Las llamadas “redes sociales” dan para mucho; pueden utilizarse para bien o para mal. De lo circulado en estas recientemente pude, como mucha gente, enterarme de dos noticias relacionadas con la vivienda en El Salvador: una grotesca y la otra tremendista. Pero antes de entrarle a estas, arrancaré con algo indiscutible: poseer una vivienda digna y adecuada es reconocido tanto en la Declaración Universal de los Derechos Humanos como en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales. De acuerdo a lo establecido en el artículo 11 de este último, las personas y sus familias requieren un nivel de vida apropiado que incluya alimentación, vestido y –obviamente– vivienda. Sin esta última, disfrutar del resto de los derechos contemplados en el citado pacto difícilmente será posible.
Partiendo de lo anterior y conociendo que el artículo 119 de nuestra Constitución declara de interés social la construcción de viviendas, revisemos lo que señala el presidente de la organización gremial del sector. Este, José Antonio Velázquez, se refirió recientemente al déficit habitacional en nuestro país. Tiene que ver con lo cuantitativo y lo cualitativo; dicho escenario puede resumirse en cinco palabras: hacen falta numerosísimas casas decentes. La última Encuesta de Hogares y Propósitos Múltiples elaborada por el Banco Central de Reserva, revela que poco más de la mitad de nuestra población es dueña de su morada; pero esta, debe insistirse, en una considerable cantidad resulta ser inapropiada.
Para colmo –según el Anuario de la Vivienda de América Central y el Caribe 2025, cuya base de datos abarca quince países– los costos más elevados entre estos se ubican, por mucho, en el nuestro tanto para la venta como en alquiler. “El acceso a la vivienda ‒se dice además de El Salvador‒ se complica por la alta informalidad, pues esta alcanza un 68.5 % del sector laboral”.
Pero veamos lo que declaró recientemente Michelle Sol ‒“flamante” ministra de Vivienda‒ por ser una de las noticias arriba referidas que ofenden o deberían ofender nuestra inteligencia colectiva nacional. Según ella, cualquiera puede adquirir una casa heredando dinero y pagándola al contado; ahorrando durante diez, quince o veinte años para comprarla; o consiguiendo un préstamo bancario y abonando mensualmente más de lo establecido para bajar así sus intereses. ¡Vaya gangas! En qué cabeza cabe que nuestras mayorías populares pobres y descendientes de pobres, percibiendo un mínimo salarial que en el “mejor de los casos” apenas supera los 400 dólares estadounidenses, puedan optar por alguna de esas “alternativas”. ¿Y quienes no ganan ni siquiera eso?
Las otras posibilidades serían la de ocupar un sillón en la Asamblea Legislativa bajo la bandera del partido oficialista, ser integrante del gabinete gubernamental o pertenecer al “Olimpo” de Nuevas Ideas. Más sueños guajiros, pues quienes forman parte de esa casta no dejarán sus privilegios así nomás; los personajes de la politiquería vernácula que ya consiguieron jugosos préstamos con la banca nacional, necesitan considerables ingresos mensuales para pagarlos y así no perder las residencias lujosas u otros bienes que adquirieron. Mientras, quienes no pertenecemos a dicha calaña rechazamos ‒por decencia‒ ser partícipes de esas y otras vivianadas.
“El problema, señor, será siempre sembrar amor”. Así canta Silvio. Pero nuestra realidad aún no está para eso. Vigentes están, eso sí, estas palabras de nuestro ahora santo pronunciadas a cinco meses de iniciado su corto arzobispado: “No se puede cosechar lo que no se siembra. ¿Cómo vamos a cosechar amor en nuestra república, si solo sembramos odio?” Talar árboles para encementar el Valle El Ángel es condenable, pues nos conducirá a una cosecha de desamparo entre nuestra gente; mientras, la constructora “Urbánica” incrementará el ya agrandado patrimonio de la familia Dueñas, con la construcción de un megaproyecto residencial y comercial en esa estratégica recarga acuífera.
Acuerpado por otra familia, la inconstitucionalmente gobernante, se acaba de consagrar un suntuoso y tramposo templo de los cuestionados Heraldos del Evangelio en dicha zona. Así se está contribuyendo a abrirle las puertas al mencionado negocio ecocida que se traducirá en violaciones de derechos fundamentales generando sed, hambre, dolor y cólera entre quienes resultemos afectados. Este escenario me hace recordar otro sobresaliente cubano. “Con la espada, con la cruz y la ambición ‒cantó Pablito‒ nuestras tierras descubrieron… ante Dios. Masacraron, exterminaron, impusieron su voz y aquel indio, noble indio, a otra vida pasó”.
No repitamos aquel pasaje doloroso de nuestra historia, sintetizado en el poema de Roque dedicado al dictador del siglo pasado: el general Hernández Martínez. “Dicen que fue buen presidente ‒escribió el bardo‒ porque repartió casas baratas a los salvadoreños que quedaron”. Ya casi se cumple un siglo de aquella matanza y ese es nuestro mayor problema: la impunidad, tanto la histórica como la reinante.

Deja una respuesta