El ocaso de los Ruano: una dinastía cafetalera que terminó a balazos

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José Emeterio Ruano (1897–1930), nieto del patriarca de una dinastía de tres generaciones, era un personaje representativo de su época. Empresario y banquero, era nieto de Emeterio Ruano, fundador del desaparecido Banco Salvadoreño, y pertenecía a una de las familias más poderosas de la oligarquía salvadoreña. Conocido por su vida disoluta y su afición al juego, formaba parte de los círculos sociales y económicos de mayor influencia del país.

A su abuelo se le vincula directamente con la expansión del latifundio cafetalero y con los procesos de desamortización de las tierras comunales y ejidales durante la segunda mitad del siglo XIX, procesos que contribuyeron a la concentración de la propiedad de la tierra en pocas manos. Un ejemplo de ello fue la Hacienda de Zapotitán, que pasó de unas pocas caballerías a convertirse en una extensa propiedad de miles de hectáreas, abarcando buena parte del valle y territorios de lo que hoy son Ciudad Arce, Opico, Colón, Sacacoyo, partes de Quezaltepeque, El Congo y Armenia.

José Emeterio Ruano era además asiduo de las tertulias en los bares y cafés frecuentados por la élite de la época. La noche del 31 de diciembre de 1930 se encontraba en el Gran Café Nacional, despidiendo el año viejo junto con otros miembros de la élite salvadoreña.

El Gran Café Nacional estaba situado sobre la actual 2.ª Avenida Sur, frente a la Plaza Barrios, en el corazón del centro de San Salvador. Era propiedad de don Ítalo Segnini y se encontraba contiguo al desaparecido Teatro Colón. El establecimiento era uno de los lugares donde se congregaban miembros de las élites económicas, políticas e intelectuales de la capital.

Aquella noche se encontraba también allí el doctor José Damián Rosales y Rosales, reconocido abogado de la época. La noche transcurría en el ambiente propio de las celebraciones de fin de año. Entre copas y conversaciones, los miembros de aquella sociedad privilegiada se disponían a despedir 1930. En ese ambiente se encontraron José Emeterio Ruano y el doctor José Damián Rosales y Rosales.

No sabemos, por la fuente disponible, cuál fue el motivo que desencadenó el altercado ni qué palabras precedieron al enfrentamiento. Julio C. Castro, al recordar la vida de los antiguos bares y cafés de San Salvador, se limita a señalar que fue allí, “al calor de los tragos”, donde se inició una memorable reyerta entre ambos personajes.

El episodio resulta particularmente significativo por quienes eran sus protagonistas. Ruano pertenecía a una de las familias de mayor poder económico del país; Rosales y Rosales era un reconocido abogado. Ambos se movían en los mismos círculos sociales de la élite capitalina y el Gran Café Nacional constituía precisamente uno de aquellos espacios de encuentro.

Lo que comenzó aquella noche como un altercado en uno de los lugares más concurridos de la vida social de San Salvador terminaría adquiriendo una dimensión mucho más seria. La reyerta quedaría registrada en la memoria del viejo San Salvador y, según la tradición recogida posteriormente por Castro, se convertiría en una de las anécdotas más recordadas de la vida bohemia del antiguo centro de la ciudad.

Un grito furioso, seguido del sonido de una palmada seca y contundente produjeron un silencio incomodo en la habitación donde se encontraban Ruano Y Rosales. El golpe hizo que el rostro del abogado se desviara bruscamente hacia un lado. Mas que el sonido, fue la sorpresa y la tensión del momento lo que hizo que todos quedaran inmóviles. Sos un arrastrado, lameculo, abogadito de mierda, grito seguidamente Ruano, dirigiéndose a Rosales. El abogado se incorporó, llevándose la mano al hemisferio de su cara, y sin decir nada, se dio la media vuelta, permaneciendo inmóvil durante un instante como si luchara por dominar la violencia de su reacción, pero era imposible, su semblante mostraba que había perdido la serenidad. Salió del establecimiento.

El ofendido regreso media hora después con una pistola. La atmosfera del lugar cambio radicalmente. Los que se encontraban cerca quedaron paralizados por la sorpresa, algunos retrocedieron instintivamente; otros se apartaron bruscamente buscando ponerse a salvo. Las conversaciones cesaron y un silencio tenso se apodero del lugar. Nadie parecía saber que hacer ni se atrevía a intervenir. Todas las miradas se dirigieron hacia el hombre armado, mientras crecía éntrelos presente la sensación de que la situación podía terminar en una tragedia.

Sin mediar palabra, Ruano se incorporó y trató de desenfundar su arma que llevaba en el cinto de su pantalón, en ese momento dos disparos hicieron impacto en su abdomen. Esa noche, la dinastía oligarca de los Ruano termino. Todas las propiedades fueron embargadas por otras familias como deudas de juego y demás.

*Este relato, aunque basado en hechos reales, ficciona lo ocurrido la noche del 31 de diciembre de 1930 en el Gran Café Nacional

 

 

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