Los atentados del 11 de septiembre de 2001 marcaron un punto de inflexión para la hegemonía mundial de Estados Unidos y dieron paso a una guerra contra el terrorismo que desgastó su influencia internacional, al mismo tiempo que China avanzaba hasta convertirse en su principal competidor global.
Antes del derrumbe de las Torres Gemelas de Nueva York, Estados Unidos atravesaba un período de prosperidad posterior a la Guerra Fría y encabezaba un sistema internacional predominantemente unipolar.
«El apoyo global a Estados Unidos aumentó después del 11S», incluso en países árabes, recordó a EFE la politóloga y especialista en seguridad internacional Stacie E. Goddard.
La invasión de Afganistán en 2001 contó con respaldo de la OTAN, pero la guerra de Irak iniciada dos años después por el Gobierno de George W. Bush dividió a los aliados estadounidenses.
«Pero lo que vino después de los ataques —la guerra evitable en Irak, las violaciones de derechos humanos que acompañaron a la guerra global contra el terrorismo y la posterior retirada de Afganistán (en 2021)— socavaron indudablemente la posición de Estados Unidos y su promoción de un orden mundial liberal», recordó Goddard.
Las torturas en la prisión iraquí de Abu Ghraib, los centros clandestinos de la CIA y la apertura de la cárcel de Guantánamo profundizaron el deterioro de la imagen estadounidense. El profesor de la Universidad de Harvard Mathias Risse sostuvo que la política exterior se concentró en afrontar «la recién descubierta vulnerabilidad de Estados Unidos, en detrimento de casi todo lo demás».
«La Administración de Bush violó valores que Estados Unidos había intentado exportar a otros países durante décadas», recalcó.
Mientras Washington concentraba recursos y atención en Oriente Medio, China experimentaba una acelerada expansión económica y comercial. Su economía duplicó su tamaño aproximadamente cada ocho años entre 1979 y 2018 y, precisamente en 2001, Beijing ingresó en la Organización Mundial del Comercio (OMC) y creó junto con Rusia la Organización de Cooperación de Shanghái.
La expansión industrial convirtió progresivamente a China en la denominada «fábrica del mundo», mientras Beijing aumentaba sus aspiraciones territoriales y geoestratégicas. Estados Unidos intentó posteriormente reforzar su presencia en el Pacífico mediante el objetivo de «pivotar hacia Asia» durante el Gobierno de Barack Obama, pero la persistente inestabilidad en Oriente Medio dificultó completar esa estrategia.
El actual escenario de competencia entre Estados Unidos y China también estuvo condicionado por el desgaste provocado por las guerras de Irak y Afganistán. «Sin esas ‘guerras eternas’ (en Irak y Afganistán), no creo que Donald Trump hubiera tenido el éxito político que ha tenido», opinó el historiador estadounidense Nathan Citino. A esa rivalidad global se suman la capacidad militar de Rusia y la creciente influencia de otras potencias, entre ellas India.
Veinticinco años después del 11-S, el debate sobre los límites del poder militar estadounidense continúa vigente. El segundo Gobierno de Trump volvió a involucrarse militarmente en Oriente Medio mediante la guerra contra Irán, pese al rechazo reflejado en encuestas estadounidenses.
«Si tenemos en cuenta la guerra actual contra Irán, creo que no hemos aprendido la lección del 11S en lo que se refiere a los límites del poder militar», afirmó Citino.

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