Aunque en un primer momento, en febrero de 1980, el brujo Melitón se fue para San José, Costa Rica, un par de meses después desembarcó en Managua, tierra de promisión en aquellos años. Había sido derrotado, en lo político y en lo militar, el dispositivo somocista. Aquella era una revolución inusual, heterodoxa, podría decirse, con alianzas con los sectores propietarios, apelando al no alineamiento internacional y proponiendo la economía mixta. Y Melitón Barba decidió, como explorador que era, averiguar de qué iba eso.
Alquiló una pequeña casa en el kilómetro 12 y medio de la carretera Sur, un poco lejos del calor asfixiante de la capital nicaragüense y consiguió trabajo en el hospital de Jinotepe y un par de años después abrió su consultorio particular en Managua, cerca del parque Las Piedrecitas, en el kilómetro 7 de la carretera Sur. Y aquí es donde el brujo se desató…
Quienes lo visitaron en esa clínica de Managua pueden dar fe de la cantidad de personas de varias nacionalidades que acudieron allí en búsqueda de mejorar de sus dolencias y pudieron verificar que sí, el brujo Melitón Barba, practicaba ‘brujerías’, porque no tenían manera de explicarse esas remisiones ni esas mejorías notables en sus cuerpos maltrechos, antes sajados por cirugías inútiles e ingestas interminables de químicos incontables.
Esos pacientes no lo supieron, pero paralelo a su intensa práctica médica no ortodoxa el brujo Melitón, al atardecer y en los fines de semana iba hilvanando sus cuentos que ahora, que puede verse hacia atrás, resulta que han terminado por convertirse en uno de los filones clave de la cuentística salvadoreña (y centroamericana) de los últimos 50 años, junto a Álvaro Menéndez Leal y Salarrué.
La fama infame del famoso (parodiando el título de un texto de Alfonso Kijadurías) brujo Melitón con el paso del tiempo fue creciendo en Nicaragua. Y de otros países cercanos llegaban a consultarle. Él, muy serio, explicaba a cada uno de sus pacientes que lo que practicaba en materia médica no era azaroso ni estaba vinculado a brujerías y que debían atender al pie de la letra sus indicaciones. Pero muchos pacientes que lograban mejorar y curarse de sus males no salían de su asombro y prefirieron (hasta el día de hoy) siempre atribuirle su bienestar a las ‘brujerías’ del galeno Melitón.
Entonces llegó la hora de que el brujo Melitón Barba regresara a El Salvador. Eso ocurrió en el primer semestre de 1988, en plena cresta de la guerra. Ocho años de ostracismo fueron demasiado para el brujo, y desoyendo los consejos de sus más cercanos decidió retornar. Puso un anuncio en un periódico y anunció que su clínica ya estaba abierta en tal y cual dirección. Y, como era de esperarse, antiguos y nuevos pacientes comenzaron a buscarlo.
Igual que en Nicaragua, al final de las tardes y durante los fines de semana, sus cuentos iban saliendo uno tras otro. De esa época son los libros ‘Cartas marcadas’, ‘Hermosa cosa maravillosa’, ‘La sombra del ahorcado’, ‘En un pequeño motel’…
A los pocos años del regreso, se empeñó en ir más a fondo en la práctica médica y su consultorio se convirtió en un espacio más complejo y de más actividades, no solo una mera clínica. El registro que hay de la cantidad de personas que pasaron por allí está en las fichas clínicas que el brujo Melitón elaboró con precisión e imaginación. Son, sí, fichas médicas, pero con ‘color literario’.
Han pasado 25 años de la muerte del brujo Melitón Barba, y todavía se escucha por aquí y por allá: que a mi mamá la curó de una ciática que padeció por años y con dos sesiones de acupuntura, puf, se alivió; que a mi hija le quitó unos terribles hongos de los pies con unos emplastos de lechuga y miel; que a mí me iban a operar de apendicitis aguda y le llevé los exámenes y la indicación médica que me debían operar y el hombre , calmado (yo muerto de miedo) me dijo que no era necesario, me sentó, me aplicó acupuntura y una hora después me mandó a hacerme exámenes y el asunto había desaparecido; que mi papá estaba sin poder caminar y se hallaba todo debilitado, vino el doctor y le cambió la dieta, le preguntó si prefería el frío o el calor, si le gustaba lo dulce o lo salado, si prefería hablar o escuchar y un montón de cosas más, y le explicó lo que de manera especial debía comer (y nosotros no le dábamos), y como al mes mi papá volvió a caminar y a llevar su vida normal.
Una vez, un colega médico de su generación, lo fue a visitar. La clínica estaba a reventar de personas que iban y venían. Lo esperó a que terminará, al mediodía, y antes de retirarse le dijo: Púshica, Melitón, vos en un día atendés veinte pacientes y yo apenas uno al mes. ¿Cómo le hacés? El brujo, con la mente ágil que tenía le respondió: ¡Hago ‘brujerías’, mano!
* Jaime Barba, REGIÓN Centro de Investigaciones

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