Más allá del dinero: un estudio revela el impacto emocional y social de la diáspora salvadoreña

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A costa de largas jornadas, soledad y humillaciones, la diáspora salvadoreña representa mucho más que el efecto de las remesas: se convierte en un motor transnacional que transforma la vida de las familias, la cohesión comunitaria y el tejido social.

Esta es una de las principales conclusiones del cuaderno elaborado conjuntamente por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), el cual explora las aspiraciones, experiencias y dificultades que enfrenta la diáspora salvadoreña en los países a los que decide migrar.

Esta investigación parte de que el 29 % de la población salvadoreña vive en el exterior, lo que equivale a 2.5 millones de personas. Sin embargo, esta cifra puede ser mayor si se consideran las generaciones nacidas en el extranjero o los subregistros en encuestas.

“La narrativa del sacrificio en la experiencia migratoria no solo se expresa en términos económicos, sino también en costos emocionales y físicos. El cansancio, el malestar emocional, la soledad y las humillaciones emergen de forma recurrente en los testimonios recopilados”, señala el estudio, que cita a varios salvadoreños.

Entre esos testimonios se relata el caso de una salvadoreña en Italia que comía las sobras de la comida de la familia para la que trabajaba; el de otra mujer que dejó de ser profesora en El Salvador para trabajar en la limpieza de un restaurante en Estados Unidos; y el de una más en México que afirmó que le pagaban menos por no tener documentos.

De remesas a motores de cambio

El peso de las remesas en la economía salvadoreña es innegable, afirma el estudio, que recuerda que equivalen al 27.2 % del producto interno bruto (PIB), con un valor mensual superior a los $800 millones, una cifra que supera por mucho a las exportaciones.

El cuaderno recuerda que el 26.3 % de los hogares salvadoreños es receptor de remesas, pero los efectos trascienden la “esfera económica” y activan otras dinámicas.

Las remesas ayudan a mantener a los niños y a los jóvenes en la escuela, por lo que se reduce en un 54 % el riesgo de deserción escolar en la educación primaria urbana y en un 27 % en la secundaria. Además, los salvadoreños en el exterior suelen apoyar a sus seres queridos para que completen sus estudios universitarios o su formación técnica.

Infografía elaborada en Notebook.

El dinero que reciben los hogares receptores también se traduce en acceso a la salud, ya que permite a las familias pagar consultas médicas privadas, comprar medicamentos o acceder a tratamientos de emergencia.

Además de destinarse al consumo, una porción de las remesas se orienta a la compra de terrenos, la construcción o remodelación de viviendas, así como a mejorar el acceso a servicios básicos como el agua potable o la energía eléctrica.

La diáspora también demuestra su “salvadoreñidad” a través de la filantropía, pues financia proyectos comunitarios de infraestructura, como caminos o brigadas médicas, al tiempo que promueve microinversiones y emprendimientos.

En las entrevistas del estudio se recogen testimonios que manifiestan una profunda fe como parte de su identidad, la cual a menudo se asocia con el agradecimiento por los logros obtenidos y con peticiones de fuerza para seguir adelante en los países donde se encuentran.

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