En el actual escenario macroeconómico, las decisiones de inversión de las empresas están fuertemente condicionadas por un contexto internacional complejo. Como socio de Deloitte, considero indispensable analizar cómo las tensiones geopolíticas globales desde los conflictos en Medio Oriente hasta la constante competencia comercial entre Estados Unidos y China impactan directamente en nuestra región. Estas dinámicas encarecen elementos clave como los hidrocarburos, generando presiones inflacionarias que afectan el ingreso disponible y en consecuencia, el incremento de precios de bienes de consumo.
A pesar de este entorno desafiante, la economía de El Salvador ha mostrado una notable capacidad de adaptación. Según datos del Banco Central de Reserva (BCR) divulgados por la Secretaría Ejecutiva del Consejo Monetario Centroamericano, el Producto Interno Bruto (PIB) registró un crecimiento interanual de 4,8% durante el primer trimestre de 2026. En el segundo trimestre, la expansión se aceleró a 5,1%, equivalente a una variación de 5,06% antes del redondeo. La proyección oficial para el cierre de 2026 se sitúa entre 4,5% y 5%. El
desempeño reciente ha estado respaldado principalmente por la construcción, junto con actividades como salud, electricidad, hoteles y restaurantes, servicios profesionales y técnicos, y otros servicios vinculados con la inversión y la demanda interna. La construcción se mantuvo como uno de los principales motores de la actividad económica. Para sostener este dinamismo y fortalecer la competitividad del país a mediano y largo plazo, debemos enfocar nuestra atención en el comportamiento de tres pilares fundamentales: las exportaciones, la inversión extranjera directa y las remesas.
En primer lugar, el sector de las exportaciones salvadoreñas proyectó un crecimiento del 1.9% para 2025, tras haber enfrentado caídas consecutivas a lo largo de 2023 y 2024. Históricamente, nuestras ventas al exterior, dirigidas en su gran mayoría a Estados Unidos y al resto de Centroamérica han dependido de la industria manufacturera ligera y los textiles. No obstante, hoy estamos presenciando una evolución muy positiva hacia la diversificación, abriendo paso a la producción de bienes de mayor destreza y valor agregado, tales como cables, condensadores eléctricos y medicamentos. Para consolidar esta transición tecnológica, es imperativo invertir fuertemente en la educación y capacitación de nuestro capital humano. El futuro de la economía global apunta hacia el desarrollo de semiconductores y la inteligencia artificial; preparar a nuestros profesionales para integrarse a estas nuevas demandas será vital.
En segundo lugar, enfrentamos un reto innegable en materia de atracción de capitales. Actualmente, El Salvador registra una de las proporciones más bajas de Inversión Extranjera Directa (IED) respecto a su Producto Interno Bruto dentro de la región. La brecha se hace evidente si nos comparamos con líderes como Costa Rica y República Dominicana, cuyas captaciones de capital internacional rondan los 5,000 millones de dólares. A pesar de ello, el país cuenta hoy con una ventana de oportunidad inmejorable para revertir esta tendencia. Las mejoras tangibles en la percepción de la seguridad nacional, la modernización de la infraestructura pública y el exitoso desarrollo de polos turísticos como el proyecto «Surf City» son atractivos contundentes que se deben aprovechar.
Finalmente, no podemos obviar el peso indispensable de las remesas, las cuales representan aproximadamente una cuarta parte del Producto Interno Bruto y son el principal motor financiero del consumo privado y de las microempresas. Aunque el año anterior registramos cifras históricas de ingresos por esta vía, actualmente observamos una desaceleración moderada. Hasta el mes de mayo, el crecimiento interanual de los envíos se situó en un 5.9%.
En Deloitte estimamos que el indicador cerrará el año con un incremento cercano al 6%, una proyección que contrasta con la estimación más conservadora del Banco Central de Reserva, que sitúa su rango esperado entre un 3% y un 5%. Esta moderación se explica, en gran medida, por el impacto de la inflación en Estados Unidos, sumado a las dinámicas cambiantes del empleo y las actuales políticas migratorias de dicho país.
A la vigilancia de estos tres rubros, debemos sumar el monitoreo del clima y las finanzas públicas. Fenómenos naturales como «El Niño» amenazan con generar sequías severas que podrían impactar la producción agrícola regional y alzas en los precios de la energía eléctrica, añadiendo una presión adicional sobre nuestra inflación local. Paralelamente, en una economía dolarizada como la nuestra, los ajustes al alza en las tasas de interés por parte de la Reserva Federal de Estados Unidos encarecen el crédito interno. Afortunadamente, nuestro sistema financiero cuenta con mecanismos de mitigación activos; un ejemplo claro es el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional destinado a incrementar las reservas internacionales a un nivel equivalente a cuatro meses de importaciones (alrededor de 5,000 millones de dólares), garantizando así la liquidez y la estabilidad necesaria para el país.
La resiliencia económica de El Salvador frente a las presiones globales dependerá de nuestra capacidad para modernizar nuestra oferta exportable, aprovechar los nuevos climas de seguridad para atraer inversión productiva y administrar de manera prudente el impacto de las variables internacionales. Comprender a fondo estas dinámicas es el primer paso para una toma de decisiones empresariales exitosa.
*Héctor Mancía, socio líder de Deloitte El Salvador

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