El valor del médico salvadoreño

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En mi familia siempre me recomendaron que no estudiara Medicina, ya que es una carrera muy sacrificada que exige demasiado, sin equiparar jamás el ingreso económico con el desgaste físico y mental que se sufre. De eso ya pasaron más de 30 años, y tenían mucha razón: es un recorrido largo de 8 años, con 4 de ellos en turnos cada tres días. Quizás sacábamos aguante de la juventud, ya que estudiábamos y trabajábamos al mismo tiempo. Te alejabas de tu familia durante esos últimos años de estudio; las Navidades y los feriados los pasabas encerrada en los hospitales. Cuatro años pesadísimos a los que, si decidías estudiar una especialidad, se les agregaban 3 años más; y con una subespecialidad, 2 o 3 años adicionales que, en la mayoría de los casos, debes cursar en el exterior y autofinanciar.

En total, casi 15 años de estudio y desvelos, con altos costos económicos, familiares y sociales, ya que muchos desaparecemos del radar de nuestras familias durante mucho tiempo.

Posteriormente, salir a buscar plazas en la red pública del país es otra proeza. No, no es fácil. Toca enfrentarse a la realidad de que muchos puestos de trabajo solo se obtienen por recomendaciones y amiguismo. Aun así, muchos no nos arrepentimos de esta profesión que brinda la satisfacción de saber que ayudaste a salvar y mejorar vidas. Aprendes en el ejercicio que no basta todo el conocimiento del mundo si no tienes empatía y compasión por un ser humano que sufre y pide ayuda. Tampoco faltan quienes nos cargan a los médicos todas las ineficiencias del sistema de salud, contagiándonos de su frustración y enojo.

Aprendemos en la práctica que una escucha atenta es más valiosa que la pretensión de conocimiento y superioridad de algunos colegas.

A esto hay que agregar que la cultura salvadoreña y su léxico propio pueden ser una barrera cuando se quiere establecer una comunicación cercana y efectiva con el paciente. Este obstáculo aumenta si se trata de un médico extranjero con un bagaje cultural distinto. Asimismo, cada zona geográfica cuenta con enfermedades endémicas propias que pueden pasar desapercibidas o ser desconocidas en la práctica de un profesional foráneo.

Al evaluar la situación bajo la nueva ley de creación de la red de hospitales, se ha contratado a médicos extranjeros para laborar en el recientemente reinaugurado Hospital Rosales, con salarios competitivos y muy superiores a los que percibe un médico nacional con la misma capacidad y especialidad. Además, se les brindan beneficios adicionales de vivienda y viáticos, lo que genera un sentimiento de desvalorización en nuestros profesionales, quienes con mucho sacrificio logran culminar la carrera. Habría que analizar la relación costo-beneficio ante las recientes quejas por la incapacidad de cubrir la demanda, con los consiguientes retrasos en la atención.

A ello se suma el despido de personal con muchos años de experiencia en el antiguo Hospital Rosales. En medicina, esto representa un atentado gravísimo para las nuevas generaciones de médicos nacionales y extranjeros, pues la experiencia clínica es lo más valioso a lo que se aspira. Para colmo, se contrata a personal recién egresado que carece de la guía y supervisión que solo los médicos más experimentados podrían brindar. Todo esto bajo la modalidad de servicios profesionales; es decir, sin prestación laboral alguna, sin cobertura de seguro social ni previsión social, asestando otro golpe al valor del médico formado en el país.

Pretender, además, solucionar los déficits en la atención médica mediante una app —que brinda una consulta despersonalizada y con severas limitantes para una evaluación clínica precisa, un diagnóstico acertado y un tratamiento correcto— dista mucho de ser la solución que necesita el salvadoreño, quien ya empieza a adolecer de estas carencias bajo la fachada de la modernización.

La gran mayoría de los colegas son buenos médicos que hacen mucho con lo poco que tienen a la mano, y que siempre alzarán la voz por sus hermanos que sufren carencias, que buscan auxilio y no cuentan con los recursos necesarios para subsistir, y mucho menos para curar los males que los aquejan.

* Roxana Quintanilla es doctora en Medicina

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