Categoría: Opinión

  • El gran Chema

    El gran Chema

    No hablaré del luchador salvadoreño que se ganó el cariño de tanta gente, sobre todo durante la década de 1960, siendo protagonista insustituible del espectáculo que se montaba en la legendaria Arena Metropolitana los sábados por la noche. José María Velázquez era su nombre; fue conocido con ese alias y también como “La montaña tecleña”. Siendo niño y adolescente, este gladiador del encordelado guanaco atrapó mi atención; era un personaje corpulento muy querido por quienes, al igual que mis hermanos mayores y este servidor, nos rebuscábamos para ver por televisión dicho espectáculo: la “Lucha libre internacional”, narrada por “Miguelito” Álvarez. Pero no. Hoy recordaré a otro luchador incansable e insustituible en otros ámbitos, queridísimo por tanta gente, quien recién partió físicamente de este mundo: José María “Chema” Tojeira Pelayo, también grande.

    Lo que había que decir de él como protagonista político, académico, religioso, defensor de la dignidad humana y más en nuestro país a lo largo de cuatro décadas, ya lo dijo de manera magistral Rodolfo Cardenal cuando en la misa de cuerpo presente pronunció una muy desafiante homilía el pasado martes 11 de septiembre. Pretender añadir algo es riesgoso, así que mejor reviso entre mi recuerdos y comparto en esta ocasión lo principal que de él me queda de lo acumulado a lo largo de más de 33 años transcurridos desde que tuve el privilegio de conocerlo.

    Algo esencial de esa relación fue el trabajo desarrollado alrededor del caso de la masacre en la Universidad Centroamericano José Simeón Cañas(UCA), perpetrada el jueves 16 de noviembre de 1989por militares que obedecían órdenes superiores. Cuando llegué a trabajar a esta casa de estudios el lunes 6 de enero de 1992 y tomé posesión de la dirección del Instituto de Derechos Humanos de la misma –el IDHUCA– no lo conocí inmediatamente; ese día debí presentarme ante el que fuera mi jefe durante catorce años: el mencionado padre Cardenal, vicerrector de Proyección Social.

    Con Chema tuve contacto posteriormente. Desde que llegué a ocupar el puesto de Segundo Montes, también jesuita, establecimos las prioridades institucionales que asumiríamos: apoyo a las comisiones encargadas de establecer la verdad sobre las atrocidades ocurridas en años anteriores y de depurar la Fuerza Armada, así como a acompañar los primeros pasos de las recién creadas Policía Nacional Civil y Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos. Pero con Chema, además, nos metimos de lleno a empujar el caso del asesinato de los seis sacerdotes jesuitas, Julia Elba Ramos y su hija Celina en el seno de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Así comenzamos a trabajar juntos.

     

    Como su tocayo, el atleta, este jesuita nacido en la ciudad española de Vigo pero salvadoreño por opción y corazón también era alto pero no rechoncho. Impactaba, sin lugar a dudas, más por su personalidad que por su estatura; pero sobre todo por la alegría que transmitía y contagiaba incluso en situaciones peliagudas. A propósito, recuerdo que el martes 15 de septiembre de 1998 –durante la conmemoración oficial de la independencia centroamericana‒ el ministro de Seguridad Pública se lanzó contra el trabajo del IDHUCA; palabras más palabras menos, aseguró que queríamos destruir la corporación policial debido al acompañamiento brindado a las familias de dos jóvenes asesinados unos años atrás: Ramón Mauricio García Prieto y Manuel Adriano Vilanova. Según el funcionario, se trataba de una “manipulación” nuestra orquestada para «favorecer a determinado partido político».

     

    Chema –entonces rector de la UCA– reiteró el respaldo institucional a una labor extensa, amplia y muy necesaria de educación y formación en derechos humanos, incluyendo al personal policial. También destacó la defensa, el apoyo y la asesoría a personas que habían sufrido violaciones de dichos derechos. “En este terreno ‒afirmó– la labor del IDHUCA no se centra en la simple denuncia sino que trata fundamentalmente de conseguir, a través del acompañamiento de las víctimas, que las instituciones del país funcionen realmente”.

     

    Más que el fruto de manipulaciones abiertas o vedadas, de intereses partidistas perversos u otras inconfesables intenciones, el desinteresado servicio que Chema entregó al país y a su gente más desprotegida tenía y tiene que ver con la bondad a la cual se refirió durante su último programa transmitido por la radio de la universidad que tanto quiso. “La bondad es necesaria en la política”, afirmó; estas constituyen “dos realidades que tienen que ir juntas”. Eso no ha ocurrido en este país tanto en la preguerra, la guerra y la posguerra. Y, para preocupación nuestra, ahora ese sueño se observa cada vez más lejano. Por eso, parafraseando a Rodolfo, dejemos que este nuestro gran Chema descanse en paz pero asumamos el desafío que nos deja: en El Salvador y el mundo, quienes lo seguimos no deberemos “descansar mientras la justicia y la paz no se abracen”.

  • El  caso de Roberto: La deportación y los daños colaterales

    El  caso de Roberto: La deportación y los daños colaterales

    Roberto R. tiene 39 años de edad, un hijo estadounidense de seis años y una mujer hondureña, a los que desde junio pasado no ve. A principios de ese mes fue detenido por el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE), en la ciudad de Los Ángeles, California y el mes pasado fue deportado a El Salvador, sin un tan solo dólar en sus bolsillos,

    Angustiado por la suerte de su hijo y de su  mujer, quien también carece de estatus legal en Estados Unidos, Roberto lamenta su suerte y asegura que apenas se den las circunstancias adecuadas volverá a irse ilegalmente hacia Estados Unidos. Su decisión ya está tomada y la semana pasada partió a México, desde donde planea volver a Estados Unidos cuando exista la menor oportunidad.

    Resulta que hace 14 años, Roberto le pagó $8,500 a un traficante de personas para que lo llevara ilegalmente a Estados Unidos. Fue un 2 de enero de 2011 cuando Roberto inició la travesía, sufriendo las inclemencias del clima y el peligro, a tal punto que en Tamaulipas, México, fue secuestrado por un grupo delincuencial que lo liberó tras propinarle una golpiza. En el Río Bravo estuvo a punto de ahogarse hasta que llegó a Austin, Texas, desde donde un pariente lo llevo a Houston y desde esa ciudad a San Francisco. Vivió menos de un año en San Francisco y junto a otro salvadoreño optaron por irse a Los Ángeles, ya que esperaban tener mejores oportunidades de trabajo.

    En la ciudad de Los Ángeles se le dificultó encontrar un buen trabajo hasta que un hondureño los llevó a trabajar de jardineros al condado de Orange, para lo cual tuvieron que comprar permisos de trabajo falsificados.  Regresó a Los Ángeles donde conoció a Margarita B., una hondureña indocumentada que laboraba limpiando viviendas. En 2014 decidieron vivir juntos y producto de esa relación nació su hijo a quien hace cinco años los médicos le detectaron autismo.

    El autismo del hijo de Roberto se ha desarrollado a tal punto que el niño busca causarse dolor golpeándose la cabeza contra las paredes y mordiendo objetos duros. Debido a esa circunstancia Margarita dejó de trabajar para cuidarlo todo el tiempo y Roberto se convirtió en el único que aportaba dinero para el hogar. La vivienda en Los Ángeles la compartía con una pareja de mexicanos, a fin de poder cancelar el monto del alquiler.

    La primera semana de junio pasado Roberto se encontraba trabajando en la limpieza de una piscina domiciliar cuando llegaron cinco agentes de Migración que tras agredirlo verbalmente le pidieron sus documentos y luego lo esposaron y lo subieron a una camioneta en la cual ya tenían a tres latinos. Roberto se enteró que el mismo propietario de la piscina, un ciudadano de origen polaco, lo había delatado, con el fin de no pagarle cerca de $850, el equivalente a una semana laborada.

    Fue llevado a una Corte que ordenó su deportación la cual se hizo efectiva el mes pasado. Llegó a su colonia en Soyapango y se encontró con que muchas cosas habían cambiado. En 2010 escapó de morir porque el pandillero que lo atacó a balazos no tenía puntería y los cinco disparos que le hizo no pegaron en su humanidad. Supo que el sujeto que le disparó está preso por el Régimen de Excepción. Roberto decidió marcharse porque en el país su vida corría peligro por las amenazas de los pandilleros y porque a pesar de rebuscarse no encontraba trabajo.

    A mediados de 2016 sus  dos hermanos menores, acosados por las pandillas y la falta de oportunidades laborales, también se fueron ilegalmente para Estados Unidos. Uno de ellos se quedó viviendo en Chihuahua (México) y el otro reside Nueva York, donde tuvo la suerte de casarse con una estadounidense y tiene la ciudadanía norteamericana.

    Roberto está seguro que volverá a ver a su esposa e hijo. Confía en que la política contra los migrantes de Donald Trump no será permanente y que dentro de algunos años cuando deje la presidencia los inmigrantes podrán vivir tranquilos en Estados Unidos, una nación forjada por migrantes de todo el mundo.

    Y es que la política migratoria de Trump atenta contra los derechos fundamentales de la humanidad. Migrar en busca de oportunidades es un derecho humano universal, reclamado por la iglesia católica universal que a través de Su Santidad , el peruano estadounidense, León XIV ha pedido abiertamente a Trump parar las deportaciones de inmigrantes y respetar la dignidad humana.

    En el caso de Roberto, su mujer debe estar angustiada temiendo por su propia deportación y por la salud de su hijo. Ahora ella se verá obligada a trabajar o a vivir de la caridad humana. La separación familiar es un daño colateral de ingratas consecuencias generado por la política de deportación de la administración estadounidense. Es una política migratoria que no mide consecuencias ni sopesa el enorme daño que causa a seres humanos.

    Son millones, especialmente latinos, los que día a día sufren la angustia y el temor de ser deportados sin nada en sus bolsillos, dejando allá lo que construyeron, su familia,  sus amigos, sus carreras laborales y todo el aporte que hicieron al crecimiento y desarrollo de esa gran nación.

    Trump, y sus asesores, debería hacer un alto en el camino y valorar a los migrantes como seres humanos que tienen sus derechos y deberes.  No es justo que arrase con todos, aunque tiene todo el derecho del mundo para perseguir a los criminales sea cual sea su estatus legal y su nacionalidad. Emigrar en busca de mejores oportunidades es parte de la naturaleza humana y como dijera León XIV: “(Los migrantes son) Mensajeros de Esperanza, en un mundo marcado por la guerra y la injusticia… Porque su dignidad (de los migrantes) siempre es la misma, como criaturas de Dios”.

    *Jaime Ulises Marinero es periodista

  • No cierres los ojos ante los que sufren

    No cierres los ojos ante los que sufren

    La realidad de la pobreza en El Salvador es un grito que no se puede silenciar. Basta con caminar por las calles de San Salvador o internarse en los cantones más lejanos de las zonas rurales para percibir el dolor de aquellos que no tienen techo, trabajo ni alimento. El clamor de los pobres es un eco constante que interpela a la conciencia cristiana, porque en cada rostro cansado, en cada niño descalzo, en cada madre que llora por no tener qué poner en la mesa, se refleja el rostro mismo del Señor Jesucristo. El evangelio no es indiferente ante esta situación.

    Al contrario, desde sus primeras palabras, el Señor dejó claro que la misión del Reino de Dios está marcada por la justicia y la compasión hacia los necesitados. En Nazaret, proclamó: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón” (Lucas 4:18). El Señor Jesucristo no vino a ofrecer un mensaje abstracto, sino a encarnarse en la realidad concreta de quienes sufren. En la Escritura, el pobre no es solo una categoría económica; es un sujeto de especial cuidado divino.

    El Antiguo Testamento insiste: “Al menesteroso y al pobre no oprimas” (Deuteronomio 24:14). El profeta Isaías denuncia a los que “decretan leyes injustas” para oprimir al necesitado (Isaías 10:1-2). Y el mismo Señor Jesucristo, en el Sermón del Monte, proclama: “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mateo 5:3). La Biblia nos muestra que la pobreza no es un accidente social, sino una herida en la humanidad que exige la intervención del pueblo de Dios. El creyente generoso es aquel que responde al clamor de los pobres.

    Porque en ellos reconoce la presencia misma del Señor Jesucristo, quien dijo: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis” (Mateo 25:35). Hoy en El Salvador, la pobreza se traduce en realidades concretas: familias enteras que duermen bajo láminas oxidadas, jóvenes que no encuentran empleo digno, ancianos que sobreviven con un plato de frijoles al día, y niños que crecen sin esperanza de una educación digna. La falta de techo, de trabajo y de alimento no es solo una carencia material, es un golpe a la dignidad humana creada a imagen de Dios.

    La indiferencia ante este dolor es, en el fondo, una negación práctica del evangelio. Un cristianismo que se encierra en templos hermosos, pero no escucha el clamor de los pobres se convierte en un ritual vacío. Santiago lo dijo con crudeza: “Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?” (Santiago 2:15-16). Un creyente generoso no es aquel que da de lo que le sobra, sino el que comparte lo poco que tiene, convencido de que la provisión viene de Dios.

    El apóstol Pablo escribió: “Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra” (2 Corintios 9:8). El creyente generoso entiende que cada acto de compasión es un acto teológico, porque proclama la fidelidad de Dios en medio de la escasez. No es solo filantropía ni caridad superficial; es el evangelio hecho vida. Un ejemplo elocuente de lo que significa ser un creyente generoso es la historia de un carpintero cristiano en Europa del siglo XIX. Sin dinero para aportar a la construcción de un templo, entregó lo único que tenía: sus manos. Durante meses trabajó en las bancas y las puertas de la iglesia, tallando cada pieza con amor.

    Muchos lo criticaban porque apenas tenía para alimentar a su familia. Pero él respondía: “Dios siempre me ha dado lo necesario. No puedo darle oro, pero puedo darle mis manos. Prefiero que mis hijos me recuerden como un hombre que dio lo que tenía para Dios, y no como alguien que lo guardó todo para sí mismo.” Décadas después, en esas bancas se sentaron multitudes que conocieron al Señor Jesucristo. El carpintero murió sin riquezas terrenales, pero su generosidad produjo frutos eternos. Este relato nos recuerda que la verdadera riqueza no está en acumular, sino en invertir en el Reino de Dios y en el bien de los demás.

    El creyente generoso transforma lo ordinario en extraordinario, porque entiende que servir al pobre es servir a Cristo mismo. El rostro del pobre es el lugar donde se revela el misterio de Dios. Como señala Proverbios 19:17: “A Jehová presta el que da al pobre, y el bien que ha hecho, se lo volverá a pagar.” En la lógica del Reino, ayudar al necesitado no es perder, es sembrar en eternidad. En la teología de la encarnación, Jesús se hizo pobre para identificarse con los pobres. No nació en un palacio, sino en un pesebre. No fue servido por reyes, sino acompañado por pescadores. Su vida es el mayor testimonio de que la grandeza de Dios se revela en la humildad y en el servicio.

    Por ello, en un país como El Salvador, donde miles carecen de techo, trabajo y alimento, el creyente generoso se convierte en el signo visible de un Dios que no abandona. Cada ofrenda, cada acto de compasión, cada plato de comida compartido, es un gesto que anuncia la llegada del Reino de Dios. El clamor de los pobres en El Salvador no puede ser ignorado por la iglesia ni por cada ciudadano con poder para ayudar. Ser generoso no es opcional, es la marca de un corazón transformado por el evangelio. En un país golpeado por la desigualdad, el cristiano generoso es luz en medio de la oscuridad, es pan en medio del hambre, es techo en medio de la intemperie.

  • Walesa, el de Polonia

    Walesa, el de Polonia

    Antes de viajar a Polonia, conversé con mi amigo y hermano en libertades y derechos, Alexis Ortiz, sobre mi plan, sugiriéndome de inmediato tratar de visitar a Lech Walesa, histórico líder del Sindicato Solidaridad, que, para una parte de nuestra generación, no ha dejado nunca de ser un héroe en la lucha contra todas las formas que es capaz de adoptar el letal camaleón del marxismo.

    Nuestro afán, del doctor Daniel Pedreira, Kemel Jamis y de este servidor, era ver y conocer todo lo más posible sobre Varsovia, lo mismo haríamos a nuestra llegada a Cracovia dos días después, visitando el campo de concentración nazi de Auschwitz-Birkenau tal vez, el recinto donde mejor manifestaron su sadismo los seguidores de Adolfo Hitler.

    Salimos a caminar y quedamos impresionados. Avenidas amplias, pulcritud en las personas y las calles y un respeto al pasado de lucha y sacrificio que nos impactó. Ambas ciudades, imagino que todo el país, tributan a la memoria de sus héroes, quienes se vieron obligados a luchar contra una miscelánea de imperios despiadados entre los que destacan el Tercer Reich y los Kremlin del zarismo y soviético.

    Disfrutamos el caminar que nos trajo un cansancio terrible. Comimos espléndidamente, apreciando siempre que la papa ocupaba un lugar de honor en todas las comidas y conocimos del rechazo que las personas profesan al coronel de la KGB, Vladimir Putin, aun mas, supimos de situaciones que no se leen en la prensa y es que, según los comentarios, Rusia está promoviendo incendios en varios lugares del país como parte de un proceso de desestabilización.

    Después de todo lo que escuché, confirmé mi opinión de que los polacos están convencidos que Moscú va a atacar a su país más temprano que tarde y que ellos están esperando con gusto esa oportunidad para saldar viejas cuentas.

    Rápidamente tuve la oportunidad de indagar con una guía que hablaba un español de lujo sobre que opinaban los polacos sobre Walesa. Ella, me miró con una expresión que podría decir de sorpresa e intuí que lo que venia no era nada positivo repreguntándole si los polacos se parecían a los cubanos en lo del cubo y los cangrejos, curiosa, dijo, explíqueme que es eso, por favor.

    Le espeté el cuento de que cuando un cangrejo estaba al borde de salir del cubo el que estaba más abajo tiraba de él para que no saliera, a lo que respondió, si, los polacos nos parecemos a los cangrejos cubanos.

    Tomando la conversación un giro más formal, nos explicó que cuando Lech Walesa asumió la presidencia cometió errores que la población no olvidaba, que ese era el problema, a lo que respondí que los errores de la categoría que hayan sido deberían ser corregidos, pero que, con independencia a esas culpas, Lech Walesa, era un líder mundial, un hombre que cuando todos callaban por miedo o intereses, tuvo el coraje moral y físico para atacar un monstruo despiadado como lo fue el poder soviético.

    Walesa, se formó como electricista y mecánico, en su juventud trabajo en un astillero en Gdansk, nunca dejo de criticar la administración de su centro laboral y menos al sistema comunista, participando en la huelga que tuvieron lugar en los astilleros en 1970, en 1976, fue despedido por sus actividades políticas.

    Walesa como todos los grandes de la historia, no se arredró, desbrozando el camino para Polonia y todos los países bajo el poder omnímodo del Partido Comunista de la Unión Soviética, aunque nunca dejó de estar consciente de que sus enemigos mataban, como sucedió con el sacerdote Jerzy Popiełuszko.

    En 1980, se subió a la carroza de la historia, al asumir la posición de portavoz del sindicato Solidaridad, el primer sindicato independiente en el imperio soviético. Fue arrestado, olvidado en una celda cualquiera por varios meses, sin embargo, su ejemplo cundió, creció y se extendió, incluyendo una lejana isla a la que había llegado el estigma del marxismo de la mano de Fidel Castro.
    El líder obrero no cejo en su lucha contra el falso paraíso de los trabajadores, mereciendo ser honrado por todos los que hemos sufrido la crueldad soviética, con independencia de los errores en los que hubiera incurrido.

    No debemos mirar a Lech Walesa como un héroe polaco como lo fuera Ignacy Jan Paderewski, sino como una figura de dimensión mundial.

     *Pedro Corzo, periodista cubano 

  • Uno de cada tres niños salvadoreños tiene sobrepeso u obesidad

    Uno de cada tres niños salvadoreños tiene sobrepeso u obesidad

    Por primera vez, la prevalencia mundial de la obesidad ha superado a la del bajo peso entre niños y adolescentes de 5 a 19 años. El Informe sobre Nutrición de UNICEF 2025 revela cómo los entornos alimentarios poco saludables están impulsando un rápido aumento del sobrepeso y la obesidad infantil. Este fenómeno es particularmente preocupante en los menores de 5 años, ya que la obesidad temprana afecta el desarrollo y crecimiento de todos los sistemas del organismo, además de ser un catalizador de mala salud a lo largo de la vida y de mayor riesgo de mortalidad.

    Las causas son múltiples, pero destacan dos factores principales. En primer lugar, la influencia de la industria de alimentos y bebidas, que ha generado entornos alimentarios perjudiciales. Los productos ultraprocesados son accesibles y ampliamente publicitados en espacios donde los niños viven, aprenden y juegan. Aunque muchos países han aprobado medidas legales para proteger a la niñez, las industrias recurren a prácticas poco éticas para debilitar la acción gubernamental. Un ejemplo es el uso de programas de “responsabilidad social empresarial” para asociarse con escuelas y facilitar el ingreso de alimentos y bebidas ultraprocesados.

    En segundo lugar, persisten dificultades para implementar y evaluar la eficacia de las intervenciones de salud pública. Muchas de ellas, aunque bien diseñadas, no han logrado demostrar un impacto significativo en la reducción de la obesidad infantil. Por ejemplo, un metaanálisis del grupo de colaboración Transforming Obesity Prevention for Children (TOPCHILD), que analizó intervenciones conductuales centradas en los padres de niños menores de 30 meses, concluyó que, pese al papel dominante del entorno familiar en la alimentación, las intervenciones dirigidas exclusivamente al comportamiento familiar son insuficientes para prevenir la obesidad en ese grupo etario.

    En América Latina, la prevalencia de sobrepeso infantil sigue en aumento: uno de cada tres menores presenta exceso de peso, sin que ningún país esté por debajo del 20%. En El Salvador, las cifras se mantienen cercanas al promedio regional. Para niños y adolescentes de 5 a 19 años, la prevalencia combinada de sobrepeso y obesidad alcanzó el 33.6% en 2025, mientras que en menores de 5 años la obesidad reportada en 2022 fue del 8%. Un estudio realizado en 2024 entre escolares de 5 a 11 años evidenció tasas preocupantes de obesidad, estrechamente vinculadas a factores socioeconómicos y a los hábitos familiares.

    Factores de riesgo en El Salvador

    En nuestro país, la obesidad infantil está asociada al nivel socioeconómico y educativo, particularmente al nivel de educación de la madre. Los niños de familias con menores ingresos y madres con baja escolaridad presentan mayor prevalencia de sobrepeso y obesidad. La disponibilidad de dietas pobres en nutrientes, pero más accesibles económicamente, constituye un determinante clave. La Asociación de Pediatría de El Salvador y expertos en salud han calificado este fenómeno como una “epidemia silenciosa”, señalando la falta de priorización del problema por parte de las autoridades.

    Impacto en la salud infantil

    Los niños con obesidad enfrentan riesgos metabólicos (resistencia a la insulina, hipertensión arterial), síntomas respiratorios, psicológicos y osteomusculares ya en el corto plazo. A largo plazo, las consecuencias son aún mayores: un niño con obesidad tiene hasta un 80% de probabilidad de convertirse en un adulto obeso, perpetuando el ciclo de enfermedades crónicas en la adultez.

    Respuesta del Ministerio de Salud

    El Ministerio de Salud, en coordinación con el Despacho de la Primera Dama y organismos internacionales, ha impulsado estrategias y consultas para diseñar políticas públicas de prevención. Entre las medidas destacan las restricciones a la venta de alimentos ultraprocesados en entornos escolares y campañas de educación alimentaria.

    Sin embargo, los avances son limitados. En El Salvador los niños no es que no coman, sino que comen mal. Los programas de alimentación escolar, con una cobertura del 93.5%, han contribuido a mejorar la seguridad alimentaria y la permanencia en el sistema educativo, pero no han tenido un impacto significativo en la reducción de la obesidad infantil.

    *El Dr. Alfonso Rosales es médico epidemiólogo y consultor internacional

  • De territorio hostil a símbolo de oportunidades: La nueva cara de La Campanera

    De territorio hostil a símbolo de oportunidades: La nueva cara de La Campanera

    Durante décadas, mencionar el reparto La Campanera, en la zona norte del distrito de Soyapango, era evocar imágenes de miedo, de fronteras invisibles impuestas por pandillas y de un Estado ausente y fallido. Sus habitantes vivían en un estado de sitio no declarado, donde la violencia era la norma y las oportunidades una fantasía. Sin embargo, el Soyapango de hoy, y en particular La Campanera, es el epicentro de una de las transformaciones de seguridad y sociales más ambiciosas en 204 años de República, un proceso que merece un análisis profundo desde la criminología.

    Todo comenzó con la Fase I del Plan Control Territorial con el despliegue operativo y táctico de la PNC con el apoyo invaluable de la Fuerza Armada con un plan, estrategia, objetivos y una técnica policial basada en inteligencia. Con las Fases de “Incursión y Extracción” todo se profundizo. A finales de 2022, un masivo despliegue de fuerzas de seguridad cercó el municipio, penetrando en bastiones criminales que antes eran impenetrables. Esta etapa, de combate y de represión, fue una condición necesaria pero no suficiente. Desde una perspectiva de prevención de la violencia, desarticular las estructuras criminales es apenas el primer paso. El verdadero desafío, el que define el éxito a largo plazo, es llenar el vacío de poder, dominio y control que tenían las pandillas con algo más que solo autoridad: con oportunidades.

    Aquí es donde la estrategia se vuelve integral y adquiere relevancia. La intervención no se detuvo en las capturas. El gobierno dio paso a la Fase de «Oportunidades», una apuesta por la reconstrucción del tejido social. Uno de los ejemplos más palpable ha sido la implementación de los Centros Urbanos de Bienestar y Oportunidades (CUBO). Estos espacios, con su oferta de tecnología, arte, deportes y formación, atacan directamente las causas raíz de la violencia: la exclusión social y la falta de alternativas para la juventud. En lugar del reclutamiento forzado, los jóvenes de La Campanera y sus alrededores ahora encuentran un camino para desarrollar sus talentos y construir un futuro legítimo. Y qué decir de poder ir a la Escuela e inscribirse en el centro educativo de su preferencia sin temor a ingresar a territorio de otra pandilla. La presencia, coordinación y apoyo de instituciones del Estado como: Ministerio de Seguridad Pública y Justicia, PNC, Fuerza Armada, Academia Nacional de Seguridad Pública, Ministerio de la Vivienda, Ministerio de Salud, Ministerio de Educación, Procuraduría General de la República, Dirección de Integración, Dirección de Tejido Social, RNPN, CNR, Fosalud, Ministerio de Obras Públicas, INDES, Ministerio de la Defensa Nacional, Conamype, CONAPINA, ISDEMU entre otras.

    La reciente inauguración de una moderna estación de policía en La Campanera, en Soyapango, es una pieza que consolida este proceso. Este no es un simple base o sede policial; su entrega simboliza una nueva filosofía de seguridad ciudadana. Representa la transición de una fuerza de choque, de recuperación del territorio a una policía cercana a la población, cuyo objetivo primordial es la protección y el servicio, no la confrontación.

    Esta estación servirá como un ancla de estabilidad para todo el reparto y sus alrededores. Su presencia permanente disuade el resurgimiento de grupos ilícitos y, más importante aún, construye confianza entre los ciudadanos y las instituciones. Es la manifestación física del compromiso del Estado de no retirarse y de acompañar a la comunidad en su desarrollo.

    El modelo que se está implementando en La Campanera es un caso de estudio fascinante. Combina la contención delictiva con la prevención social, entendiendo que la seguridad no solo se construye con represión, armas de fuego y accesorios; sino con libros, computadoras, educación, sano esparcimiento, deporte, arte, cultura, y, fundamentalmente, con la presencia constante y positiva del Estado y sus servicios básicos, integrando a la comunidad con otros sectores. El desafío ahora es garantizar la sostenibilidad de estos programas, asegurar que la inversión social continúe y que la nueva relación entre la policía y la comunidad se fortalezca. La Campanera está floreciendo, y su historia podría convertirse en un manual sobre cómo recuperar la paz, no solo silenciando armas y conflictos diversos, sino encendiendo la esperanza. Mi opinión es que el caso de La Campanera una vez consolidado puede servir de modelo para otras comunidades, barrios, cantones y caseríos a nivel nacional para impulsar el desarrollo humano en otros sectores donde se ha recuperado el territorio y ahora hay esperanza.

    *Ricardo Sosa es Doctor y máster en Criminología 

    @jricardososa 

  • Formar el criterio: el antídoto frente a la desinformación digital 

    Formar el criterio: el antídoto frente a la desinformación digital 

    El auge de la inteligencia artificial generativa nos plantea un reto importante. Hoy es posible fabricar imágenes, audios y videos falsos con tal realismo que resultan casi imposibles de distinguir de los auténticos. Los deepfakes y los textos creados por IA borran la línea entre lo real y lo fabricado. Ejemplos no faltan. En 2022 circuló un video donde el presidente de Ucrania, Volodímir Zelensky, pedía a sus tropas rendirse. Aunque se desmintió pronto, el daño ya estaba hecho. En mayo de 2025, millones se conmovieron con “Ernesto”, la historia de un carpintero de 54 años que parecía presentarse en un concurso televisivo. Con jueces, presentadores y público llorando, todo parecía auténtico. Luego se descubrió que había sido generado con inteligencia artificial y técnicas de deepfake por un canal llamado AGTverseai. En octubre del 2024, durante las elecciones en Pensilvania, un video manipulado mostraba supuesta destrucción de boletas de Trump. Fue compartido miles de veces antes de que las autoridades lo desmintieran.

    Vivimos en una época sin precedentes: nunca hubo tanta información disponible y nunca fue tan difícil distinguir lo verdadero de lo falso. Hoy no solo consumimos datos, noticias y contenidos, sino que estos son moldeados y multiplicados por algoritmos e inteligencias artificiales que parecen conocernos mejor que nosotros mismos. En este escenario, formar criterio no es un lujo intelectual, es una necesidad urgente.

    Los motores de búsqueda, las redes sociales, los sistemas de recomendación y la inteligencia artificial no nos muestran información al azar. Nos enseñan lo que sus cálculos creen que queremos ver. Cada clic, cada “me gusta” y cada búsqueda deja un rastro digital que ayuda a construir un perfil detallado de lo que pensamos, sentimos y deseamos. El resultado tiene dos caras. Por un lado, disfrutamos de una experiencia personalizada: contenidos a nuestra medida, afinados con nuestros gustos. Pero, al mismo tiempo, esta burbuja digital limita nuestra capacidad de contrastar y nos encierra en versiones reducidas de la realidad. Si el algoritmo no solo refleja lo que somos, sino que también moldea lo que llegamos a ser, ¿hasta qué punto somos libres en lo que pensamos?

    La historia reciente ofrece respuestas inquietantes. Campañas políticas, como el Brexit o las elecciones en Estados Unidos, usaron algoritmos para manipular emociones y percepciones mediante noticias segmentadas. En Myanmar, la ONU señaló en 2018 que Facebook contribuyó a la incitación al odio contra los rohinyás, con consecuencias trágicas.

    Estos casos evidencian algo crucial: ya no basta con consumir información; debemos aprender a cuestionarla. Formar criterio significa desarrollar la capacidad de discernir, de no aceptar todo como cierto solo porque parece convincente o porque lo comparte alguien cercano. Implica detenerse a pensar quién creó ese contenido, con qué intención, si puede verificarse en fuentes confiables, si existen datos que lo respalden o por qué resulta tan fácil creerlo.

    El criterio se construye, sobre todo, a partir de la lectura crítica y variada. Como dice un autor: “más libros, más libres”. Conviene volver al texto impreso, a los libros, a los medios de comunicación serios… Entre más fuentes consultemos, más difícil será caer en la trampa de lo viral, lo emotivo o lo manipulado.

    El reto es enorme: vivimos en un ecosistema digital donde la rapidez y el impacto emocional pesan más que la verdad. La información falsa no necesita ser creída por todos, basta con que genere duda, división o confusión. Y allí radica su poder.

    Por eso, el discernimiento se convierte en la herramienta ciudadana más poderosa. No todo lo que circula en internet es falso, pero tampoco todo es verdadero. En medio de esa ambigüedad, nuestro criterio es la brújula que nos permite orientarnos. Porque en la era de la desinformación, formar nuestro criterio es la forma más revolucionaria de ser libres y pensar en libertad nos permite ser auténticos revolucionarios.

    *Fernando Armas Faris es sacerdote católico y Doctor en Filosofía 

     

     

     

  • El salvadoreño puro 

    El salvadoreño puro 

    El salvadoreño nunca se rinde, siempre busca la solución a un problema. El salvadoreño siempre busca amigos para poder salir adelante. Siempre anda con pocas monedas en su bolsillo, pero eso no le hace infeliz. El salvadoreño siempre logra cumplir el objetivo.

    El salvadoreño se reconoce en todo el mundo, es metido, intrépido, mentiroso, sabelotodo, y quiere siempre ganar, aunque sabe que, en ocasiones, no lo logrará. El salvadoreño se “encachimba” rápido, pero luego, está contento.

    El salvadoreño puro se reconoce diciendo malas palabras: «qué pasó maje», «que cabrón está el calor». En sí, el salvadoreño es mal hablado por naturaleza, lo aprendió en su casa (con sus padres y abuelos), con los vecinos, en los medios de comunicación, en la escuela y hasta en la iglesia.

    El salvadoreño es “rebúsquero”, está en asiento VIP en un concierto, aunque se haya quedado sin nada en sus bolsas o haya topado la tarjeta de crédito. O si no, se lo ganó en redes sociales en alguna promoción.

    El salvadoreño no se detiene ante nada, aunque haya trabazones, manifestaciones, toques de queda, guerras y hasta terremotos; siempre sale adelante.  El salvadoreño es mujeriego y se jacta de contar cuántas ha tenido en su vida.

    El salvadoreño puro ayuda a los que siempre le piden ayuda; si no lo tiene, hace el intento y hasta lo imposible para quedar bien. El salvadoreño, el que es feo, siempre luce en el centro comercial o en la playa a la mejor cipota. Simplemente, tiene “labia”.

    El salvadoreño, el que es bonito, no le sale nada por ser arrogante. Se queda con las ganas de tener la suerte y las pajas del feo. Compra el libro por plante, pero no lo termina de leer. Mejor revisa las redes sociales.

    Se sube a los buses a pedir, no le da pena; dice: prefiero pedir que ir a robar. Si se queda sin trabajo pone un negocito. El salvadoreño es “gastón”, siempre está en algún “food court” o en esos lugares en donde venden comida chatarra.

    El salvadoreño se cree gringo, el que trabaja en el “call center”, siempre está en un restaurante de comida rápida hablando en inglés, ¡se la pica! El salvadoreño le miente a medio mundo, pero al final resuelve los problemas. Le dice al cobrador “la siguiente semana”; le dice a la mamá “volveré luego y llega a las tres de la madrugada”.

    El salvadoreño le gusta siempre tener el mejor celular, aunque no tenga saldo y se quede sin el sueldo completo. El salvadoreño es “survivor”, puede pasar días sin comer. No se muere, siempre sale de su casa a ver qué encuentra. Le alcanza hasta para hacer cola para las donas.

    El salvadoreño, para conquistar a la bicha de pisto, le dice al amigo que le preste la hacienda; así podrá conquistar a la bicha. El salvadoreño no es puro, está mezclado; hay cheles, morenos, chinos, trompudos, altos, bajos. Que alguien se deje de paja que tiene sangre azul o “pedegrí”. No hay negritos por culpa de Maximiliano Hernández Martínez.

    El salvadoreño tiene todo gratis: todos los cables de televisión, wifi, internet, etcétera. El salvadoreño puede vivir pobre y es feliz, siempre se las rebuscará o venderá algo para comprar las tortillas.

    El salvadoreño es mentiroso por naturaleza, le dice al familiar que está en el extranjero que está enfermo para que le mande billetes. Es capaz de incapacitarse para ir a ver a la Selecta.

    El salvadoreño es feliz con el presidente que tiene. Cuando está de malas pulgas, mancha paredes, protesta, escribe insultos y groserías en las redes sociales, pero no cambia a su presidente. Es reconocido por trabajador en el extranjero.

    Si hay paro de buses, toma sus tenis y ¡a caminar se ha dicho! No importa esté cayendo un gran aguaje. La escuela o el trabajo le esperan, nada lo detiene. Si es necesario irá colgado como mono en los picaps o en los buses. A veces hasta personas “trajeadas” van colgadas; la cosa es no “ahuevarse”.

    El salvadoreño nacido en otro país, tiene en su sangre todo lo anterior, sí se la pica, pues, que se cambie el color de piel. ¡A no ser, que se haya cruzado con un ario!… pero siempre, por los poros, se le saldrá lo salvadoreño, ¡de eso no hay duda! El salvadoreño, aunque esté lejos, siempre ama a su patria.

     

    * Fidel López Eguizábal​ es docente e investigador Universidad Nueva San Salvador

    fidel.flopez@mail.unssa.edu.sv

     

  • Charlie Kirk, las ideas y el odio

    Charlie Kirk, las ideas y el odio

    Charlie Kirk, el joven activista americano asesinado hace pocos días, defendía micrófono en mano la Segunda Enmienda de la Constitución de EE UU, bajo una carpa en la que se leía la inscripción: “Demuestra que estoy equivocado”. El tema del debate que sostenía, apenas segundos antes de recibir un balazo mortal en el cuello, no podía ser más polémico, porque es precisamente la Segunda Enmienda la que otorga a los ciudadanos de Estados Unidos el derecho a poseer y portar armas. Fue justo ése el instante que eligió Tyler Robinson, poseedor y portador de armas de 22 años, para disparar alevosamente contra Kirk.

    La repugnancia del crimen quedó exhibida por el espanto que provocó en los cientos de estudiantes presentes en la escena, allí mismo en el campus de la Universidad de Utah Valley, mientras en redes sociales empezaba un enfrentamiento macabro entre quienes no solo justificaban sino que llegaban al extremo de regocijarse por el asesinato.

    En Seattle, Washington, una persona se atrevió a decir: “Lo habría matado yo mismo”, para después agregar que el perpetrador del crimen les había hecho “un favor”. Otro joven de la Universidad de Texas en Austin expresó sin titubear: “Alguien tenía que hacerlo”. En TikTok, un tipo subió un video de sí mismo bailando en la vía pública y canturreando con un megáfono: “Le dimos a Charlie en el cuello”.

    El analista político Matthew Dowd, colaborador de la cadena MSNBC, hizo un comentario al aire que le valió su despido: “Siempre vuelvo a lo mismo: los pensamientos de odio conducen a palabras de odio, que luego conducen a acciones de odio… No puedes quedarte con este tipo de pensamientos horribles que tienes y luego decir estas palabras horribles y no esperar que ocurran acciones horribles”. ¡Vaya interpretación reveladora!

    Causa profundo estupor confirmar, luego del asesinato de Kirk, en qué se ha transformado el debate público en Estados Unidos. Hay ahora demasiada gente que en serio concibe las ideas ajenas como instrumentos de guerra apuntados en su contra. Se ha llegado al colmo de condenar el uso de ciertas palabras y se ha culpado a quienes las usan, por consiguiente, de ser “nazis” o “fascistas” o “extremistas” o “fanáticos”.

    Hoy se antepone el prefijo “ultra” con una ligereza pavorosa, porque resulta más fácil descalificar así al adversario que tomarse el trabajo de enfrentar sus posturas. Y no es que Charlie Kirk fuera, en mi opinión, un polemista infalible; tenía sus yerros, enarboló algunos simplismos gruesos y no siempre conseguía dominar su temperamento provocador. Pero sí poseía la gran virtud de ir a contracorriente sin andarse por las ramas y respaldado por la fuerza de la convicción y el recurso de la agilidad mental.

    Tyler Robinson, el asesino, era solo nueve años menor que su víctima, de 31. Entre ambos, sin embargo, mediaba el inmenso océano de crispación ideológica que está socavando los cimientos de la sociedad americana. Y esa misma sociedad, azuzada por líderes políticos que hablan de sus adversarios como “enemigos” a los que hay que destruir, tiende a naturalizar la violencia como una forma legítima de dirimir los inevitables conflictos.

    Tyler odiaba a Charlie y le consideraba un “fascista”. Lo mató de un tiro porque nunca estuvo a la altura de proponer ideas, sino a la mera elevación física de ubicar un fusil. Por eso, mientras uno murió reivindicando la necesidad de contrarrestar opiniones, el otro escogió el camino de silenciar una opinión que personalmente le molestaba.

    Confieso la debilidad que tengo por las elegantes discusiones de ideas. Me cuento entre los escritores que extrañan aquellas épocas doradas en que los eruditos acudían al diálogo (incluso apasionado) sobre los temas más controversiales, pero guardando siempre el decoro y el debido respeto por sus interlocutores. De hecho, fue esta cortesía mínima, abierta incluso a la nobleza de reconocer los aciertos del contrincante o las propias inexactitudes, lo que hizo que notables polemistas —de la clase de G. K. Chesterton o G. B. Shaw, en la Inglaterra victoriana— se afilaran mutuamente en el “pugilato” de las convicciones sin llegar a perder su recíproca admiración.

    Conversaciones que llevan a un intercambio franco de ideas y razones, con oportunidad de exhibir falacias y desmontar prejuicios, son ejercicios democráticos de gran potencial práctico. Quien demuestra que el otro se equivoca sale con una victoria que no es solamente suya, porque es la sociedad entera la que se beneficia del triunfo de una buena propuesta o, en su defecto, del abandono de una concepción errónea.

    Por desgracia, con muy contadas excepciones, en estos días resulta difícil hallar esta nobleza y honradez intelectual en el ámbito de las ideas políticas, sociales o meramente humanas. Ezra Klein, un comentarista estadounidense con quien suelo discrepar, escribió en su cuenta de X unas frases cortas que me parecen muy atinadas, en relación a la muerte de Kirk: “La violencia política es contagiosa, y se está extendiendo. No se limita a un solo bando o sistema de creencias. Debería aterrorizarnos a todos”.

    Y es verdad. Algo no anda bien en una sociedad cuyos miembros temen hablar por temor a ser vistos con odio y luego a través de la mirilla de un fusil. El diálogo abierto debería ser, siempre y en todo lugar, la alternativa al derramamiento de sangre. Por nuestras más fuertes convicciones tendríamos que estar dispuestos a entregar la vida, pero no a arrancar la vida de otra persona. La justificación de la violencia, por pequeña que sea, es el umbral de la barbarie.

  • Patria abstracta

    Patria abstracta

    Sin echar mano de una definición sesuda o rebuscada pero haciendo uso del sentido común, considero que al hablar de independencia podría definirse esta como la condición del ser humano en la cual –individual o colectivamente– se toman con libertad determinadas decisiones; es decir, sin injerencias externas directas o indirectas. Para ello se debe considerar qué hacer y cómo hacerlo, teniendo presente con claridad el para qué.

    Desde la perspectiva de los pueblos, las respuestas a estas interrogantes deberían ser establecidas colocando en un primerísimo plano el bien común. Este, desde la óptica ellacuriana, “es de hecho un ideal”; pero, además, “es una necesidad para que pueda darse un comportamiento realmente humano”. Claros de esa estrecha e indisoluble vinculación señalada por este mártir jesuita, debe destacarse que para lograr concretar la mentada independencia es necesario tener en cuenta la vigencia real de sustanciales categorías como la ya mencionada libertad junto a la autonomía, la soberanía y la autodeterminación.

    Partiendo de lo anterior, preguntémonos si nuestro pequeño país –a lo largo de su historia– ha sido y es realmente independiente. Para eso debemos sacudir un poco la cuchara, el plato y el bocado que nos han forzado a tragar, comenzando por lo ocurrido durante el famoso 15 de septiembre de 1821. No nos metamos a escarbar en lo que a lo largo del tiempo han dado en llamar a conveniencia el “primer grito de independencia” lanzado, según cuenta la leyenda, el 5 de noviembre de 1811. Básicamente, este debe asumirse como el intento inicial de los criollos que ‒desde la provincia de San Salvador‒ no veían la hora de sacudirse el yugo español para encaramarle el suyo al pueblo. Pero, ojo, se debe tener presente para entender el evento que tuvo lugar una década después.

    En el primer artículo del acta acordada hace 204 años y firmada dentro del Palacio Nacional chapín, se lee textualmente lo siguiente: “Que siendo la Independencia del Gobierno Español la voluntad general del pueblo de Guatemala, y sin perjuicio de lo que determine sobre ella el Congreso que debe formarse, el señor Jefe Político, la mande publicar para prevenir las consecuencias que serían terribles, en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo”. ¿Cómo les quedó el ojo? ¡Cuidadito se le adelantaba la chusma a la criollada y le comía el mandado! Quienes se consideraban los que debían mantener sojuzgada a la primera, no lo permitieron desde entonces y hasta estos días.

    Así las cosas, tras ese acontecimiento “celebrado” formalmente por tantas generaciones a lo largo de más de dos siglos sin ser realmente comprendido a cabalidad, no podemos asegurar hoy que hayamos habitado en una patria real. Debemos tener claro que ‒parafraseando al padre Óscar Romero mucho antes de que fuera arzobispo, mártir y santo‒ hemos poblado una en la que sus gobernantes le han “servido”, sí, pero “no para mejorarla sino para enriquecerse”; una patria en donde “las riquezas” han sido siempre “pésimamente distribuidas”, generando “una brutal desigualdad social” que “hace sentirse arrimados y extraños a la inmensa mayoría de los nacidos en su propio suelo”.

    Nos han forzado, entonces, a sobrevivir en una patria abstracta. ¿Cuál es esta al día de hoy? La publicitada desde arriba con luces veleidosas y engañosas para cegar al visitante y ocultar la miseria de nuestra gente; aquella en la que unas turbas violentas recientemente reinaban en las páginas rojas nacionales y hoy ‒al atravesar tantito nuestras fronteras‒ hacen de las suyas en otras tierras; la poblada por una fanaticada que seguirá llorando, borracha, al escuchar el himno nacional en cualquier evento futbolero adonde su “selecta” pierda con todo éxito, pese al “desinteresado” apoyo del “bukelato”; esa en la que, superada por mucho la muerte intencional violenta quién sabe hasta cuándo, se quiere engañar a su gente para hacer que crea ingenuamente que el lindero de la muerte lenta ‒producto de la desigualdad y la carencia‒ también será franqueada por el “nuevo modelo”.

    Pero, ¿quiénes sufren realmente en nuestra patria exacta? Pues aquellas mayorías populares cuyos lamentos llegaron, llegan y seguirán llegado “tumultuosos hasta el cielo” sin ser escuchados mientras sus estructuras injustas no cambien; las cientos de miles de personas que reclaman justicia por sus víctimas y las que buscan a sus familiares que desaparecieron en medio de la violencia de antes, durante y después de la guerra; las que en el “paraíso bukeleano” perdieron su trabajo y no encuentran cómo subsistir… Es esa la patria exacta salvadoreña; la que por mucho que hoy cacareen le ha pertenecido y le sigue perteneciendo, como dijo el cantor, a “los dioses del poder y del dinero” tanto nativos como foráneos.