El papa le habla a España de sus genios olvidados ​

“Más allá de la legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construyen esas leyes”.

Estas palabras fueron pronunciadas por el papa León XIV el pasado 8 de junio, delante del hemiciclo que reúne a quienes teóricamente representan la diversidad política española en el Congreso de los Diputados. Y agregó el pontífice: “Ante esta cuestión, España posee una memoria particularmente rica. Su identidad geográfica y política se ha ido entretejiendo con una historia en la que fe y razón, arte y derecho, tradición y pensamiento han sabido encontrarse fecundamente. En sus catedrales y universidades, en su literatura inmortal, en sus instituciones jurídicas y en el ánimo mismo de su pueblo, permanece viva una herencia que ha dado forma a un modo de vivir la libertad, practicar la justicia y ordenar la vida común”.

Pocas veces un obispo de Roma hace elogios tan medulares al alma civilizatoria de un pueblo. Si lo ha hecho en Madrid, en la primera parada de su vibrante gira por España, se debe a que León XIV es consciente del indiscutible legado universal de ese país, no solo en lo concerniente a la difusión del cristianismo y sus valores —que también—, sino en lo que atañe a la gestación de los principios filosóficos y antropológicos de la mejor tradición política, social y económica del planeta.

En su alocución, claro, el Papa recordó a la Escuela de Salamanca, sin duda una de las conjunciones temporales más asombrosas de genios académicos en la historia de la humanidad. Aunque enmarcada por el Siglo de Oro hispano, su equivalente artístico y literario (Garcilaso, Quevedo, Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Cervantes, Lope, Góngora) es mucho más conocido y celebrado.

Concentrada en el siglo XVI, la escuela salmantina fue cuna de pensadores que Joseph Schumpeter y Raymond de Roover consideraron iniciadores de la economía como ciencia. Francisco Suárez, por ejemplo, llamado el Doctor Eximius, fue el primer gran teórico de la soberanía del pueblo, base fundamental de las libertades personales y la democracia moderna. El jesuita Luis de Molina desarrolló valiosas analogías entre las naciones y las sociedades mercantiles, enalteciendo el sano individualismo frente a la tiranía. Francisco de Vitoria, el teólogo que rechazó la condena moral que pesaba sobre los comerciantes por el legítimo afán de lucro que les animaba, es uno de los humanistas pioneros del libre intercambio. Diego de Covarrubias, el jurista antiesclavista que llegó a desarrollar una valiente apología de los precios, fue determinante para la muy posterior comprensión antropológica del mercado libre.

El canónigo navarro Martín de Azpilcueta fue notable precursor de la teoría cuantitativa del dinero —varios años antes que Jean Bodin—, y expuso intuitivamente las medidas de valor que asignamos a los bienes de acuerdo a sus variables en el tiempo. Este fundamento doctrinal de Azpilcueta servirá a la Escuela Austriaca de Economía para desplegar, siglos después, el concepto moderno de interés. Tomás de Mercado, agudo observador de la realidad mercantil en las Indias, formuló la distinción entre el valor nominal del dinero y su poder adquisitivo.

Si un lector voraz y políglota como Carlos Marx hubiera estudiado en profundidad a Vitoria y a Molina, a Azpilcueta y a Mercado —y ninguna evidencia existe, por cierto, de que los hubiera conocido siquiera—, nos habríamos ahorrado numerosos equívocos en relación a la teoría del valor. Incluso es posible argumentar, sin problemas de conciencia, que los sabios de Salamanca habrían impedido la ofrenda inútil de millones de seres humanos en el “altar” del Estado si sus principales postulados filosóficos y teológicos hubieran sido apropiadamente difundidos en el siglo XIX.

La escolástica salmantina constituye una materia por descubrir incluso entre los propios liberales. En los últimos cien años, notables economistas y politólogos comprometidos con la defensa de la libertad, tanto en el viejo como en el nuevo continente, reconocen no haber profundizado lo suficiente en estos pensadores ibéricos, entre quienes también sobresalen Juan de Mariana, Domingo de Soto, Bernardino de Sahagún y Domingo Báñez.

“Los principios teóricos de la economía de mercado y los elementos básicos del liberalismo económico”, admitió ni más ni menos que Friedrich von Hayek, “no fueron concebidos, como se creía, por calvinistas y protestantes escoceses, sino por los jesuitas y miembros de la Escuela de Salamanca durante el Siglo de Oro español”. Y en su extraordinaria obra de 1954, Historia del análisis económico, el ya mencionado Schumpeter se refiere a los teóricos salmantinos con estas palabras tajantes: “A ellos corresponde, más que a ningún otro grupo, el mérito de haber fundado la ciencia económica”.

León XIV, pues, habló a los legisladores españoles de una rica herencia de pensamiento que no aparece reivindicada en la política actual de occidente, y a veces ni siquiera en las bases morales que moldean sus estructuras sociales, jurídicas y económicas. Quedará a las futuras generaciones hispanas esa labor de justicia y renovación, no solo porque ese pasado glorioso les pertenece, sino porque a través de él podríamos –todas las naciones– redescubrir el gigantesco peso moral y la nutritiva fascinación que tiene el don de la libertad.

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