Categoría: Opinión

  • Uno de cada tres niños salvadoreños tiene sobrepeso u obesidad

    Uno de cada tres niños salvadoreños tiene sobrepeso u obesidad

    Por primera vez, la prevalencia mundial de la obesidad ha superado a la del bajo peso entre niños y adolescentes de 5 a 19 años. El Informe sobre Nutrición de UNICEF 2025 revela cómo los entornos alimentarios poco saludables están impulsando un rápido aumento del sobrepeso y la obesidad infantil. Este fenómeno es particularmente preocupante en los menores de 5 años, ya que la obesidad temprana afecta el desarrollo y crecimiento de todos los sistemas del organismo, además de ser un catalizador de mala salud a lo largo de la vida y de mayor riesgo de mortalidad.

    Las causas son múltiples, pero destacan dos factores principales. En primer lugar, la influencia de la industria de alimentos y bebidas, que ha generado entornos alimentarios perjudiciales. Los productos ultraprocesados son accesibles y ampliamente publicitados en espacios donde los niños viven, aprenden y juegan. Aunque muchos países han aprobado medidas legales para proteger a la niñez, las industrias recurren a prácticas poco éticas para debilitar la acción gubernamental. Un ejemplo es el uso de programas de “responsabilidad social empresarial” para asociarse con escuelas y facilitar el ingreso de alimentos y bebidas ultraprocesados.

    En segundo lugar, persisten dificultades para implementar y evaluar la eficacia de las intervenciones de salud pública. Muchas de ellas, aunque bien diseñadas, no han logrado demostrar un impacto significativo en la reducción de la obesidad infantil. Por ejemplo, un metaanálisis del grupo de colaboración Transforming Obesity Prevention for Children (TOPCHILD), que analizó intervenciones conductuales centradas en los padres de niños menores de 30 meses, concluyó que, pese al papel dominante del entorno familiar en la alimentación, las intervenciones dirigidas exclusivamente al comportamiento familiar son insuficientes para prevenir la obesidad en ese grupo etario.

    En América Latina, la prevalencia de sobrepeso infantil sigue en aumento: uno de cada tres menores presenta exceso de peso, sin que ningún país esté por debajo del 20%. En El Salvador, las cifras se mantienen cercanas al promedio regional. Para niños y adolescentes de 5 a 19 años, la prevalencia combinada de sobrepeso y obesidad alcanzó el 33.6% en 2025, mientras que en menores de 5 años la obesidad reportada en 2022 fue del 8%. Un estudio realizado en 2024 entre escolares de 5 a 11 años evidenció tasas preocupantes de obesidad, estrechamente vinculadas a factores socioeconómicos y a los hábitos familiares.

    Factores de riesgo en El Salvador

    En nuestro país, la obesidad infantil está asociada al nivel socioeconómico y educativo, particularmente al nivel de educación de la madre. Los niños de familias con menores ingresos y madres con baja escolaridad presentan mayor prevalencia de sobrepeso y obesidad. La disponibilidad de dietas pobres en nutrientes, pero más accesibles económicamente, constituye un determinante clave. La Asociación de Pediatría de El Salvador y expertos en salud han calificado este fenómeno como una “epidemia silenciosa”, señalando la falta de priorización del problema por parte de las autoridades.

    Impacto en la salud infantil

    Los niños con obesidad enfrentan riesgos metabólicos (resistencia a la insulina, hipertensión arterial), síntomas respiratorios, psicológicos y osteomusculares ya en el corto plazo. A largo plazo, las consecuencias son aún mayores: un niño con obesidad tiene hasta un 80% de probabilidad de convertirse en un adulto obeso, perpetuando el ciclo de enfermedades crónicas en la adultez.

    Respuesta del Ministerio de Salud

    El Ministerio de Salud, en coordinación con el Despacho de la Primera Dama y organismos internacionales, ha impulsado estrategias y consultas para diseñar políticas públicas de prevención. Entre las medidas destacan las restricciones a la venta de alimentos ultraprocesados en entornos escolares y campañas de educación alimentaria.

    Sin embargo, los avances son limitados. En El Salvador los niños no es que no coman, sino que comen mal. Los programas de alimentación escolar, con una cobertura del 93.5%, han contribuido a mejorar la seguridad alimentaria y la permanencia en el sistema educativo, pero no han tenido un impacto significativo en la reducción de la obesidad infantil.

    *El Dr. Alfonso Rosales es médico epidemiólogo y consultor internacional

  • De territorio hostil a símbolo de oportunidades: La nueva cara de La Campanera

    De territorio hostil a símbolo de oportunidades: La nueva cara de La Campanera

    Durante décadas, mencionar el reparto La Campanera, en la zona norte del distrito de Soyapango, era evocar imágenes de miedo, de fronteras invisibles impuestas por pandillas y de un Estado ausente y fallido. Sus habitantes vivían en un estado de sitio no declarado, donde la violencia era la norma y las oportunidades una fantasía. Sin embargo, el Soyapango de hoy, y en particular La Campanera, es el epicentro de una de las transformaciones de seguridad y sociales más ambiciosas en 204 años de República, un proceso que merece un análisis profundo desde la criminología.

    Todo comenzó con la Fase I del Plan Control Territorial con el despliegue operativo y táctico de la PNC con el apoyo invaluable de la Fuerza Armada con un plan, estrategia, objetivos y una técnica policial basada en inteligencia. Con las Fases de “Incursión y Extracción” todo se profundizo. A finales de 2022, un masivo despliegue de fuerzas de seguridad cercó el municipio, penetrando en bastiones criminales que antes eran impenetrables. Esta etapa, de combate y de represión, fue una condición necesaria pero no suficiente. Desde una perspectiva de prevención de la violencia, desarticular las estructuras criminales es apenas el primer paso. El verdadero desafío, el que define el éxito a largo plazo, es llenar el vacío de poder, dominio y control que tenían las pandillas con algo más que solo autoridad: con oportunidades.

    Aquí es donde la estrategia se vuelve integral y adquiere relevancia. La intervención no se detuvo en las capturas. El gobierno dio paso a la Fase de «Oportunidades», una apuesta por la reconstrucción del tejido social. Uno de los ejemplos más palpable ha sido la implementación de los Centros Urbanos de Bienestar y Oportunidades (CUBO). Estos espacios, con su oferta de tecnología, arte, deportes y formación, atacan directamente las causas raíz de la violencia: la exclusión social y la falta de alternativas para la juventud. En lugar del reclutamiento forzado, los jóvenes de La Campanera y sus alrededores ahora encuentran un camino para desarrollar sus talentos y construir un futuro legítimo. Y qué decir de poder ir a la Escuela e inscribirse en el centro educativo de su preferencia sin temor a ingresar a territorio de otra pandilla. La presencia, coordinación y apoyo de instituciones del Estado como: Ministerio de Seguridad Pública y Justicia, PNC, Fuerza Armada, Academia Nacional de Seguridad Pública, Ministerio de la Vivienda, Ministerio de Salud, Ministerio de Educación, Procuraduría General de la República, Dirección de Integración, Dirección de Tejido Social, RNPN, CNR, Fosalud, Ministerio de Obras Públicas, INDES, Ministerio de la Defensa Nacional, Conamype, CONAPINA, ISDEMU entre otras.

    La reciente inauguración de una moderna estación de policía en La Campanera, en Soyapango, es una pieza que consolida este proceso. Este no es un simple base o sede policial; su entrega simboliza una nueva filosofía de seguridad ciudadana. Representa la transición de una fuerza de choque, de recuperación del territorio a una policía cercana a la población, cuyo objetivo primordial es la protección y el servicio, no la confrontación.

    Esta estación servirá como un ancla de estabilidad para todo el reparto y sus alrededores. Su presencia permanente disuade el resurgimiento de grupos ilícitos y, más importante aún, construye confianza entre los ciudadanos y las instituciones. Es la manifestación física del compromiso del Estado de no retirarse y de acompañar a la comunidad en su desarrollo.

    El modelo que se está implementando en La Campanera es un caso de estudio fascinante. Combina la contención delictiva con la prevención social, entendiendo que la seguridad no solo se construye con represión, armas de fuego y accesorios; sino con libros, computadoras, educación, sano esparcimiento, deporte, arte, cultura, y, fundamentalmente, con la presencia constante y positiva del Estado y sus servicios básicos, integrando a la comunidad con otros sectores. El desafío ahora es garantizar la sostenibilidad de estos programas, asegurar que la inversión social continúe y que la nueva relación entre la policía y la comunidad se fortalezca. La Campanera está floreciendo, y su historia podría convertirse en un manual sobre cómo recuperar la paz, no solo silenciando armas y conflictos diversos, sino encendiendo la esperanza. Mi opinión es que el caso de La Campanera una vez consolidado puede servir de modelo para otras comunidades, barrios, cantones y caseríos a nivel nacional para impulsar el desarrollo humano en otros sectores donde se ha recuperado el territorio y ahora hay esperanza.

    *Ricardo Sosa es Doctor y máster en Criminología 

    @jricardososa 

  • Formar el criterio: el antídoto frente a la desinformación digital 

    Formar el criterio: el antídoto frente a la desinformación digital 

    El auge de la inteligencia artificial generativa nos plantea un reto importante. Hoy es posible fabricar imágenes, audios y videos falsos con tal realismo que resultan casi imposibles de distinguir de los auténticos. Los deepfakes y los textos creados por IA borran la línea entre lo real y lo fabricado. Ejemplos no faltan. En 2022 circuló un video donde el presidente de Ucrania, Volodímir Zelensky, pedía a sus tropas rendirse. Aunque se desmintió pronto, el daño ya estaba hecho. En mayo de 2025, millones se conmovieron con “Ernesto”, la historia de un carpintero de 54 años que parecía presentarse en un concurso televisivo. Con jueces, presentadores y público llorando, todo parecía auténtico. Luego se descubrió que había sido generado con inteligencia artificial y técnicas de deepfake por un canal llamado AGTverseai. En octubre del 2024, durante las elecciones en Pensilvania, un video manipulado mostraba supuesta destrucción de boletas de Trump. Fue compartido miles de veces antes de que las autoridades lo desmintieran.

    Vivimos en una época sin precedentes: nunca hubo tanta información disponible y nunca fue tan difícil distinguir lo verdadero de lo falso. Hoy no solo consumimos datos, noticias y contenidos, sino que estos son moldeados y multiplicados por algoritmos e inteligencias artificiales que parecen conocernos mejor que nosotros mismos. En este escenario, formar criterio no es un lujo intelectual, es una necesidad urgente.

    Los motores de búsqueda, las redes sociales, los sistemas de recomendación y la inteligencia artificial no nos muestran información al azar. Nos enseñan lo que sus cálculos creen que queremos ver. Cada clic, cada “me gusta” y cada búsqueda deja un rastro digital que ayuda a construir un perfil detallado de lo que pensamos, sentimos y deseamos. El resultado tiene dos caras. Por un lado, disfrutamos de una experiencia personalizada: contenidos a nuestra medida, afinados con nuestros gustos. Pero, al mismo tiempo, esta burbuja digital limita nuestra capacidad de contrastar y nos encierra en versiones reducidas de la realidad. Si el algoritmo no solo refleja lo que somos, sino que también moldea lo que llegamos a ser, ¿hasta qué punto somos libres en lo que pensamos?

    La historia reciente ofrece respuestas inquietantes. Campañas políticas, como el Brexit o las elecciones en Estados Unidos, usaron algoritmos para manipular emociones y percepciones mediante noticias segmentadas. En Myanmar, la ONU señaló en 2018 que Facebook contribuyó a la incitación al odio contra los rohinyás, con consecuencias trágicas.

    Estos casos evidencian algo crucial: ya no basta con consumir información; debemos aprender a cuestionarla. Formar criterio significa desarrollar la capacidad de discernir, de no aceptar todo como cierto solo porque parece convincente o porque lo comparte alguien cercano. Implica detenerse a pensar quién creó ese contenido, con qué intención, si puede verificarse en fuentes confiables, si existen datos que lo respalden o por qué resulta tan fácil creerlo.

    El criterio se construye, sobre todo, a partir de la lectura crítica y variada. Como dice un autor: “más libros, más libres”. Conviene volver al texto impreso, a los libros, a los medios de comunicación serios… Entre más fuentes consultemos, más difícil será caer en la trampa de lo viral, lo emotivo o lo manipulado.

    El reto es enorme: vivimos en un ecosistema digital donde la rapidez y el impacto emocional pesan más que la verdad. La información falsa no necesita ser creída por todos, basta con que genere duda, división o confusión. Y allí radica su poder.

    Por eso, el discernimiento se convierte en la herramienta ciudadana más poderosa. No todo lo que circula en internet es falso, pero tampoco todo es verdadero. En medio de esa ambigüedad, nuestro criterio es la brújula que nos permite orientarnos. Porque en la era de la desinformación, formar nuestro criterio es la forma más revolucionaria de ser libres y pensar en libertad nos permite ser auténticos revolucionarios.

    *Fernando Armas Faris es sacerdote católico y Doctor en Filosofía 

     

     

     

  • El salvadoreño puro 

    El salvadoreño puro 

    El salvadoreño nunca se rinde, siempre busca la solución a un problema. El salvadoreño siempre busca amigos para poder salir adelante. Siempre anda con pocas monedas en su bolsillo, pero eso no le hace infeliz. El salvadoreño siempre logra cumplir el objetivo.

    El salvadoreño se reconoce en todo el mundo, es metido, intrépido, mentiroso, sabelotodo, y quiere siempre ganar, aunque sabe que, en ocasiones, no lo logrará. El salvadoreño se “encachimba” rápido, pero luego, está contento.

    El salvadoreño puro se reconoce diciendo malas palabras: «qué pasó maje», «que cabrón está el calor». En sí, el salvadoreño es mal hablado por naturaleza, lo aprendió en su casa (con sus padres y abuelos), con los vecinos, en los medios de comunicación, en la escuela y hasta en la iglesia.

    El salvadoreño es “rebúsquero”, está en asiento VIP en un concierto, aunque se haya quedado sin nada en sus bolsas o haya topado la tarjeta de crédito. O si no, se lo ganó en redes sociales en alguna promoción.

    El salvadoreño no se detiene ante nada, aunque haya trabazones, manifestaciones, toques de queda, guerras y hasta terremotos; siempre sale adelante.  El salvadoreño es mujeriego y se jacta de contar cuántas ha tenido en su vida.

    El salvadoreño puro ayuda a los que siempre le piden ayuda; si no lo tiene, hace el intento y hasta lo imposible para quedar bien. El salvadoreño, el que es feo, siempre luce en el centro comercial o en la playa a la mejor cipota. Simplemente, tiene “labia”.

    El salvadoreño, el que es bonito, no le sale nada por ser arrogante. Se queda con las ganas de tener la suerte y las pajas del feo. Compra el libro por plante, pero no lo termina de leer. Mejor revisa las redes sociales.

    Se sube a los buses a pedir, no le da pena; dice: prefiero pedir que ir a robar. Si se queda sin trabajo pone un negocito. El salvadoreño es “gastón”, siempre está en algún “food court” o en esos lugares en donde venden comida chatarra.

    El salvadoreño se cree gringo, el que trabaja en el “call center”, siempre está en un restaurante de comida rápida hablando en inglés, ¡se la pica! El salvadoreño le miente a medio mundo, pero al final resuelve los problemas. Le dice al cobrador “la siguiente semana”; le dice a la mamá “volveré luego y llega a las tres de la madrugada”.

    El salvadoreño le gusta siempre tener el mejor celular, aunque no tenga saldo y se quede sin el sueldo completo. El salvadoreño es “survivor”, puede pasar días sin comer. No se muere, siempre sale de su casa a ver qué encuentra. Le alcanza hasta para hacer cola para las donas.

    El salvadoreño, para conquistar a la bicha de pisto, le dice al amigo que le preste la hacienda; así podrá conquistar a la bicha. El salvadoreño no es puro, está mezclado; hay cheles, morenos, chinos, trompudos, altos, bajos. Que alguien se deje de paja que tiene sangre azul o “pedegrí”. No hay negritos por culpa de Maximiliano Hernández Martínez.

    El salvadoreño tiene todo gratis: todos los cables de televisión, wifi, internet, etcétera. El salvadoreño puede vivir pobre y es feliz, siempre se las rebuscará o venderá algo para comprar las tortillas.

    El salvadoreño es mentiroso por naturaleza, le dice al familiar que está en el extranjero que está enfermo para que le mande billetes. Es capaz de incapacitarse para ir a ver a la Selecta.

    El salvadoreño es feliz con el presidente que tiene. Cuando está de malas pulgas, mancha paredes, protesta, escribe insultos y groserías en las redes sociales, pero no cambia a su presidente. Es reconocido por trabajador en el extranjero.

    Si hay paro de buses, toma sus tenis y ¡a caminar se ha dicho! No importa esté cayendo un gran aguaje. La escuela o el trabajo le esperan, nada lo detiene. Si es necesario irá colgado como mono en los picaps o en los buses. A veces hasta personas “trajeadas” van colgadas; la cosa es no “ahuevarse”.

    El salvadoreño nacido en otro país, tiene en su sangre todo lo anterior, sí se la pica, pues, que se cambie el color de piel. ¡A no ser, que se haya cruzado con un ario!… pero siempre, por los poros, se le saldrá lo salvadoreño, ¡de eso no hay duda! El salvadoreño, aunque esté lejos, siempre ama a su patria.

     

    * Fidel López Eguizábal​ es docente e investigador Universidad Nueva San Salvador

    fidel.flopez@mail.unssa.edu.sv

     

  • Charlie Kirk, las ideas y el odio

    Charlie Kirk, las ideas y el odio

    Charlie Kirk, el joven activista americano asesinado hace pocos días, defendía micrófono en mano la Segunda Enmienda de la Constitución de EE UU, bajo una carpa en la que se leía la inscripción: “Demuestra que estoy equivocado”. El tema del debate que sostenía, apenas segundos antes de recibir un balazo mortal en el cuello, no podía ser más polémico, porque es precisamente la Segunda Enmienda la que otorga a los ciudadanos de Estados Unidos el derecho a poseer y portar armas. Fue justo ése el instante que eligió Tyler Robinson, poseedor y portador de armas de 22 años, para disparar alevosamente contra Kirk.

    La repugnancia del crimen quedó exhibida por el espanto que provocó en los cientos de estudiantes presentes en la escena, allí mismo en el campus de la Universidad de Utah Valley, mientras en redes sociales empezaba un enfrentamiento macabro entre quienes no solo justificaban sino que llegaban al extremo de regocijarse por el asesinato.

    En Seattle, Washington, una persona se atrevió a decir: “Lo habría matado yo mismo”, para después agregar que el perpetrador del crimen les había hecho “un favor”. Otro joven de la Universidad de Texas en Austin expresó sin titubear: “Alguien tenía que hacerlo”. En TikTok, un tipo subió un video de sí mismo bailando en la vía pública y canturreando con un megáfono: “Le dimos a Charlie en el cuello”.

    El analista político Matthew Dowd, colaborador de la cadena MSNBC, hizo un comentario al aire que le valió su despido: “Siempre vuelvo a lo mismo: los pensamientos de odio conducen a palabras de odio, que luego conducen a acciones de odio… No puedes quedarte con este tipo de pensamientos horribles que tienes y luego decir estas palabras horribles y no esperar que ocurran acciones horribles”. ¡Vaya interpretación reveladora!

    Causa profundo estupor confirmar, luego del asesinato de Kirk, en qué se ha transformado el debate público en Estados Unidos. Hay ahora demasiada gente que en serio concibe las ideas ajenas como instrumentos de guerra apuntados en su contra. Se ha llegado al colmo de condenar el uso de ciertas palabras y se ha culpado a quienes las usan, por consiguiente, de ser “nazis” o “fascistas” o “extremistas” o “fanáticos”.

    Hoy se antepone el prefijo “ultra” con una ligereza pavorosa, porque resulta más fácil descalificar así al adversario que tomarse el trabajo de enfrentar sus posturas. Y no es que Charlie Kirk fuera, en mi opinión, un polemista infalible; tenía sus yerros, enarboló algunos simplismos gruesos y no siempre conseguía dominar su temperamento provocador. Pero sí poseía la gran virtud de ir a contracorriente sin andarse por las ramas y respaldado por la fuerza de la convicción y el recurso de la agilidad mental.

    Tyler Robinson, el asesino, era solo nueve años menor que su víctima, de 31. Entre ambos, sin embargo, mediaba el inmenso océano de crispación ideológica que está socavando los cimientos de la sociedad americana. Y esa misma sociedad, azuzada por líderes políticos que hablan de sus adversarios como “enemigos” a los que hay que destruir, tiende a naturalizar la violencia como una forma legítima de dirimir los inevitables conflictos.

    Tyler odiaba a Charlie y le consideraba un “fascista”. Lo mató de un tiro porque nunca estuvo a la altura de proponer ideas, sino a la mera elevación física de ubicar un fusil. Por eso, mientras uno murió reivindicando la necesidad de contrarrestar opiniones, el otro escogió el camino de silenciar una opinión que personalmente le molestaba.

    Confieso la debilidad que tengo por las elegantes discusiones de ideas. Me cuento entre los escritores que extrañan aquellas épocas doradas en que los eruditos acudían al diálogo (incluso apasionado) sobre los temas más controversiales, pero guardando siempre el decoro y el debido respeto por sus interlocutores. De hecho, fue esta cortesía mínima, abierta incluso a la nobleza de reconocer los aciertos del contrincante o las propias inexactitudes, lo que hizo que notables polemistas —de la clase de G. K. Chesterton o G. B. Shaw, en la Inglaterra victoriana— se afilaran mutuamente en el “pugilato” de las convicciones sin llegar a perder su recíproca admiración.

    Conversaciones que llevan a un intercambio franco de ideas y razones, con oportunidad de exhibir falacias y desmontar prejuicios, son ejercicios democráticos de gran potencial práctico. Quien demuestra que el otro se equivoca sale con una victoria que no es solamente suya, porque es la sociedad entera la que se beneficia del triunfo de una buena propuesta o, en su defecto, del abandono de una concepción errónea.

    Por desgracia, con muy contadas excepciones, en estos días resulta difícil hallar esta nobleza y honradez intelectual en el ámbito de las ideas políticas, sociales o meramente humanas. Ezra Klein, un comentarista estadounidense con quien suelo discrepar, escribió en su cuenta de X unas frases cortas que me parecen muy atinadas, en relación a la muerte de Kirk: “La violencia política es contagiosa, y se está extendiendo. No se limita a un solo bando o sistema de creencias. Debería aterrorizarnos a todos”.

    Y es verdad. Algo no anda bien en una sociedad cuyos miembros temen hablar por temor a ser vistos con odio y luego a través de la mirilla de un fusil. El diálogo abierto debería ser, siempre y en todo lugar, la alternativa al derramamiento de sangre. Por nuestras más fuertes convicciones tendríamos que estar dispuestos a entregar la vida, pero no a arrancar la vida de otra persona. La justificación de la violencia, por pequeña que sea, es el umbral de la barbarie.

  • Patria abstracta

    Patria abstracta

    Sin echar mano de una definición sesuda o rebuscada pero haciendo uso del sentido común, considero que al hablar de independencia podría definirse esta como la condición del ser humano en la cual –individual o colectivamente– se toman con libertad determinadas decisiones; es decir, sin injerencias externas directas o indirectas. Para ello se debe considerar qué hacer y cómo hacerlo, teniendo presente con claridad el para qué.

    Desde la perspectiva de los pueblos, las respuestas a estas interrogantes deberían ser establecidas colocando en un primerísimo plano el bien común. Este, desde la óptica ellacuriana, “es de hecho un ideal”; pero, además, “es una necesidad para que pueda darse un comportamiento realmente humano”. Claros de esa estrecha e indisoluble vinculación señalada por este mártir jesuita, debe destacarse que para lograr concretar la mentada independencia es necesario tener en cuenta la vigencia real de sustanciales categorías como la ya mencionada libertad junto a la autonomía, la soberanía y la autodeterminación.

    Partiendo de lo anterior, preguntémonos si nuestro pequeño país –a lo largo de su historia– ha sido y es realmente independiente. Para eso debemos sacudir un poco la cuchara, el plato y el bocado que nos han forzado a tragar, comenzando por lo ocurrido durante el famoso 15 de septiembre de 1821. No nos metamos a escarbar en lo que a lo largo del tiempo han dado en llamar a conveniencia el “primer grito de independencia” lanzado, según cuenta la leyenda, el 5 de noviembre de 1811. Básicamente, este debe asumirse como el intento inicial de los criollos que ‒desde la provincia de San Salvador‒ no veían la hora de sacudirse el yugo español para encaramarle el suyo al pueblo. Pero, ojo, se debe tener presente para entender el evento que tuvo lugar una década después.

    En el primer artículo del acta acordada hace 204 años y firmada dentro del Palacio Nacional chapín, se lee textualmente lo siguiente: “Que siendo la Independencia del Gobierno Español la voluntad general del pueblo de Guatemala, y sin perjuicio de lo que determine sobre ella el Congreso que debe formarse, el señor Jefe Político, la mande publicar para prevenir las consecuencias que serían terribles, en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo”. ¿Cómo les quedó el ojo? ¡Cuidadito se le adelantaba la chusma a la criollada y le comía el mandado! Quienes se consideraban los que debían mantener sojuzgada a la primera, no lo permitieron desde entonces y hasta estos días.

    Así las cosas, tras ese acontecimiento “celebrado” formalmente por tantas generaciones a lo largo de más de dos siglos sin ser realmente comprendido a cabalidad, no podemos asegurar hoy que hayamos habitado en una patria real. Debemos tener claro que ‒parafraseando al padre Óscar Romero mucho antes de que fuera arzobispo, mártir y santo‒ hemos poblado una en la que sus gobernantes le han “servido”, sí, pero “no para mejorarla sino para enriquecerse”; una patria en donde “las riquezas” han sido siempre “pésimamente distribuidas”, generando “una brutal desigualdad social” que “hace sentirse arrimados y extraños a la inmensa mayoría de los nacidos en su propio suelo”.

    Nos han forzado, entonces, a sobrevivir en una patria abstracta. ¿Cuál es esta al día de hoy? La publicitada desde arriba con luces veleidosas y engañosas para cegar al visitante y ocultar la miseria de nuestra gente; aquella en la que unas turbas violentas recientemente reinaban en las páginas rojas nacionales y hoy ‒al atravesar tantito nuestras fronteras‒ hacen de las suyas en otras tierras; la poblada por una fanaticada que seguirá llorando, borracha, al escuchar el himno nacional en cualquier evento futbolero adonde su “selecta” pierda con todo éxito, pese al “desinteresado” apoyo del “bukelato”; esa en la que, superada por mucho la muerte intencional violenta quién sabe hasta cuándo, se quiere engañar a su gente para hacer que crea ingenuamente que el lindero de la muerte lenta ‒producto de la desigualdad y la carencia‒ también será franqueada por el “nuevo modelo”.

    Pero, ¿quiénes sufren realmente en nuestra patria exacta? Pues aquellas mayorías populares cuyos lamentos llegaron, llegan y seguirán llegado “tumultuosos hasta el cielo” sin ser escuchados mientras sus estructuras injustas no cambien; las cientos de miles de personas que reclaman justicia por sus víctimas y las que buscan a sus familiares que desaparecieron en medio de la violencia de antes, durante y después de la guerra; las que en el “paraíso bukeleano” perdieron su trabajo y no encuentran cómo subsistir… Es esa la patria exacta salvadoreña; la que por mucho que hoy cacareen le ha pertenecido y le sigue perteneciendo, como dijo el cantor, a “los dioses del poder y del dinero” tanto nativos como foráneos.

  • Justas proposiciones y mejores cumplimientos

    Justas proposiciones y mejores cumplimientos

    Unos y otros tenemos promesas que cumplir, caminos que recorrer y sueños que realizar. Ciertamente, nos prometemos determinados andares, según nuestros anhelos y los ejecutamos a tenor de nuestros temores. Llegar a una alianza de fidelidad, cada cual consigo mismo, es algo imprescindible. Únicamente, bajo este perfil, alcanzaremos los humanos a ser parentela viva y a fraternizarnos entre sí, compartiendo la diversidad de espacios, sin otra observancia que la entrega generosa. Lo nefasto, es olvidarse del deber que hemos de practicar en comunión y en comunidad, cayendo en la desconfianza y sucumbiendo en los falsos ídolos. Desde luego, la mejor grafía para verificar con el vocablo, se inicia ahondando en nuestro propio programa vivencial.

    La creación en su conjunto es una persistente ofrenda, esto nos da la garantía, no sólo de que la bondad y la belleza del universo viven con nosotros, sino que además estamos llamados y somos capaces de trabajar por lo armónico. En consecuencia, las promesas hay que convertirlas en progreso, y aunque el planeta sigue enfrentándose a profundos e interconectados desafíos, como el cambio climático, la deuda, la inseguridad alimentaria y la creciente brecha digital, hemos de ser conscientes que todo requiere sacrificio, pero que tras el esfuerzo nada se resiste, máxime si engendramos puentes de solidaridad con ánimo cooperante. Lo transcendental es dar grafía a un mundo globalizado que refleje el hermanamiento, partiendo del respeto a la dignidad de todos y todos nos reconciliemos.

    Llegará el día en que nuestros pasos ya no siguen los caminos perversos del mal, los senderos tortuosos y las sendas torcidas, totalmente injustas e inhumanas. Son, precisamente, estas atmósferas de desigualdad las que nos dejan sin palabras. Así, mientras algunos nadan en la abundancia derrochándolo todo, millones de habitantes viven en la pobreza extrema, y muchos países invierten más en el pago de su deuda que en servicios públicos esenciales. De este modo, no podemos avanzar, necesitamos del apoyo mutuo y de la experiencia compartida, del abrazo extendido y del culto al desprendimiento, mejorando de esta manera la capacidad conjunta, mediante recursos comunes y capacidades complementarias.

    Vivir la vida y desvivirse por los demás, quizás sea la primera obligación a la que estamos llamados a dar cumplimiento, por muy pesada y compleja que se nos manifieste. No hay mayor martirio que la pasividad y la indiferencia. Somos gente de acción y reacción: ¡Actúa en vez de suplicar, ofrécete a cambio de nada, entrégate sin esperanza de gloria, ni recompensa alguna! En una sociedad cada vez más polarizada, las respuestas que se dan a las crisis son esenciales; pero, igualmente, la forma en que se impulsa la evolución. Nadie puede quedar excluido, somos más necesarios que nunca; con esta disposición interior desaparece el recelo, se acaban la confusión y la vergüenza, abriéndonos a la confianza en un futuro más humanitario y menos deshumanizante.

    No hay que dejarse consumir por la amargura, o por esa resignada melancolía que germina cuando se llega al ocaso existencial, la esperanza de la espera todo lo consigue. La paciencia no es un signo de debilidad, al contrario, es una fortaleza del espíritu, que nos hace capaces de aguantar y resistir las adversidades. Huyamos del orbe interno depresivo. Impulsemos la alegría, nunca la tristeza, que es la que nos tritura mar adentro. El mejor proyecto del astro, se conseguirá el día, en que sepamos dar tiempo al tiempo. Nunca nos apresuremos a juzgar a la persona o a la situación, hay que saber dar sosiego, si antes no lo tenemos como abrigo; como tampoco podremos discernir, para ver la verdad, si nuestro corazón esta agitado o impaciente. No trotemos, entonces; vuelva la sensatez.

  • Descansa en paz mi ídolo y amigo “Chelona” Rodríguez

    Descansa en paz mi ídolo y amigo “Chelona” Rodríguez

    El Salvador está de luto. Uno de sus mejores hijos ha partido al  cielo. Mi amigo y ex mundialista de España 82 Jaime Alberto “Chelona” Rodríguez Jiménez partió al cielo el domingo pasado a los 66 años de edad. Jaime, a pesar de su grandeza deportiva y su nobleza como ser humano, siempre fue un tipo humilde, amigable, inteligentes y muy bonancible.

    Ha sido, según yo y muchos aficionados, el mejor defensa central que alguna vez nació en tierras guanacas. Una vez le pregunté a Jaime quién era el mejor defensa central histórico de El Salvador y con esa su humildad que resaltaba en el trato a los demás, me dijo que Francisco Jovel. Le repliqué que para mí y la mayoría de aficionados el mejor era él y riéndose me insistió en que Salvador Mariona, Ramón Fagoaga y él, eran los suplentes de Jovel.

    Supe de Jaime Rodríguez cuando yo era un niño y él parte de aquella selección de excepcionales y talentosos futbolistas que nos llevó a España 82. Todos esos jugadores se convirtieron en mis ídolos a quienes jamás pensé en llegar a conocer. Atesoro gratos recuerdos de cuando mi padre me llevaba al estadio a ver los juegos de la Selecta. En junio de 1989 tuve el privilegio de estar en el monumental Estadio Cuscatlán, cuando “La Chelona” le anotó un golazo a Luis Gabelo Conejo, el portero de la selección costarricense. Ese ha sido uno de los mejores goles que he visto en mi vida.

    Jaime ha sido hasta ahora el único futbolista salvadoreño que ha jugado siendo estrella en tres continentes diferentes poniendo en alto el nombre de El Salvador. Alemania, Finlandia, Japón, México y El Salvador conocieron de la entrega total y la alta capacidad de “La Chelona” que incluso en clubes como Atlas y León de México y el Yokohama Flugels de Japón (donde jugó con la superestrella Zico de Brasil) se le designó capitán por sus méritos de liderazgo. Jaime era un defensa central con un potente disparo y un cabeceo digno de los mejores. Para nosotros era “Chelona”, pero en Finlandia y Alemania era el “moreno”.

    El periodismo a veces nos da privilegios y yo, allá por 2000,  tuve el privilegio de conocerlo en persona y hasta hacerme su amigo. Iván Miranda, entonces jefe de Deportes de un matutino donde ambos trabajábamos, me propuso escribir la biografía de Jaime Rodríguez con quien entablamos una cita en la oficina de su academia de fútbol, donde “la Chelona” en un tono de humildad nos propuso que mejor escribiéramos la biografía de Jorge “Mágico” González y que él se encargaría de convencer al “Mágico”. Jorge aceptó y dimos paso al proyecto.

    Grabadora en mano nos reuníamos en la oficina de la Academia y nos pasábamos horas enteras tertuliando y escuchando de viva voz del “Mágico” sus vivencias desde su niñez y adolescencia hasta su vida en Cádiz, España, donde lo idolatran y aman. A veces nos acompañaba Norberto “Pajarito” Huezo (QEPD) e íbamos a la casa de Jaime en la Santa Elena, donde llegábamos hasta la medianoche. Era un placer escuchar a “Mágico”, “Chelona” y “Pajarito” porque con sus historias nos hacían vivir el pasado. Ahí conocí a su esposa doña Rina y a sus hijos Kevin, Diego y Gabriela, el verdadero orgullo de Jaime.

    Hubo veces en las que de la oficina de la Academia nos íbamos a cenar a Plaza Merliot, porque a “Magico” le encantaban unas pizzas de hongos y camarones que de manera exclusiva hacían para él y  sus invitados. Con mi compadre Iván nos sentíamos privilegiados de acompañar a aquel tridente de estrellas (Rodríguez, Huezo y González).

    Comenzamos a escribir el libro y de cada avance le entregamos copia a Jorge y Jaime. Luego por razones ajenas a nuestra voluntad ya no terminamos la biografía. De aquella experiencia me quedó la amistad con Jaime, Jorge y  Norberto, a tal punto que a veces íbamos a desayunar a la casa de “Mágico” en el Reparto Los Héroes, frente al estadio Cuscatlán. Ser amigo de ellos era mi sueño cumplido.

    Cuando Jaime tomó las riendas de naciente San Salvador F. C. el equipo entrenaba al mediodía en la Cancha San Luis y con Iván nos hicimos asiduos observadores. Jorge, inscrito como futbolista no entrenaba y se dedicaba a hacer “malabares” y disparar a la portería. “Basta con su presencia para inspirar al resto de jugadores”, me dijo en respuesta cuando le señalé a Jaime que “Mágico” no entrenaba.

    En octubre de 20o6 vino al país Diego Armando Maradona acompañado de grandes exfutbolistas mundiales para un juego de “showbol” contra un equipo de “Mágico” y sus amigos, entre los que estaba Jaime y Norberto. Ese día Jaime le habló a Iván para que me llevara al hotel donde después del partido iba a estar Maradona para que lo saludáramos en persona. Fuimos y cuando Diego saludó a Jaime le dijo: “Te veo y ya me duelen los tobillos” en referencia a que Jaime fue el marcador de Maradona en el duelo El Salvador-Argentina en España 82. La respuesta con carcajada incluida de Jaime fue: “solo dos veces te pegué”. En aquella visita de menos de diez minutos, Maradona nos autografió su libro biográfico “Yo soy El Diego”.

    Cuando en 2009 lo nombraron presidente del Instituto  Nacional de los Deportes de El Salvador (INDES), cargo que ostentó hasta 2014, Jaime se prometió hacer una labor de masificación y democratización del deporte, amén de manejar la institución con transparencia y con carácter de apoliticidad. Y así lo hizo, pero al final hubo intereses políticos que sin ser uno de ellos lo alcanzaron e intentaron hacerle daño por la vía legal. Sus amigos siempre supimos de su inocencia e intachable  trayectoria, por lo que ninguna mala intención iba a dañar su reputación de hombre y ciudadano correcto. Nuestra gloria deportiva.

    Cuando en marzo pasado Norberto Huezo falleció me llamó y fue él quien me confirmó la noticia. Lloraba mientras me decía que “Pajarito”  Huezo había volado al nido celestial. Cuando Iván Miranda falleció  en mayo de 2010, me llamó para que le confirmara la noticia. Entonces me contó que estaba haciendo las gestiones para que Iván asumiera como gerente de comunicaciones del INDES y que yo era su segunda alternativa, pero que el mismo Presidente de la República había rechazado su propuesta al considerarnos periodistas “no alineados”.

    Jaime se fue a vivir a Houston, Texas, Estados Unidos y en ocasiones, vía redes sociales nos comunicábamos. Siempre me preguntaba por mi familia y yo por la suya. Tanto él como yo tenemos, respectivamente, un hijo llamado Kevin y casualmente ellos se conocen.  Jaime formó un hogar ejemplar y sus hijos son destacados ciudadanos, quienes tienen motivos de sobra y muy valederos para sentirse plenamente orgullosos de su padre, un hombre trascendental del cual los salvadoreños nos ufanamos.

    Gracias al periodismo conocí a mis ídolos de infancia, adolescencia y de toda la vida. No solo los conocí, sino también me hice amigos de ellos. Descansa en Paz amigo Jaime, en el cielo me saludas a Norberto y a mis padres. Hoy y siempre serás mi ídolo. Mi héroe.

    *Jaime Ulises Marinero es periodista

     

     

  • Las ciencias sociales: ¿al borde de la irrelevancia o más indispensables que nunca?

    Las ciencias sociales: ¿al borde de la irrelevancia o más indispensables que nunca?

    El informe sobre el futuro del empleo 2025 del Foro Económico Mundial parece lanzar un mensaje inquietante para quienes estudian y ejercen las ciencias sociales. Entre las veinte ocupaciones que registrarán las mayores tasas de crecimiento a nivel global entre 2025 y 2030 figuran especialistas en Big Data, ingenieros en FinTech, expertos en inteligencia artificial y aprendizaje automático, desarrolladores de software, especialistas en energías renovables, analistas de seguridad informática, ingenieros DevOps o diseñadores de experiencia de usuario. Se trata de perfiles fuertemente tecnológicos o vinculados a la transición energética. Ninguno de ellos proviene de los campos tradicionales de la sociología, la ciencia política, la antropología, la economía o la psicología. A primera vista, los datos parecen sugerir que la economía del futuro prescindirá de las ciencias sociales, relegándolas a un papel marginal. Sin embargo, esta conclusión resulta precipitada y, sobre todo, engañosa.

    El mundo en el que estas ocupaciones despuntan no es un escenario puramente técnico. Está atravesado por megatendencias que configuran un contexto de enorme complejidad. El cambio tecnológico reordena industrias, destruye empleos y crea nuevas formas de desigualdad. El aumento de las tensiones geopolíticas y el neoproteccionismo remodelan las cadenas de valor, erosionan el multilateralismo y alimentan conflictos regionales. La transición verde, aunque imprescindible para contener el calentamiento global, redistribuye costos y beneficios, y puede dejar atrás a territorios y grupos sociales enteros si no se gestiona con criterios de justicia. Los cambios demográficos —envejecimiento en unos países, explosión juvenil en otros, y migraciones masivas en muchas regiones— alteran las estructuras familiares, los sistemas de protección social y las identidades culturales. A esto se suma una incertidumbre económica persistente, con ciclos financieros cada vez más cortos y choques recurrentes de precios de alimentos y energía. Ninguna de estas transformaciones puede ser comprendida ni gobernada solo con algoritmos. Cada una afecta relaciones de poder, formas de convivencia, instituciones políticas y modos de vida. Y precisamente ahí es donde las ciencias sociales resultan insustituibles.

    El mismo informe que pronostica la expansión de ocupaciones tecnológicas ofrece, paradójicamente, una clave que relativiza la supuesta irrelevancia de las ciencias sociales. Cuando identifica las diez competencias más demandadas por las empresas, la mayoría de ellas remite directamente a capacidades cultivadas en esos campos. El pensamiento analítico encabeza la lista, seguido de la resiliencia, la flexibilidad y la agilidad para adaptarse a cambios rápidos. El liderazgo y la influencia social se suman a un conjunto que incluye pensamiento creativo, motivación y autoconciencia, empatía y escucha activa, curiosidad y aprendizaje permanente, gestión del talento y orientación al servicio. Solo la alfabetización tecnológica responde estrictamente a un dominio técnico. En otras palabras, los empleos del futuro se sostendrán sobre una base de habilidades profundamente humanas: interpretar contextos, persuadir, negociar, cooperar, imaginar escenarios y aprender a lo largo de la vida. Todas ellas son fortalezas que las ciencias sociales y las humanidades han cultivado históricamente.

    Lejos de significar que estas disciplinas deban competir por el mismo tipo de empleo que los ingenieros o los desarrolladores de software, el hallazgo revela su papel central en la arquitectura del futuro. La tecnología puede automatizar procesos, pero no puede diseñar instituciones incluyentes, ni negociar acuerdos de paz, ni garantizar que la transición verde sea equitativa, ni recomponer la confianza en democracias polarizadas. Tampoco puede resolver, por sí sola, los dilemas éticos de la inteligencia artificial, las disputas en torno a la privacidad de los datos o los conflictos por recursos en un planeta cada vez más presionado. La contribución de las ciencias sociales es precisamente ofrecer marcos de interpretación, herramientas de mediación, criterios normativos y estrategias de cohesión que permitan a las sociedades gobernar esos cambios en lugar de ser arrastradas por ellos.

    Por supuesto, este papel no exime a las ciencias sociales de transformarse. Requieren actualizar sus métodos, incorporar análisis de grandes datos, inteligencia artificial y economía digital, y dialogar con las ciencias naturales y la ingeniería. Deben reforzar su capacidad de lectura crítica y deliberación ética, pero también su familiaridad con entornos digitales y su disposición a la colaboración interdisciplinaria. Su valor no radica en replicar perfiles tecnológicos, sino en orientar y humanizar su despliegue. En este sentido, la verdadera disyuntiva no es entre crisis y vigencia, sino entre repliegue y renovación.

    Mirado desde esta perspectiva, la aparente ausencia de las ciencias sociales en la lista de los empleos de más rápido crecimiento no es el anuncio de su desaparición, sino la señal de que su aporte es más necesario que nunca. Sin ellas, la transición ecológica carecería de justicia distributiva; la inteligencia artificial avanzaría sin salvaguardas éticas; las tensiones geopolíticas se agudizarían sin la mediación de la diplomacia y el conocimiento histórico; y las sociedades que envejecen o se transforman por la migración quedarían sin políticas capaces de integrar a sus nuevas poblaciones. El siglo XXI será, sin duda, un siglo de avances tecnológicos, pero también será un siglo de conflictos por el sentido, la equidad y la convivencia. Y en esa arena las ciencias sociales no son un lujo académico, sino una infraestructura intelectual y moral indispensable.

    La pregunta de fondo, entonces, no es si las ciencias sociales están en crisis o si son más necesarias, sino si estaremos a la altura de renovarlas para que continúen cumpliendo su misión histórica: dar sentido humano al progreso y convertir la disrupción en oportunidad para todos.

    *William Pleites es director de FLACSO El Salvador

  • Ritual a lo divino

    Ritual a lo divino

    La pregunta interna siempre es una de las mejores que podemos hacernos; porque es auténtica ante lo que queremos saber y si aún nos es posible, comprender. Así, en esos arremolinados pensamientos que no se desligan de la realidad que nos abrasa y frente a lo obtuso que puede llegar a plagar a la misma mente humana, surge la pregunta de dónde nace la necesidad de idolatrar, solo apareció o estaba por allí, en aquellos vacíos que se lían con el silencio de la inconformidad y la incesante búsqueda de identificación con algo.

    Si buscamos en que momento de la historia aparecieron los ídolos, encontraremos que dicho constructo social ha estado implícito en el pensamiento colectivo desde siempre.

    Dicha concepción es sustentada en lo imaginario y producto del pensamiento humano que, por naturaleza, va como el agua que se desborda pero que se contiene y toma su forma según encuentra límites al paso. Estas líneas divisorias que se colocan frente a la razón, fueron edificadas generaciones atrás; como una necesidad humana de pertenencia y de redefinición, así mismo aquel sentido errante que desde los anales del tiempo ha anidado en el hombre, ante el Universo que es mucho más grande de lo que el pensamiento puede abarcar.

    Emulando a Francis Bacon, filósofo inglés, nos explica la estructura de pensamiento que puede dar pie a la formación de los ídolos o como estos llegan a convertirse en narrativas personales, inspirando e impactando vidas de manera profunda. La llamó la teoría de los cuatro ídolos. Empezando con los  de la tribu; acá están todas aquellas primeras impresiones y conclusiones que el hombre logra formular de lo que tiene frente a si, casi como un pensamiento salvaje. Luego, los ídolos de la Caverna, en este nivel de conciencia, encontramos un razonamiento bastante individual, algo que define en gran manera su forma de ser ante lo que debe razonar.

    Continuando con los ídolos del Foro, acá ya está el de intercambio de ideas con las demás personas. En este momento es crucial que estas ideas, sean bien entendidas o mejor aún, correctamente expresadas, sino la persona que utiliza su razonamiento como recipiente y no como una llave, constantemente tendrá conceptos erróneos que harán su comprensión equivocada frente a la realidad.

    En una homologación con nuestro tiempo, en este grupo vendrían siendo la comunicación mediática, la variedad de influencers y demás personas que pueden contribuir en la formación de pensamiento e ideas en adeptos a redes sociales; interpretando dichos contenidos como realidad irrefutable, que la mayoría de veces no concuerda con la circunstancia individual. Y el cuarto grupo es el  de los ídolos del Teatro. Este último de los cuatro grupos que distorsionan el razonamiento, es uno de los más tramposos y a la vez cómodos para las personas de poca o nada reflexión.

    En este grupo yacen todas las formas de pensar impuestas por tradición, los variopintos axiomas que se convirtieron en fabulas y otras enseñanzas que se generalizaron  y se volvieron irrefutables. Craso error para las nuevas generaciones no cuestionarlas o al menos extraer solamente la buena intención con que fueron dichas. Ya que no existen máximas que podamos aplicar a todo.

    Ante estas redes e “ídolos” que moldean el pensamiento con su contenido, es nuestro deber reconocer y cuestionar, no simplemente seguir en repeticiones, sino evolucionar perspectivas. Porque es en el razonamiento libre que notamos la fragilidad de la vida, su finitud y la banalidad  que existe ante la fascinación y exaltación que produce un ídolo de cualquier naturaleza.

    Si hay un ritual a practicar debería  ser es el de apreciar y agradecer en conexión directa a lo divino, cada latido de nuestros corazones en este plano existencial

    *Ivette María Fuentes Cortéz es Lic. en Ciencias Jurídicas