El Salvador puede estar dejando pasar una oportunidad de oro. Mientras buena parte del mundo revisa la manera en que produce, consume y desecha, nosotros corremos el riesgo de seguir entendiendo la economía circular como una versión mejorada del reciclaje: separar botellas, recoger cartón, reutilizar envases. La transformación es más profunda. Supone superar una cultura económica construida alrededor de la secuencia: extraer, producir, consumir y tirar los restos en el basurero.
Las primeras ideas basadas en la conservación de recursos y los límites del crecimiento económico nacieron en los años 70, proponiendo otra lógica: conservar durante el mayor tiempo posible el valor de los productos y materiales, repararlos, reutilizarlos, transformarlos y devolverlos al proceso productivo.
Visto de esta manera, lo que hoy llamamos basura puede convertirse en un valioso recurso. Este giro en nuestra mirada no depende solo de legislación adecuada, infraestructura e inversión. Necesita también un cambio cultural.
Estrenar parece mejor que reparar; sustituir, mejor que mantener; desechar, más sencillo que recuperar. Cambiar esa lógica no significa regresar a una economía de escasez ni pedirle a la población que consuma menos. Significa aprender a producir y consumir mejor: fabricar bienes que duren, facilitar su reparación, recuperar materiales, reducir desperdicios y encontrar valor donde antes solo veíamos desechos.
Por eso el cambio cultural no es un complemento de la economía circular. Es una de sus condiciones.
Una empresa puede invertir en procesos más limpios, pero encontrará dificultades si sus clientes continúan prefiriendo productos desechables. Una municipalidad puede establecer sistemas de separación, pero funcionarán mal si hogares y comercios mezclan todo nuevamente. Se pueden aprobar regulaciones, pero ninguna ley conseguirá modificar hábitos arraigados.
Una oportunidad a la vista
La economía circular permite mirar los problemas ambientales que enfrenta el país desde otro ángulo. La recuperación de materiales necesita empresas, tecnología, transporte, conocimiento, trabajadores especializados, nuevos servicios y mercados.
Tampoco deberíamos pensar la economía circular como algo que compete solo a las grandes empresas. Hay oportunidades para pequeñas y medianas empresas, emprendimientos de reparación y transformación de materiales, recolectores, municipios, cooperativas, universidades. Puede surgir una economía hecha de muchas soluciones pequeñas que, conectadas, produzcan efectos importantes.
Para que eso ocurra, el cambio cultural no puede descansar únicamente en decisiones individuales. Requiere fortalecer espacios de trabajo conjunto entre la academia, la cooperación internacional, las empresas y las instituciones públicas. Cada uno aporta capacidades distintas: conocimiento, financiamiento, experiencia productiva, regulación. La circularidad empieza a tener sentido cuando esas capacidades se encuentran alrededor de problemas concretos.
Una experiencia permite observar esa posibilidad. El Diplomado en Economía Circular Aplicada, impulsado en el marco del proyecto ReAccioná, financiado por la Unión Europea, implementado por CESAL, CAPRI Recycling y el Centro Nacional de Producción Más Limpia, y desarrollado académicamente por FLACSO El Salvador, reúne a participantes de la academia, las empresas, el sector público y la sociedad civil. Esta actividad ha permitido a los participantes adquirir conocimientos técnicos innovadores y compartir la existencia de importantes iniciativas.
Esa convergencia es una expresión de la posibilidad de llevar el conocimiento a los problemas reales de los territorios y convertirlo en propuestas y soluciones adaptadas a cada realidad.
Los residuos no desaparecen
El cambio cultural que necesitamos requiere abandonar otra costumbre: considerar que los residuos desaparecen cuando pasa el camión recolector. Pero los residuos no desaparecen. Solo dejan de estar frente a nuestros ojos.
Ese cambio cultural comienza cuando entendemos que cada objeto tiene una historia anterior y otra posterior a nuestro consumo: de dónde vienen sus materiales, cuánto durará, si podrá repararse y qué ocurrirá cuando dejemos de utilizarlo son también preguntas económicas.
La transición a ese nuevo paradigma exige sensibilizar a los consumidores, formar capacidades especializadas, promover nuevos comportamientos y, al mismo tiempo, mejorar el diseño de los productos, la responsabilidad de los productores, la recolección de residuos y la inversión en sistemas de gestión. No basta con pedir a la gente que separe la basura: debe existir un sistema capaz de recogerla, procesarla y devolverla a una cadena de valor.
El Salvador empieza a moverse en esa dirección, pero la transición sigue siendo incipiente. Por eso estamos ante una ventana de oportunidad. Podemos esperar hasta que las nuevas exigencias de los mercados nos obliguen a adaptarnos, o comenzar ahora a desarrollar conocimientos, empresas, tecnologías y hábitos que nos permitan aprovecharlas.
La basura que seguimos echando a los ríos y quebradas no contiene solamente plástico, metal, vidrio, papel o materia orgánica. Contiene recursos, trabajo, innovación y oportunidades que no hemos aprendido a ver.

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