Se llamaba Julio Antonio Marinero, nació en Olocuilta el 19 de diciembre de 1932, siendo hijo de Rosenda Marinero y Juan López García. Partió al cielo el 13 de diciembre de 2006, cuando le faltaban seis días para arribar a los 74 años terrenales. Tuve el privilegio divino de ser su hijo y hasta ahora me sigo sintiendo un privilegiado y orgulloso hijo de mi papá, el hombre más honesto, honorable y honrado que yo he conocido. Mi héroe de toda la vida.
Mi papá era un tipo especial lleno de valores positivos, dispuesto a dar hasta la vida para protegernos a sus hijos. Responsable con la familia, siempre estuvo para suplir cualquier necesidad y para brindar sus sabios consejos. Era un lector empedernido, le gustaba leer los periódicos y cualquier libro que se le atravesara. Leer alimenta el alma y hace a la gente más consciente, solía decirnos.
Cuando terminé mi bachillerato me preguntó que iba a seguir estudiando en la universidad y cuando le dije que periodismo no fue mucho de su agrado. Él soñaba con que su primer hijo varón fuera médico o abogado. Sin embargo, aceptó mi decisión porque sabía que lo hacía por vocación. Luego mi hermano se graduó de abogado y mi sobrino de médico, con lo que de alguna manera se le cumplieron sus sueños. Mi hijo mayor es abogado.
Mi padre nunca me preguntó cómo iba en la universidad, pero un día, iniciando la carrera, acostado en su hamaca, me pidió sentarme junto a él y me dio uno de los consejos más valiosos en mi vida: “Tenés que estudiar y prepararte para que tus hijos a quienes no conoces todavía se sientan orgullosos de vos y para que siempre estés pendiente de tu mamá”. Su promesa fue apoyarme hasta el final y la cumplió conmigo y con mis hermanos. Su sacrificio de luchar porque todos fuéramos profesionales valió la pena. Lamentó no tener a mi madrecita linda conmigo y envidio a mis amigos que tienen con ellos a su mamá, seguramente mis hermanos y yo le hubiéramos cumplido a mi padre.
Le prometí que iba a aprovechar mi tiempo y creo que lo hice. Un día me gradué de la universidad, justo un 18 de junio, un día después del Día del Padre y pienso que es el mejor regaló que pude darle. Ese día, él junto a mi mamá me abrazaron fuerte y sinceros, los tres derramamos lágrimas, ellos felices por un triunfo mío y yo satisfecho porque sabía que el triunfo era por el esfuerzo de ellos.
Mi mamá Elena Sánchez falleció años después, un 16 de noviembre de 1994, apenas a los 49 años de edad. Cuando mi mamá partió al cielo mi papá era un hombrerelativamente joven de 61 años. Lloramos y nos abrazamos, y sus hijos le prometimos estar siempre unidos alrededor suyo en las buenas y en las malas.
Yo ya era un hombre casado residente en San Salvador, pero solía ir los fines de semana a visitarlo y compartir con él y mis hermanos. A veces me esperaba para contarme su tristeza y llorar, la ausencia de mi mamá le dolía en el alma. Otras veces lo vi llorar en silencio, cuando mis hermanos menores se iban graduando de la universidad y él ya no tenía a su amada compañera de vida para disfrutar y compartir los triunfos de los suyos. Giovani, mi sobrino mayor era su orgullo, solía acompañarlo a los torneos centroamericanos de Taekwondo donde ganaba primeros lugares. A mis hijos los adoraba.
Cuando yo era niño solía llevarme a todas partes. Aficionado al fútbol me llevaba a los estadios y a visitar a sus amigos. Le encantaba que le dijeran que yo me parecía a él y lo entiendo porque yo me ufano de parecerme a él. El mejor cumplido que alguien me puede hacer es recordarme el enorme parecido físico que tengo con mi papá. Jaime, mi hijo mayor se parece mucho a mí.
Muchas veces me castigó, porque fui un niño travieso y un adolescente mal portado. Sus castigos me dolían, pero los extraño. Tras castigarme solía buscar la forma de congraciarse y siempre la encontraba, con palabras serias llenas de sabiduría. Cuando a los 21 años comencé a dar clases en la Universidad, no paraba de contarle a todos sus conocidos. Se sentía orgullo de ese mi pequeño logro.
Comencé a trabajar como editor en un periódico matutino y a dar clases en varias universidades. Él era fanático de mis columnas de opinión y se las mostraba a todos sus amigos y conocidos. Era mi principal critico y consejero, siempre me preguntaba por el tema de mi próxima columna y me aconsejaba con ideas que en ocasiones tomaba en cuenta.Una vez le dediqué una columna y me di cuenta que la recortó y anduvo por años en su cartera para mostrarla a sus amigos, que eran muchos, porque él tenía facilidad para ganarse la confianza de las personas. Incluso, varias veces lo buscaron para ser candidato a alcalde de Olocuilta y siempre rechazó esa posibilidad.
Mi papá era y es mi héroe. Recuerdo cuando me cargaba en hombros e íbamos a visitar a mis tíos para que yo jugara con mis primos, le gustaba que me relacionara con personas mayores que yo y me llevaba a velorios, ferias, estadios y a recorrer los recovecos de Olocuilta, donde él tenía “cheros”. A veces por razones de su trabajo se ausentaba unos días de la casa y cuando regresaba lo hacía cargado de cosas para sus hijos.
Hoy es el Día del Padre y yo extraño mucho al mío. En lo personal no sé si he sido un buen papá, pero aspiro a serlo, a seguir los pasos de mi papá para que mis hijos se sientan orgullosos de mí. Mi mayor anhelo es que mis hijos sean hombres de bien y buenos padres y esposos. Feliz Día del Padre, papá, dale un abrazo a mi mamá y a mi hermana Yanira. Los amamos y extrañamos todos los días.
*Jaime Ulises Marinero es periodista

Deja una respuesta