El silencio que dejó el Holocausto: una visita a Auschwitz

“El trabajo te libera” dice en la entrada del Campo de Concentración de Auschwitz-Birkenau en Polonia, una de las mayores ironías de la historia.

Los nombres de algunas de las víctimas del Holocausto resonaban por las bocinas mientras caminábamos hacia la entrada del museo. Los árboles se balanceaban suavemente con el viento y los visitantes avanzaban en silencio, reflexionando e inmersos en sus pensamientos.

Cuando pisé el interior del campo de concentración sentí que me había transportado en el tiempo. Observé los ladrillos de las estructuras, en su mayoría reconstruidas después de la guerra y me pregunté cómo fue posible que 1,100,000 personas fueran asesinadas en Auschwitz-Birkenau en tan solo cinco años.

En Auschwitz-Birkenau los remanentes de las vías del tren se veían deteriorados aunque me sorprendió que mantuvieron su forma después de ser utilizados para transportar aproximadamente entre ocho mil a 10 mil personas diariamente durante el 1944, según el guía del museo, Manlio Beltrán.

Alambre de púas que rodea el campo de concentración Auschwitz-Birkenau.

El bisabuelo de Samantha

Antes de llegar a los campos de concentración, muchos judíos vivieron en distintos guetos alrededor del continente, como los familiares de Samantha Rodríguez del Río, mexicana que se dedica a la memoria judía y del Holocausto en Polonia.

La vida de Rodríguez cambió por completo a sus 15 años cuando descubrió que su bisabuelo era judío.

Durante el 2016 llegó a Polonia por primera vez con sus familiares donde descubrió el nombre real de su bisabuelo y se enteró que tenía nueve hermanos, seis más de los que conocían. Más adelante, en 2017 regresó a Polonia a investigar más sobre su pasado y nos dijo que, “ese año marcó y definió el por qué yo estoy aquí hoy en día”.

La lluvia comenzó a caer frente a uno de los pocos edificios originales del gueto de Varsovia que no fue destruido durante la guerra. Sentada frente a una pared de ladrillos marcada con balas lanzadas por los nazis, Rodríguez nos contó que la mayoría de los hermanos de su bisabuelo fueron asesinados, con excepción de una hermana que fue sobreviviente del Holocausto y otros dos hermanos que se mudaron a México antes de la guerra.

Samantha Rodríguez, mexicana que se dedica a la memoria judía y del Holocausto.

Su bisabuelo siempre dijo que era de Rusia y nunca reveló que era judío. “Le daba miedo, él no quería que los reconocieran como judíos estando en México”, explicó Rodríguez.

“Si mi bisabuelo se hubiera quedado aquí (Polonia), no sé si yo habría nacido como la persona que soy hoy, pero todos los descendientes de él hubiéramos muerto en los campos de concentración”, nos contó la mexicana.

Cuando Samantha Rodríguez se enteró de su ascendencia, no sabía qué pensar, pero más adelante este descubrimiento la llevó a encontrar su propósito de vida.

“Para mí se volvió algo muy personal, pero también me di cuenta que es algo que la gente debe saber”, comentó la creadora del proyecto “The Voice of the Silence”.

En el 2020, la joven comenzó un proyecto con el fin de educar a las personas sobre el Holocausto, especialmente a países latinoamericanos. “Es como darle voz a mi historia, pero también a otras historias de otras personas que estuvieron en silencio”, indicó.

Rodríguez ha hecho sobre 100 entrevistas a personas relacionadas con el Holocausto, incluyendo sobrevivientes, descendientes e historiadores. Para ella es sumamente importante, “tratar de entender… cómo es que la humanidad pudo llegar a hacer algo tan terrible”. Añadió que, “estudiar y aprender del Holocausto nos ayuda a ser más humanos”.

Desde hace dos años Rodríguez se mudó a Polonia y a diario camina por las calles donde sus ancestros solían vivir. Aunque algunas personas cuestionan su decisión de mudarse a Polonia después que descubrió que sus familiares murieron allí, Rodríguez aseguró que para ella es importante poder disfrutar y reconectar con la tierra donde se encuentran sus raíces después de tantos años.

Una cámara de gas donde le quitaron la vida a miles de personas.

Las huellas del terror

Continuamos el recorrido y me detuve donde los nazis clasificaban a los judíos que trabajarían y aquellos que serían enviados a las cámaras de gas en Auschwitz-Birkenau. El mero pensamiento de encontrarme donde se decidió el destino de miles de personas, me erizó la piel.

Gran parte del Campo de Concentración Auschwitz-Birkenau se encuentra en ruinas luego que los nazis intentaron eliminar la evidencia de las muertes en 1945.

Caminamos dentro de uno de los edificios en donde dormían los judíos. Las personas dormían en tablas de madera, y algunos en el piso. Me pareció imposible imaginar de 760 a 1,000 personas viviendo en una sola estructura. Las condiciones de vida eran simplemente inhumanas.

El silencio prevaleció entre las personas mientras recorríamos el museo. Los nazis ocuparon muchas de las pertenencias de los judíos como su equipaje, ropa y zapatos.

Me detuve a observar los zapatos y me llamó la atención un pequeño calzado de un niño que debía tener aproximadamente uno o dos años de vida. Mi corazón se quebrantó mientras el guía hablaba sobre la presencia de niños en el campo. Mis ojos se comenzaron a tornar llorosos de pensar en la inocencia de los niños y aquellos a los que le arrebataron su niñez, su familia y hasta la vida.

El zapato de un niño sobresale entre zapatos de adultos. Los zapatos fueron incautados por los nazis, ahora se exhiben dentro del museo de Auschwitz-Birkenau.

En otro de los cuartos se encontraba una tela que a simple vista parecía hecha de algodón o lana, pero esa tela fue hecha con el cabello de las mujeres que entraron al campo.

Los nazis afeitaban a las mujeres para humillarlas y deshumanizarlas. El cuarto estaba lleno del cabello de cientos de mujeres que fue encontrado por los soviéticos. Mi estómago se revolcó y observé a las personas que me acompañaban, ninguno podía creer lo que estaba frente a nosotros.

Continuamos el recorrido por una de las cámaras de gas que utilizaron para exterminar a los judíos. El cuarto se sentía frío y las paredes tenían una coloración oscura. Allí entendí que el Holocausto fue un sistema y que estaba parada en el lugar donde miles de judíos dieron su último respiro.

El impacto después de 80 años

Después de escuchar a Samantha Rodríguez, entendí que el Holocausto no terminó hace 80 años con el fin de la Segunda Guerra Mundial. Sus remanentes siguen vivos entre los descendientes de aquellos que perdieron la vida, y su impacto trasciende los alambres de púas y las paredes que rodearon los campos de concentración.

Uno de los vagones donde transportaban a los judíos y el lugar donde realizaban la clasificación de personas.

La población judía en Polonia bajó significativamente luego del Holocausto. Según nos explicó el guía del museo, muchos sobrevivientes y familiares abandonaron el país para escapar de los recuerdos de la persecución y el sufrimiento que enfrentaron por años.

Al llegar al final de Auschwitz-Birkenau me encontré con una placa que dice, “que este lugar sea para siempre un grito de desesperación y una advertencia para la humanidad”. Estas palabras me hicieron entender que el museo no tan solo sirve como lugar de conmemoración sino que es la prueba de lo que puede provocar la indiferencia y el odio.

Mientras abandonaba el lugar y observaba nuevamente las vías del tren, solo podía pensar en las millones de personas que nunca lograron salir del campo de concentración. El silencio se apoderó nuevamente de todos los visitantes y al mirar a los demás, comprendí que la visita había cambiado la percepción de todos.

 

 

 

 

 

 

 

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