El Salvador llega a septiembre y a los 205 años de la Independencia centroamericana con motivos para celebrar, pero también con razones de sobra para reflexionar. Amar a la patria no consiste únicamente en rendir homenaje a sus símbolos, sino en reconocer sus problemas, defender sus libertades y asumir la responsabilidad colectiva de construir un país más justo, incluyente y democrático para las generaciones presentes y futuras.
Son más de dos siglos de historia marcados por esperanzas y desencantos, avances y retrocesos, luchas y sacrificios. Doscientos cinco años durante los cuales generaciones enteras de salvadoreños han soñado con un país próspero, justo, libre y en paz.
Pero construir patria nunca ha sido una tarea sencilla.
Nuestro propio Himno Nacional recuerda el enorme valor de dos principios esenciales: la paz y la libertad. “Conservarla es su gloria mayor” y “la libertad es su dogma, es su guía”, proclaman sus versos. No deberían ser palabras reservadas para los actos cívicos de septiembre, sino compromisos permanentes que orienten nuestra convivencia y, especialmente, el ejercicio del poder público.
La paz y la libertad han costado demasiado a los salvadoreños como para considerarlas conquistas definitivas o darlas por sentadas. Cada generación tiene la obligación de protegerlas.
Por eso, patria no es únicamente colocar una bandera azul y blanco en la casa o en el automóvil. Tampoco son patria los discursos grandilocuentes, las ceremonias oficiales ni las palabras cuidadosamente adornadas que escucharemos durante este mes. Todo ello forma parte de nuestras tradiciones y merece respeto, pero el verdadero patriotismo exige mucho más.
Construir patria significa trabajar para resolver las necesidades de la población, garantizar oportunidades, combatir la pobreza y las desigualdades, fortalecer la educación, respetar las instituciones, proteger las libertades y procurar que ningún salvadoreño tenga que sentirse extranjero en su propia tierra.
En una sociedad que todavía carga problemas endémicos, deudas históricas, desigualdades, discordias y confrontaciones, construir una patria común constituye una tarea monumental.La patria es de todos.
José Martí, gran prócer de la independencia cubana, dejó una frase cuya vigencia trasciende las fronteras y las épocas: “la patria no existe sin el amor de sus hijos”. Y también advirtió que “la patria es dicha, dolor y cielo de todos y no feudo ni capellanía de nadie”.
Pero quizá una de sus reflexiones más profundas sea esta: “La patria es ara, no pedestal”.
A 205 años de nuestra independencia, esas palabras deberían obligarnos a formular preguntas incómodas pero necesarias: ¿qué significa hoy amar a El Salvador? ¿Qué patria estamos construyendo? ¿Qué hacemos individual y colectivamente para mejorarla? ¿Y qué país estamos dejando a nuestros hijos?
Los caminos hacia el progreso y el desarrollo han sido sinuosos porque demasiadas veces los salvadoreños hemos sido conducidos por proyectos políticos presentados como soluciones definitivas y que terminaron dejando nuevas divisiones, frustraciones y problemas. Y también hemos sufrido las locuras de las guerras y la violencia incontrolable de bandas criminales que hasta hace unos meses controlaban nuestra vida cotidiana.
De esa historia también debemos aprender.
Los salvadoreños hemos demostrado una extraordinaria capacidad para superar adversidades. Nos hemos levantado después de terremotos, guerras, crisis económicas, violencia y profundas fracturas sociales. Hemos sabido reconstruir lo destruido y buscar nuevos caminos cuando la incertidumbre parecía imponerse. Esa fortaleza es también parte de nuestra identidad nacional y constituye una razón legítima para sentir orgullo.
El Mes Patrio debe servirnos para recordar de dónde venimos, pero principalmente para preguntarnos hacia dónde queremos ir. El gran desafío sigue siendo construir un El Salvador donde podamos convivir pese a nuestras diferencias; donde nadie sea excluido por pensar distinto; donde las instituciones estén al servicio del ciudadano; donde la libertad y la paz sean realidades cotidianas y no solamente palabras repetidas cada septiembre.

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