Este desplazamiento no ocurre de golpe. No hay un decreto que anuncie: “la salud deja de ser un derecho”, aunque quizá —y sin que lo notemos— los “sabios” diputados ya lo hayan pronunciado. Ocurre de manera gradual: externalización de servicios, alianzas público-privadas opacas, reducción silenciosa de prestaciones, énfasis en indicadores de productividad más que en resultados sanitarios reales. Todo ello amparado por un discurso que erige la eficiencia como valor supremo, como si la eficiencia fuera políticamente neutra. Pero la eficiencia siempre responde a una pregunta previa: ¿eficiencia para qué y para quién?

    Un sistema puede ser eficiente reduciendo costos a corto plazo y, al mismo tiempo, generar más enfermedad, más desigualdad y más gasto a largo plazo. También puede ser eficiente desde el punto de vista administrativo y profundamente injusto desde el punto de vista social.

    Pero hay un elemento, el cual trataba de argumentar con mis “conocidos”, y el cual suele quedar fuera del debate: el silenciamiento de la deliberación. Las reformas sanitarias más profundas no deberían hacerse a puertas cerradas ni presentarse como hechos consumados. Sin embargo, el clima político actual favorece la rapidez sobre el debate, la decisión centralizada sobre el consenso, la obediencia sobre la crítica. En ese contexto, cuestionar cambios en salud pública se interpreta fácilmente como resistencia al progreso o, peor aún, como oposición política. Y así se me percibió en mi intercambio de opiniones, yo estaba alineado con la “oposición”, según ellos.

    Este es un error peligroso. La salud pública no se defiende con consignas ni con lealtades partidarias, sino con datos, ética y participación social. Cuando los gremios médicos, las universidades o las organizaciones civiles expresan inquietudes, no están “obstaculizando” el desarrollo; están cumpliendo una función democrática esencial: advertir sobre riesgos que no siempre son visibles desde el poder. La pandemia dejó una lección que parece olvidarse con rapidez: los sistemas de salud frágiles no fallan de manera abstracta, fallan en cuerpos concretos. En ancianos que no acceden a atención oportuna, en pacientes crónicos que interrumpen tratamientos, en familias que se endeudan para pagar lo que antes era público. Cada decisión administrativa tiene una traducción clínica. Además, la salud es uno de los últimos espacios donde el Estado se encuentra con la ciudadanía de manera directa y cotidiana. Un hospital público no es solo un edificio: es una promesa. Cuando esa promesa se debilita, también lo hace la confianza social. Y sin confianza, ningún sistema —por eficiente que se declare— puede sostenerse en el tiempo.

    Defender la salud como derecho no implica negar la necesidad de reformas, controles o mejoras. Implica algo más básico: reconocer que no todo lo valioso es cuantificable y que no todo lo medible es justo. Implica aceptar que la salud no puede reducirse a un balance financiero sin perder su sentido humano.Convertir la salud en territorio político no es un acto de confrontación; es un acto de responsabilidad cívica. Porque allí donde se decide quién vive mejor, quién espera más y quién queda fuera, ya no estamos ante un problema técnico. Estamos ante una decisión moral, y por tanto, política.

  • De la impunidad estructural a la eficacia científica: El quiebre de 2025

    De la impunidad estructural a la eficacia científica: El quiebre de 2025

    La historia criminal de El Salvador desafía los paradigmas tradicionales de la criminología y ciencias forenses en la región y sujeto de estudio en escuelas criminológicas en el mundo. Durante décadas, el país fue el rostro de la «impunidad estructural» en los homicidios; para el año 2019, las estadísticas eran desoladoras: de cada 100 homicidios cometidos, 97 quedaban sin capturas y sin castigo. Este escenario no solo alimentaba el ciclo de violencia, sino que enviaba un mensaje de permisividad estatal donde el crimen era, en términos económicos y legales, un riesgo calculado de baja probabilidad. El ser sicario, gatillero, asesino a sueldo, matón prepago, torpedo utilizado por la mafia italiana, pagaba bien, un oficio y era un estilo de vida.

    Sin embargo, el Balance 2025 presentado por el Gabinete de Seguridad Ampliado revela una metamorfosis en el delito de homicidio. El dato más disruptivo no es solo la cifra mínima de 82 homicidios intencionales en todo un año —una reducción abismal frente a los 3,962 del año 2017—, sino la tasa de efectividad del 100% en su resolución al lograr la captura del o los posibles responsables. Desde la criminología, este fenómeno se explica a través de dos pilares: la eficacia en los actos iniciales de investigación y la solidez en la judicialización.

    La eficacia Policial: El control de la escena

    El éxito de un proceso penal nace en los «momentos de oro» posteriores al delito. La operatividad actual, respaldada por 988 días sin homicidios bajo el régimen de excepción, ha permitido que la Policía Nacional Civil (PNC) realice investigaciones de campo sin la presión de las estructuras terroristas que antes contaminaban o silenciaban las escenas, además de todo el apoyo financiero, técnico, logístico y de equipos de última generación recibido por el Ministerio de Seguridad Pública y Justicia.

    La transición de una violencia de pandillas criminales hacia una violencia predominantemente interpersonal —donde la intolerancia social y familiar sumaron 74 de los 82 casos— ha permitido que la subdirección técnica científica forense y las subdirecciones de investigación e inteligencia aplique protocolos de recolección de evidencia mucho más precisos y especializados. Ya no se investiga en un entorno de guerra urbana, sino en un contexto de control territorial donde la capacidad de respuesta estatal es inmediata. El año 2025 marco la creación y aplicación altamente eficiente y eficaz del Protocolo de Resolución de Homicidios (PRHO), mediante el cual más de siete unidades especializadas se activan ante el reporte de un asesinato, con el fin de ubicar al responsable y hacer cumplir la Ley.

    El rol de la FGR: Del expediente al veredicto

    La resolución de los 82 casos no termina con la captura, es el inicio, que no es un dato menor; allí es donde el rol de la Fiscalía General de la República (FGR) se vuelve protagónico. El paso de un 97% de impunidad en 2019 a un 0% en 2025 no es obra de la suerte. Los datos muestran una madurez en la carga probatoria: mientras que en 2020 las absoluciones eran frecuentes, para 2025 se registró una disminución del 47% en absoluciones en comparación con aquel año.

    El sistema judicial ha procesado con éxito no solo los delitos de sangre, sino que ha logrado un incremento del 52% en condenas generales respecto a 2020. Esto indica que la FGR ha pasado de una gestión de expedientes a una estrategia de inteligencia técnica que permite judicializar casos con pruebas periciales irrefutables, logrando 11,666 condenas solo en el último año. Una evidencia de la gestión de calidad en la FGR actual con un trabajo fortalecido por prueba técnica científicacon fundamento en ciencias forenses y penales.

    El Salvador ha logrado invertir la pirámide de la impunidad. Al garantizar que cada homicidio sea investigado, judicializado y castigado, el Estado ha restablecido el principio de «certeza del castigo», el disuasor más potente según la teoría de la prevención general. La sinergia entre el Gabinete de Seguridad y la FGR ha transformado el sistema de justicia: de ser una «puerta giratoria» para delincuentes, a convertirse en un filtro de alta precisión que ha reducido los delitos patrimoniales y de calle en más de un 51.50%.

    En el año 2025, la justicia en El Salvador dejó de ser una promesa estadística para convertirse en una realidad científica.Al efectuar el análisis criminológico del Balance Anual de la Seguridad 2025 quiero destacar y es mi opinión que la resolución del 100% de los casos de homicidios intencionales se convierte en el logro más destacado del Gabinete de Seguridad Ampliado ya que no solo se supera una meta de disminuir los homicidios sino de resolverlos. Y estoy seguro de que este año la FGR logrará todas las condenas pendientes al cierre del 2025 en las próximas audiencias. Excelente trabajo en equipo y de alta coordinación entre PNC y FGR.

    *Por Ricardo Sosa  / Doctor y máster en Criminología @jricardososa

     

     

  • Sobrevivir sobreendeudado: cuando el crédito se vuelve una trampa para los más vulnerables

    Sobrevivir sobreendeudado: cuando el crédito se vuelve una trampa para los más vulnerables

    Para miles de microempresarios, el acceso al crédito no es una herramienta para crecer, sino una condición mínima para seguir operando. Sin financiamiento, el negocio se detiene; sin ingresos, el hogar colapsa. Sin embargo, según los datos del informe El estado de la MYPE 2025. La otra cara de la economía, preparado conjuntamente por el Observatorio MYPE de FUSAI y FLACSO, este vínculo vital entre crédito y supervivencia se ha vuelto cada vez más frágil durante los últimos años. A partir de 2023, el fuerte aumento de los microcréditos castigados revela un deterioro profundo en la salud financiera del segmento de microempresarios de subsistencia, consecuencia directa de los efectos acumulados de la pospandemia y del encarecimiento sostenido de los alimentos entre 2021 y 2024.

    Durante la emergencia sanitaria, las medidas de alivio financiero proporcionadas por el gobierno ofrecieron un respiro inmediato y necesario. Pero ese alivio tuvo un costo oculto: postergó el reconocimiento del daño real sobre la viabilidad de miles de negocios. Hoy, la oleada de créditos castigados muestra que el sistema financiero formal está empezando a asumir pérdidas que se habían acumulado silenciosamente. La recuperación de muchos microempresarios de subsistencia nunca llegó, y la fragilidad estructural de sus actividades quedó expuesta cuando el entorno económico se volvió más adverso.

    La exclusión financiera de estos microempresarios emproblemados, sin embargo, no ocurre de manera repentina. Es un proceso progresivo y, en muchos casos, invisible. El microempresario no es expulsado de inmediato del crédito formal; primero enfrenta un deterioro gradual de su perfil, lo que lo obliga a migrar hacia otras instituciones formales aceptando condiciones más costosas. Cuando esas opciones también se agotan, la puerta que queda abierta es la del crédito informal. Lejos de ser una decisión libre, se trata de una respuesta desesperada para sostener la operación diaria del negocio.

    Esta transición no implica necesariamente una ruptura total con el sistema formal. Muchos microempresarios combinan préstamos de bancos, cooperativas, cajas de crédito, sociedades de ahorro y crédito, con financiamiento informal, construyendo un patrón de sobreendeudamiento diversificado. Esta coexistencia refleja una lógica de supervivencia, no de planificación. La urgencia por pagar proveedores, cubrir gastos básicos o refinanciar deudas previas empuja a asumir obligaciones simultáneas, sin acceso a mecanismos de alivio estructurado ni acompañamiento técnico.

    En ese contexto, el crédito informal opera como última opción, pero también como una trampa. Las tasas abusivas, la ausencia de contratos formales y la falta de protección legal exponen a los prestatarios a prácticas de acoso, amenazas e incluso violencia. Más allá del impacto económico, esta dinámica deteriora la estabilidad emocional y física de los microempresarios, profundizando su vulnerabilidad y reduciendo sus posibilidades reales de recuperación.

    La persistencia de estas prácticas revela el fracaso de la Ley contra la Usura. La falta de control efectivo ha consolidado un mercado distorsionado en el que el crédito informal opera sin límites, mientras el sistema formal, regulado y restringido, se retira de los segmentos más vulnerables, dejándolos atrapados entre la exclusión financiera y la usura.

    A ello se suma la fragmentación del mercado crediticio. Las instituciones evalúan el riesgo con información parcial o desactualizada, lo que permite que un mismo prestatario acceda a múltiples fuentes de financiamiento sin que ninguna tenga una visión completa de su carga financiera. La falta de trazabilidad no solo incrementa el riesgo individual, sino que erosiona la calidad de cartera y eleva el riesgo sistémico.

    En este contexto, la deserción del crédito formal no debe interpretarse como una simple pérdida operativa. Es un síntoma estructural que revela fallas en la regulación, en la protección al cliente, en el diseño de productos y en la gestión del riesgo. Sin una estrategia coordinada de inclusión financiera, la deserción seguirá funcionando como un mecanismo de exclusión permanente, empujando a los microempresarios hacia circuitos cada vez más precarios.

    Frente a este escenario, la respuesta institucional no puede seguir siendo fragmentada ni reactiva. Los hallazgos del informe El estado de la MYPE 2025. La otra cara de la economía reclaman una agenda nacional de inclusión financiera centrada en la sostenibilidad del cliente. Esto implica programas de reestructuración y saneamiento financiero, sistemas unificados de información crediticia, regulación más eficaz del crédito informal, educación financiera con acompañamiento continuo y una revisión profunda del marco legal contra la usura. Sin estas reformas, el microcrédito seguirá siendo un instrumento de sobrevivencia de corto plazo, pero también un factor que empuja a los microempresarios más vulnerables fuera del sistema, del mercado y, en muchos casos, del país.

     

  • EEUU advierte de «serias consecuencias» a Honduras por «intentos para revertir» elecciones

    EEUU advierte de «serias consecuencias» a Honduras por «intentos para revertir» elecciones

    El Gobierno estadounidense advirtió este sábado de «severas consecuencias» para Honduras ante «intentos para revertir la elección» presidencial, que ganó Nasry ‘Tito’ Asfura, candidato del conservador Partido Nacional, apoyado por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

    «Las voces de 3,8 millones de hondureños han hablado y el Consejo Nacional Electoral ha certificado los resultados de la elección. Los intentos para ilegalmente revertir la elección de Honduras tendrán serias consecuencias», publicó la Oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado de EE.UU. en X.

    Su posicionamiento ocurre tras la iniciativa que el Parlamento de Honduras aprobó el viernes en una sesión extraordinaria, sin la participación de más de 70 diputados de la oposición, de los 128 que lo integran, para hacer un nuevo escrutinio de las elecciones generales del pasado 30 de noviembre.

    Además, la diputada opositora Gladis Aurora López, del Partido Nacional, resultó herida el jueves por la explosión de un artefacto lanzado desde una calle adyacente a la sede del Legislativo.

    En este contexto, el Departamento de Estado apuntó que «la violencia política no tiene lugar en el proceso democrático», pues «los hondureños merecen una transición pacífica del poder».

    El hecho marca una nueva tensión entre la Administración de Trump y la actual presidenta de Honduras, la izquierdista Xiomara Castro, quien anunció este sábado que retira la suspensión del Tratado de Extradición con Estados Unidos, que había ordenado el 28 de agosto de 2024.

    Castro opinó que «resulta una grave contradicción que los Estados Unidos de América indulten a quien fue condenado por tráfico de drogas» en referencia al expresidente Juan Orlando Hernández, militante del Partido Nacional al que Trump indultó en diciembre pasado tras estar preso en EE.UU. por narcotráfico.

    Asfura viajará este domingo a Estados Unidos, donde se reunirá con ejecutivos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), según informó a EFE una fuente cercana al hondureño, quien también podría encontrarse con funcionarios de Washignton.

    «Ansiamos trabajar con el presidente electo, Tito Asfura, para avanzar en nuestras metas compartidas», concluyó ahora el Departamento de Estado sin referirse a posibles reuniones.

  • «Buscar víctimas reales de la guerra me evitó una depresión de caballo», dice fotoperiodista español

    «Buscar víctimas reales de la guerra me evitó una depresión de caballo», dice fotoperiodista español

    El fotoperiodista español Gervasio Sánchez ha cubierto decenas de guerras y sus consecuencias durante los últimos 40 años, y haberse centrado en buscar a las «víctimas reales» del conflicto, como mutilados o desaparecidos, volviendo a ellas durante décadas en sucesivos viajes a Centroamérica, África o los Balcanes, le ha permitido encontrar un objetivo a lo que hacía y no terminar con «una depresión de caballo».

    Sánchez no fotografía y se va. Para él, contar las historias de las víctimas de la guerra significa darles nombre, contar su evolución vital: las heridas por el impacto de una mina antipersona, pero también la recuperación, la formación de una familia, los hijos, un después en ocasiones esperanzado.

    Fue hace tres décadas que se dio cuenta de «que era importante buscar otras situaciones», y aunque siguió cubriendo conflictos, también fotografía «una parte que casi nunca se cubre, que es la posguerra, las consecuencias de la guerra a largo plazo», dijo a EFE Sánchez (1959, Córdoba) durante una visita reciente a Panamá.

    Este 21 de enero se cumplirán 30 años del momento en el que vio cómo le cortaban la pierna a Sokheurm Man, un niño de 13 años en Camboya que había resultado herido por una mina cuando se dirigía al colegio. Sánchez sigue fotografiando a aquel adolescente que era consolado por su padre sobre una camilla y que ahora tiene dos hijos.

    Otro pilar de su proyecto de largo recorrido ‘Vidas minadas’ es Adis Smajic, que en marzo se cumplirán 30 años de cuando lo encontró en un hospital en Sarajevo «entre la vida y la muerte» tras manipular una mina, al que siguió luego en sucesivas cirugías de reconstrucción de rostro o en el nacimiento de sus hijos. O Sofía Elface Fumo, de Mozambique, cuyas piernas fueron cercenadas por una mina y que conoció con 13 años. Ahora tiene cinco hijos.

    «Creo que a mí esta forma de trabajar, de buscar historias personalizadas, buscar a las víctimas reales de la guerra que son siempre los civiles, me ha salvado de no haber caído en una depresión de caballo o haberme dejado arrastrar por el alcoholismo, la drogadicción o cosas parecidas, que a veces aparecen cuando no encuentras salida al trabajo que haces», explica Sánchez, que considera a todas estas personas retratadas parte de su «familia universal».

    Una familia que se extiende a países como El Salvador, Nicaragua, Colombia, Angola o Afganistán, y a los que regresa «para recordar al público que las consecuencias de la guerra son para siempre, que las guerras no acaban cuando lo dice Wikipedia, las guerras no acaban porque se firme un trozo de papel llamado paz, que la paz siempre es imperfecta y que casi siempre los mismos que han perdido las guerras son los que pierden las posguerras».

    «De hecho, los que ganan la guerra son siempre los mismos, los que la hicieron y los que al acabar la guerra hacen los negocios de la paz», advierte el Premio Nacional de Fotografía de 2009, que impartió un taller en el Centro Cultural de España en la capital panameña «para entender qué significa el compromiso fotográfico» y el desarrollo de una historia.

    Desaparecidos, el duelo que no se cierra

    Gervasio Sánchez también retrata la ausencia de los desaparecidos, en un proyecto homónimo que comenzó a idear en sus años de universidad en Barcelona cuando colaboró con Amnistía Internacional y leía los informes sobre violaciones a los derechos humanos en Centroamérica, sobre todo en Guatemala y El Salvador, prestando especial atención a las desapariciones forzosas, el «eterno problema, perenne problema, olvidado problema» de estas crisis.

    «Los que son heridos en una guerra se curan, los que mueren se entierran, los que sufren estrés postraumático o se curan o acaban en la locura, pero ¿qué pasa con los desaparecidos?», se pregunta el fotoperiodista.

    En los países en los que ha trabajado en América Latina -El Salvador, Guatemala, Colombia, Perú, Chile y Argentina- «todavía hoy día se están buscando a los desaparecidos», muchos de ellos indígenas, porque son «los sectores más endebles» y al no tener «fuerza de presión, son olvidados».

    O está también el caso de España y los ejecutados durante la guerra civil (1936-1939) y la inmediata posguerra, siendo los bisnietos los que continúan esa búsqueda.

    «Entonces, yo creo que es importante mostrarle al público que todo el mundo tiene derecho a tener a su ser querido enterrado en el lugar que él decida. Y quien tenga dudas que se ponga en el lugar de la víctima. ¿A mí me gustaría que a mi hija la hubieran secuestrado, la hubieran asesinado, después de haberla violado y que no encontrara su cadáver? No, aunque encontrara su cadáver destrozado, querría tener el cadáver suyo para poder enterrarle. Esto es lo que le pasa a todas las personas que buscan a sus desaparecidos», recuerda.

  • Los dolorosos 25 años previos a la caída de Maduro

    Los dolorosos 25 años previos a la caída de Maduro

    El llamado Socialismo del Siglo XXI enamoró a mucha gente hace 25 años. Su narrativa era atractiva, sus liderazgos exudaban carisma y sus promesas estaban dirigidas a pueblos que desconocían las terribles historias de la China maoísta o la Unión Soviética estalinista. Pero a estas alturas, luego de ver los pavorosos resultados, la conclusión sencilla es que ninguna “modernización” del socialismo funciona. El del siglo XXI también destruyó economías, dividió sociedades e implantó tiranías, exacto como lo hicieron todas las formas de socialismo real tras la Revolución Bolchevique.

    El proceso venezolano es particularmente doloroso porque hemos asistido a él —su inicio, su esplendor y su fracaso— casi en vivo y en directo. Desde la llegada de Hugo Chávez al poder en 1999, es decir, a lo largo de un cuarto de siglo, vimos la destrucción de un país por etapas, sin paliativos ni interrupciones. Esto no nos había sido posible en el caso cubano, porque no existía la tecnología para contemplar a Fidel Castro, a todo color, ejecutar sus inmensos errores. Nuestra generación en cambio, gracias a los adelantos comunicacionales, fue testigo de lo que Chávez primero, y Nicolás Maduro después, le hicieron a una de las naciones más ricas del planeta.

    El fallo del socialismo venezolano (como sucedió con el soviético, el chino o el cubano) fue de origen, de diseño. Cuando un gobierno llega a creerse en la capacidad omnímoda de asignar los recursos, sustituyendo en esa función a millones de personas interactuando en libertad, el camino a la debacle económica es un efecto consustancial, predecible e inevitable. La perversión subyace en el viejo embuste de pensar que el Estado, al controlar cada rincón de la economía, conseguirá que la riqueza llegue a todos los ciudadanos. Y eso se ha probado falso siempre, una y otra vez, con puntualidad matemática.

    El Estado no es ninguna entidad magnánima abstracta que pueda lograr la proeza de ocuparse de lo que cada individuo produce, intercambia o consume: es una estructura concreta conformada por seres humanos que, volviéndose burócratas, concentran en sus falibles manos el destino de la riqueza, en lugar de dejarla en manos de miles de productores, vendedores y compradores tomando sus propias decisiones económicas.

    El fracaso material y moral del chavismo es el fracaso del Estado todopoderoso y omnipresente. Cuando Chávez gritaba “¡Socialismo o muerte!” no proclamaba una antinomia, una incompatibilidad entre dos términos, sino una secuencia de hechos, una causa seguida de un efecto. Quizá sin saberlo, estaba anunciando la promesa verdadera —la ruina— detrás de la idea socialista que impuso a su país.

    Los daños incontables están al alcance de cualquier mirada objetiva. Represión, censura, encarcelamientos masivos, asesinatos selectivos y tortura sistemática, todo eso junto, es solo una parte del desastre humanitario. Alrededor de ocho millones de venezolanos se vieron obligados a salir de su patria, expulsados por el hambre y el miedo. El Producto Interno Bruto de la nación redujo su valor en un 55%, la pobreza casi se triplicó y el salario mínimo es hoy menor a cinco dólares. La confiscación de más de 1.500 empresas se convirtió en una alegre fiesta de corrupción, despilfarro y exportación ideológica. Aparte del agujero fiscal que generó el desembolso millonario en compensaciones forzadas, la operación deficitaria de los activos estatales destrozó la productividad del país que en 1999 se enorgullecía de ser la quinta economía de Latinoamérica.

    La oportuna bonanza petrolera que permitió a Chávez gastar a manos llenas sirvió por un tiempo para subsidiar la ineficiencia e incrementar el más grosero asistencialismo; empero, cuando esa gallina dejó de poner huevos de oro, el fallo de origen del sistema produjo la consecuente y devastadora contracción. La disminución de ingresos alcanzó a más del 80% de los habitantes, mientras la hiperinflación llegó a restarle tantos ceros al bolívar que perdió su valor de cambio. En 2019, un solo huevo llegó a costar la astronómica cifra de mil bolívares en el supermercado.

    Los datos son fríos, pero su equivalente en penuria humana no lo es. El chavismo convirtió una nación fértil en una sociedad de indigentes, desesperados por un cambio que jamás llegaba. Los descarados fraudes electorales solo fueron eslabones de una larga cadena de atropellos a la dignidad del pueblo venezolano. El régimen socialista cruzó todas las fronteras imaginables, hasta que Donald Trump, con su característica forma de enfrentar los problemas, envió soldados para llevar a Nicolás Maduro y a su esposa ante un tribunal neoyorquino.

    Se esboza aquí un resumen apretado de las ingenuidades teóricas y las bestialidades operativas que hicieron colapsar el chavismo. En una columna anterior se ha hecho referencia a la ineptitud globalista que supone la reciente captura de Maduro. Llega el momento de hablar de las alternativas que se abren a la Administración de Trump después de este paso agresivo.

    El actual inquilino de la Casa Blanca es esencialmente impredecible, pero sí vale la pena realizar un esbozo de las acciones que un verdadero estadista, con genuino pensamiento liberal, realizaría en Venezuela para contribuir a su recuperación política, económica, institucional y social. De ello hablaremos más adelante.

    *Federico Hernández Aguilar es escritor.