El pueblo venezolano ha sufrido más de 26 años de desgracias continuas bajo el régimen de Hugo Chávez, Nicolás Maduro y los hermanos Rodríguez. Los terremotos sufridos el 24 de junio es una catástrofe más de sufrimiento para esa noble gente. A la catástrofe de los terremotos se le suma un régimen decadente que politiza la ayuda e impide el rescate de las víctimas.
El régimen ha contribuido al deterioro progresivo de las instituciones, los servicios públicos y la capacidad del Estado para responder eficazmente a las necesidades de su población. Cuando un desastre natural golpea a un país en esas condiciones, sus consecuencias se multiplican.
Las primeras estimaciones sobre los daños materiales y humanos muestran un panorama desolador. Miles de edificaciones afectadas, hospitales desbordados, fallas eléctricas, escasez de alimentos, desplazamientos masivos y un elevado número de desaparecidos describen una emergencia que trasciende cualquier diferencia política. En circunstancias como estas, la prioridad debe ser salvar vidas, asistir a los damnificados y acelerar la reconstrucción.
Resulta especialmente preocupante cualquier señal de que la ayuda humanitaria pueda ser condicionada por intereses políticos o utilizada como instrumento de control. En una tragedia de esta magnitud no puede haber ciudadanos de primera y de segunda categoría. La solidaridad no debe depender de la afiliación política, sino del sufrimiento humano.
La comunidad internacional tiene igualmente un papel fundamental. La disposición de distintos países y organismos multilaterales para colaborar representa una oportunidad que debe ser aprovechada con transparencia, coordinación y apertura. La reconstrucción de Venezuela requerirá recursos financieros, asistencia técnica y cooperación sostenida durante años.
Más allá de las cifras económicas, de la deuda externa o de la producción petrolera, el verdadero desafío consiste en devolver la esperanza a millones de personas que hoy enfrentan la pérdida de familiares, hogares y medios de vida. Ningún país puede reconstruirse únicamente con discursos; necesita instituciones sólidas, confianza ciudadana y una gestión pública eficiente.
Las tragedias naturales ponen a prueba el carácter de los gobiernos y la fortaleza de las sociedades. También recuerdan que la dignidad humana debe estar por encima de cualquier cálculo político. Si Venezuela aspira a superar esta crisis, el compromiso con la transparencia, la cooperación y la protección de su población debe convertirse en la única prioridad.
Porque, al final, ninguna ideología puede ser más importante que la vida de un ser humano.

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