León XIV: la catequesis de la fragilidad

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El domingo 11, durante el tradicional rezo del Ángelus del mediodía, el papa León XIV anunció que el martes siguiente sería sometido a una intervención para extirparle un nódulo pulmonar, detectado «en una fase muy temprana y bien localizado». La operación duró unos noventa minutos y concluyó con éxito. Los médicos confirmaron el diagnóstico de un adenocarcinoma pulmonar y extirparon el lóbulo inferior del pulmón derecho. Quedan por delante nuevos estudios y varias incógnitas: ¿será necesario algún tratamiento complementario? ¿Radioterapia, quimioterapia o simplemente vigilancia médica? Todavía es pronto para saberlo con certeza. La oficina de prensa del Vaticano informará oportunamente, a medida que disponga de nuevos datos.

Comienza así una nueva etapa en la vida del Santo Padre, que previsiblemente dará un nuevo cariz a su catequesis. Esperemos que la recuperación siga su curso favorable y que esta afección termine siendo una anécdota temprana de su pontificado. Pero, más allá de la evolución médica, estamos ante un testimonio vivo del ideal cristiano.   

El hombre que ocupa la sede de Pedro y cuya voz goza de gran prestigio en la escena mundial se une de un modo más personal a Jesucristo, a quien representa, abrazando ahora su propia cruz. Alguien podría pensar que hemos tenido mala suerte: apenas han transcurrido unos meses de pontificado y el Santo Padre ya debe afrontar esta aflicción.

Sin embargo, Dios escribe recto con renglones torcidos. Rezo para que todo marche bien, el Papa se recupere pronto y pueda retomar su apretada agenda. Pero su catequesis tendrá ahora un matiz distinto, más vívido: algunas verdades que antes anunciaba con palabras deberá vivirlas también en su propia carne.

En una sociedad dominada por la imagen y los filtros, empeñada en prolongar la juventud y disimular la fragilidad, el Papa se presenta sin complejos como un hombre que lucha contra el cáncer. No necesita ocultar su vulnerabilidad ni aparentar que está por encima de las limitaciones humanas.

Hablar de la cruz es una cosa; encontrársela al pie de la cama, después de recibir un diagnóstico, es otra. Reflexionar sobre la fragilidad resulta relativamente sencillo mientras parece un asunto ajeno. Pero cuando el cuerpo nos recuerda que no somos invulnerables y el futuro se convierte en una incógnita, las palabras pasan por el crisol de la experiencia.

El cristianismo no enseña que el dolor sea bueno en sí mismo. La enfermedad no es un regalo que debamos agradecer como si sufrir fuera un mérito. Jesús curó enfermos, se conmovió ante el sufrimiento ajeno y lloró la muerte de su amigo Lázaro. En Getsemaní experimentó la angustia y pidió al Padre que, si era posible, apartara de Él aquel cáliz. La fe no exige insensibilidad. No nos pide que dejemos de sufrir, sino que descubramos que el sufrimiento no tiene por qué tener la última palabra.

La cruz cristiana revela un amor capaz de atravesar el dolor. Cristo no vino a explicarnos desde lejos por qué sufrimos, sino a acompañarnos, cargar con nuestro sufrimiento y abrirnos, mediante su muerte y resurrección, un horizonte que la muerte no puede clausurar.

Por eso, el sentido cristiano del dolor no consiste en encontrar una explicación satisfactoria para cada desgracia. A veces no la encontraremos. Consiste en saber que ninguna circunstancia, por oscura que sea, nos obliga a vivirla solos. Dios no siempre nos libra del cáliz, pero podemos pedirle que nos enseñe a beberlo con amor, sin perder la esperanza ni dejar de luchar por la vida.

Ignoramos qué tratamientos necesitará el papa León XIV en las próximas semanas o meses. Tampoco sabemos cuánto durará su recuperación ni cómo afectará la enfermedad a su ministerio. Lo que sí sabemos es que Jesús lo ha unido ahora a su cruz de una manera más personal. Nuestro deber, como buenos hijos, es acompañarlo con la oración, pidiendo por la salud de este padre común que es el Papa. Esta es una de las mayores manifestaciones de comunión eclesial: el padre reza por sus hijos y los hijos sostienen con su oración al padre.

* Fernando Armas Faris, Sacerdote y Doctor en Filosofía 

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