La semana anterior compartí mi pasión la Criminología, con un grupo de excelentes ciudadanos y profesionales del derecho penal con quienes pasamos una gran jornada académica debido a lo que conversamos sobre facetas en la familia, me motivé a escribir sobre este tema. Como ciudadano, padre de familia, criminólogo y analista de seguridad pública, y con la mayor herramienta que puedo poseer la observación, es de mi alto interés cómo el debate en todo el mundo es sobre el denominado problema mundial de las drogas, se centra obsesivamente en los grandes capos, sus estilos de vida, operativos fallidos o reales y las toneladas de droga incautadas. Sin embargo, la verdadera hemorragia social ocurre a nivel de calle, en el diario vivir. El narcomenudeo, esa distribución silenciosa, constante, sin parar, de sustancias ilícitas, ha dejado de ser un solo eslabón del crimen organizado para convertirse en la principal amenaza conjunta contra la salud pública y la seguridad ciudadana en nuestras comunidades en América Latina.
El impacto de este microtráfico es profundamente destructivo. Por un lado, desencadena una crisis de salud pública innegable. Las drogas disponibles hoy son más accesibles y, frecuentemente, están adulteradas con sustancias sintéticas de altísima toxicidad en otras palabras son más basura que antes.Esto genera un aumento exponencial en las tasas de adicción, urgencias médicas y un severo deterioro de la salud mental colectiva. Por otro lado, esta crisis sanitaria es el combustible directo de la criminalidad urbana. El narcomenudeo no es pacífico; trae consigo una estela de violencia. Disputas territoriales, homicidios, robos con violencia para financiar el consumo, hurtos para comprar más droga, venta de armas y extorsiones son delitos satélites que destruyen la tranquilidad de las familias y sus comunidades.
Pero el fenómeno más alarmante y despiadado de los últimos años es la mutación en los patrones de reclutamiento. Las estructuras criminales han refinado su estrategia operativa y han puesto la mira directamente en nuestra adolescencia y juventud. Ya no buscan al clásico expendedor de esquina; ahora reclutan estudiantes. Universidades, colegios, institutos, discotecas, bares, centros comerciales, entre otros, se han convertido en el nuevo territorio de disputa y comercialización. Las mafias entienden perfectamente que un joven distribuidor pasa desapercibido, tiene acceso directo y de confianza a un mercado cautivo y, en caso de ser procesado, enfrenta un sistema de justicia penal menos severoen términos generales en Latinoamérica. Y este nuevo oficio, estilo de vida, es conocido como «dealer» los jóvenes saben perfectamente quiénes son estos varones y señoritas que no les interesa el estudio, graduarse o metas académicas, sino cumplir las metas criminales de sus jefes y obtener ingresos que les permiten consumir drogas y vivir una vida de ocio y sin propósito.
El modus operandi es perverso. Los criminales seducen a los jóvenes con una falsa promesa de estatus, acceso a cosas materiales, que será popular, dinero rápido y un distorsionado sentido de pertenencia a su «nueva familia» la criminal. Comienzan regalando dosis para generar adicción y dependencia financiera, forzándolos después a vender entre sus círculos para costear su consumo o pagar deudas impagables. Así, el compañero de clase se transforma en el último eslabón de una cadena letal. Estos jóvenes son utilizados como simples peones, piezas desechables que absorben todo el riesgo legal y vital, mientras los verdaderos cabecillas del negocio criminal se mantienen en la sombra.
Enfrentar este monstruo exige abandonar la visión exclusivamente reactiva. No podemos resolver una crisis estructural de esta magnitud desplegando únicamente el poder coercitivo de un Estado. Necesitamos una política criminológica integral que combine todas las inteligencias de una Nación, enfocada en desarticular las redes financieras y de suministro, junto con intervenciones estatales robustas en la familia, salud mental y prevención. Debemos blindar nuestros centros educativos y espacios de ocio. La prevención primaria desde la familia como control social informal por excelencia es la única vacuna efectiva contra este flagelo. El amor genuino y ocupación de ellos por padres de familia ausentes y cómodos que no están dispuestos a pagar el precio de tener una relación cercana con sus hijos, y que luego quieren y exigen que el maestro, pastor o sacerdote les ayude a resolver. Si no protegemos a nuestros adolescentes y jóvenes hoy, mañana lamentaremos la pérdida irreparable de toda unanueva generación no por pandillas sino por las drogas.
*Por Ricardo Sosa /Doctor y Máster en Criminología /Egresado doctorado en Justicia Criminal / @jricardososa

Deja una respuesta