Desigualdad, migración y envejecimiento: el nuevo desafío salvadoreño

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Dejo a Madrid dormida con una triste alegría. Doha me espera seis horas después para llevarme a Nairobi. Hace unos 20 años esta fue mi entrada al África salvaje, no más salvaje que mi tierra, luego entere. Recuerdo aquella mi primera vez, el temor ansioso de enfrentar un territorio desconocido, algo como tu primera vez, donde nunca sabes que esperar, nunca sabes si lo estás haciendo bien o mal. En aquellos días África me brindaba un sinnúmero de oportunidades para progresar en mi profesión. África me llevo de la mano por los caminos básicos de salud pública, África me mostró la otra cara de la humanidad y sus desigualdades profundas.

Hoy, esperando en la terminal 4S de Barajas, ahora como investigador en un estudio sobre barreras y soluciones en el acceso a los servicios de inmunización. Aquí voy Nairobi, y conmigo ustedes. Y de regreso voy caminando por la calle del amor de dios, en dirección a la calle de las Huertas, que se abre a un constante bullicio de numerosas lenguas y dialectos, recordándome de lo colectivo de nuestro mundo. Un mundo cada vez más colectivo y diverso, un mundo cuya desigualdad se profundiza cada vez más.

La tendencia mundial de la migración internacional durante los últimos 20 años muestra un aumento importante y sostenido, pero también un cambio en los destinos, los corredores migratorios y las causas. Los datos más recientes y comparables de Naciones Unidas llegan a 2024. Entre 2000 y 2024 el número de personas viviendo fuera de su país de nacimiento aumentó aproximadamente 131 millones, un incremento de alrededor del 76 %. Persiste la concentración alrededor de grandes polos económicos (Europa, Norteamérica y los países petroleros de Oriente Medio), El envejecimiento de los países ricos está convirtiéndose en un fator estructural, países envejecidos necesitaran trabajadores mientras países jóvenes tendrán grandes contingentes de población en edad laboral.

Por eso, la migración del siglo XXI no puede entenderse únicamente como un problema de «personas pobres que intentan llegar a países ricos». Es también un fenómeno demográfico y económico mundial que conecta países jóvenes con países envejecidos, países con exceso relativo de mano de obra con países con escasez de trabajadores, y regiones afectadas por conflictos con regiones receptoras.

El caso de El Salvador es especialmente interesante porque reúne casi todas las dimensiones de la transformación migratoria mundial: emigración histórica, tránsito, retorno, dependencia de las remesas y, al mismo tiempo, una transición demográfica que puede convertir la migración en una cuestión económica todavía más importante durante los próximos 20 años. El Salvador sigue siendo, ante todo, un país de emigración. Aproximadamente una cuarta parte de salvadoreños viven fuera del país. El destino principal continúa siendo Estados Unidos.

La emigración ha estado impulsada por una combinación de factores económicos, familiares, sociales y de seguridad, además de la existencia de redes familiares ya establecidas en Estados Unidos. La paradoja es que El Salvador pierde población en edad productiva precisamente cuando comienza a necesitarla más. Y aquí aparece el vínculo con el envejecimiento. La ONU ha identificado específicamente a El Salvador como uno de los países donde la emigración está reduciendo el tamaño de la población en edad de trabajar. Según sus proyecciones, en 2054 la población salvadoreña en edad laboral sería más de 11 % mayor si no hubiese existido la migración internacional. Y esos cambios ya comienzan a ser observados.

Aquí en el oriente del país la disponibilidad de trabajadores de la construcción y agrícolas cada ves es mas dependiente de personas extranjeras (Honduras y Nicaragua) en edad productiva. El Salvador podría pasar de ser exclusivamente un país que exporta trabajadores a necesitar también atraer trabajadores.

En cuanto a la variable de desigualdad, en El Salvador presenta una paradoja: aunque el país ha logrado reducirla significativamente en las últimas dos décadas, sigue existiendo una profunda diferencia en las oportunidades y condiciones de vida entre distintos grupos de la población.

El coeficiente de Gini pasó de 51.5 en 2000 a 39.8 en 2023, colocando a El Salvador entre los países con menor desigualdad de ingresos de América Latina. Sin embargo, esta mejora se ha detenido e incluso revertido ligeramente después de la pandemia. Entre 2019 y 2023, la pobreza aumentó de 22.8% a 27.2%, mientras que los ingresos de los hogares de menores recursos permanecieron por debajo de los niveles de 2019.

El problema, por tanto, ya no puede medirse únicamente por el promedio nacional: persisten grandes diferencias según territorio, educación, empleo y acceso a oportunidades. Las remesas han contribuido a sostener el consumo de numerosos hogares pobres, pero no sustituyen la generación de empleos productivos ni la inversión en capital humano. En un país que además envejece y pierde población joven por la emigración, reducir las desigualdades de oportunidades será fundamental para evitar que el crecimiento económico beneficie principalmente a quienes ya están mejor posicionados. El África salvaje, no es más salvaje que mi tierra.

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