Inteligencia y dignidad

Si hablamos simplemente de inteligencia, debemos considerar que nos referimos  a “la capacidad mental” que las personas poseen “para razonar, resolver problemas, pensar de forma abstracta, comprender ideas complejas y aprender rápidamente de la experiencia». La misma tiene que ver con “la memoria, la creatividad y la planificación” en relación con la genética y los factores socioculturales. Así resume la explicación de esta cualidad el recurso llamado inteligencia artificial, que se autodefine como “una rama de la informática dedicada al desarrollo de sistemas y algoritmos capaces de realizar tareas que, tradicionalmente, requieren inteligencia humana”. Esta última se encuentra relacionada con el conocimiento, el entendimiento, el pensamiento y el sentimiento; la artificial lo está con la automatización de la información mediante su computarización, con base en los referidos algoritmos.

Y estos últimos, ¿qué? Pues son procesos con un ordenamiento concreto desde que inician hasta que finalizan; se desarrollan mediante la ejecución de pasos definidos y una determinada secuencia lógica. Sirven para transformar datos en resultados y pueden ser parte de nuestro diario acontecer como cocinar, trasladarse al trabajo y recargar el celular, por ejemplo. Pero en el ámbito de la inteligencia artificial tienen distintos niveles de complejidad, como el cifrado de datos en materia de seguridad y aquellos utilizados en aplicaciones para realizar el reconocimiento facial. Hay otros mucho más complejos.

Partiendo de lo anterior, contemplemos otra dimensión de la inteligencia artificial: ser digna de confianza. Para merecer dicho aval, a la base de la misma se encuentran ciertos requisitos éticos y técnicos. Dentro de los primeros encontramos entre otros, obviamente, el respeto de las normas de convivencia y gobernanza generadas para asegurar la vigencia real de los derechos humanos; importantes son la veracidad, la transparencia, la rendición de cuentas y la eficacia de la justicia.

Pero en nuestro país, las cosas no funcionan así. Por tanto, deberíamos sospechar de la inteligencia artificial que está detrás de ciertas acciones e iniciativas impulsadas por una administración gubernamental inconstitucional que ‒sin freno ni reparo alguno‒ ha hecho y deshecho a su antojo y conveniencia en lo referente a los contenidos de leyes secundarias, incluyendo la electoral, y de la fundamental; también ha trastocado la institucionalidad y abusado del proselitismo partidista. Esos y otros cuestionamientos son parte de un proyecto político que está encaramado en la “guerra contra las maras” y el régimen de excepción ‒permanente desde hace más de cuatro años‒ y que se ha vuelto sumamente preocupante. Proyecto, mal llamado “modelo”, mediante el cual se ha manoseado y continúa manoseando la inteligencia emocional de nuestra población mayoritaria.

Esta última faceta de la inteligencia humana se asume como “la capacidad de reconocer, entender, gestionar y utilizar las propias emociones y las de los demás de manera adaptativa”. Considerando lo anterior, por el manejo de las mentes de mucha gente por parte del oficialismo en El Salvador de hoy en día ‒aprovechando su nivel educativo y abusando de la manipulación‒ en la práctica dicha adaptación apunta más al sometimiento que al crecimiento.

Con lo anterior, aclaro, no digo que tras la guerra los proyectos políticos gubernamentales anteriores al presente contribuyeron a esto último. No. Sus dirigencias hicieron lo que pudieron para hacer crecer sus bienes, eso sí, pero no el bienestar de nuestra sociedad; fuera de la erradicación de la violencia pandilleril y la baja de las muertes violentas, que no es poco independientemente de cómo se logró, igual o peor pasa actualmente.

Por tanto, el gran desafío que enfrentamos como población siempre ninguneada es el de asumir un papel protagónico ‒con inteligencia y dignidad‒ en el diseño y la materialización de una convivencia distinta, fundada en la palabra viva de monseñor Romero. Esta se encuentra plasmada en sus artículos publicados en diversos medios, en sus homilías, en sus cartas pastorales y en su último discurso ‒“La dimensión política de la fe desde la opción por los pobres”‒ pronunciado en Lovaina aquel 2 de febrero de 1980.

También contamos con los acuerdos que le pusieron fin a la guerra interna de más de once años. Estos no fueron ni malos ni una farsa, como dijo aquel; el problema es que sus firmantes no honraron sus compromisos ni dejaron que la población participara en su realización real. Por último, tenemos el documento sobre el cual se ha desarrollado el derecho internacional; se trata de la Declaración Universal de los Derechos Humanos entre los cuales se encuentran los derechos a la vida, a la libertad y a la seguridad.

Ciertamente, es muy útil conocer esta sentencia de Lanssiers: “La primera condición para salir de este lodazal consiste en darnos cuenta de que existe”.

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