A un alumno de la universidad, seleccionado a azar, le pregunté quién era el autor de la Oración a la Bandera salvadoreña y con toda seguridad me respondió que Rubén Darío. Inmediatamente le dije que no y les pedí a los 37 estudiantes restantes que escribieran el nombre correcto del autor en un pedazo de papel y me lo hicieran llegar. De los 37 estudiantes solo tres respondieron correctamente, David Joaquín Guzmán, los demás mencionaron, entre otros, a Roque Dalton, José Matías Delgado, Juan José Cañas, Juan Aberle, Alfredo Espino, Maximiliano Hernández Martínez, Alberto Masferrer, Miguel Ángel Asturia, Juan Ramón Jiménez, Claudia Lars, Pablo Neruda, Paquito Palavaccini, Farabundo Martí, David Escobar Galindo, Álvaro Menen Desleal y hasta hubo quien respondió Álvaro Torres.
Los alumnos de segundo semestre universitario, cuyas edades oscilan entre los 17 y 20 años, estudiaron en diversos centros educativos privados o nacionales, y aparentemente a ningún docente se le ocurrió recalcarles que David Joaquín Guzmán, en 1916, ganó un concurso literario convocado por el entonces Ministerio de Instrucción para componer la Oración a la Bandera Salvadoreña. sin embargo, fue por decreto legislativo de 2001 que se reformó el Artículo 18 de la Ley de Símbolos Patrios de 1972, para que dicho poema cívico tuviera reconocimiento oficial como símbolo patrio de la República de El Salvador.
Que mis estudiantes no supieran quien era el autor de la Oración a la Bandera Salvadoreña no me genera tanta incomodidad, como algunas situaciones que percibí en la plática que tuve con ellos el primer día de clases. Resulta que ninguno de ellos había recibido algún castigo de sus profesores siendo estudiantes de educación básica y media, lo cual no debió ser así, pues algunos confesaron que se salieron de clases para irse a ver partidos de fútbol de la Champions, otros aseguran que participaron en pleitos a puño limpio contra otros compañeros, algunos llevaban ropa para cambiarse e irse de “joda”, señoritas que se maquillaban en plena clase, algunos que se dedicaban en clase a hacer videos para subir a las redes sociales, otros que organizaban competencias para ver quienes fastidiaban más al profesor de turno, otros que llevaban cigarrillos y hasta licor y drogas, etc.
Ninguno de los estudiantes había barrido a trapeado el salón de clases. Cuando les conté que en mis tiempos de estudiante de básica los estudiantes éramos los responsables de la limpieza del aula y sus alrededores lo vieron como algo extraño o producto del “mundo cavernícola”. Pues si, los alumnos aprendimos sobre la importancia de cuidar las cosas y la relevancia de la limpieza, siendo los responsables de asear el aula y los pasillos. Los profesores hacían un calendario y nos distribuían a los alumnos para que un día a la semana o cada quincena hiciéramos la limpieza bajo su supervisión. Ese día llegábamos un poco más temprano para sacudir, barrer, trapear, ordenar los pupitres, asear la pizarra y garantizar que en el patio y los alrededores todo estaba limpio.
A los alumnos nos hacían hacer fila para entrar al salón y nos revisaban los zapatos, el uniforme, las uñas y el cabello para saber si íbamos bañados y ordenados. Las niñas no podían maquillarse, so pena de ser castigadas. Los castigos por pelear o demostrar cualquier tipo de conducta anómala, desde llegar tarde o levantarle la voz a nuestros compañeros y profesores hasta portarnos mal, eran plantones a cielo abierto, cientos de líneas, reglazos y expulsiones con la obligación de regresar a le escuela con nuestros padres o responsables. Generalmente el castigo se duplicaba o triplicaba en nuestros hogares porque a los maestros se les respetaba,
Nadie de mis excompañeros se queja de nuestra vida escolar, al contrario atesoramos esos recuerdos y agradecemos a nuestros maestros por habernos inculcado valores y enseñarnos con mucha disciplina. El sistema educativo de entonces priorizaba la enseñanza y el fomento de valores. Nos dejaban ser niños y adolescentes, pero nos inculcaban el respeto hacia lo demás. Por eso nuestras travesuras escolares eran sanas y hoy tienen mucha relevancia en nuestra añoranzas infancia y adolescencia.
Los lunes de todo el año lectivo, no solo en septiembre, practicábamos el civismo y el amor a la patria. Nos formaban en fila y en orden nos dirigíamos al acto cívico, cada vez organizado por diferente grado. Era la mejor forma de generar esa sensación de ligamen y pertenencia a nuestra patrita. Precisamente cuando iba a segundo grado, siendo el alumno de más tierna edad y relativamente muy inteligente, me escogieron para que el 15 de septiembre recitara la Oración a la Bandera Salvadoreña, la cual me la aprendí, con la guía de mi mamá, en menos de una semana. Todos los días la practicaba en mi casa y en el aula. Llegado el momento, con el miedo escénico de un niño, la recité de corrido y sin pausas para que el público repitiera.
Hoy me parece lejano aquel sistema educativo. El civismo y el respeto a los maestros pasó a segundo plano. A alguien se le ocurrió eliminar los lunes cívicos y con el marco normativo de los Derechos de la Niñez, el sistema educativo eliminó los castigos, Inclusive, algunos maestros han sido sancionados y hasta despedidos, por haber tratado de sancionar a los alumnos mal portados. Algunos alumnos y padres de familia amenazan a los profesores con denunciarlos si se atreven a castigar, incluso si se atreven a regañarlos.
Eliminadas las facultades que tenían los maestros para sancionar las malas conductas, las pandillas fueron encontrando un “caldo de cultivo” para sus nocivas intenciones y lograron reclutar a muchos niños y adolescentes. Este fue un factor, entre muchos, que contribuyó a ese cáncer nocivo de la sociedad,
Ahora está en boga la manipulación de conciencias (especialmente de niños y adolescentes, a veces hasta con el consentimiento de padres de familia irresponsables e indolentes) debido al mal uso de las redes sociales. Desde los Therians, pasando por lo que actúan según se perciben, hasta los que promueven el sinsentido de “farmear aura” inician en los hogares y siguen en los espacios de los centros educativos, donde los maestros no pueden intervenir por miedo a sanciones y represalias. “Le dije a un grupo de estudiantes que dejaran de hacer eso (”farmear aura”) y uno me amenazó con denunciarme en la Departamental de Educación por abuso de autoridad o con hacerme un video y subirlo a las redes sociales como maestra represiva” me contó una profesora de tercer ciclo de un centro escolar capitalino.
El Estado debe reevaluar algunas transversalidades del sistema educativo y devolver la autoridad al maestro (con las supervisiones adecuadas), debe además prohibir el uso de redes sociales y teléfonos celulares en el seno de los centros escolares, debe volver a instaurar el civismo y garantizar que los grandes consorcios que manejan las redes sociales serán rígidas con las edades de sus usuarios salvadoreños.
Un estudiante universitario debe sentirse orgulloso de conocer la historia patria, no de haber participado en un concurso inútil de “farmear aura”. Y es que necesitamos profesionales que sepan que el departamento se llama La Unión y no Santa Rosa de Lima, como se lo escuché hace poco a un dizque periodista deportivo que además señaló que Cabo Verde esta estaba en Oceanía.
*Jaime Ulises Marinero/Periodista

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