Un año de cambios: el tiempo que se nos va de las manos

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Cada mañana, entre mis lecturas habituales, dedico unos minutos a un libro que se ha convertido en un buen compañero de reflexión: Un año de cambios, de Nicolás Emilio Tranchini.

Su propuesta es sencilla: una lectura para cada día del año, con enseñanzas que nos invitan a examinar nuestra manera de pensar, nuestras decisiones y aquellas costumbres que, casi sin darnos cuenta, van formando nuestra vida.

Me gusta porque no exige leer durante horas. Bastan unos minutos para encontrarnos con una idea que puede acompañarnos durante el resto del día. Hace poco, una de sus reflexiones me llevó a detenerme ante una pregunta que quisiera compartir con ustedes: ¿Estamos utilizando bien el tiempo que tenemos?

Una riqueza que no podemos comprar

Tranchini nos invita a considerar el tiempo como uno de los recursos más valiosos de nuestra existencia. Y tiene razón. Una persona puede perder dinero y recuperarlo trabajando. Puede equivocarse en un negocio y comenzar nuevamente. Incluso puede dejar pasar una oportunidad y encontrar otra más adelante.

Pero el tiempo funciona de manera diferente. El minuto que acaba de pasar no regresará. El libro utiliza una comparación interesante con las grandes fortunas. Pensemos en un empresario que posee miles de millones de dólares. Puede comprar propiedades, viajar por el mundo y disfrutar de innumerables comodidades.

Sin embargo, con toda su riqueza, no puede comprar un solo minuto de ayer. Y aquí aparece una verdad que pocas veces consideramos: todos recibimos las mismas veinticuatro horas cada día, aunque nuestras circunstancias y responsabilidades sean diferentes. La diferencia está en lo que hacemos con ellas.

El teléfono que llevamos en la mano

Mientras reflexionaba sobre esta enseñanza, pensé en algo que vemos diariamente.

Una persona toma su teléfono para responder un mensaje. Después revisa una noticia, mira un video y continúa con otro. Cuando finalmente levanta la mirada, ha pasado mucho más tiempo del que imaginaba.

A mí también me ha sucedido. No estoy diciendo que los teléfonos sean malos. Son herramientas extraordinarias para estudiar, trabajar, comunicarnos y resolver innumerables necesidades. El problema comienza cuando dejamos de decidir cuánto tiempo les dedicamos.

Pensemos en un joven que pasa varias horas diarias mirando contenidos que apenas recordará mañana. Si dedicara solamente una pequeña parte de ese tiempo a leer, aprender un idioma, practicar matemáticas o desarrollar alguna habilidad, posiblemente descubriría nuevas capacidades.

No necesita abandonar la tecnología. Necesita aprender a administrarla.

Ser buenos administradores de nuestra vida

En Un año de cambios, Tranchini relaciona esta reflexión con una enseñanza del apóstol Pablo, escrita hace casi dos mil años: “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Efesios 5:15-16).

Me llama especialmente la atención la expresión “aprovechando bien el tiempo”. No significa vivir apresurados, trabajar sin descanso o llenar nuestra agenda de compromisos. Significa reconocer que cada día tiene un valor que merece nuestro cuidado.

También necesitamos tiempo para descansar, conversar con nuestros hijos, visitar a nuestros padres, acompañar a un amigo o disfrutar tranquilamente una comida familiar. Una tarde compartida con nuestros seres queridos no es tiempo perdido. Puede ser una de las mejores inversiones de nuestra vida.

Veinte minutos pueden cambiar una costumbre

En uno de mis artículos anteriores para Diario El Mundo, invité a los lectores a dedicar veinte minutos diarios a la lectura. Hoy deseo recordar aquella propuesta. Veinte minutos parecen poca cosa.

Pero imaginemos lo que puede suceder cuando los convertimos en una costumbre. Un estudiante podría avanzar en una novela. Un trabajador conocer nuevas ideas relacionadas con su profesión. También un padre descubrir mejores maneras de comunicarse con sus hijos.

Adicionalmente, podemos leer literatura salvadoreña, biografías, historia, poesía o algún libro que fortalezca nuestra vida espiritual. Lo importante es comenzar. Como escritor y educador, he comprobado que la lectura nos ayuda a ordenar el pensamiento, enriquecer el lenguaje y comprender mejor lo que sucede a nuestro alrededor.

Las matemáticas también ejercitan nuestra capacidad de razonar. La lectura, por su parte, nos permite relacionar ideas, interpretar experiencias y descubrir realidades que antes desconocíamos. Ambas contribuyen a desarrollar nuestra inteligencia.

Y todo comienza cuando decidimos dedicarles tiempo.

Una pregunta para esta noche

Quisiera proponer un pequeño ejercicio. Antes de dormir, pensemos en las horas que acabamos de vivir. ¿Qué aprendimos hoy? ¿A quién ayudamos? ¿Conversamos con nuestra familia? ¿Leímos algunas páginas? ¿Hicimos algo que nos acercara a una meta importante?

No se trata de examinarnos con dureza ni de sentirnos culpables por cada minuto de descanso. Se trata de reconocer que podemos vivir con mayor intención. A veces, un cambio relevante comienza con una decisión pequeña: apagar el teléfono durante la cena, levantarnos unos minutos antes o dedicar un rato a ese libro que lleva meses esperando sobre la mesa.

Epílogo: el tiempo también es vida

Mientras continúo leyendo Un año de cambios, comprendo que administrar bien el tiempo no consiste únicamente en hacer más cosas. Consiste en aprender a elegir mejor.

Porque nuestra vida está hecha precisamente de esos días que parecen comunes, de las conversaciones que sostenemos, de las páginas que leemos y de las oportunidades que decidimos aprovechar.

No podemos regresar al ayer para corregir todo lo que dejamos pendiente. Pero tenemos algo maravilloso: todavía podemos decidir qué hacer con el día de hoy. El Moisés, en el libro de los Salmos expresó esta petición: “ENSÉÑANOS DE TAL MODO A CONTAR NUESTROS DÍAS, QUE TRAIGAMOS AL CORAZÓN SABIDURÍA” (SALMOS 90:12).

Quizá esa sea una de las enseñanzas más hermosas de este libro: comprender que cada día nos ofrece la posibilidad de cambiar alguna costumbre y crecer un poco más.

Esta noche, cuando termine el día, no nos preguntemos solamente cuánto hicimos.

Preguntémonos también si dedicamos nuestro tiempo a aquello que verdaderamente vale la pena. Porque aprovechar bien el tiempo es, en el fondo, aprender a vivir mejor.

Amigos, también, les dejo esta reflexión: “No podemos regresar al ayer para corregir todo lo que dejamos pendiente. Pero tenemos algo magnífico: todavía podemos decidir qué hacer con el día de hoy”.

*Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial. 

alfredocaballero.consultor@gmail.com

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