Más del 60% de las enfermedades infecciosas humanas y alrededor del 75% de las enfermedades emergentes tienen origen zoonótico. En los últimos meses, el mundo ha observado dos brotes virales particularmente preocupantes: casos de Hantavirus asociados a un crucero y un brote de Ébola que afecta actualmente a varios países del África oriental.
La Organización Mundial de la Salud (OMS), institución que se considera líder en la respuesta frente a este tipo de emergencias sanitarias, ha señalado como uno de los principales obstáculos la reducción de financiamiento internacional, especialmente tras la suspensión de la membresía de Estados Unidos —acompañado posteriormente por Argentina— hace aproximadamente un año. Hasta 2023, Estados Unidos aportaba cerca del 18% del presupuesto total de la OMS. En comparación, China contribuía aproximadamente con un 2%, a pesar de poseer una economía cuyo PIB nominal es solo alrededor de 1.5 veces menor que el estadounidense.
Sin embargo, ninguno de los dos países más ricos del planeta constituye un gran receptor de ayuda humanitaria directa de la OMS. Resulta particularmente significativo que uno de los países que más asistencia técnica y financiamiento programático ha recibido en los últimos años sea la República Democrática del Congo, precisamente el epicentro del actual brote de Ébola y el lugar donde probablemente ocurrió el contacto inicial entre el reservorio animal y el ser humano que desencadenó la epidemia.
Más allá del debate sobre la OMS y su capacidad de respuesta, el verdadero problema radica en comprender por qué las zoonosis están aumentando con tanta frecuencia e intensidad.
El incremento de enfermedades zoonóticas no responde a una sola causa, sino a la convergencia de factores ambientales, sociales y económicos que favorecen el contacto entre humanos, animales domésticos y fauna silvestre. Numerosos expertos consideran que la deforestación constituye el principal detonante del llamado spillover, es decir, el salto interespecie de patógenos. Cuando bosques y ecosistemas son transformados en áreas agrícolas, ganaderas, carreteras o zonas urbanizadas, el contacto entre humanos y animales silvestres se vuelve mucho más frecuente.
A ello se suma el calentamiento global, cuyos efectos ya son perceptibles en muchos países, incluido El Salvador. El cambio climático modifica la distribución geográfica de vectores como mosquitos, garrapatas y roedores, altera patrones migratorios y transforma hábitats animales. Como consecuencia, enfermedades antes limitadas a determinadas regiones comienzan a aparecer en lugares donde previamente no existían.
El brote de Ébola actualmente en desarrollo, registrado en mayo de 2026, se concentra principalmente en el noreste de la República Democrática del Congo, especialmente en la provincia de Ituri, y ya presenta expansión hacia Uganda. El agente causal es la variante Bundibugyo del virus del Ébola.
Los reportes iniciales mencionan aproximadamente 600 casos sospechosos y cerca de 139 muertes, con casos confirmados tanto en Congo como en Uganda. Sin embargo, estimaciones de investigadores del Imperial College London sugieren que las cifras reales podrían ser considerablemente mayores, posiblemente entre 800 y más de 1,000 casos sospechosos. Esta diferencia refleja importantes limitaciones en la vigilancia epidemiológica y en la capacidad diagnóstica de la región, factores que dificultan cualquier intento efectivo de contención.
La cepa Bundibugyo presenta históricamente tasas de letalidad cercanas al 30–50%, inferiores a algunas variantes Zaire, pero aun extremadamente elevadas. El virus se transmite mediante contacto directo con sangre y fluidos corporales de personas infectadas, incluyendo cadáveres y materiales médicos contaminados. La propia OMS sospecha que funerales y centros de salud han actuado como eventos amplificadores de transmisión, fenómeno observado repetidamente en brotes previos de Ébola.
Uno de los aspectos que más preocupa a especialistas en enfermedades virales es la velocidad con la que se ha expandido este brote. Diversos expertos coinciden en que el principal problema ha sido el retraso en la detección inicial. En las primeras etapas, las autoridades sanitarias confundieron los síntomas con malaria, salmonelosis y otras enfermedades febriles frecuentes en la región. Además, varios laboratorios locales carecían de reactivos adecuados para identificar específicamente la cepa Bundibugyo. Como resultado, las etapas fundamentales de control epidemiológico —detección, notificación y respuesta— se retrasaron significativamente, permitiendo la expansión sostenida de la transmisión viral.
Las zoonosis representan una consecuencia directa de la forma en que la humanidad está transformando su entorno natural. El avance sobre ecosistemas previamente aislados, sumado a la movilidad global y al cambio climático, favorece que virus antes confinados a reservorios animales encuentren nuevas oportunidades para adaptarse al ser humano. El caso actual del Ébola no debe verse únicamente como una crisis africana, sino como parte de un fenómeno epidemiológico global que probablemente definirá las próximas décadas.
*El Dr. Alfonso Rosales es médico epidemiólogo y consultor internacional

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