Durante décadas se ha sobrexplotado el recurso hídrico llamado río Lempa y su cuenca. Y esto, en el nuevo escenario climático mundial que se está haciendo patente, es muy probable que pase las facturas de esa sobrexplotación y también de las diversas y complejas dinámicas de contaminación que afectan al que se debería considerar sin eufemismos como El Gran Río.
La visión miope en lo ambiental que El Salvador carga desde el siglo XIX y que a partir de la segunda mitad del siglo XX no ha hecho más que profundizarse, en los tiempos que corren constituye ya un elevado riesgo socio-ambiental.
Hasta el día de hoy no se han tomado decisiones estratégicas en cuanto al río Lempa y su cuenca. ¿Qué se está esperando? ¿Llegar al borde del colapso? ¿O todo está bien en El Gran Río y solo se trata de asuntos de poca monta que casi por arte de magia se resolverán?
Es importante meditar sobre estas preguntas, porque todo indica que la política y la economía, los dos filones que imponen su férula sobre los habitantes de esta lengua de tierra, por los datos existentes, ignoran por completo el desafío para la vida que comporta la situación en la que se encuentra El Gran Río.
No es poca cosa lo que significa este recurso hídrico para el país y en particular para la Región Metropolitana de San Salvador (el Área Metropolitana de San Salvador ampliada).
Según reportes del Ministerio de Medio Ambiente cerca del 70 % del agua que se consume en las áreas urbanas de San Salvador y sus alrededores proviene de El Gran Río. Y este dato debería constituir el acicate clave para reaccionar frente al estado crítico del río Lempa y su cuenca. Creer de forma ingenua que se está frente a un recurso ilimitado ha sido un grave error del que hay que desligarse cuanto antes.
El impacto de El Gran Río sobre la vida urbana es decisivo, aunque la mayoría de las personas en el día a día no aprecie el discurrir de sus aguas. Cerca del 33% de la población total nacional que habita en la Región Metropolitana de San Salvador de una u otra forma ‘depende’ de El Gran Río. Pero la inconsciencia con respecto a esto es impresionante entre la vasta multitud salvadoreña.
Y la cuestión eleva el riesgo si se considera la situación de los principales afluentes que desembocan en el Lempa. Dos deberían ser de enorme preocupación: el río Acelhuate y el río Sucio.
El río Acelhuate, que atraviesa parte de la ciudad de San Salvador, desde hace un poco más de un siglo es el receptor de toda clase de desechos tóxicos.
El río Sucio, nace en Jayaque, cruza Zapotitán, pasa por San Juan Opico y entronca con el Lempa. Y estudios más o menos recientes sugieren que la situación del río Sucio es muy grave porque recibe aguas residuales, productos químicos, plásticos y no hay nada ni nadie que pare esto. ¡Aunque existe una legislación ambiental desde hace años! Además de juzgados ambientales para atender tres regiones del país. Todo la imbricación urbano-rural que hay en la zona llamada valle San Andrés (la carretera ―y todo el entorno― que va desde el que fue El Poliedro hasta MOLSA antes de ingresar a Ciudad Arce), despacha sus residuos en el río Sucio. ¿Cuántas plantas de tratamiento hay en toda esa zona? ¿Y cuántos pozos de agua?
Si se ve más de cerca la cuestión y se toma el lago Suchitlán (que no es otro que el embalse del Cerrón Grande, ‘generado’ a partir de 1974) como receptor de las aguas pútridas que van en el río Lempa, en el río Las Cañas, en el río Acelhuate, en el río Suquiapa, en el río Quezalepa… pues habría que decir que se está en una grave emergencia ambiental, pero que, como el avestruz, no se quiere asumir como tal.
El Gran Río está contaminado desde que entra en El Salvador (nace en el oriente guatemalteco) y se va llenando de metales pesados ―cromo, cadmio, plomo, cobre, aluminio, zinc y níquel― en su recorrido dentro del territorio nacional, y todos los que son sus afluentes (Acelhuate, Suquiapa, Torola, Sucio…) también están contaminados. Es decir, el circuito de contaminación no puede ser más evidente.
Hay varias decenas de estudios que se han realizado sobre el río Lempa y sus afluentes y, sin embargo, por razones que no puede decirse más que son ‘misteriosas’, estos hallazgos de investigación no han llevado a que se tomen las urgentes decisiones estratégicas que se requiere.
Esto no es para el futuro, porque el futuro ya llegó.
*Jaime Barba, REGIÓN Centro de Investigaciones

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