El camino

El Instituto Universitario de Opinión Pública (IUDOP) fue fundado en 1986 por Ignacio Martín-Baró, víctima martirial de la masacre consumada tres años después en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA); está cumpliendo, entonces, cuatro décadas de una valiosa labor. Como parte de la Vicerrectoría de Proyección Social de la citada casa de estudios, según se lee en su portal oficial, desde entonces se ha dedicado al “seguimiento sistemático y científico” del sentir de nuestra población acerca de su “situación social, política, económica y cultural”. A lo largo de su trajinar, ha producido casi doscientos documentos relevantes que incluyen balances anuales y evaluaciones gubernamentales; también pesquisaspreelectorales y poselectorales nacionales y municipales, tanteos a boca de urna, indagacionessobre temas especializados –incluyendo los acuerdos de paz y la minería metálica– y relacionadas con la coyuntura nacional.

Iniciando los siete años que Nayib Bukele ya permaneció en Casa Presidencial, publicó una exploración sobre las expectativas de la gente antes de que este se instalara constitucionalmente en el Ejecutivo y otra a los primeros cien días en el cargo; además, divulgó un sondeo sobre la epidemia del COVID. Ni como alcalde municipal de Nuevo Cuscatlán ni de San Salvador fue sometido a estos escrutinios; pero del 2019 en adelante, sentado en la silla presidencial por las buenas o por las malas, el IUDOP le ha contado las costillas año tras año.

Este breve recorrido por la historia de la casa encuestadora jesuita, pretende destacar la solidez de su labor y desmontar los argumentos de quienes en algún momento se les ha ocurrido expresar que la UCA traicionó el legado de “los Ignacios” –Ellacuría y Martín-Baró– junto al de la defensa de los derechos humanos de nuestras mayorías populares desde la trinchera de Segundo Montes. El resultado aprobatorio sobre la gestión de Bukele no responde a tan retorcido juicio; es la opinión de la gente. El cuestionamiento que debemos hacernos tiene que apuntar, más bien, al por qué de ese sentir.

Yo observo cuatro cosas destacadas. Primera: el hartazgo mayoritario de la población tras los períodos gubernamentales de los partidos Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) y Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), revelado por el IUDOP en junio del 2017: el 68.1 % no quería que el primero regresara y el 63.4 prefería que el otro no continuara. Segunda: la gratitud extendida hacia Bukele por haber neutralizado ‒sin importar cómo‒ el accionar criminal pandilleril; cuando le preguntaron a alguien si no se daba cuenta que así estaba comprando su voluntad, la respuesta contundente fue esta: “mientras esté bien, para qué la quiero”.

Tercera: el temor a hablar mal del Gobierno o de su único líder, lo cual aparece reflejado en la más reciente encuesta universitaria: arriba del 55 % afirmó que era muy probable y algo probable sufrir “consecuencias negativas” al hacerlo. Antes, en junio del 2025, el IUDOP señaló que el 60% de las personas abordadas confesaron tener más cuidado al compartir con otras su opinión sobre política. Y cuarta: la publicidad oficialista extrema y engañosa, que escomprobable. A las anteriores, agréguese la falta de liderazgos y opciones que innoven con creatividadcierta y capacidad real para generar un proyecto fundado en el respeto de la dignidad humana.

“Mientras los pueblos no cuenten con poder social, sus necesidades serán ignoradas y su voz silenciada”. Eso aseguró Martín-Baró, considerado el padre de la psicología social de la liberación. Tras la guerra y hasta la actualidad no existió ni existe dicho poder social. Y por eso ni “los mismos de siempre” ‒ARENA y FMLN‒ ni el que sigue haciendo siempre lo mismode forma recargada con nuevas y perniciosas ideas, pueden considerarse alternativas para nuestras mayorías populares. Mucho menos en el marco de unas viciadas elecciones.

Es, pues, un asunto de poder. Por lógica, un poderoso egoísta no negociará con un débil;  mucho menos acordará cambios estructurales en favor del bien común. La guerrilla salvadoreña ‒con la fuerza política y militar que tuvo‒ se sentó en una mesa de negociación y logró acuerdos que pudieron haber comenzado a cambiar el rumbo de nuestra historia. Pero además de entregar las armas entregó ideales,para sumergirse en el estercolero electorero. Más allá de algunos “programas sociales” de los cuales la gente nunca se apropió, sino hubiera luchado para no perderlos, como partido prefirió tomar distancia delpueblo. Entonces, ¿qué nos queda? Desde mi modesta opinión, aprender de las lecciones pasadas y construir ese poder social desde abajo y desde adentro. Únicamente así podremos pasar de la indignación atomizada a la acción colectiva organizada.

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *