Un diploma salvadoreño para una educadora estadounidense

“Ubi Scientia, Ibi Patria”. «Donde hay conocimiento, allí está la patria”. Mediante esa frase latina, el Ateneo de El Salvador, fundado en septiembre de 1912, fue mucho más allá del tradicional concepto del patriotismo, porque decidió no fijarlo en torno a una identidad de sangre o territorio, sino que lo vinculó con el conocimiento. Así, el saber pasó a ser el Gran Territorio de la Mancha de cualquier ser humano ilustrado, sin fronteras cartográficas u otro tipo de limitaciones geográficas, pero sin dudar de las implicaciones ideológicas de un concepto así.

Aunque las mujeres salvadoreñas y extranjeras habían comenzado a ser aceptadas como socias por la Academia de Ciencias y Bellas Letras de San Salvador desde mayo de 1888, para la década de 1930 eran muy escasas las entidades que admitían y fomentaban la presencia femenina entre sus filas, a excepción de algunas logias teosóficas vinculadas con los altos niveles de la intelectualidad nacional o con los más cercanos círculos de poder dentro del martinato. Por ello, no resultaba extraño que la educadora barcelonesa María Solà de Sellarès o la cosmetóloga californiana Madame Rosteau frecuentaran Casa Presidencial en el barrio de San Jacinto.

En medio de un país con poco menos de un millón de habitantes y con un analfabetismo superior al 90%, el Ateneo de El Salvador constituía una reserva intelectual que buscaba posicionarse como un centro de pensamiento crítico, con actividades centradas en la difusión cultural y la promoción educativa, aunque sin cuestionar las políticas públicas emanadas desde los poderes del Estado controlados por el Partido Nacional Pro-Patria.

El 23 de abril de 1933, en la capital salvadoreña, la junta directiva del Ateneo de El Salvador suscribió un diploma, mediante el que le otorgó la condición de “socio correspondiente” a “don” Heloise Brainerd, una educadora estadounidense. Entre las firmas de ese documento -con decorados Art Nouveau y fitomórficos hechos por la capitalina Imprenta Palacios y Compañía- figuran diversos intelectuales y masones de altos grados, como el general, ingeniero y escritor José María Peralta Lagos, el empresario alemán Hugo Rinker, los abogados Dres. David Rosales h., Nazario Soriano y Guillermo Trigueros, los educadores Victorino Ayala, Francisco R. Osegueda y Gilberto Valencia Robleto.

Copia digital del diploma extendido por el Ateneo de El Salvador, en abril de 1933. El original se encuentra en los archivos del Swarthmore College, cerca de Filadelfia.

El profesor Valencia Robleto (San Salvador, 1892-1968) era un graduado de la Escuela Normal de Varones -donde estudió bajo la dirección de mentores alemanes-, pero en la década de 1930 era más respetado como ensayista y divulgador de la necesidad de que El Salvador contara con una reforma educativa, en la que debía haber espacios para la educación destinada al sector femenino nacional. Además de sus cargos directivos y de redacción en el Ateneo de El Salvador y su revista institucional, también militó en las filas masónicas de la Gran Logia Cuscatlán, en la que también ocupó cargos directivos y colaboró con sus medios de propaganda y difusión.

Mediante cartas y canjes de revistas y libros, el profesor Valencia Robleto picó piedra entre la burocracia del país y logró abrirse paso entre corresponsales en el exterior. En especial, entre personas que laboraban en las oficinas de educación y cultura de la Unión Panamericana, una entidad surgida en la capital estadounidense como resultado de la Primera Conferencia Panamericana desarrollada entre 1889 y 1890. Una de esas funcionarias interesadas en mantener comunicación activa con El Salvador resultó ser la educadora estadounidense Heloise Brainerd, con quien el pedagogo salvadoreño podía escribirse en lengua castellana.

Heloise Brainerd nació el 30 de abril de 1881 en Wallingford (Vermont, Estados Unidos), en el hogar de Charles y Emily Sanford Brainerd, una familia de clase media de Nueva Inglaterra.

Retrato de Helen Brainerd, en su anuario de graduación del Smith College, 1904. La imagen fue retocada mediante Gemini, la inteligencia artificial de Google.

Desde joven mostró inclinaciones académicas notables. Entre 1900 y 1901 fue estudiante del Middlebury College, pero después pasó al Smith College (Northampton, Massachusetts), una de las históricas Seven Sisters o Siete Hermanas, grupo de universidades de élite que constituían el equivalente femenino a la Ivy League, cuyas universidades entonces sólo admitían a hombres como estudiantes, docentes y directivos. Fue en el Smith College donde obtuvo su grado universitario en Pedagogía, en 1904.

Tras su graduación, se radicó en la capital mexicana, donde entre 1905 y 1909 trabajó como secretaria bilingüe en un despacho jurídico. Esa experiencia la introdujo en el conocimiento pleno de la lengua castellana, así como en el manejo de la vida cotidiana latinoamericana. Ese conocimiento lingüístico y sensibilidad cultural le otorgaron un bagaje personal que le permitió comprender las realidades sociales de un continente que muchos funcionarios estadounidenses apenas observaban desde una distancia condescendiente.

En 1909 se estableció en Washington, D. C., y comenzó a trabajar en la Unión Panamericana como secretaria privada del subdirector y llegaría a ser la jefa de la División de Educación dentro de una carrera de 26 años al servicio de la diplomacia interamericana. En 1929, su oficina pasó a ser la División de Cooperación Intelectual, con la misión expresa de fomentar el intercambio educativo, artístico, literario, científico y cultural entre los países del continente americano. Ese puesto administrativo la convirtió en figura clave en la construcción de los lazos culturales y académicos entre las naciones americanas en un período en que el panamericanismo era todavía un proyecto en construcción, lleno de tensiones entre los ideales de cooperación y la realidad de la hegemonía estadounidense en medio de países dominados por dictaduras férreas y países agroexportadores con poblaciones de mayorías indígenas y de mestizos o afrodescendientes en situaciones de graves exclusiones sociales, políticas y económicas.

En 1928 fue comisionada por la Unión Panamericana para que viajara, durante seis meses, por las Américas. Visitó la casi totalidad de las repúblicas, aunque dejó por fuera a Colombia y Venezuela. Esa fue la única oportunidad en la que tocó suelo salvadoreño, donde tuvo oportunidad de conocer y entrevistarse con funcionarios del gobierno del Dr. Pío Romero Bosque padre, así como intelectuales como Alberto Masferrer y el profesor Valencia Robleto.

Para cuando ella llegó a San Salvador, en el país ya funcionaba una entidad muy parecida a la que ella dirigía. El 14 de julio de 1927, en la capital fue instalada la Comisión Salvadoreña de Cooperación Intelectual, una dependencia de la Sociedad de Naciones (antecedente histórico de la Organización de las Naciones Unidas, ONU). Esa comisión nacional fue compuesta por personalidades masculinas como Francisco Gavidia, José María Peralta Lagos, Alberto Masferrer, Juan Ramón Uriarte Dordelly y los doctores Julio Enrique Ávila Villafañe, Manuel Castro Ramírez p., Víctor Jerez, Pedro Salvador Fonseca, Francisco Martínez Suárez y otros más.

Con su visita, la profesora Brainerd evidenció que siempre iba más allá de las meras visitas protocolarias, por lo que no resultaba nada extraño que buscara construir redes permanentes de confianza y trabajo con mujeres e intelectuales de los países que visitaba. Como resultado de esa extensa experiencia, en 1931 publicó el artículo Intellectual Cooperation between the Americas, que fue difundido por el Boletín de la Unión Panamericana.

El 22 de junio de 1935, la profesora Brainerd se retiró de la Unión Panamericana y fue incorporada de inmediato a la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad (WILPF, por su siglas en inglés), de la que era socia desde varios años antes. Asumió el cargo presidente del Comité de las Américas y de la División de Trabajo Interamericano de la sección estadounidense de la organización, con la que compartía su compromiso con el pacifismo y la igualdad de la mujer. Además, ella se convirtió em la primera delegada hispanohablante de la sección estadounidense de la organización.

Su incorporación a la WILPF cambió el tono del diálogo de la organización en las Américas. En lugar de favorecer la preponderancia estadounidense, su enfoque se caracterizó por el respeto y el fomento de los objetivos internacionalistas. La profesora Brainerd reconoció, de forma pública, que su trayectoria burocrática en la Unión Panamericana podía generar sospechas de motivaciones imperialistas entre sus interlocutoras latinoamericanas.

En lugar de eludir esa incomodidad, la abordó de frente, con lo que brindó tranquilidad a las mujeres de otras ramas de la WILPF respecto a la sinceridad de sus intenciones. Con el objetivo de incorporar a las mujeres latinoamericanas al movimiento pacifista, viajó otras veces por países del continente americano y mantuvo nutrida correspondencia con mujeres líderes de la región latinoamericana.

Pese a sus buenas intenciones personales, sus esfuerzos desde la WILPF encontraron resultados desiguales en cada país y contexto político. Sus iniciativas en México no tuvieron demasiado éxito, pese a que hubo avances iniciales. Para mediados de la década de 1930, la lucha de las mujeres mexicanas por los derechos políticos no coincidía con los objetivos internacionalistas, a diferencia de lo que sí ocurría en El Salvador con mujeres líderes como María Álvarez de Guillén Rivas o Prudencia Ayala. En el caso puntual mexicano, mientras que las internacionalistas avanzaban hacia una posición de apoyo a la igualdad de todas las personas, las mujeres mexicanas buscaban el reconocimiento de sus derechos específicos como mujeres. Ese desencuentro revela una tensión profunda que recorrió todo el movimiento feminista transnacional de la primera mitad del siglo XX: la dificultad de armonizar agendas y programas formulados desde el Norte global con las prioridades de mujeres que vivían realidades políticas y sociales muy distintas.

En Centroamérica, la profesora Brainerd encontró un terreno más receptivo a las ideas emanadas desde la WILPF. En 1947 participó en la organización del Primer Congreso Interamericano de Mujeres, convocado por su organización y desarrollado en la capital de Guatemala entre el 21 y el 27 de agosto de ese año. Ella se desempeñó como Secretaria General del congreso, con lo que jugó un papel central en la logística y la dirección de ese evento, gestado gracias a la apertura democrática facilitada por el gobierno progresista encabezado por el Dr. Juan José Arévalo Bermejo. Ese congreso reunió a delegadas de 19 países, entre ellos Argentina, Bolivia, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, El Salvador, Ecuador, Guatemala, Haití, Honduras, Nicaragua, Panamá y Venezuela.

El Salvador estuvo representado por tres delegadas: María Cruz Palma y Rosa Amelia Guzmán -ambas de la Liga Femenina Salvadoreña y de la Asociación de Costureras- y la intelectual Matilde Elena López Fischnaler, exiliada en Guatemala desde el intento de golpe contra el brigadier Hernández Martínez del 2 de abril de 1944. Ella y la guatemalteca María del Carmen Vargas de Guatemala dirigieron el comité encargado de discutir los asuntos de política interamericana, uno de los comités centrales del congreso, que también tuvo entre sus temáticas el desarrollo mundial de armamentos nucleares, los movimientos prodemocracia, las interrelaciones de las Américas, la inmigración y los refugiados, los derechos civiles y políticos, etc.

Las participantes en ese congreso también expresaron su desacuerdo con el Congreso Panamericano que se desarrollaba de forma casi simultánea en la ciudad brasileña de Río de Janeiro, donde se gestaba a la Organización de Estados Americanos (OEA) y se dejaba que absorbiera a la Unión Panamericana, a la vez que se le daba forma al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), un instrumento defensivo y armamentista de alcance regional.

Durante ese tiempo en la capital guatemalteca, la presencia de Heloise Brainerd y Matilde Elena López Fischnaler permitió interactuar a la activista estadounidense que llevaba décadas involucrada en tejer redes intelectuales y de acción interamericanas con la intelectual salvadoreña exiliada que representaba el tipo de voz latinoamericana que la profesora Brainerd buscaba incorporar al movimiento pacifista e internacionalista, contrario por completo a las dictaduras, los totalitarismos y sus abusos, entre ellos los encarcelamientos, ejecuciones y exilios forzosos.

Dos días después de la finalización del cónclave, la educadora estadounidense remitió una misiva, fechada en la ciudad de Guatemala el 29 de agosto de 1947 y dirigida a la intelectual chilena Gabriela Mistral, por entonces residente en Santa Bárbara (California), en cuyo hogar también estuvo por algún tiempo la escritora salvadoreña Claudia Lars, exiliada durante el último tramo de la dictadura martinista. En su escrito, la profesora Brainerd lamentó la ausencia de la poeta chilena en el congreso, le informó del éxito obtenido por las delegadas y sus reuniones, elogió a la presidenta panameña del congreso, Gumercinda Páez, y le prometió que le enviaría las resoluciones adoptadas y un pergamino de homenaje con su nombre.

Carta de Helen Brainerd para Gabriela Mistral. El original se custodia en el Archivo del Escritor de la Biblioteca Nacional de Chile.

Por desgracia, los esfuerzos por darle continuidad a ese primer congreso fracasaron. El contexto político centroamericano se tornó hostil al tipo de activismo que la educadora Brainerd promovía. La revolución democrática guatemalteca que había dado vida a ese espacio de participación política femenina y feminista estaba bajo la creciente presión de intereses conservadores que culminarían en el golpe militar de 1954 que lo derrocaría, con apoyo directo del gobierno estadounidense y que harían que López Fischnaler sufriera un segundo exilio en Ecuador. Sin embargo, es de justicia reconocer que el congreso dejó un legado permanente cuando, en 1949, al ser promulgada la Carta de la Organización de la OEA fueron reconocidos los derechos de las mujeres y se le dio mandato a la Comisión Interamericana de Mujeres (CIM), de la que El Salvador ya poseía un capítulo.

En 1953, la profesora Brainerd se retiró de la WILPF. Al año siguiente fue nombrada Vicepresidenta Honoraria de la sección estadounidense de dicha organización. Durante sus años de trabajo y activismo, recibió múltiples homenajes, como la Medalla de Instrucción Pública de Venezuela, la Orden del Mérito de Ecuador y el diploma de “socio correspondiente” del Ateneo de El Salvador.

Varios fondos de becas fueron creados con su nombre para promover los estudios latinoamericanos. Su archivo personal se custodia en la Swarthmore College Peace Collection (Swarthmore, Pensilvania), donde es posible consultar los cientos de cartas y documentos que intercambió durante décadas en sus redes femeninas e institucionales a lo largo y ancho del continente americano.

Heloise Brainerd falleció el 16 de febrero de 1969 en Freeport, Illinois. Su vida y obra representan el trabajo activo de una funcionaria que, lejos de reproducir las lógicas de dominación propias de la política exterior estadounidense, eligió de manera deliberada aprender la lengua castellana, vivir entre las comunidades que pretendía acompañar y escuchar las agendas que esas comunidades se fijaban a sí mismas para su propio progreso y desarrollo. No siempre lo consiguió, pero su apuesta por la horizontalidad y la transparencia la distinguieron siempre de la mayoría de sus contemporáneas en la diplomacia y el activismo interamericanos.

Nunca se casó ni tuvo hijos. Los periódicos de la época la identificaron siempre como Miss Heloise Brainerd. Eso no fue un caso inusual entre las mujeres de su generación que optaron por carreras profesionales. Muchas de las activistas, funcionarias e intelectuales que trabajaron en organizaciones internacionales durante la primera mitad del siglo XX eligieron no casarse, en parte porque el matrimonio en aquella época implicaba la renuncia a la vida pública y profesional, pero también porque sus redes de amistad, colaboración y compromiso político llenaban ese espacio de manera diferente y las habría privado del tiempo para escribir, viajar, organizar congresos y tejer lazos culturales y políticos entre países y continentes. Como lo sugería la divisa latina del Ateneo de El Salvador, la patria de Helen Brainerd fue el conocimiento y la causa interamericana que abrazó hasta el fin de sus días.

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