En la actual realidad salvadoreña, donde la política de seguridad ha redefinido el mapa electoral y social, los proyectos políticos enfrentan un escrutinio ciudadano sin precedentes. El caso del partido político VAMOS ilustra a la perfección cómo la falta de una postura inequívoca frente al crimen organizado, las pandillas y las hemorragias internas pueden dinamitar cualquier aspiración de poder. Como especialista en criminología y seguridad pública, observo esta crisis no solo como un fenómeno partidario, sino como un reflejo directo de cómo la sociedad salvadoreña ha elevado la «tolerancia cero» a un requisito indispensable para otorgar legitimidad política.
La percepción de la ciudadana y los señalamientos sobre un presunto gran apoyo o complacencia hacia las estructuras de pandillas constituyen, en este momento, el estigma más letal en nuestro país. Durante décadas, las pandillas criminales no solo operaron como agrupaciones delictivas, sino como cogobernantes fácticos que extorsionaron, desangraron, masacraron a la ciudadanía. Cuando un partido político relativamente nuevo como VAMOS se ve envuelta en la narrativa de haber mantenido posturas que oxigenan a estos grupos, frecuentemente escudadas bajo una interpretación mal calibrada del garantismo penal, comete un suicidio desde la política criminal.
La población ha sido clara: no hay espacio para ambigüedades. Interpretar, apoyar o proponer políticas que, en la práctica, parezcan favorecer la impunidad del victimario sobre el derecho de las víctimas, rompe el contrato social primario que es la protección de la vida. La percepción de la población se impone y se vuelve realidad.
A esta grave crisis de credibilidad externa se suma una profunda disfunción interna, peleas y disputas internas por el mini poder, un grave vacío de autoridad de la dirigencia. Las recientes peleas intestinas dentro de VAMOS revelan la ausencia de un liderazgo desde la cúpula, del fundador y las personas que le apoyaron en aquel momento, de la secretariageneral que ahora busca un puesto de elección cuando no tiene ni siquiera organización básica en los 14 departamentos, y lo que es más grave para un partido de oposición, la falta de una doctrina estratégica clara. En el ámbito de la seguridad, la división es sinónimo de vulnerabilidad. Las disputas entre facciones, donde unos parecen aferrarse a un discurso tradicional que choca frontalmente con la realidad de las calles, y otros buscan capitalizar la crisis para agendas personales, impiden al partido formular una propuesta alternativa, técnica y verdaderamente viable frente al modelo actual que ha sido contundente desmontando la organización y actuar de las pandillas criminales, 9 de cada 10 salvadoreños apoyan la estrategia, política y exigen medidas más categóricas, más duras contra los pandilleros y los pobresargumentos de su única representación en la Asamblea Legislativa con total ausencia de técnica de seguridad pública y nacional.
Desde la óptica criminológica, el colapso de un partido por estos motivos deja una lección contundente. El Salvador se beneficia del debate público y de la auditoría a las políticas de gobierno, pero estas voces deben estar sólidamente fundamentadas en la ciencia penal, criminología, en la prevención estructural del delito y en el fortalecimiento del sistema de justicia; jamás en la defensa, tácita o explícita, o encubierta de los actores que aterrorizaron al país y han dejado tanto luto y dolor en nuestra sociedad. Las divisiones y los escándalos han vaciado a VAMOS de la autoridad moral necesaria para hablar de seguridad, de protección de la familia, de política o planes de seguridad pública, incluso de víctimas a quienes le dieron la espalda. Pensaron que eran la segunda fuerza politica del país y el único partido de oposición se equivocaron una vez más y solo fue en la mente de ellos.
En este breve desarrollo y análisis debo aportar que no solo es responsabilidad de su única representación en la Asamblea Legislativa, sino de sus fundadores, máxima dirigencia, de los que no aparecen o figuran, que fueron indiferentes y permitieron en dos legislaturas que se relacionara a la marca del partido con la defensa de pandilleros y oponerse férreamente a la estrategia de seguridad del gobierno. La encrucijada del partido es un caso de estudio sobre cómo la desconexión con la realidad victimológica de un país y las guerras de poder interno desmantelan la confianza pública. Si VAMOS no reconoce públicamente su grave error de su indiferencia ante la falta de empatía con las víctimas de las pandillas criminales, si no logra extirpar cualquier sombra de simpatía o instrumentalización del fenómeno de las pandillas,su destino ineludible será la extinción política y tan pronto como el 28 de febrero del 2027. ¿Quién puede inscribirse como candidato en dicho partido para las próximas elecciones? Solo una persona que defienda y apoye el mensaje a favor de pandilleros y le apueste a familiares y amigos de estos grupos criminales. El escenario más probable es que una de las responsables mayores abandone el partido político y trate de victimizarse, y buscar espacio en donde se quieran correr el riesgo de aceptarla. El partido VAMOS nos confirma y recuerda que hay proyectos políticos que nacen sin visión, misión, identidad o de un proyecto personal por llegar o tener poder. En El Salvador, la seguridad ya no es un tema de debate menor; es la línea divisoria absoluta entre la supervivencia y la irrelevancia institucional. Todo reino dividido internamente acaba en la ruina. No hay casa o familia que permanezca, si internamente está dividida.
*Por Ricardo Sosa / Doctor y máster en Criminología/ Egresado doctorado en Justicia Criminal / @jricardososa

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