El fútbol: ¿arma propagandística?

Durante la Copa del Mundo de 1954 realizada en Suiza, comenzaron a transmitirse partidos “en blanco y negro” dentro de Europa; en la de Suecia de 1958, también. Del campeonato realizado en Chile cuatro años después, solo pudieron disfrutarse parcialmente dentro de sus fronteras. El siguiente fue en Inglaterra y contando ya con tecnología satelital pudo ser visto en tiempo real por aficiones del Viejo Continente y la estadounidense, pese a no ser su deporte nacional; en la América restante, los encuentros solo fueron contemplados después de finalizados. Esta edición, aunque diferida, fue la primera que vi; apenas tenía diez años. Tres recuerdos guardo de la misma. Menciono dos: la indebida expulsión de Antonio Rattín, capitán del seleccionado argentino, decretada por un árbitro alemán en el juego contra el equipo anfitrión y el falso “gol” inglés en la final contra Alemania.

En el de “México 70” ya era yo un adolescente que pudo admirar la vistosidad de los brasileños, en cuyo plantel de ensueño brillaba con luz propia su estrella máxima: Edson Arantes do Nascimento, mejor conocido como Pelé. Su salida del campo de juego molido a patadas, cargado por el masajista Mario Américo y alguien más, es el tercer recuerdo que me quedó del Mundial de 1966. Pero fue desde el primer torneo realizado en la tierra de Juárez que me clavé con “la Verdeamarela”, para convertirme en uno de sus fervientes seguidores. Ya pasaron seis décadas de la mencionada final escenificada en Londres, dentro del antiguo Estadio de Wembley, y muchas cosas cambiaron en el fútbol profesional. Eso sí, bastantes para mal lastimosamente.

Previo al último encuentro mencionado, en 1964 fue derrocado el mandatario  brasileño Joao Goulart. El tercer militar al frente de la dictadura iniciada con su caída, Emilio Garrastazu Médici, metió mano para que ‒tras lo ocurrido en 1966‒ Pelé cambiara de parecer y retornara a la selección carioca para jugar el torneo mundialista de 1970 realizado en el país donde se había perpetrado una masacre el 2 de octubre de 1968 y otra el 10 junio de 1970. La primera tuvo lugar días antes de la inauguración de las Olimpiadas; la segunda, días después de que Gustavo Díaz Ordaz, presidente mexicano y principal responsable de ambas atrocidades, inaugurara el torneo mundialista celebrado con la participación de apenas dieciséis equipos entre los cuales figuró el salvadoreño ocupando la última posición.

Durante la etapa clasificatoria, los nuestros enfrentaron a los hondureños tres veces. Primero ganaron los catrachos y luego los salvadoreños, lo que obligó a un tercer partido del cual saldrían victoriosos los nuestros para avanzar a la última fase, de cara la justa en el país norteamericano. Este último se realizó el 27 de junio de 1969 y del 14 al 18 de julio inició entre ambos países un corto pero cruento conflicto bélico conocido como “la guerra del fútbol”; así la bautizó alguien y esa etiqueta fue ampliamente difundida cuando en realidad sus causas reales tuvieron que ver con disputas sociales, económicas y políticas entre las clases dominantes de estos países vecinos.

En 1974 la sede del evento futbolero fue Alemania y en 1978 la Argentina sometida bajo la dictadura encabezada, desde el 24 de marzo de 1976, por el general Jorge Rafael Videla. Este creó el “Ente Autárquico Mundial 1978”. Su primer presidente, el general Omar Actis, fue asesinado en agosto de 1976 en medio de la pugna entre militares por el manejo de los millonarios fondos destinados a organizar y desarrollar el evento que “por fin” ‒en palabras del corrupto Joao Havelange, entonces máximo dirigente de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA)‒ permitiría al mundo conocer “la verdadera imagen de Argentina”, que para él no era aquella que el régimen despótico pretendía ocultar: la del terrorismo estatal que sumó más de 30 000 víctimas asesinadas o desaparecidas.

Tras coronarse campeona la “Albiceleste” por primera vez, el tirano Videla afirmó frente a sus integrantes que el pueblo argentino no renegaba de su presente y vivía “con heroica alegría, la posibilidad de un futuro promisorio”. Pero según Jorge Valdano, mundialista en “México 86”, César Luis Menotti les dijo antes a sus futbolistas que ellos eran “el pueblo”; que pertenecían “a las clases perjudicadas”, que eran las víctimas y representaban “lo único legítimo” en el país: el fútbol.

“Nosotros ‒les aseguró el aclamado seleccionador‒ no jugamos para las tribunas oficiales llenas de militares sino que jugamos para la gente. Nosotros no defendemos la dictadura sino la libertad”. Pero “nos usaron como arma propagandística”, expresó el volante Osvaldo Ardiles. Y 48 años después, aunque bastante malo, el fútbol salvadoreño ya comenzó a ser eso de nuevo.

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