Categoría: Opinión

  • No somos ni “mercenarios” ni “carne de cañón” 

    No somos ni “mercenarios” ni “carne de cañón” 

    Recientemente se conoció que alrededor de 300 salvadoreños fueron contratados con engaños para viajar a la República Democrática del Congo (RDC) para pelear contra los grupos armados rebeldes, especialmente contra el grupo rebelde M23, apoyado por Ruanda.

    A los salvadoreños, todos expolicías o exmilitares, se les ofrecieron salarios mensuales de $4,226 para trabajar como guardias de seguridad en edificios, pero estando en la RDC se les dijo que en realidad habían sido contratados para combatir a los rebeldes del M23. Prácticamente tenían que desempeñarse como “mercenarios” sin causa,

    Algunos aceptaron porque no tenía manera de retornar a El Salvador. Al final quienes dijeron que no fueron abandonados y algunos regresaron enfermos de malaria y sin recibir  los salarios acordados. El año pasado 60 de 86 engañados que regresaron se presentaron al Ministerio Público para denunciar los hechos y el 26 junio pasado dicho ente presentó una acusación formal en el Tribunal Sexto contra el Crimen Organizado de San Salvador, contra Juan Emilio Velasco Alfaro, quien es el administrador único propietario legal de la empresa Importaciones de Productos Americanos (IMPROA S.A. de C.V.)¸ y Karla Mayreth Reyes Gómez, la abogada y notaria que validó los contratos de las supuestas víctimas.

    La Fiscalía General de la República también tiene en la mira a  Rodrigo Antonio Tejada Alvarenga y Julio Eduardo Magaña Zepeda, como los responsables de reclutar a los candidatos a quienes les hicieron pruebas físicas y exámenes médicos.

    Los delitos imputados son: trata de personas en modalidad de servidumbre,  falsedad ideológica y agrupaciones ilícitas, ya que según la Fiscalía, los señalados reclutaban a ex militares y ex policías como una intermediaria de la empresa internacional Logistics and Consulting Limited (ATZ).

    Hoy se conoce que otro grupo de salvadoreños ex policías y ex militares, fueron engañados bajo la misma modalidad para viajar a Rusia para combatir contra el ejército de Ucrania. Una lucha de la cual pocos conocemos a fondo. A los compatriotas, reclutados entre 2025 e inicios de este año, les ofrecieron salarios de hasta $4,000 o más. Se les dijo que como guardias de seguridad su misión sería resguardar instalaciones privadas.

    Apenas llegaron a Rusia  en febrero pasado se encontraron con sudamericanos  (peruanos, bolivianos y colombianos, entre otros), y bajo amenazas les hicieron firmar un contrato en ruso, luego los enlistaron y armaron para que fueran a los campos de batalla a enfrentar al ejército ucraniano. Literalmente los mandaron como “carne de cañón” y los mismos militares rusos los maltrataron al burlarse y  tratarlos despectivamente y referirse a ellos como “simios”. Según familiares, al principio sus parientes se comunicaron y les contaron que de comer les daban las sobras de los rusos.

    Algunos salvadoreños están desaparecidos y sus familiares temen lo peor aunque albergan la esperanza que estén vivos. Familiares se han abocado a Cancillería salvadoreña para que les ayuden a repatriar a sus parientes, quienes participan en una guerra para la que no estaban preparados y sin conocer las motivaciones de la misma.

    La Fiscalía General de la República debe abrir otro expediente por trata de personas en la modalidad de servidumbre, agrupaciones ilícitas y falsedad ideológica. Se tiene  que Investigar a profundidad este otro caso y presentar la acusación contra quienes salgan involucrados, solicitando les penas máximas por cada ilícito,

    El Gobierno de El Salvador a través del Ministerio de Trabajo debe tomar cartas en el asunto y concienciar a la población que toda oferta laboral en el extranjero debe estar mediada o ser procesada por dicha cartera de Estado. También se debe denunciar públicamente a las empresas u organizaciones no gubernamentales o sociedades que se dedican a estas acciones, a las cuales hay que castigar con su desaparición.

    Estas redes de reclutamiento engañoso hay que combatirlas frontalmente con la justicia. Quienes reclutan y hacen los contratos y los trámites para que los salvadoreños viajen  fines bélicos lo hacen con alevosía y total ventaja, aprovechándose de la necesidad de los salvadoreños.

    Se sabe que al  menos una decena de salvadoreños están atrapados en el conflicto y se ha confirmado la muerte de un joven de 26 años de edad identificado como Kevin Vladimir Escobar Hernández, cuyo cuerpo permanece en una morgue de Moscú. Otros han sido reportados como desaparecidos.

    Por ahora los familiares señalan que los reclutadores operan a través de agencias de viaje con nombres como Latin Travel, lo cual ya es una prueba inicial que la Fiscalía debe procesar para aportar prueba periférica y armar su acusación.

    Ningún salvadoreño apoya que en RDC y en Rusia haya compatriotas participando en batallas ajenas. No somos ni mercenarios ni queremos ser carne de cañón. En estos casos queremos pronta y cumplida justicia.

    *Jaime Ulises Marinero/Periodista

     

     

  • El Brujo (I)

    El Brujo (I)

    Hay quienes creen que Melitón Barba, el médico y escritor salvadoreño nacido en 1925, era una suerte de brujo. Por ahí circulan, entre pacientes, conocidos y amigos cercanos varias historias fabulosas de las ‘brujerías’ de Melitón Barba.

    Ya hacía ‘brujerías’ antes de su apertura a las otras terapéuticas (acupuntura, homeopatía…), en 1973, cuando regresó de su exilió de 1972, que lo llevó al puerto de Puntarenas en Costa Rica. En la década de 1960, en el Hospital Rosales y en su clínica privada, practicó la hipnosis con buenos resultados. Otro médico, el oftalmólogo Roberto Bracamonte (¡alumno aventajado del guitarrista paraguayo Agustín Barrios Mangoré en la década de 1940!), fue su compañero de ruta en esas lides.

    Pero su encuentro decisivo con la acupuntura se produjo en 1973, en Guatemala de la Asunción, un par de días antes de su ingreso al país por vía terrestre. El brujo Melitón estaba nervioso porque ese era un momento de ruptura en la frágil institucionalidad salvadoreña, dado que la represión militar se había enseñoreado y había escalado varios tramos, después del fraude electoral contra la Unión Nacional Opositora en febrero de 1972, del fallido golpe constitucionalista encabezado por Benjamín Mejía, coronel del Ejército ―amigo cercano del brujo―, el 25 de marzo de 1972 y de la intervención militar contra la Universidad de El Salvador el 19 de julio de 1972, donde el brujo Melitón Barba daba clases en la Facultad de Medicina y participaba del debate universitario permanente que allí había.

    El presidente militar de turno, Arturo Armando Molina, había sido compañero de aula del brujo Melitón en el Instituto Nacional ‘General Francisco Menéndez’ y apelando a eso mandó preguntar si había ‘algo contra él’. Como la respuesta fue negativa, pues el brujo se trasladó de Costa Rica a Guatemala, con el acompañamiento solo de su esposa y del hijo segundo de ellos (un niño) y un primo hermano de la esposa del brujo, y es así como el reingreso al país se produjo.

    La epifanía de la acupuntura apareció cuando aquel primo hermano de su esposa le dijo que si quería él le podía ‘poner las agujas’. El brujo Melitón, con los nervios de punta porque lo podían capturar en la frontera, le dijo que sí, pero sin ninguna convicción de que aquello funcionara. Quince minutos después, cuando le ‘quitó las agujas’, el brujo, en completo estado de calma, dijo con curiosidad: ¿Qué es esto? Entonces el primo hermano de su esposa le contó que había aprendido por correspondencia un poquito de acupuntura, y fue él quien, respaldado por su pasaporte oficial (había sido alto funcionario del Estado años atrás), quien introdujo al brujo de nuevo a El Salvador.

    Desde ese instante, la práctica médica de Melitón Barba empezó a dar un vuelco impresionante hacia… ‘las brujerías’.

    En 1975, y cumplidos los 50 años, Melitón Barba se fue a sacar un doctorado en acupuntura a Bolonia, Italia (en la misma ciudad donde a mediados de la década de 1950 se había especializado en ortopedia y traumatología). Su tesis doctoral lleva por título ‘Enfermedades Cósmicas. Estudio de 25 casos tratados con Acupuntura de Ciática Médica, Neuralgia del Trigémino, Parálisis Facial’ (Turín, 1975). Es decir, a partir de ese momento, era ya un ‘brujo certificado’. Y así lo creyó él y así comenzó a desplegar sus quehaceres médicos.

    Nunca abandonó la ortopedia y la traumatología y más bien, su gran aporte fue la combinación e integración virtuosa, según cada caso clínico, de todas las terapéuticas que aprendió. Primero fue la hipnosis, continuó con la acupuntura, después la homeopatía, siguió el naturismo, entonces pasó a la terapia neural… El brujo Melitón no se cansaba de repetir que no importaba la forma de curar, sino de llevar bienestar a los pacientes. Y atrás de todo eso estaba su capacidad de hacer diagnósticos más o menos certeros.

    Y en esto está la esencia de la leyenda de las ‘brujerías’ de Melitón Barba.

    En los primeros días de febrero de 1980, cuando comenzó la cacería despiadada y enfermiza de todo lo que fuera oposición ―y que llevó a la inmolación a miles de salvadoreños que aún merecen reconocimiento público, en lo que se llamó la guerra sucia ejecutada por los escuadrones de la muerte y por estructuras enquistadas dentro de la Fuerza Armada―, hubo un asesinato que lo impactó mucho: el del médico psiquiatra, Fernando Martín Espinoza, en aquel momento amigo muy cercano al brujo. Tiempo de salvajismo aquel. De hecho, el brujo Melitón se salvó por los pelos, porque estaba ya en el listado de los vándalos aquellos. En un acto de ‘brujería’, Melitón se apersonó al funeral y de inmediato se ‘esfumó’, porque salió para el aeropuerto tratando de salvar el pellejo, puesto que intuyó que irían por sus huesos. Quienes no tuvieron esa oportunidad de dejarlo todo y largarse, pagaron con su vida y hasta el día de hoy hay miles de desparecidos y asesinados de los que nadie se quiere hacer cargo. ■

     

     

    *Jaime Barba, REGIÓN Centro de Investigaciones

  • Ayuda extranjera: ¿motor de desarrollo o ilusión bienintencionada?

    Ayuda extranjera: ¿motor de desarrollo o ilusión bienintencionada?

    Ya nada era mío. El poder que el dinero confería al colonizador sobre el colonizado se había desvanecido. De pronto, la relación entre donante y receptor se volvía, al menos por un instante, equitativa.

    Fue entonces, en aquella región desértica de Somalia, cuando comprendí que algo en la llamada «cooperación internacional» no estaba funcionando bien. Las comunidades somalíes se negaban a ejecutar las prioridades definidas por el donante, porque no las reconocían como propias.

    En ese momento recordé las palabras de una lideresa comunitaria de las montañas de Intibucá, Honduras, quien años antes me había dicho durante una reunión informal: «Lo malo no es la cantidad de dinero que nos dan; lo malo es la forma en que nos lo dan».

    La ayuda oficial al desarrollo de Estados Unidos cayó un 57% entre 2024 y 2025, la mayor reducción anual registrada por un solo país donante. El Reino Unido, anuncio una disminución relativa del 40% del presupuesto de cooperación internacional para 2027. ¿Qué está pasando?

    La evidencia es clara: la ayuda externa ha tenido un impacto heterogéneo en países pobres. En entornos con instituciones sólidas y políticas responsables, contribuye al crecimiento y a reducir pobreza y mortalidad infantil; en contextos de mala gobernanza o alta dependencia, sus efectos son menores o pueden ser contraproducentes. Durante décadas, la cooperación internacional ha sido un pilar del desarrollo global. Miles de millones de dólares fluyen cada año desde países ricos hacia naciones de bajos ingresos. Sin embargo, la pregunta persiste: ¿realmente funciona esta ayuda? La respuesta, como suele ocurrir en política pública, es matizada.

    Los estudios más rigurosos, como los del Banco Mundial, coinciden en un hallazgo fundamental: la ayuda financiera se asocia a mayor crecimiento y reducción de pobreza principalmente en países con buena gestión económica. En esos entornos, incrementos de ayuda del orden de 1% del PIB pueden traducirse en caídas similares en pobreza y mortalidad infantil. Pero no toda ayuda es igual. La llamada «ayuda de pronta incidencia» —infraestructura, sectores productivos, apoyo presupuestario orientado al crecimiento— muestra una relación positiva y robusta con el crecimiento económico. Análisis recientes calculan que, en promedio, US$1 de este tipo de ayuda genera un aumento neto de US$1,64 en el ingreso del país receptor, equivalente a una tasa de retorno cercana a 13%.

    Sin embargo, la misma literatura documenta límites severos. En países con instituciones débiles y corrupción endémica, la ayuda puede: no llegar a su destino, crear dependencia, y erosionar logros sociales. Evaluaciones de programas del FMI en 67 países no hallan un efecto directo claro en salud infantil, pero sí un efecto indirecto negativo: debilitan el efecto protector de la educación parental sobre la salud de los niños. Existen estudios que documentan que la ayuda tiene mayor impacto donde hay políticas e instituciones sólidas, donde la gobernanza es fuerte y transparente, donde la corrupción es mínima o inexistente. Lastimosamente, la corrupción debilita las instituciones y la transparencia, y está a flor de piel en muchísimos países en vías de desarrollo.

    El dialogo con el jefe de la región de Juba en el distrito de Gedo, continuo. Su demanda era obtener un dinero adicional para emitir permisos para implementar proyectos en dicha región. Se conocía la corrupción abierta que florecía en dicho país, era lo único transparente. En ese momento carecía de la autoridad para ceder o denegar la petición. Sabia en el fondo que la competencia por recursos financieros de las agencias que trabajaban con la cooperación era salvaje, y que al llevar el comunicado a los lideres de mi agencia la petición de las autoridades del distrito seria aceptada. No era el cuanto sino el cómo.

    La ayuda extranjera no es ni panacea ni fraude. Es una herramienta cuyo rendimiento depende del contexto institucional y del diseño. En El Salvador y la región, la lección es clara: antes de pedir más ayuda, debemos fortalecer la capacidad de absorberla bien. La transparencia, la meritocracia y la calidad del gasto público son tan importantes como el volumen de recursos.

  • Cuando el balón nos hizo olvidar el cielo. Una mirada al Mundial de 2026 desde cincuenta años después

    Cuando el balón nos hizo olvidar el cielo. Una mirada al Mundial de 2026 desde cincuenta años después

    El abuelo abrió una vieja caja

    Era una tarde tranquila del año 2076 cuando mis nietos encontraron una caja cubierta de polvo. Dentro había fotografías amarillentas, una gorra con el logotipo del Mundial de 2026, un boleto cuidadosamente doblado y una pequeña bandera ya desgastada por el tiempo.

    – Abuelo, ¿de verdad el mundo podía detenerse por un partido de fútbol? – me preguntó el menor. Sonreí. Tomé una de aquellas fotografías y, por un instante, regresé cincuenta años atrás. – Sí, les respondí. Hubo un verano en que millones de personas hablaban el mismo idioma.

    No importaba el país, la profesión, el idioma ni la edad. Durante unas semanas, el planeta entero respiró al ritmo de un balón. Pero, mientras recordaba aquellos días, comprendí que la historia del Mundial de 2026 era mucho más que una competencia deportiva. Era una inmensa novela sobre la condición humana.

    Cuando el mundo aprendió a abrazarse

    Aquel campeonato fue organizado por tres países: México, Estados Unidos y Canadá. Muchos pensaban que sería imposible coordinar un evento de semejante magnitud. Sin embargo, sucedió algo extraordinario. Las fronteras parecieron desaparecer.

    En las calles se escuchaban decenas de idiomas. Personas que jamás se habían visto terminaban abrazándose después de un gol. Familias enteras viajaban durante horas para compartir noventa minutos de ilusión.

    Los aeropuertos parecían ríos humanos, y los estadios se convirtieron en lugares donde miles de desconocidos celebraban como si fueran amigos de toda la vida. El fútbol hizo algo que pocas veces logra la política: unir, aunque fuera por un instante, a personas completamente diferentes.

    Quizá por eso sigo creyendo que el deporte posee un lenguaje que todos entendemos.

    Los verdaderos protagonistas

    Con el paso de los años casi todos olvidamos quién marcó determinados goles. Muchos ya no recuerdan las alineaciones. Otros confunden las fechas. Pero curiosamente permanecen vivos otros recuerdos. El padre que levantó a su hijo para que pudiera ver el estadio.

    La madre que preparó la comida para reunir a toda la familia frente al televisor. El vendedor ambulante que caminó kilómetros con la esperanza de regresar a casa con el sustento del día. El anciano que lloró al escuchar nuevamente el himno de su país. Ellos también fueron protagonistas.

    Las grandes novelas no viven únicamente por sus héroes principales. Permanecen por aquellos personajes sencillos que sostienen la historia con su humanidad. Así ocurrió también en aquel Mundial.

    El partido que todos jugábamos

    Mientras observaba aquellos recuerdos comprendí algo que no había visto entonces. Cada selección disputaba un campeonato. Pero, en realidad, cada persona jugaba su propio partido. Había quien luchaba contra una enfermedad. Quien acababa de perder el empleo.

    Quien esperaba una oportunidad. Quien soñaba con regresar a casa. Quien atravesaba una crisis familiar. Y, sin embargo, durante noventa minutos todos encontraban un pequeño descanso para volver a creer que la alegría todavía era posible. Eso también era un milagro.

    Porque la esperanza tiene la extraña capacidad de aparecer incluso cuando las circunstancias parecen decir lo contrario.

    Lo que casi nadie mencionaba

    Con los años también comprendí otra escena que pasó inadvertida. Recuerdo estadios repletos. Recuerdo millones de personas cantando. Recuerdo las celebraciones, las entrevistas, las lágrimas y los campeones levantando la copa.

    Pero recuerdo muy pocas voces dando gracias a Dios. Todos hablábamos del talento. Del entrenamiento. De las estadísticas. De las estrategias. De los entrenadores. Casi nadie hablaba del Creador que había dado la vida, la inteligencia, la salud, la fuerza y el talento para hacer posible aquel espectáculo.

    No lo digo como una crítica. Lo digo como una reflexión que los años me enseñaron.

    Celebrábamos los regalos. Pero pocas veces levantábamos la mirada hacia quien los había puesto en nuestras manos.

    El marcador que verdaderamente importa

    Han pasado cincuenta años. Muchos de aquellos futbolistas ya son abuelos. Los estadios fueron remodelados. Las nuevas generaciones buscan los goles en archivos digitales que antes parecían imposibles de imaginar. El tiempo siguió haciendo su trabajo.

    Sin embargo, hay algo que permanece. No son los campeonatos. No son los récords. No son las estadísticas. Permanece el amor con que vivimos. La gratitud con la que recibimos cada día. La capacidad de abrazar a quienes caminan junto a nosotros.

    La humildad para reconocer que ninguna victoria dura para siempre y que toda derrota puede convertirse en el comienzo de una nueva historia. Como Alfredo, he aprendido que la vida se parece mucho más a un Mundial de lo que imaginamos.

    Todos recibimos oportunidades. Todos enfrentamos derrotas. Todos celebramos pequeñas victorias. Pero, al final, no seremos recordados únicamente por los trofeos que levantamos, sino por las personas que ayudamos a levantar cuando ellas habían caído.

    Ese siempre será el campeonato más importante.

    Epílogo

    Cuando terminé de contar la historia, uno de mis nietos volvió a guardar las fotografías dentro de la caja. Antes de cerrarla me hizo una última pregunta.

    – Abuelo, ¿volverá a existir un Mundial como aquel? Lo miré con tranquilidad y le respondí: – Seguramente habrá otros mejores. Habrá nuevos campeones y nuevas estrellas. Pero nunca olvides que la mayor victoria de una persona no consiste en conquistar un estadio, sino en conservar un corazón agradecido.

    Porque los campeones cambian. Los récords se rompen. Las multitudes regresan a casa. Los estadios algún día quedan en silencio. Pero Dios permanece cuando el último silbatazo ya se ha escuchado.

    La verdadera victoria consiste en vivir de tal manera que, cuando termine nuestro propio partido, podamos mirar hacia el cielo con gratitud por cada minuto que nos fue concedido. Como afirma la Escritura: “Confía en Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas” (Proverbios 3:5-6).

    Quizá esa sea la enseñanza que cincuenta años después todavía sigue iluminando aquel inolvidable verano: los goles emocionan, los campeonatos pasan, pero una vida vivida con fe, gratitud y amor permanece para siempre.

    *Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial. 

    alfredocaballero.consultor@gmail.com 

     

  • Isla Conejo: El espejismo nacionalista y el silencio del abandono

    Isla Conejo: El espejismo nacionalista y el silencio del abandono

    Desde el siglo pasado y el presente he podido observar como especialista en seguridad nacional y criminología, y es mi deber leer entre líneas los discursos políticos y las dinámicas sociales de nuestra región. Las recientes y desafortunadas declaraciones del presidente hondureño Asfura sobre la Isla Conejo no son un exabrupto aislado, ni el único presidente hondureño que lo ha hecho; responden a un manual político y a un guion de cajón tan antiguo como predecible. A seis meses de haber asumido el poder, la incapacidad para dar respuestas tangibles a las crisis estructurales lo ha empujado a desempolvar el desgastado discurso del nacionalismo y la soberanía nacional. Es una evidente cortina de humo, un distractor de manual diseñado para desviar la mirada de un país que exige soluciones reales, no conflictos artificiales y únicamente en la mente de dicho presidente con El Salvador.

    Sin embargo, la retórica territorial en el Golfo de Fonseca, hay un elemento en el discurso oficial que resulta infinitamente más revelador y trágico. Según relató el propio mandatario, cuando recorre sus comunidades, la gente le suplica, le implora, primero por calles transitables, carreteras y oportunidades de trabajo; después, piden educación y salud. La seguridad ni siquiera figura entre las principales exigencias de la población, según sus mismas palabras no las de la prensa o del que escribe.

    Cualquier político inexperto podría intentar vender esto como un triunfo, sugiriendo que el crimen ha dejado de ser una preocupación. Como criminólogo, afirmo categóricamente lo contrario: esto es una alerta máxima de colapso social. Nuestros hermanos hondureños se encuentran de rodillas ante las pandillas criminales y la delincuencia organizada, una sociedad en anomia.

    Un pueblo que deja de pedir seguridad no lo hace porque haya alcanzado la paz o porque las estructuras criminales hayan sido desarticuladas. Lo hace porque está tan brutalmente golpeado por la pobreza, el abandono estatal y la falta de oportunidades, que sobrevivir al día a día se ha convertido en su única prioridad, estar con vida en aquel país es un verdadero milagro. La pirámide de necesidades básicas se ha invertido de la peor manera. Cuando una familia está aislada por caminos de tierra intransitables, sin trabajo para comer hoy y sin un hospital cercano para curar una infección básica, el miedo al delincuente pasa a un trágico segundo plano. La miseria asfixia antes que la violencia.

    Por eso hemos observado como hermanos hondureños durante las últimas semanas han viajado tantas horas para llegar al Hospital Rosales de El Salvador y recibir atención médica especializada de última generación para enfermedades terminales sin costo alguno y los testimonios se encuentran en medios de comunicación y redes sociales. Encontraron vida, salud, restauración y esperanza en El Salvador, ya que en su país los desecho el gobierno de turno sin atención médica. Y otros miles nos visitan por turismo en sus días de vacación, asuetos y fines de semana porque aquí hay seguridad y tranquilidad.

    Con un enfoque de seguridad nacional, este silencio ciudadano explica la peligrosa consolidación de poderes paralelos. Cuando la población ya no exige seguridad, es porque ha asimilado la presencia del crimen organizado, el narcotráfico o las pandillas criminales como una condición inamovible de su entorno, una especie de «desastre natural» inevitable. Han perdido por completo la fe en que su Gobierno pueda protegerlos, por lo que deciden concentrar sus pocas fuerzas en pedir, al menos, un camino para poder sobrevivir por su cuenta.

    Agitar la bandera en la Isla Conejo buscando un falso patriotismo es una falta de respeto imperdonable hacia esa misma población vulnerable que exige los servicios básicos. La verdadera defensa de la soberanía no se ejerce llenado de personal militar un islote deshabitado, sino garantizando la presencia del Estado, el desarrollo y la dignidad en cada rincón del territorio que gobierna. Esa actitud de conquistador y de nacionalista la debería de utilizar para recuperar los territorios que controla los grupos de delincuencia organizada de narcotraficantes y de pandillas criminales.

    Mientras el liderazgo político prefiera inventar enemigos externos en lugar de enfrentar a los monstruos internos de la miseria y el abandono, el silencio de su gente no será un síntoma de paz, sino el eco más doloroso de un Estado fallido. En El Salvador el gobierno del presidente Nayib Bukele ha declarado guerras abiertas y sin descanso contra: la criminalidad organizada, las pandillas criminales, la corrupción, contra la impunidad, contra la pobreza extrema, sistemas obsoletos de educación y salud, así como el abandono que se encontraba la primera infancia. Y esa voluntad y decisión alcanza para ayudar a hermanos de otras nacionalidades como Venezolanos, Costa Rica, Turquía, Jamaica, Guatemala y HONDURAS.

    *Por Ricardo Sosa / Doctor en Criminología / Experto en Seguridad Nacional /  @jricardososa

  • La racionalidad del 2% en El Salvador

    La racionalidad del 2% en El Salvador

    Las democracias contemporáneas suelen evaluar el éxito político mediante el frío pragmatismo de los marcadores mayoritarios. Bajo este lente, la escena electoral salvadoreña de cara a las presidenciales de 2027 parece un escenario clausurado de antemano: un presidente, Nayib Bukele, blindado por un robusto 84% de aprobación personal, frente a un bloque opositor atomizado donde las siglas históricas como el FMLN rondan un marginal 2% de intención de voto de base. Es precisamente bajo esta bandera que emerge la precandidatura del Dr. Rafael Aguirre, médico internista y líder sindical de la salud pública.

    Para los analistas del pragmatismo más elemental, la irrupción de Aguirre constituye un ejercicio testimonial o, peor aún, un riesgo innecesario capaz de erosionar el exiguo patrimonio electoral de la izquierda tradicional. Sin embargo, un examen desde la ciencia política y la sociología electoral sugiere una lectura diametralmente opuesta: la candidatura de este médico no representa un suicidio institucional, sino un mecanismo sofisticado de supervivencia y un riguroso medidor del descontento ciudadano en contextos de hiperliderazgo.

    Para comprender la racionalidad de una candidatura del 2%, es imperativo desmontar el mito del bloque oficialista monolítico. Las encuestas revelan una profunda asimetría en El Salvador: mientras el mandatario goza de un hiperliderazgo personalista, el partido oficialista posee un suelo real de apenas el 34%. A este dato se suma un indicador sísmico: un 57.9% de la población manifiesta una total desalineación, declarando no sentirse identificado por ninguna fuerza política existente. En términos de Russell Dalton (Citizen Politics), nos encontramos ante un electorado desalineado estructuralmente. El ciudadano moderno ya no vota por dogmas ni por aparatos; vota por causas, emociones y perfiles.

    Es aquí donde el perfil del Dr. Rafael Aguirre adquiere valor estratégico. Aguirre no es un cuadro orgánico moldeado por la burocracia de los partidos tradicionales; es un outsider gremial cuya notoriedad pública deviene de su rol defensivo de la salud pública y, crucialmente, de haber enfrentado procesos de despido administrativo por parte del Estado tras denunciar las deficiencias del sistema de sanidad. Su figura opera bajo lo que el antropólogo político David Kertzer denomina un «símbolo de condensación»: Aguirre no necesita articular un complejo tratado de oposición; su sola presencia en la boleta electoral evoca la narrativa de la vulnerabilidad civil y la persecución laboral frente al poder centralizado.

    Frente a quienes argumentan que un candidato de este perfil debilita el voto de base del partido que lo cobija, la teoría electoral ofrece respuestas categóricas. La Escuela de Michigan (Campbell et al., The American Voter) demostró que la identidad partidista residual no se diluye por la presencia de un candidato externo competitivo; al contrario, es la invisibilidad lo que extingue a los partidos pequeños (un fenómeno estudiado por Maurice Duverger como el efecto de auto-eliminación de las minorías). Si el partido decide no competir, su base cae en la apatía o migra. La postulación de Aguirre, por tanto, funciona bajo la «teoría de la activación» de Paul Lazarsfeld: la campaña despierta el voto durmiente de la base y ofrece, simultáneamente, un «puente libre de culpas» para el 57.9% de los desalineados que jamás votarían por las siglas tradicionales pero que sí validarían a un médico represaliado.

    Asimismo, la postulación de un perfil médico redefine la contienda a través del concepto de Issue Ownership (Propiedad de la Agenda) de John Petrocik. Al situar a un cirujano en el centro del debate, la discusión pública se desplaza inevitablemente hacia la gestión de la salud, el desabastecimiento de medicamentos y las condiciones del funcionariado público. El oficialismo, sumamente cómodo debatiendo en sus terrenos de control, es obligado a justificar sus flancos más sensibles y humanos.

    ¿Qué busca medir, entonces, el Dr. Aguirre si las matemáticas de las encuestas le niegan la victoria ejecutiva inmediata? Busca activar lo que Karlheinz Reif y Hermann Schmitt denominaron el voto en «elecciones de segundo orden». Cuando el desenlace presidencial parece predeterminado, el electorado tiende a flexibilizar su comportamiento y a utilizar la urna como un «termómetro seguro» de castigo o advertencia, perdiendo el miedo a la inestabilidad política. En un ecosistema donde opera el sesgo de la «espiral del silencio» (Noelle-Neumann) —donde los ciudadanos descontentos ocultan su disidencia por temor al aislamiento social o político—, la boleta electoral de un candidato outsider provee un refugio institucional anónimo.

    Finalmente, bajo la teoría del «voto expresivo» de Geoffrey Brennan y Loren Lomasky, sabemos que el ciudadano minoritario no acude a las urnas únicamente con un fin instrumental para elegir al ganador, sino para registrar su propia existencia e identidad moral frente a la hegemonía.

    La candidatura del Dr. Rafael Aguirre en 2027 no debe ser leída como una ingenuidad aritmética. Es la edificación de una trinchera institucional indispensable. En la política de mediano plazo, los hiperliderazgos personalistas sufren desgastes naturales o crisis de sucesión inevitables. Cuando el cheque en blanco del actual mandatario comience a registrar los costos reales de la gestión, la disidencia técnica y social salvadoreña necesitará un vehículo previamente validado y legalmente estructurado.

    Medir el voto disidente hoy, aunque empiece en el 2%, no es un error de cálculo: es la siembra obligatoria de la alternativa del mañana.

  • Entre espinas nacen flores

    Entre espinas nacen flores

    Con solo 17 años el más insigne de todos los cubanos, escribió en la prisión, «Mírame madre, y por tu amor no llores, si esclavo de mi edad y mis doctrinas, tu mártir corazón llené de espinas, piensa que nacen entre espinas flores».
    José Martí, con la sabiduría que le definió, entendió a tan temprana edad lo traumático que es el presidio, sin embargo, lo enfrento con la entereza que le caracterizo, tal y como hacen, numerosos jóvenes cubanos del presente que no temen demandar sus derechos, aunque terminen en prisión.

    Este 11 de julio arribamos al quinto aniversario de una protesta nacional sin precedentes en Cuba, en la que cientos de personas fueron a prisión por reclamar derechos cercenados por el totalitarismo

    La prisión ha sido bajo el totalitarismo castrista, a pesar de los horrores que allí se padecen, una especie de oasis y crisol donde los prisioneros al forjar sus ansias de libertad vigorizan sus compromisos con la patria. Creo que la tiranía jamás se ha percatado que quienes se encuentra en prisión endurecen sus convicciones e idean nuevas formas de demandar sus derechos.

    La prisión puede ser para algunos el final de su autoestima, decoro y dignidad, para otros, un horno donde se forjan los valores que le van a guiar por el resto de la vida, una realidad que ha experimentado la mayoría de los cubanos de distintas generaciones que han pasado por las cárceles del totalitarismo castrista.

    La juventud cubana es la que más ha padecido los horrores de las cárceles y más de uno el infausto paredón de fusilamiento como fue el caso de Emeterio García Rodríguez, fusilado a los 17 años, 1962, y de su compañero de causa, Teodoro González que con 15 años fue condenado a muerte, sentencia conmutada a 30 años, el mismo veredicto que recibió a los 16 años Ricardo Vázquez, recientemente fallecido.

    La juventud ha sido la principal víctima del sistema represivo del castrismo, no solo por la gestión política que pudieran haber participado, también, han sido apresados y golpeados por la forma de vestir o llevar el cabello largo, uso que los represores castigaban con un corte a rape y brutales palizas.

    La represión cobró cotas más masivas a partir de las protestas populares del 11 de julio del 2021, como refleja un informe del pasado 30 de junio de 2026 que apunta que el número de prisioneros políticos menores de edad alcanza los 40, siendo la cifra más alta documentada hasta la fecha por la organización Prisoners Defenders, especializada en esos temas.

    Es apropiado decir que los cubanos de intramuros saben lo cruel y despiadadas que son las mazmorras del castrismo, un conocimiento en la Isla que nadie ignora. No obstante, cada día se aprecia más la disposición de la ciudadanía a reclamar los derechos que le fueron conculcados hace décadas, contrario a lo que sucedía en el pasado reciente en el que los padres les pedían a sus hijos que no se involucraran en actividades antigubernamentales, porque eso había llegado para quedarse.

    Recuerdo expresiones que lastimaban fuertemente a los que combatían al régimen, entre otras, “que lo quite quien lo puso” o la más egoísta de todas, “no voy a ser el primero que proteste”, invenciones que han sido desplazada por la dolorosa realidad de que los hijos y los nietos se están depauperando ante los ojos de padres y abuelo y que, para evitar un trágico final, es imprescindible tomar los riesgos que sean necesarios.

    La población ha dejado de creer los cuentos de la tiranía, entre ellos, la farsa leyenda urbana de que los represores lo saben todo, al ritmo que la miseria y la desesperación le hace más presa que en el pasado. Las protestas nocturnas son testimonio del hartazgo general y las cadenas pueden ser quebradas por la voluntad popular.

    Lo hemos comentado antes, pero es importante no perder de vista que los hermanos Castro le robaron al pueblo la esperanza al imponer un poder absoluto y un pensamiento único. El control de la sociedad y muy en particular de la economía, difundió la certeza de que el nuevo orden era irrevocable, percepción que empezó a cambiar el 11 de julio del 2021.

    Todos estamos conscientes que deslastrarse del miedo demanda mucho esfuerzo y voluntad, pero cuando se rompe ese cántaro que aplasta el pecho, la prisión se rompe, parafraseando nuevamente al Maestro Marti, y empieza al fin con la destrucción del totalitarismo, la vida.

  • Norte y sur. Las ideas detrás del destino

    Norte y sur. Las ideas detrás del destino

    Hace unos días, en esta columna de opinión, sostuvimos que la Declaración de Independencia aprobada el 4 de julio de 1776 constituye el embrión de las ideas humanistas y liberales que han hecho de Estados Unidos la potencia que es hoy. Ni el desarrollo económico ni la fortaleza militar, ni siquiera la unidad lingüística o la creciente expansión territorial, han sido fundamentales para entender cómo aquellas trece colonias americanas, reunidas en Filadelfia hace 250 años, pudieron llegar a transformarse en la gran nación que conocemos.

    Hablar de este proceso histórico es esencial por varias razones. Primero, porque las ideas que lo inspiraron se entienden con facilidad. De hecho, no existe nada en aquel documento fundador de EE UU, ni en su Constitución o cualquiera de sus enmiendas ulteriores, que no pueda ser comprendido, enseñado y asimilado en otras regiones del mundo. Incluso cabe hacer aquí observaciones que hablan muy bien de los sucesivos estadistas del norte y muy mal de quienes en Hispanoamérica, por ejemplo, dieron origen y orientación a nuestras respectivas naciones: los primeros se mantuvieron fieles al ideario republicano que les marcaba el rumbo, mientras que los segundos lo trastocaron en cuanto pudieron.

    Una somera comparación entre George Washington y Simón Bolívar, por mencionar a dos reconocibles padres fundadores, permite ilustrar hasta qué punto las concepciones políticas entre el norte y el sur del continente diferían en lo esencial: las formas del ejercicio del poder.

    El primer presidente de Estados Unidos se empeñó en la consolidación de un modelo de república federal moderna, enfatizando en la condición indispensable de la alternancia gubernamental; Bolívar defendió siempre la necesidad de un poder personal y vitalicio que garantizara el orden y la estabilidad, reduciendo al mínimo la fragmentación y las luchas intestinas.

    Washington, paradójicamente, heredó a sus sucesores un sistema político funcional, que con el tiempo logró librarse de los efectos más perniciosos de las pugnas facciosas y mantuvo la unión de sus estados incluso después de su única gran Guerra Civil. Por si fuera poco, nadie, en dos siglos y medio, se ha perpetuado en la Casa Blanca.

    ¿Es posible decir lo mismo del sueño de Bolívar? No, evidentemente. Las guerras internas y vecinales han marcado la trayectoria de la América hispana, y los dictadores han brotado como hongos en la práctica totalidad de nuestras naciones. Nada de esto lo deseaba, por cierto, El Libertador, que procuró establecer una urdimbre de contrapesos para evitar el absolutismo, pero su noción de entronizar liderazgos de por vida –fuertes, respetados y teóricamente sabios– echó raíces en el subconsciente colectivo sudamericano mucho más que el ejemplar republicanismo del norte. Los resultados están a la vista, a ambos lados de la frontera entre Estados Unidos y México.

    Otra razón por la que conviene estudiar la profunda antropología escondida en las ideas que conformaron América del Norte es su contraste con el victimismo tan arraigado en el sur. Cuando los niños estadounidenses recitan de memoria, en sus salones de clase, el segundo párrafo de la Declaración de Independencia, están sosteniendo “como evidentes por sí mismas” unas “verdades” que expresan igualdad, primado de la vida, sentido de libertad y derecho a buscar la plenitud. Entienden que los gobiernos se instituyen para garantizar la protección de estas aspiraciones, no para impedirlas, y si fallan en tan loable misión el llamado que reciben los gobernados es tajante: deben poner fin a esos mandatos.

    Si el poder tiene un uso específico, su abuso es intolerable. Y quien detenta el poder, el pueblo, jamás será su víctima. De México a la Patagonia, en cambio, una aguda percepción tercermundista se ha adueñado de nuestro inconsciente colectivo. Con ella miramos al pasado para sentirnos mártires de cada tramo histórico y de cada potencia mundial. También con ella hemos erigido “héroes” que en realidad no lo fueron y “villanos” a los que recurrimos para esquivar el espejo.

    El tercermundismo –vocablo que la Real Academia de la Lengua Española registra como “doctrina política” en una de sus acepciones– surgió para ofrecer opciones discursivas al vacío teórico que los pioneros del estatismo enfrentaban a mediados del siglo XIX. Estos “brillantes” pensadores nos legaron, a manera de epidérmico silogismo, los siguientes enunciados: ¿Hay países pobres y naciones prósperas? Sí. ¿Las naciones prósperas, en algún momento de la historia, colonizaron a los países que hoy son pobres? Sí. Entonces, los únicos causantes del subdesarrollo de los países pobres… ¡son los países ricos! (Aplausos).

    Precariamente combatida, la falacia tercermundista se aferra a nuestra muy humana urgencia de justificaciones. Nos reafirma en que existen potencias (España, Inglaterra, Estados Unidos), clases sociales (la burguesía) y ciertas personas (los empresarios, los explotadores, los dueños del capital) a quienes podemos echar la culpa de todos nuestros males. Y con estos simplismos gravitando en el ambiente, el marxismo y otras ideologías se abrieron paso a zancadas en Hispanoamérica, al punto que incluso la violencia, con el honorable título de “partera de la historia”, fue reivindicada.

    Eso no ocurrió en Estados Unidos. Allá el ciudadano promedio crece con una sana idea que el poeta William Ernest Henley supo poner en musicales versos: “Soy el amo de mi destino. Soy el capitán de mi alma”. (I am the master of my fate. I am the captain of my soul).

  • MINSAL dice 96.6%, la OMS dice 71%: la brecha de datos que pone en duda la protección contra el sarampión en El Salvador

    MINSAL dice 96.6%, la OMS dice 71%: la brecha de datos que pone en duda la protección contra el sarampión en El Salvador

    El Salvador acumula 47 casos de sarampión en 2026, todos clasificados como importados, entre las Semanas epidemiológicas 1 y 26 (4 de enero al 4 de julio de 2026). Según el MINSAL, los casos se localizaron en siete departamentos: San Salvador, San Miguel, Santa Ana, La Libertad, Ahuachapán, San Vicente y Usulutan. Es importante conocer que el origen de estos contagios proviene principalmente de Guatemala y Mexico, y que el país no reporta un contagio autóctono (transmisión local) desde 1996 (hace casi 30 años).

    El ritmo de aumento de contactos ha sido importante (de 11 a 47 casos en tres meses), por lo que el MINSAL mantiene una campaña especial de vacunación iniciada el 10 de abril, dirigida a menores de 6 a 11 meses (dosis cero) y personal de salud, además del esquema regular a los 12 y 18 meses.

    Causado por el virus del sarampión, se transmite por vía respiratoria (gotículas y aerosoles) y es una de las enfermedades más contagiosas que existen: R0 de 12 a 18 (una persona infectada contagia entre 12 y 18 personas susceptibles en una población sin inmunidad). El virus puede permanecer viable en el aire o en superficies hasta 2 horas después de que la persona infectada abandonó el espacio. El periodo de incubación es por lo general de 10-14 días desde la exposición hasta el inicio de los síntomas. La contagiosidad comienza 4 días antes de la aparición de la erupción y se extiende hasta 4 días después, lo que facilita la transmisión antes de que se sospeche el diagnostico. Enfermedad autolimitada y leve en la mayoría de los niños, pero que puede complicarse en 30% de los casos en menores de 5 años, y causar la muerte por neumonía o trastornos cerebrales por una encefalitis aguda.

    Situación epidemiológica actual (2025-2026)

    La región de las Américas registró un salto de 32 veces en casos confirmados en 2025 (14,891 vs. 466 en 2024), con brotes en 57 países a nivel global reportados en el mismo período. El virus ha acelerado su circulación en el continente americano debido principalmente a las bajas coberturas de vacunación experimentadas por muchos países durante la pandemia.

    ¿Existe peligro de brote autóctono en nuestro país?

    UNICEF y la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicaron un reporte el 15 de julio de 2026 sobre estimados de cobertura de inmunización nacional (WUENIC 2025 revision). Dicho reporte sitúa a El Salvador con una cobertura de 1ª dosis de sarampión (MCV1) al 98%, y una segunda dosis (MCV2) al 71%. Estos datos en contraposición con los reportados por el MINSAL, que reporta coberturas para el 2025 de 98.4% para la primera dosis y 96.6% para la segunda dosis, señalando el MINSAL que se esta cumpliendo con las recomendaciones de mantener a la población inmunizada arriba del 95%.

    Es más, en varias ocasiones el señor ministro de salud ha reiterado que la razón del porque nuestro país solo es afectado por casos importados es precisamente por estas altas coberturas de inmunización. Ahora resulta que organismos internacionales como UNICEF y OMS contradicen la cifras del MINSAL. Datos reales, no un escenario hipotético. Y viendo la serie histórica, el 71% en MCV2 no es un evento aislado: se ha mantenido estancado en 71-72% desde 2022 (72% → 71% → 71% → 71%), mientras que MCV1 se ha recuperado con fuerza tras el bajón pandémico de 2020 (84%) hasta llegar a 98% en 2025.

    ¿Cuáles son las implicaciones para la población de nuestros niños estas discrepancias de información?

    Con una cobertura nacional como la reportada por los organizamos internacionales la inmunidad poblacional efectiva seria de aproximadamente 90-92%, lo cual estaría bajo el umbral del 95%, necesario para la inmunidad de rebaño contra el sarampión. El Salvador tiene un nivel de protección insuficiente para inmunidad de rebaño, con riesgo real de brotes si el virus se introduce (como ya ocurrió con los casos importados de 2024-2025 desde Guatemala/México). El problema no es la captación inicial —MCV1 va muy bien— sino la retención al esquema completo: algo está fallando en que los niños vuelvan a los 2 años por su segunda dosis, y esto lleva 4 años estancado.

    El sarampión es una enfermedad viral altamente contagiosa (R0 12-18) que exige coberturas de vacunación ≥95% con esquema completo (2 dosis) para lograr inmunidad de rebaño y evitar brotes. En El Salvador, los datos oficiales de UNICEF/OMS (WUENIC 2025) muestran una captación excelente de la primera dosis (MCV1: 98%) pero una retención insuficiente para la segunda (MCV2: 71%), estancada en ese nivel desde 2022. Esto deja una inmunidad poblacional efectiva de aproximadamente 90-91% — por debajo del umbral de protección colectiva — y coincide con el patrón regional que ya produjo un aumento de 32 veces en los casos de sarampión en las Américas durante 2025.

    La prioridad epidemiológica no es promover la vacunación inicial, sino cerrar la brecha de finalización del esquema, asegurando que los niños que ya recibieron la primera dosis regresen a los 2 años por la segunda.

     

     

     

  • La profesión de la Medicina en El Salvador

    La profesión de la Medicina en El Salvador

    Me atrevo a escribir sobre el mundo de la medicina; ya que, he visto en mi casa cómo una de mis hijas, Emilia Clementina, se fue formando poco a poco en las ciencias médicas. Antes de ir al ruedo para dejar un impacto significativo en la humanidad, los futuros galenos deben prepararse. En esos largos ocho años de carrera universitaria se enfrentan con vicisitudes que ya les había comentado un graduado. Deben estudiar sin importar horas de desvelo, realizan las prácticas educativas con entusiasmo; ya que saben que eso les servirá para ser profesionales de respeto.

    El pasado 14 de julio se conmemoró en El Salvador el Día del Médico, fecha relevante para todos los galenos, para los que forjaron la tarea de ayudar a la sociedad gracias a la medicina. Una carrera que no es fácil de estudiar. Como toda profesión, se necesita tener agallas y perseverancia para lograr llegar a la meta esperada.

    En El Salvador han estudiado muchos médicos, los cuales han puesto el nombre del país en alto. Cada quien con su especialidad se formó en las diferentes aulas de las universidades salvadoreñas y luego, se especializó acá o partió a otros países a continuar preparándose.

    Ser médico es una vocación, es un don, es una carrera en donde se forma a un ser humano excepcional. Es el que ayuda al prójimo sin esperar recompensas, más si ejerce la profesión en lugares paupérrimos. Por esa razón, deseo destacar el profesionalismo de un paisano originario de Tacuba, me refiero al Dr. Arturo Romero López, quien fue uno de los fundadores del Colegio de Médicos de El Salvador. Incursionó también en el mundo de la política y estuvo cerca de ser presidente de El Salvador. Sin embargo, lo que se lee de su labor como médico es lo que hizo en Costa Rica.

    En publicación que realicé en La Prensa Gráfica (25 de septiembre de 2025) “El trabajo altruista y humanitario del Dr. Romero va más allá de la medicina, pues no solo curaba enfermedades, sino que también inculcaba la necesidad de mejorar las condiciones de vida, llevar salud a los más desprotegidos y denunciar injusticias. En Costa Rica tuvo la oportunidad de ser reconocido por su corazón noble y altruista. Su misión fue llevar a comunidades rurales unidades móviles de salud. Curaba gratuitamente a muchas personas de escasos recursos económicos. En la Universidad de Costa Rica le entregaron el título de Profesor Honorario en la Facultad de Educación, por haber sido un maestro ejemplar, enseñando en aulas universitarias, escuelas públicas y comunidades. Lo consideraron ilustre, magnífica persona y hombre de generosas actitudes de servicio humano”.

    ¿Se ha puesto a pensar cómo es la vida de un médico? Al principio es un mundo lleno de valladares, desde el momento que se forma en las aulas universitarias, luego, irá aprendiendo de sus superiores para saber que es necesario tratar de llegar a la perfección para poder ejercer su profesión. Ya que, en cualquier campo de la medicina, se necesita una ardua preparación, horas de desvelo, libros devorados, bibliotecas físicas y virtuales visitadas, etc.

    Es importante recalcar el Juramento Hipocrático que realizan los médicos antes de graduarse, el cual simboliza: ser ético, no causarle daño al paciente, sigilo profesional y tener vocación de servicio. El profesional de la Medicina viste esa bata blanca y se convierte en un héroe cada vez que ayuda y salvar una vida. Loor al que cada día brilla con su talento e intelectualidad y brinda sanidad a los seres humanos.

    En alguna unidad de salud, hospital o en clínica privada, un profesional de la medicina está ejerciendo su profesión. Atrás dejó el camino de la formación, actualmente atiende a cada paciente como médico general o en su especialidad estudiada. Quisiera saludar a todos los doctores que he conocido, la lista se me hace larga; sin embargo, mencionaré a algunos: Erick Melgar, Guillermo Toledo López, Niyme Pantoja de Toledo, Guillermo Aristondo, etcétera.

    * Fidel López Eguizábal, Docente e investigador Universidad Nueva San Salvador

    fidel.lopez@mail.unssa.edu.sv