Miraba recientemente un documental donde la teoría evolucionista explica el origen de la tierra y su evolución; de la manera como los microorganismos dieron saltos progresivos hasta llegarse a convertir en especies que encontraron en su hábitat las condiciones que, propiciaron su reproducción y la variedad de las mismas. También el impacto en que las catástrofes naturales han dejado huella, exterminaron a las mismas especies, pero que de una forma u otra la vida se enlaza con la oportunidad para dar paso a un renacer. Según esta corriente científica, nosotros como humanos llegamos mucho tiempo después de iniciado, modificado, destruido, resurgido entre energía, minerales, vientos, lluvias y movimientos de tierra a un escenario llamado planeta y en el que al día de hoy habitamos bajo un mismo cielo. Por lo tanto, integramos este rompecabezas vital en donde fuerzas terrenales poderosas modifican o destruyen a su paso; independientemente de un acuerdo y menos aún, de un consenso utópico para que los organismos vivos permanezcan en esta faz compartida.
Ciertamente, es la ciencia la que explica de manera lógica cualquier evento natural destructivo, por lo que no admite la palabra castigo como una consecuencia de los mismos. Puesto que estos sucesos vienen aconteciendo desde siglos antes que nosotros, los humanos, habitáramos estas tierras.
Pero cuando suceden estos fenómenos naturales, ¿A qué nos aferramos? ¿A qué le tememos? No hay certezas aunque pareciera que si las hubiera, sin embargo, desde la realidad sensorial y de la mano de la transitoriedad, es con el velo de vulnerabilidad que nos arropamos y esperamos acurrucados que la serenidad se cuele por cualquier calado oportuno.
Yuval Noah Harari, historiador y escritor israelí, comparte en uno de sus libros que a los humanos nos definen ficciones colectivas. Si, probablemente somos producto de toda la información que hemos heredado, que hemos organizado según los sesgos establecidos, estructurando así nuestras creencias. Las cuales que surgieron, según Harari, a partir de una chispa divina o combinación de elementos, que dio paso a la revolución cognitiva y luego a una conciencia.
Y es por esa revolución inevitable, la cual no se puede explicar con datos precisos aun desde la ciencia, que sufrimos desde esta ficción que llamamos vida. Pero, también creo que bendita sea esa chispa que apareció y se encontró en el momento de la revolución natural y que nos elevó a ser sentipensantes y comprender el dolor ajeno, a maravillarnos con lo extraordinario que este mundo, pese a sus asimetrías naturales o creadas por nosotros mismos, nos permite apreciar. Empatizar y solidarizarnos cuando vemos la tragedia en nuestros semejantes como la sufrida en Venezuela, en La Guaira. Tanto o más en otras partes del mundo, desastres naturales que apagan o marcan vidas, que nos recuerdan lo frágiles que somos ante fuerzas que nadie puede enfrentar ni prever. La vida llama a poner atención, siempre está dándonos señales.
Al final no estoy segura si entre ficciones de vida o chispas divinas, pero algo si sé que trasciende.
*Ivette Maria Fuentes es Licenciada en Ciencias Jurídicas

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