Desde Monterrey, México, Jesse Lualdi ha logrado convertir sus raíces salvadoreñas en un proyecto cultural: Actor formado en el Centro Nacional de Artes (Cenar), productor teatral y hoy conocido como “el rey de las pupusas en México”, no sólo complace antojos sino memorias entre la diáspora.
Con la productora Dramático, la Pupusería Zonte y su proyecto artesanal “Mi bonito El Salvador en Monterrey”, el salvadoreño ha creado un punto de encuentro y escaparate para que los mexicanos conozcan nuestra cultura.
¿Cómo decidiste migrar a México?
Creo que, como muchos salvadoreños, me fui por una necesidad real de crecer. Llegó un momento en el que sentía que en El Salvador era muy difícil avanzar, tanto a nivel personal como profesional. Me fui con ese espíritu aventurero, casi romántico: sin papeles, sin dinero, con una mochila en la mano, muy estilo documental de Netflix, dramático y todo.
Tenías formación como actor…
El deseo de ser actor nació desde muy pequeño. Recuerdo perfectamente la primera vez que entré a un teatro, cuando vi una obra en el Teatro Presidente. Me enamoré del escenario, de la magia que ocurre ahí y desde entonces supe que quería dedicarme a ese mundo, aunque no tenía idea de cómo hacerlo realidad.
La primera obra que vi fue «Blancanieves y los siete enanitos».

¿Cómo llegaste al Centro Nacional de Artes?
Un día, la psicóloga de mi colegio me dijo: “¿por qué no te metes al Centro Nacional de Artes?”. Yo ni sabía de qué me hablaba. Fui a buscar información y descubrí que estaba en las últimas semanas para audicionar. A escondidas de mi familia fui a hacer la prueba, entré en 2010 y estudié tres años.
Soy parte de la primera generación de lo que fue la nueva Escuela de Teatro y me llena de orgullo porque fue un proceso serio de formación artística. De un grupo grande sólo nos graduamos cinco. Aprendimos desde actuación, hasta conciencia corporal y sonido del movimiento. Eso marcó profundamente mi disciplina.
¿Encontraste oportunidades como actor en El Salvador?
Curiosamente, en la escuela estaba prácticamente prohibido trabajar profesionalmente mientras estudiábamos. La visión era que primero debíamos formarnos y luego salir al mundo laboral. Pero antes de graduarme hice algunas producciones escolares.
Cuando terminé, trabajaba en un almacén y un día un compañero me invitó a audicionar para una obra de la Compañía de Teatro “La Claraboya” de Jorge Quinteros (1985-2015). Ahí comenzó otra etapa: empezamos a producir, a actuar, incluso llegamos a vivir juntos como compañía teatral durante varios meses para crear.
Estuvimos cerca de dos años activos, pero llegó un punto en el que sentí que esa etapa ya había terminado y que necesitaba moverme. Hicimos varias obras como “El Viaje Increíble” adaptación de la obra “El Pulpo, el Soldado y el hombre emplumado” del escritor salvadoreño Mario Amaya; y “Motherland”; entre otras.
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¿Te fuiste por falta de oportunidades?
Fue una mezcla de todo. No había muchas oportunidades laborales reales como actor. Más allá de comerciales o pequeños proyectos, no había una industria sólida. Pero también había una inquietud personal: quería conocer el mundo, salir del país, cruzar fronteras, experimentar otras culturas.
Antes de irme definitivamente viajé por Nicaragua y Costa Rica. El viaje iba a durar dos semanas y terminó siendo casi mes y medio. Regresé a El Salvador con apenas $1.50, volví a trabajar y a ahorrar hasta que dije: ‘vámonos, aunque no sepamos a qué’.
¿Qué realidad encontraste en el mundo del espectáculo en México?
Una realidad muy dura. Hay muchísimos castings todos los días, pero también miles de personas compitiendo. Trabajé mucho como extra. Es un trabajo que te permite conocer el medio, pero es mal pagado y muy inestable. Puedes trabajar 14 horas y recibir muy poco.
Para mí era importante actuar, pero también sobrevivir. Por eso combinaba los castings con trabajos normales.
Generalmente los extras están muy separados de los protagonistas. Incluso está prohibido hablarles. Sin embargo, en algunas producciones tuve oportunidad de interactuar con actores conocidos, como en “El Hotel de los Secretos”. Ahí entendí el nivel de producción real de una gran novela, aunque también viví las condiciones duras para los extras, como el frío, largas jornadas, poco descanso.
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¿En qué otras producciones trabajaste?
En “Juan Gabriel, La Serie”, “El Señor de los Cielos”, “Señora Acero”; “Alejandra Guzmán, La serie”.
¿Cuál ha sido la mejor?
Un comercial para BBVA “Rumbo al Mundial 2026”. Ahí me trataron como talento: camerino, maquillaje, todo muy profesional. Grabé solo unos segundos, pero el pago y la experiencia fueron completamente distintos. Llegué gracias a que alguien vio mi trabajo teatral y me recomendó para el casting.
Al principio no pensé quedar, porque todos los demás eran el típico estereotipo de lo que se cree es ‘bien parecido’.
¿Cómo fue el proceso para establecerte en México?
Entré legalmente por Guatemala y Belice, pero crucé ilegalmente hacia México. Viví casi dos años sin papeles. Luego hubo un programa de regularización y, con apoyo de la embajada, logré obtener mis documentos. Fue un proceso caro, estresante y lleno de incertidumbre.
Después de varios años en Ciudad de México, me sentía agotado emocionalmente. La ciudad es muy demandante. Me ofrecieron un trabajo en Monterrey y cuando fui a verlo, cayó la pandemia. Me quedé ahí y eso terminó cambiando todo mi rumbo.
¿Cómo se conecta esta historia con la cocina?
La cocina siempre estuvo conmigo desde niño. En México empecé como mesero, luego ayudante de cocina y estudié Gastronomía. Fue una pasión que creció paralela al teatro.
En nuestra productora teatral “Dramático”, de la cual soy productor y actor, propuse vender comida salvadoreña. Empezamos con antojitos y luego pupusas. Al inicio tenía miedo, pero con apoyo de la chef Patricia Quiñónez fuimos perfeccionando.
Un evento de boda fue clave y luego el respaldo del Consulado de El Salvador impulsó todo. Hoy llevamos más de 20,000 pupusas y nuestra Pupuseria Zonte se mantiene como la favorita del público en Monterrey. Tengo que agradecer a mi socio Jesús Escamilla porque sin él nada de esto sería posible, es un hombre visionario.
¿Qué diferencia a tus pupusas de otras en México?
La calidad y el respeto por la receta. Todo lo hacemos artesanalmente y cuidamos la experiencia completa llevando de El Salvador los típicos platos en que se sirven las pupusas, los salseros y los implementos. El objetivo es que el mexicano y los hermanos de la diáspora puedan comerse sus pupusas como si estuvieran en El Salvador.
También adaptamos ingredientes sin perder esencia: tres quesos, frijol negro artesanal, chicharrón puro y fusiones con sabores mexicanos. Algunos negocios que venden pupusas en Monterrey agregan papa a la mezcla de chicharrón, evidentemente, nosotros no hacemos eso.

También crearon la pupusa de grillo…
La pupusa de grillo nace de la idea de experimentar sin perder la esencia de la pupusa tradicional. En México el consumo de insectos es parte de la cultura gastronómica, especialmente los chapulines y los grillos, así que quise unir esa tradición mexicana con la base salvadoreña.
Lo interesante es que el grillo es una proteína sostenible, con alto valor nutricional y bajo impacto ambiental. En la pupusa no se usa como algo exótico por llamar la atención, sino como un ingrediente más, bien trabajado, tostado y sazonado, que aporta textura y un sabor muy particular.
Para mí, esta pupusa representa un puente cultural: es El Salvador dialogando con México. Es una forma de decir que la cocina salvadoreña puede evolucionar, adaptarse y seguir siendo auténtica al mismo tiempo.
¿Qué es “Mi bonito El Salvador en Monterrey”?
Es llevar artesanía salvadoreña y cultura al mismo espacio. Luego de más de 15 producciones entre El Salvador y México, queremos impulsar teatro salvadoreño y fortalecer redes culturales.
¿Cuál crees que sería tu misión principal en cuanto a las pupusas?
Mi misión en la vida es que todas las personas en el planeta puedan comerse una buena pupusa salvadoreña. Llevar las pupusas a otras latitudes donde aún no han llegado.
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