En el artículo anterior expliqué cómo la comprensión cristiana de Dios contribuyó a desmitificar la naturaleza y abrió un marco intelectual favorable para el desarrollo de la ciencia. Sin embargo, existe otra cuestión aún más sorprendente: ¿en qué se basa la ciencia experimental para ser tan efectiva?
Estamos tan acostumbrados a los avances científicos que rara vez nos detenemos a pensar en uno de los mayores enigmas de todos. ¿Cómo es posible que unos signos inventados por el ser humano —los números, las ecuaciones o las relaciones matemáticas— consigan describir la realidad? ¿Por qué unas ecuaciones escritas sobre una hoja de papel son capaces de explicar el movimiento de las galaxias, el comportamiento de los átomos o la propagación de la luz?
La pregunta parece sencilla, pero ha desconcertado durante siglos a filósofos, matemáticos y científicos.
Las matemáticas son una creación del intelecto humano. Los números, las funciones, las ecuaciones o la geometría no existen del mismo modo que existen las montañas o los árboles. Son construcciones abstractas elaboradas por nuestra inteligencia. Y, sin embargo, esas construcciones resultan extraordinariamente eficaces para comprender el mundo físico.
El físico Eugene Wigner, Premio Nobel de Física en 1963, llamó a este fenómeno «la irrazonable eficacia de las matemáticas». No quería decir que las matemáticas fueran irracionales, sino que resulta profundamente sorprendente que una disciplina desarrollada por la mente humana describa con tanta precisión la realidad exterior.
Mucho antes, Galileo Galilei —que, por cierto, no murió quemado en la hoguera— ya había intuido este misterio. Afirmaba que Dios había escrito dos grandes libros: el de la Sagrada Escritura, expresado mediante gestos y palabras humanas, y el de la naturaleza, escrito con caracteres matemáticos. Ambos proceden del mismo Autor: «la primera, como dictada por el Espíritu Santo; la segunda, como ejecutora fidelísima de las órdenes de Dios».
Convencido de que el universo posee un orden racional, escribió en Il Saggiatore (1623):
«La filosofía (la ciencia) está escrita en ese grandísimo libro que continuamente está abierto ante nuestros ojos, quiero decir, el universo; pero no puede entenderse si antes no se aprende a comprender la lengua y a conocer los caracteres en que está escrito. Está escrito en lenguaje matemático, y sus caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin cuyos medios es humanamente imposible entender una sola palabra; sin ellos, es un deambular inútilmente por un oscuro laberinto.»
Para Galileo, la naturaleza no era un conjunto caótico de fenómenos, sino un libro inteligible. El universo podía leerse porque estaba estructurado de manera racional.
Si ambos «libros» proceden del mismo Autor, no pueden contradecirse realmente. Cuando parece haber conflicto, el error estará en nuestra interpretación de la Escritura o en nuestra comprensión de la naturaleza, pero no en ellas mismas.
¿Por qué la razón humana y la naturaleza parecen hablar el mismo idioma? Esta ya no es una pregunta científica. La ciencia utiliza las matemáticas con enorme éxito, pero no puede explicar por qué funcionan tan bien. Esa es una cuestión propiamente filosófica.
La visión cristiana ofrece una respuesta sencilla y profundamente coherente. La razón humana y el orden del universo tienen un mismo origen: ambos proceden del Creador. El ser humano puede comprender el mundo porque tanto su inteligencia como la naturaleza participan de una misma racionalidad. En otras palabras, no solo existe un universo inteligible; también existe una inteligencia capaz de entenderlo. Y más importante aún: existe una Inteligencia que ha creado ambos: el mundo y el hombre racional.
Naturalmente, esta coincidencia no constituye una demostración científica de la existencia de Dios. La ciencia no puede verificar experimentalmente una afirmación de ese tipo. Pero tampoco puede explicar por qué esa correspondencia existe.
Con frecuencia se presenta el debate como si hubiera que elegir entre la Biblia y el laboratorio, entre la fe y la razón, entre la ingenuidad infantil y la madurez intelectual. Sin embargo, esa oposición es artificial. La tradición cristiana nunca ha entendido la revelación como un sustituto de la investigación científica, ni la ciencia como una amenaza para la fe.
Quizá esa sea una de las lecciones más importantes para nuestro tiempo. Cuanto más descubrimos el extraordinario orden del universo, más razonable resulta preguntarse si detrás de esa racionalidad no existe también una Inteligencia que la haga posible.
*Fernando Armas Faris es sacerdote católico y doctor en Filosofía

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