El sistema de transporte público urbano de San Salvador se encuentra en un callejón sin salida. Y esto, porque se ha demorado en exceso la solución (aunque sea parcial) a este asunto.
Los relatos de incidentes en las diferentes rutas (de buses y de microbuses) son diarios y algunos en realidad sorprendentes. Y ocurren a cualquier hora. Pero en la noche es cuando se dan con más intensidad.
Y es en cualquier ruta: 30, 26, 30B, 30A, 38, 2C, 44, 29A, 29B, 29C, 29D, 29E, 40, 42, 101C…
Si delegados encubiertos del Viceministerio de Transporte se subieran una noche, por ejemplo, en Metrocentro, a las 7 y 45 pm, podrían comprobar in situ lo brutales que son algunos de esos trayectos. Como los altos funcionarios gubernamentales, legislativos y judiciales ya no usan (lo usaron antes de escalar en la estructura social) el transporte público, son insensibles a las historias que discurren a diario (y en las noches, sobre todo).
Digamos que los delegados del Viceministerio de Transporte se suben en una 30, en Metrocentro, a las 7 y 45 pm, de inmediato observarían que el motorista lleva a todo volumen el aparato de sonido, hecho que es ya un acto prohibido por la ley (no el alto volumen, sino el hecho mismo de llevar el aparato de sonido).
Lo segundo que podrían comprobar los supuestos delegados encubiertos del Viceministerio de Transporte es que el motorista, en todo ese trayecto que lleva hasta después de Zacamil, va conversando de lo más divertido con alguien, pero no en persona sino por su teléfono celular (otro acto prohibido por la ley).
Como van encubiertos los delegados, pues no pueden intervenir, solo registrarían lo que ocurre en la unidad de transporte público. Entonces, a la altura de lo que todo mundo conoce como ‘los comerciales’ (cerca del Complejo Educativo República del Perú), que tiene parada obligada esa ruta 30, en esa ocasión el motorista se irá directo al semáforo y no parará, y los delegados podrían apreciar que un puñado de gente se acerca corriendo a la puerta delantera del bus y le pedirá al motorista que abra porque es el último bus y van lejos, pero el motorista ni los volverá a ver, por dos razones: va hablando de forma muy animada por teléfono y porque ya lleva un plan… que es no subir a nadie de ahí en adelante, y solo medio parar en los siguientes puntos que son obligados y gritarle a los que quieran bajar que lo hagan rápido porque él lleva prisa.
En ese momento, la velocidad que lleva el automotor es de espanto. Los supuestos delegados del Viceministerio de Transporte sin intervenir, porque su misión es registrar eso que vive a diario la ciudadanía y llevarlo a conocimiento de los altos funcionarios para ver si se dignan a tomar alguna decisión urgente.
Pero las cosas se complicarían, según podrían constatar los delegados encubiertos, al llegar al Centro Comercial Metrópoli, porque el motorista (que no ha dejado de hablar por teléfono) grita, muy orondo, para que lo oigan todos los pasajeros, que él va a seguir recto, que no va a cruzar por la avenida Bernal porque lleva prisa.
Y como, al parecer, los pasajeros acostumbrados a esos atropellos ya no protestan, el motorista acelera el bus y es aquí cuando salta la liebre, sí, un pasajero alza la voz y le dice al motorista que no puede seguir recto, que debe cruzar por la Bernal, porque él va por esa zona y porque esa es la ruta autorizada por el Viceministerio de Transporte.
La respuesta del motorista es impagable: Si yo quiero cruzo y si no quiero no, a mí nadie me manda. El pasajero, que se encuentra ya indignado le contra argumentará: Pues no, señor, cruzar por la Bernal es lo que corresponde y usted responde a lo que dice la ley y lo que el Viceministerio de Transporte indica. Los delegados, no podrían intervenir, porque han llegado a recoger ese valioso testimonio. El motorista volverá a responder: ¿Acaso ve que le tengo miedo al Viceministerio de Transporte? El ciudadano indignado le volverá a ripostar: Es que el asunto no es si usted le tiene miedo al Viceministerio de Transporte o no, es que debe acatar lo que la ley y otras disposiciones mandatan.
Por supuesto, como los delegados encubiertos podrían comprobar, el motorista sátrapa se saldrá con la suya y le dirá al ciudadano indignado que él hace lo que le da la gana y que mejor se baje, porque no va a cruzar, y ya.
Entonces, aquí cabe preguntarse: ¿Cuál es problema? ¿Irán tiene la culpa porque presiona sobre el estrecho de Ormuz? ¿O Trump que quiere lanzar la ‘madre de todas las bombas’ a Irán para rendirlo? ¿O el Viceministerio de Transporte que no hace nada para parar estas arbitrariedades? ¿O el problema son los seudo empresarios del transporte público que admiten a ese tipo de motoristas? ¿O esos personajes inefables que van al volante son el problema? ¿O todas las anteriores?
*Jaime Barba, REGIÓN Centro de Investigaciones

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