Quizá sea verdad…

Joseph Ratzinger, en una de sus obras más emblemáticas, Introducción al cristianismo (1968), recoge una antigua historia judía que, precisamente por su sencillez, logra tocar uno de los nervios más sensibles del alma humana.

Cuenta la historia que un racionalista, hombre culto y seguro de sí mismo, acudió a visitar a un célebre rabino con la intención de refutar los fundamentos de la fe. Al entrar en la habitación encontró al anciano ligeramente encorvado, caminando lentamente de un lado a otro, con un libro en las manos y sumido en profunda reflexión. Durante unos instantes el rabino ni siquiera pareció advertir su presencia. Finalmente levantó la mirada y pronunció unas pocas palabras:

—Quizá sea verdad.

Aquella frase cayó sobre el visitante como un golpe inesperado. Había acudido dispuesto a discutir argumentos, pero no estaba preparado para enfrentarse a una posibilidad.

Entonces el rabino continuó:

—Los sabios han discutido contigo y tú has encontrado siempre una réplica. La lógica ha construido argumentos y tú has señalado sus fisuras. La ciencia ha presentado indicios y tú has pedido pruebas definitivas. Has visto a muchos vivir como si Dios no existiera y has pensado que tal vez tenían razón. Pero considera una posibilidad: ¿y si fuera verdad?

Aquel «¿y si fuera verdad?», escribe Ratzinger, comenzó a resonar en el interior del hombre como una pregunta imposible de acallar. Porque mientras una objeción puede responderse y un argumento puede refutarse, una posibilidad permanece. Y si Dios existiera realmente, si fuera quien dice ser, entonces ninguna cuestión sería más importante. Desde ese momento, el «quizá» dejó de ser una palabra pequeña para convertirse en una inquietud capaz de acompañarlo día y noche, sin concederle descanso.

La fuerza de este relato no reside en ofrecer una demostración lógica de la existencia de Dios. Tampoco pretende anular las objeciones racionales ni sustituir la reflexión filosófica. Su poder es más profundo y más humano: nos recuerda que la cuestión de Dios jamás desaparece del todo. Puede ser ignorada, aplazada, enterrada bajo el ruido cotidiano o incluso ridiculizada, pero no extinguida. Basta un instante de silencio para que vuelva a presentarse ante la conciencia.

Personalmente, considero que demostrar de manera concluyente la existencia de Dios mediante la lógica formal es una tarea extraordinariamente difícil. Sin embargo, demostrar su no existencia resulta imposible. Existe una diferencia importante entre afirmar «no lo sé» y afirmar «no existe». La primera postura reconoce los límites del conocimiento humano; la segunda sobre pasa de manera deshonesta sus límites.

Estoy completamente de acuerdo en que las ciencias naturales no pueden ofrecer datos empíricos sobre Dios. El método científico fue diseñado para estudiar fenómenos observables, medibles y reproducibles. Dios, si existe, no pertenece a esa categoría. Pero de ahí no se sigue que Dios no exista, del mismo modo que la incapacidad de un microscopio para detectar la justicia, la belleza o el amor no demuestra que estas realidades sean ilusorias.

Vivimos en una época que con frecuencia identifica la fe con ingenuidad y la incredulidad con inteligencia. Sin embargo, el ateísmo también convive con su propia incertidumbre. El creyente conoce la tentación de la duda; pero el no creyente tampoco logra librarse por completo de la sospecha contraria: ¿y si Dios existiera realmente? ¿Y si el universo no fuera el resultado de un accidente ciego? ¿Y si el anhelo de infinito que habita en el corazón humano correspondiera a una realidad objetiva?

Ese «quizá» acompaña silenciosamente toda existencia humana. El hombre puede llenar su vida de trabajo, entretenimiento y preocupaciones, pero en ciertos momentos decisivos —la muerte de un ser querido, el sufrimiento, la belleza inesperada, el amor auténtico o la cercanía de la propia muerte— reaparece inevitablemente la pregunta por el sentido último de la existencia.

La fe cristiana no nace de la ausencia de preguntas, sino precisamente de tomarlas en serio. Creer no significa poseer todas las respuestas, sino aceptar que la realidad puede ser más grande que nuestra capacidad de comprenderla. La fe comienza cuando el hombre tiene la humildad suficiente para admitir que quizá no lo entenderá todo.

Al final, toda vida humana se mueve entre dos posibilidades: vivir como si Dios no existiera o vivir como si existiera. Y acaso el drama más profundo del hombre moderno no sea haber negado a Dios, sino haber dejado de preguntarse por Él.

*Fernando Armas Faris, Sacerdote y doctor en Filosofía 

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