“Mundiáfrica” y “futbolicidas“

Comencé a escribir estas líneas en la mañana del recién pasado domingo 19 de julio. Estaba a punto de finalizar la Copa Mundial de Fútbol, que cada cuatro años se convierte en foco de atención para buena parte de la humanidad y motivo de lucrativos negocios inimaginables para quienes son dueños de la maquinaria que maneja el evento. Especial significado tiene para mí la fecha previa, pues el 18 de este mes cumplieron años Nelson Mandela y mi padre, Roberto Emilio Cuéllar Milla. El primero nació en 1918; el segundo tres años después. A ambos les guardo respeto y admiración por varias razones lógicas relacionadas con mi recorrido por este mundo, pero también con ese que llaman “el deporte rey”.

El segundo de estos personajes no jugó ni siquiera dentro del llamado “fútbol aficionado”, pero sí acompañó y apoyó a sus hijos que lo hicimos; un par, hasta en la “Liga Mayor” –también conocida como “primera división”‒ en la década de 1970. El compromiso con la defensa de los derechos humanos de nuestro pueblo en aquellos años de preguerra, con sus exigencias y riesgos, fue el motivo por el cual no continuamos nuestro desarrollo más o menos decente dentro de esa actividad.

En cuanto a Mandela, él no fue fanático del fútbol pero descubrió su potencial al llegar a la Isla Robben en la que permaneció durante dieciocho años de los veintisiete que estuvo prisionero; pero vio en este la posibilidad de utilizarlo para mejorar, aunque fuera un poco, las condiciones del confinamiento común. Luego, tras su liberación y siendo presidente sudafricano, lo utilizó como medio para combatir y derrotar el apartheid, sistema de segregación racial prevaleciente en su país. Por ello impulsó la realización en 1996, dentro de este como sede, de la Copa Africana de Naciones y de la Copa Mundial de Fútbol en el 2010; también la del Mundial de Rugby en 1995.

Dicho lo anterior, pienso que el torneo futbolístico recién concluido se convirtió en la antítesis del legado “mandeliano”. Fue vergonzoso por razones conocidas como, entre otras, el trato a la selección iraní y al árbitro somalí. Pero, además, por sepultar el “juego bonito” que aunque generalmente se ha relacionadocon Brasil, no es exclusivo de esa nación; también se paseó por Sudamérica y Europa, sobre todo conaquella “Naranja mecánica” holandesa. Ya quisiera que regresara la favela o la playa, el potrero o la calle como campos de entrenamiento, enfrentamiento y –sobre todo– entretenimiento. Pero mejor apago la vela y no espero más. Ya no. Lo enterró el negocio del consumismo bandido, perpetrado por quien considero unos descarados “futbolicidas” armados con una fatal arma: la corrupción.

Y a pesar de que aprecio al recién realizado certamen como el “Mundiáfrica”, por la cantidad de equipos provenientes de ese continente y de jugadores afrodescendientes distribuidos en selecciones de otras regiones, pienso e insisto al término de este que se perdió el espíritu y la herencia de Mandela. Acabó ganando la “lógica” del energúmeno rubio.

No valoraré la calidad del partido conclusivo del campeonato por parte de sus contendientes; aunque fue evidente la diferencia entre uno y otro, creo que terminó convirtiéndose en una final para el olvido. De las peores que recuerdo, no solo en lo deportivo. Debemos ensurar tajantemente, al término de esta, tanto la violenta reacción de algunos jugadores argentinos como la antideportiva e inmadura actitud de sus compañeros dándole la espalda a la entrega de medallas y el trofeo al conjunto ibérico. También repudio la presencia, en dicho momento, de un inapropiado colado “anaranjado” a quien ‒esto hay que rescatar‒ dos jugadores gauchos se negaron a saludar de mano.

Así las cosas, lo que para Gramsci fue el “reino de la lealtad humana ejercida al aire libre” ahora es el imperio de la corrupción malsana presumida sin vergüenzas para tener una masa humana que ya no vibre, se indigne y se rebele ante la impudicia global. En eso han terminado convirtiendo lo que fuera el fútbol espectáculo sus actuales jerarcas que, sin reparo alguno, se lo robaron al pueblo; al menos desde Havelange hasta el que ahora lo controla, en descarado maridaje con lo peor de lo peor.

Por eso, hoy hay que escuchar cada vez más lo que el papa Francisco demandó a quienes “campeonizan”: deben sentir siempre “gratitud por su historia de sacrificios, victorias y derrotas”; tienen que “sentir también la responsabilidad educativa, que debe ser implementada a través de la coherencia de vida y la solidaridad con los más débiles para animar a los más jóvenes a crecer en su interior y tal vez, incluso, a ser campeones en la vida”.

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