Categoría: Opinión

  • Dictadura y totalitarismo

    Dictadura y totalitarismo

    Hace unos días en una reunión entre amigos uno de los asistentes comentó que en su opinión, dictadura y totalitarismo eran sinónimos, lo que generó una apasionada discusión que motivó esta reflexión que hacía tiempo estaba por hacer, puesto, que se aprecia, que no son pocos los confundidos con ambos términos.

    Primero, son conceptos con más de 2,000 años entre sus orígenes, sin embargo, tendemos a usarlos indistintamente como si fueran similares, he escuchado calificar al régimen venezolano de totalitarismo y los cubanos decir la “dictadura de los hermanos Castro”, así, que sin ser un teórico o algo que se le aproxime, incursiono en los textos y mis vivencias, porque los libros, aunque son fundamentales, les aseguro que los miedos y las consecuencias de tener al verdugo viviendo en el vecindario, son abrumadoras.

    La dictadura, nos viene de la República de Roma, era una función de gobierno legal y temporal que designaba, al menos, en teoría, el Senado, siendo el abuso de la encomienda la que condujo a su conversión a un gobierno injusto, sin leyes ni final, ajeno a la voluntad popular.

    Tal vez sea muy espinoso definir el tiempo y lugar de la primera dictadura como las conocemos en la actualidad, más peliagudo aun, identificar al pionero que se adjudicó el título, ese, que lejos de la toga pretexta, fuese en taparrabos o esmoquin, se dijo a sí mismo y a los demás, en un machismo delirante, el hombre soy yo.

    Dictadores han existido de todos los pelajes. Militares, civiles, religiosos y por supuesto, los insurreccionales, todos, siempre gustosos con el adjetivo de revolucionario, un término al que cada quien le aplica su contenido preferido como se aprecia en Cuba, ejemplos: Fulgencio Batista calificó de revolucionario el golpe militar del 10 de marzo de 1952 y Fidel Castro, distinguió el ataque al cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 de la misma manera.

    El totalitarismo es mucho más reciente que la dictadura, otro invento europeo que evidencia que del viejo mundo nos han llegado cosas muy buenas junto a muchas desastrosas como los temas que estamos abordando, aportes culturales que compiten con la vesania de muchos de nuestros caciques.

    El totalitarismo, según Hannah Arendt, la persona más versada en el tema, surgió en 1922 en Italia, con Benito Mussolini al formular su visión de gobierno, “todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”, propósito que repite Fidel Castro cuando le dice a los intelectuales en la universidad de La Habana, en junio de 1961, “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”, expresión que los cubanólogos de la época entendieron que se dirigía exclusivamente a la cultura, cuando en realidad lo que hizo fue marcar a Cuba como su territorio, como verdadera bestia que fue. Sin embargo, considero que el pionero del pensamiento totalitario, el que primero hizo pública esa intención fue Luis XIV, cuando expresó en pleno parlamento en París, en abril de 1655 con apenas 16 años: “El Estado soy yo”.

    Hanna Arendt afirma que el totalitarismo trata de dominar al ser humano desde su interior, mediante la destrucción de su manera de pensar libremente, a la vez que destruye la vida pública de sus súbditos, mientras, establece mecanismo de control social, como el terror total, que se expresa por medio de una constante agresividad contra la población en general, no solo contra la oposición; la propaganda masiva o totalitaria y el uso de la ideología para dar respuestas a las inquietudes de los gobernados.

    Es una propuesta que lo abarca todo, el Estado ejerce un control absoluto o altamente restrictivo sobre la propiedad, eliminando o subordinando los bienes ajenos a los intereses del sistema, simultáneamente, mientras el centro de poder muestra estabilidad, los elementos que le circundan están en constante movimiento, son inestables. No obstante, el más afectado por el totalitarismo es el ser humano. El daño que sufre es espantoso y altamente contagioso.

    Tanto las dictaduras como el totalitarismo generan violencia y maldad, ambos, incurren en crímenes horrendos, son profundamente corruptas, sin embargo, el único sistema que es absolutamente depredador es el totalitarismo, tanto, que condujo a nuestra ilustrísima pensadora a escribir sobre “la banalidad del mal”, donde un sujeto común y corriente devasta en su entorno cumpliendo órdenes sin pensar en sus consecuencias, tal y como ha sucedido en Cuba durante estas últimas décadas.

  • Hacia una humanización de la educación (III)

    Hacia una humanización de la educación (III)

    Se ha analizado a Freire, Antonio Pérez Esclarín, Delors y otros pedagogos o conocedores de la educación. En este último acercamiento con esa humanización que se necesita, tanto en hogares como en las escuelas, es importante que también se analice cómo se encuentra la sociedad.

    Hace poco escuché a unos locutores hablar sobre el tema de la deshumanización de los seres humanos, en donde incorporaron el ejemplo cuando un niño recién nacido era llamado “producto vivo”. En la conversación de los locutores, un radioescucha les habló y, según un doctor, ya no se les dice así a los recién nacidos.

    Volviendo al entorno escolar, se han producido muchas películas, libros, talleres y congresos en donde se abordan las diferentes pedagogías que han ido desfilando a través de la historia. No obstante, conviene analizar el comportamiento de los estudiantes. Es como si tuviésemos un aparato que midiese la bondad, la empatía e inteligencia emocional.

    El estudiante, a quien hay que pulir como una piedra, actualmente ha ido perdiendo respeto hacia los maestros, ha ido deshumanizándose. No respeta a los docentes; si el maestro les corrige, rápido van a la dirección a dar queja. Y, para terminar de ponerle la cereza al pastel, el siguiente día llegan los padres de familia a la escuela y colegio a despotricar contra el docente. Esa mal llamada generación de cristal está cada día minando el trabajo de los docentes. Eso lo escucho de muchas voces.

    Existe una infinidad de pedagogos, quienes nos brindan de una u otra forma estrategias, guías, métodos para llevar el proceso enseñanza-aprendizaje a los estudiantes. Empero, es primordial que cada docente, quien sabe de pedagogía y didáctica, sea el arquitecto para poder formar a seres humanos excepcionales.

    Y, recalco que es de suma importancia que se impartan asignaturas de urbanidad y civismo hasta en las universidades. Lógicamente, es lo que desde el hogar se debe enseñar. El padre de familia debe ser el guía, el que amolde, el que sepa guiar el destino de sus descendientes.

    Una escuela, no importa sus precariedades, debe tener un director y maestros que inculquen valores. Eso es lo que pretende la nueva ministra de Educación: inculcar orden, respeto y disciplina. Que es parte de la urbanidad y el civismo.

    —La humanización de la educación va más allá de llenar cuadernos y estar sentados enfrente del maestro aprendiendo. Es de saber que la sociedad necesitará de personas comprometidas en tener un mundo mejor—.

    La misma sociedad debe humanizarse para ser ejemplo para los niños y jóvenes. En la escuela está abierta la oportunidad aprender de todo. Está en las manos de los maestros en enseñar también a los estudiantes a saber vivir y convivir. No importa si es una escuela pobre o un colegio bilingüe. Son seres humanos a los que se les debe moldear. Se les debe hablar de altruistas, de personas que dejaron un gran legado en la humanidad, no por su dinero, sino por su bondad y calidad humana.

    Parafraseando a Edgar Morin en su obra Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, se destaca la deshumanización con la educación, en donde no se debe ver al estudiante como una calificación, sino como un ser humano, y prioriza la tecnología sobre las relaciones humanas. Además, la deshumanización ignora los valores, las emociones y la ética.

    Lo anterior es lo que se está percibiendo con los avances de la tecnología. La IA, al no saber utilizarse, está haciendo que la educación se deshumanice. En conclusión, en el contexto salvadoreño, el ideal de los maestros Francisco Gavidia y Alberto Masferrer era transformar al ser humano en seres de bien. Por lo tanto, la enseñanza no debe perder su esencia, los salvadoreños que asistieron a la escuela recuerdan a los maestros que les aconsejaron, que les dieron las bases para triunfar en la vida. Se ha analizado, tanto a los maestros como a los estudiantes.

    *Fidel López Eguizábal, Docente e investigador Universidad Nueva San Salvador

    fidel.lopez@mail.unssa.edu.sv

     

  • ¿Paciencia?

    ¿Paciencia?

    Esta es, según el diccionario, la capacidad de las personas para “soportar algo molesto o penoso sin alterarse”. ¿Podríamos decir que el pueblo salvadoreño es paciente? Esta interrogante surge alrededor de la reciente conmemoración del Día internacional de las víctimas de desapariciones forzadas; la Organización de las Naciones Unidas lo declaró como tal en diciembre del 2010. Así, anualmente, cada 30 de agosto se les rinde homenaje en el mundo. Pero en El Salvador, ¡no! Al menos oficialmente, porque las familias destrozadas por esa crueldad cometida contra sus seres queridos no cesan de recordar y exigir la verdad sobre lo ocurrido, además de reclamar el merecido castigo de sus responsables junto a la debida reparación por los daños que les causaron de por vida. En nuestro país, ahora controlado por Nayib Bukele, el clamor de estas para dedicar esa fecha en honor de dichas víctimas no ha tenido eco ni antes ni hoy.

    Por eso, en esta época siempre viene a mi memoria aquella orden secreta que dio el 7 de diciembre de 1941 Adolfo Hitler –uno de los mayores genocidas en la historia de la humanidad– con el propósito de deshacerse de quienes consideraba una amenaza para el nazismo. Dicha aberración fue conocida como “Noche y niebla”; en realidad, formal y eufemísticamente se trataba de las “Directivas para la persecución de las infracciones cometidas contra el Reich o las fuerzas de ocupación en los territorios ocupados”. Para este déspota criminal, la prisión y la cadena perpetua eran “signos de debilidad”. Había que ser más contundentes a la hora de sembrar el “terror eficaz y prolongado”; ello, únicamente se lograría con la pena de muerte de “los culpables” o manteniendo “a la población en la incertidumbre sobre la suerte” de las personas secuestradas.

    Pues así como ocurrió allá en aquella época, acá en El Salvador nuestra “noche y niebla” comenzó en enero de 1932. Al menos esa es la información que tengo. Se suele hablar de “la matanza” de decenas de miles de víctimas, pero siempre estuve convencido de que esta no solo incluyó asesinatos; sin pruebas, ciertamente, he creído que también hubo personas indígenas y campesinas desaparecidas por la fuerza. No sé si ello ocurrió en sintonía con los propósitos del Führer o simplemente como parte de la barbarie consumada entonces por las fuerzas gubernamentales comandadas por el general José Tomás Calderón, alias “Chaquetilla”, cuando aplastaron el desesperado y suicida levantamiento popular que tuvo lugar debido principalmente a ‒en palabras del historiador y catedrático Héctor Lindo‒ “la agudeza de los problemas sociales”. La paciencia de la gente se agotó y estalló aquella “bomba de tiempo” social.

    En tal escenario, tres indígenas cuyos nombres han sido resguardados aunque no sus edades –tenían 65, 48 y 45 años– fueron desaparecidos por integrantes del ejército en el entonces municipio de Nahuizalco, departamento de Sonsonate. Según sentencia de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia, la que arbitrariamente destituyó Bukele el primer día de mayo del 2021, la soldadesca los amarró y se los llevó con rumbo desconocido. Nunca más se supo de ellos. El de mayor edad había ganado la elección municipal en dicho poblado, pero tras su desaparición forzada obviamente no asumió el cargo. 

    Sus familiares demandantes pretendieron activar un recurso de exhibición personal; por lo general, este sirve ‒hoy solo teóricamente en nuestro país‒ para ubicar a quien le han violado sus derechos a la libertad, a la integridad personal y a la seguridad física. Con muy buen tino, dicha solicitud fue declarada improcedente por la autoridad judicial que ordenó tramitarla como demanda de amparo. Era imposible que estuvieran vivos después de más de 80 años de su desaparición forzada; pero eso no debía impedir hacer valer sus derechos a la verdad, a la integridad personal y ‒eventualmente‒ a la identidad cultural del pueblo indígena al que pertenecían las víctimas. Quién sabe qué habrá pasado con este reclamo, tras la ilegal destitución de los magistrados que así fallaron.

    Más adelante, durante las décadas de 1970 y 1980 principalmente, en la preguerra y la guerra se desarrolló la práctica sistemática estatal de la desaparición forzada de personas por razones políticas; también de la guerrilla, la Comisión de la Verdad recibió denuncias al respecto. Luego se vino el accionar de las maras y sus innumerables víctimas. Y oficialmente nadie buscó ni busca, nadie respondió ni responde, nadie consoló ni consuela a las familias dolientes. Bien canta Guillermo Briseño que “la paciencia es un recurso natural no renovable”. Y la de nuestra sufrida gente, ¡ojo!, puede volver a desaparecer.

  • La falta de civismo y autoridad en las escuelas

    La falta de civismo y autoridad en las escuelas

    A un alumno de la universidad, seleccionado a azar, le pregunté quién era el autor de la Oración a la Bandera salvadoreña y con toda seguridad me respondió que Rubén Darío. Inmediatamente le dije que no y  les pedí a los 37  estudiantes restantes  que escribieran el nombre correcto del autor en un pedazo de papel y me lo hicieran llegar. De los  37 estudiantes solo tres respondieron correctamente, David Joaquín Guzmán, los demás mencionaron, entre otros, a Roque Dalton, José Matías Delgado, Juan José Cañas, Juan Aberle, Alfredo Espino, Maximiliano Hernández Martínez, Alberto Masferrer, Miguel Ángel Asturia, Juan Ramón Jiménez, Claudia Lars, Pablo Neruda, Paquito Palavaccini, Farabundo Martí, David Escobar Galindo, Álvaro Menen Desleal y hasta hubo quien respondió Álvaro Torres.

    Los alumnos de segundo semestre universitario, cuyas edades oscilan entre los 17 y 20 años, estudiaron en diversos centros educativos privados o nacionales, y aparentemente a ningún docente se le ocurrió recalcarles que David Joaquín Guzmán, en 1916, ganó un concurso literario convocado por el entonces Ministerio de Instrucción para componer la Oración a la Bandera Salvadoreña. sin embargo, fue por decreto legislativo de 2001 que se reformó el Artículo 18 de la Ley de Símbolos Patrios de 1972, para que dicho poema cívico tuviera reconocimiento oficial como símbolo patrio de la República de El Salvador.

    Que mis estudiantes no supieran quien era el autor de la Oración a la Bandera Salvadoreña no me genera tanta incomodidad, como algunas situaciones que percibí en la plática que tuve con ellos el primer día de clases. Resulta que ninguno de ellos había recibido algún castigo de sus profesores siendo estudiantes de educación básica y media, lo cual no debió ser así, pues algunos confesaron que se salieron de clases para irse a ver partidos de fútbol de la Champions, otros aseguran que participaron en pleitos a puño limpio contra otros compañeros, algunos llevaban ropa para cambiarse e irse de “joda”, señoritas que se maquillaban en plena clase, algunos que se dedicaban en clase a hacer videos para subir a las redes sociales, otros que organizaban competencias para ver quienes fastidiaban más al profesor de turno, otros que llevaban cigarrillos y hasta licor y drogas, etc.

    Ninguno de los estudiantes había barrido a trapeado el salón de clases. Cuando les conté que en mis tiempos de estudiante de básica los estudiantes éramos los responsables de la limpieza del aula y sus alrededores lo vieron como algo extraño o producto del “mundo cavernícola”. Pues si, los alumnos aprendimos sobre la importancia de cuidar las cosas y la relevancia de la limpieza, siendo los responsables de asear  el aula y los pasillos. Los profesores hacían un calendario y nos distribuían a los alumnos para que un día a la semana o cada quincena hiciéramos la limpieza bajo su supervisión. Ese día llegábamos un poco más temprano para sacudir, barrer, trapear, ordenar los pupitres, asear la pizarra y garantizar que en el patio y los alrededores todo estaba limpio.

    A los alumnos nos hacían hacer fila para entrar al salón y nos revisaban los zapatos, el uniforme, las uñas y el cabello para saber si íbamos bañados y ordenados. Las niñas no podían maquillarse, so pena de ser castigadas. Los castigos por pelear o demostrar cualquier tipo de conducta anómala, desde llegar tarde o levantarle la voz a nuestros compañeros y profesores hasta portarnos mal, eran plantones a cielo abierto, cientos de líneas, reglazos y  expulsiones con la obligación de regresar a le escuela con nuestros padres o responsables. Generalmente el castigo se duplicaba o triplicaba en nuestros hogares porque a los maestros se les respetaba,

    Nadie de mis excompañeros se queja de  nuestra vida escolar, al contrario atesoramos esos recuerdos y agradecemos a nuestros maestros por habernos inculcado valores y enseñarnos con mucha disciplina. El sistema educativo de entonces priorizaba la enseñanza y el fomento de valores. Nos dejaban ser niños y adolescentes, pero nos inculcaban el respeto hacia lo demás. Por eso nuestras travesuras escolares eran sanas y hoy tienen mucha relevancia en nuestra añoranzas  infancia y adolescencia.

    Los lunes de todo el año lectivo, no solo en septiembre, practicábamos el civismo y el amor a la patria. Nos formaban en fila y en orden nos dirigíamos al acto cívico, cada vez organizado por diferente grado.  Era la mejor forma de generar esa sensación de ligamen y pertenencia a nuestra patrita. Precisamente cuando iba a segundo grado, siendo el alumno de más tierna edad y relativamente muy inteligente, me escogieron para que el 15 de septiembre recitara la Oración a la Bandera Salvadoreña, la cual me la aprendí, con la guía de mi mamá, en menos de una semana. Todos los días la practicaba en mi casa y en el aula. Llegado el momento, con el miedo escénico de un niño, la recité de corrido y sin pausas para que el público repitiera.

    Hoy me parece lejano aquel sistema educativo. El civismo y el respeto a los maestros pasó a segundo plano. A alguien se le ocurrió eliminar los lunes cívicos y con el marco normativo de los Derechos de la Niñez, el sistema educativo eliminó los castigos, Inclusive, algunos maestros han sido sancionados y hasta despedidos, por haber tratado de sancionar a los alumnos mal portados. Algunos alumnos y padres de familia amenazan a los profesores con denunciarlos si se atreven a castigar, incluso si se atreven a regañarlos.

    Eliminadas las facultades que tenían los maestros para sancionar las malas conductas, las pandillas fueron encontrando un “caldo de cultivo” para sus nocivas intenciones y lograron reclutar a  muchos niños y adolescentes. Este fue un factor, entre muchos, que contribuyó  a ese cáncer nocivo de la sociedad,

    Ahora está en boga la manipulación de conciencias (especialmente de  niños y adolescentes, a veces hasta con el consentimiento de padres de familia irresponsables e indolentes) debido al mal uso de las redes sociales. Desde los Therians, pasando por lo que actúan según se perciben, hasta los que promueven el sinsentido de “farmear aura”  inician en los hogares y siguen en los espacios de los centros educativos, donde los maestros no pueden intervenir por miedo a sanciones y represalias. “Le dije a un grupo de estudiantes que dejaran de hacer eso (”farmear aura”) y uno me amenazó con denunciarme en la Departamental de Educación por abuso de autoridad o con hacerme un video y subirlo a las redes sociales como maestra represiva” me contó una profesora de tercer ciclo de un centro escolar capitalino.

    El Estado debe reevaluar algunas transversalidades del sistema educativo y devolver la autoridad al maestro (con las supervisiones adecuadas), debe además prohibir el uso de redes sociales y teléfonos celulares en el seno de los centros escolares, debe volver a instaurar el civismo y garantizar que los grandes consorcios que manejan las redes sociales serán rígidas con las edades de sus usuarios salvadoreños.

    Un estudiante universitario debe sentirse orgulloso de conocer la historia patria, no de haber  participado en un concurso inútil de “farmear aura”. Y es que necesitamos profesionales que sepan que el departamento se llama La Unión y no Santa Rosa de Lima, como se lo escuché hace poco a un dizque periodista deportivo que además señaló que  Cabo Verde esta estaba en Oceanía.

    *Jaime Ulises Marinero/Periodista

     

  • El libro que nunca olvidamos: aquellas lecturas de nuestros años escolares

    El libro que nunca olvidamos: aquellas lecturas de nuestros años escolares

    Hace algún tiempo, mientras revisaba unos libros antiguos, encontré uno que me hizo detenerme. No era una edición lujosa.

    Sus páginas mostraban el paso de los años y, en algunas partes, todavía conservaba aquellas señales que dejamos cuando somos estudiantes: una palabra subrayada, una esquina doblada, alguna anotación escrita rápidamente al margen.

    Lo abrí. Y ocurrió algo hermoso. Por unos minutos no estaba leyendo solamente un libro. Estaba regresando a mis años de estudiante. Creo que muchos hemos vivido alguna vez esa experiencia.

    Encontramos una obra que leímos en séptimo, octavo o noveno grado y, de repente, regresan el salón de clases, los compañeros, el maestro y hasta aquella tarea que entonces nos parecía interminable.

    El libro que nos obligaron a leer

    Seamos sinceros. Muchos de nuestros primeros encuentros con la literatura no comenzaron diciendo: “¡Qué alegría, hoy voy a leer una novela!” Fue exactamente, al contrario.

    El maestro anunció: “Para el próximo mes deberán leer este libro”. Y algunos preguntábamos inmediatamente: ”¿Cuántas páginas tiene? Queríamos saberlo todo menos la historia.

    Pero comenzábamos a leer. A veces por obligación o porque habría un examen y sin darnos cuenta, en algún momento, dejábamos de cumplir una tarea y empezábamos a entrar en otro mundo. Ese era el pequeño milagro.

    Aquellos libros siguen allí

    Cada generación conserva sus propias lecturas escolares. Algunos recordarán El Principito. Otros regresarán mentalmente a las páginas de Cuentos de barro, de Salarrué.

    Muchos salvadoreños reconocerán versos de Alfredo Espino que aprendieron cuando todavía eran jóvenes. También aparecieron Cervantes y tantos otros autores que, quizá en aquel momento, parecían demasiado lejanos.

    Pero ocurre algo curioso cuando volvemos a leerlos siendo adultos. El libro es el mismo.

    Quien cambió fue el lector.

    A los catorce años podemos leer una historia y quedarnos con la aventura. Treinta años después encontramos allí la soledad, la amistad, el miedo, la pérdida, el amor o alguna verdad sobre la vida que antes no teníamos edad para comprender.

    Los buenos libros esperan. No se molestan porque no los entendimos completamente la primera vez.

    Aquel maestro que puso un libro en nuestras manos

    También deberíamos recordar a nuestros maestros. Quizá nunca supieron lo que provocaron. Un profesor recomendó una novela. Otro leyó un poema en voz alta.

    Una maestra llevó al grupo a la biblioteca. Alguien nos dijo: “Léalo, creo que le va a gustar”. Y aquella pequeña recomendación pudo acompañarnos durante décadas.

    Como Alfredo, y después de tantos años dedicado a la educación y a la escritura, sigo creyendo que un maestro puede cambiar una vida cuando logra que un estudiante descubra el placer de leer.

    No necesita conseguir que todos amen el mismo libro. Basta con ayudar a cada joven a encontrar su libro. Ese que abre una puerta.

    La biblioteca de nuestra memoria

    Las bibliotecas escolares también tuvieron algo especial. Entrábamos buscando una tarea y muchas veces encontrábamos otra cosa. Había estantes, silencio, libros que nadie nos había pedido y títulos que despertaban curiosidad.

    Hoy los jóvenes poseen posibilidades extraordinarias. Pueden llevar cientos de libros en un dispositivo y encontrar información en segundos. Eso es maravilloso. Pero todavía necesitamos enseñarles algo que ninguna tecnología puede hacer por ellos: detenerse ante una historia y darle tiempo.

    Leer requiere paciencia. Y la paciencia también educa.

    Volver a leer aquel libro

    Por eso quisiera hacer una invitación sencilla. Busquemos alguno de aquellos libros de nuestra adolescencia. Quizá todavía esté guardado en casa. Tal vez tengamos que comprarlo nuevamente o buscarlo en una biblioteca.

    Volvamos a leerlo. No como estudiantes que necesitan aprobar un examen. Leámoslo como adultos que ya hemos conocido alegrías, dificultades, despedidas, trabajo, familia y sueños que algunas veces se cumplieron y otras veces cambiaron de camino.

    Estoy casi seguro de que encontraremos otro libro dentro del mismo libro. Una frase que antes pasó inadvertida puede detenernos ahora. Un personaje que no comprendíamos puede parecernos familiar. Y quizá finalmente entendamos aquello que nuestro maestro intentaba explicarnos tantos años atrás.

    Epílogo: los libros también crecen con nosotros

    Terminamos la escuela. Guardamos los uniformes. Los salones cambiaron. Algunos compañeros siguieron caminos distintos y ciertos maestros viven ahora solamente en nuestros recuerdos. Pero los libros permanecen.

    A veces esperan silenciosamente durante veinte o treinta años hasta que volvemos a abrirlos. Entonces descubrimos que aquellas páginas también forman parte de nuestra historia. Por eso vale la pena acercar los libros a nuestros niños y jóvenes. No sabemos cuál de ellos quedará viviendo en su memoria.

    Tal vez hoy un estudiante lea una novela únicamente porque mañana tiene examen.

    No importa. Que la lea. Puede ocurrir que dentro de muchos años encuentre nuevamente aquel libro, abra una página y sonría. Y quizá entonces comprenda lo que todavía no podía comprender a los catorce años.

    El libro de Proverbios nos recuerda: “Porque sabiduría entrará en tu corazón, y el conocimiento será grato a tu alma” (Proverbios 2:10). Hay conocimientos que aprendemos para un examen.

    Y hay lecturas que, sin saberlo, comenzamos en la escuela y terminamos comprendiendo durante toda la vida.

     

    *Alfredo Caballero Pineda, es escritor y consultor empresarial. 

    alfredocaballero.consultor@gmail.com 

  • Más allá del salario: que hará que el talento quiera quedarse

    Más allá del salario: que hará que el talento quiera quedarse

    El Salvador atraviesa un momento que obliga a las empresas a mirar el talento con otros ojos.
    El dinamismo de la construcción y del mercado inmobiliario, las nuevas inversiones, el
    crecimiento del turismo y la transformación digital generan oportunidades, pero también una
    pregunta clave: ¿tenemos las personas y, sobre todo, las capacidades necesarias para
    sostener este crecimiento?

    Los datos ayudan a dimensionar el escenario. El Banco Mundial estima que la economía
    salvadoreña crecerá 3,9% en 2025 y proyecta una expansión de 3,2% para 2026. A su vez, el
    Banco Central registra un crecimiento interanual de 4,8% del PIB en el primer trimestre de
    2026. En el mercado inmobiliario, el Centro Nacional de Registros reportó un crecimiento de
    20% hasta mayo de este año.

    Detrás de cada torre, hotel, empresa tecnológica o nuevo proyecto hay una realidad menos
    visible: personas que deben liderar, vender, negociar, innovar, aprender y adaptarse. Y allí
    aparece el verdadero desafío.

    Desde la experiencia de acompañar a organizaciones en distintos países de América Latina,
    vemos que la conversación sobre retención está cambiando. El salario sigue siendo importante,
    pero dejó de ser suficiente. Una persona puede aceptar una propuesta económica atractiva y,
    sin embargo, decidir irse si siente que no aprende, que no es escuchada, que no encuentra
    oportunidades o que su trabajo carece de sentido.

    La experiencia de distintas organizaciones demuestra que no existe una receta única. Retener
    talento no significa ofrecer los mismos beneficios para todos, sino construir una propuesta de
    valor que combine compensación justa, gestión de personas, aprendizaje, empleabilidad y una
    cultura coherente con lo que la organización promete.

    ¿Qué significa esto para las empresas salvadoreñas?
    Primero, desarrollo. En un contexto de expansión, formar talento no puede ser un beneficio
    periférico de Recursos Humanos: es una inversión productiva. Las brechas de habilidades y la
    calidad de la fuerza laboral son desafíos para sostener el crecimiento. La formación debe estar
    conectada con la estrategia del negocio y con las capacidades que el futuro demanda.

    Segundo, una gestión de personas capaz de generar compromiso. Las personas no suelen
    abandonar solamente una empresa; muchas veces abandonan una experiencia de gestión. Un
    salario competitivo puede atraer, pero no necesariamente construye permanencia. La
    autonomía, el feedback de calidad, el reconocimiento y las oportunidades de aportar valor
    pueden ser decisivos. Gestionar talento implica crear las condiciones para que las personas
    puedan crecer, contribuir y sentirse valoradas.

    Tercero, aprendizaje y crecimiento. Las nuevas generaciones no necesariamente buscan
    ascender en una estructura jerárquica; buscan aprender, asumir desafíos y ampliar sus
    posibilidades. Capacitación, experiencia práctica, mentoría y proyectos diversos forman parte
    de esa propuesta de valor. Para las empresas, esto implica dejar de pensar el desarrollo como
    una escalera y comenzar a construir ecosistemas de aprendizaje.

    Cuarto, empleabilidad futura. En una economía donde la inteligencia artificial, la
    automatización y la digitalización transforman puestos y procesos, capacitar ya no significa
    solamente mejorar el desempeño actual. Significa preparar a las personas para seguir siendo
    valiosas mañana. La formación debe combinar habilidades técnicas con pensamiento crítico,
    comunicación, negociación, adaptación y capacidad de aprender.

    Y quinto, propósito y pertenencia. El talento busca sentirse parte de algo valioso. Esto
    requiere coherencia entre los valores que una organización declara y la experiencia que
    realmente ofrece: cómo se toman decisiones, cómo se trata a las personas y qué impacto
    genera el negocio. El propósito no se comunica en una presentación corporativa; se construye
    en las experiencias cotidianas.

    El boom inmobiliario puede cambiar el paisaje de El Salvador, pero el verdadero desafío es que
    ese crecimiento también transforme las capacidades de las personas y de las organizaciones.
    Una economía puede atraer capital rápidamente; desarrollar talento requiere tiempo y
    consistencia.

    Por eso, más que preguntarnos cómo evitar que alguien se vaya, deberíamos preguntarnos
    qué estamos construyendo para que quiera quedarse.

    La retención no comienza cuando llega una renuncia. Comienza mucho antes: en cada
    conversación, oportunidad de aprendizaje, decisión de desarrollo y señal que una empresa
    transmite sobre cuánto valora a las personas.

    En definitiva, el talento no se retiene. Se construye una experiencia suficientemente valiosa
    como para que quedarse siga siendo una buena decisión.

    *Carolina Tomba es directora Corporate Solutions, ADEN Business School

  • Estados Unidos y sus compañeros de viaje

    Estados Unidos y sus compañeros de viaje

    Hace unos días mi amigo Luis Fernández, abogado, hombre de gran talento y profunda humanidad, un enamorado de la grandeza de este generoso país me envió copia de una conversación que sostuvo con una amistad de muchos años en la que ambos expresaban preocupación por el futuro de Estados Unidos, mientras se preguntaba si sus nietos tendrían que aprender el idioma chino, recomendación que no descarto, pero recibo con gran pesar.

    Después de la lectura, llegué a la conclusión que comparto las consideraciones de los dos amigos, todavía más, cuando hacen alusión a un comentario atribuido al presidente Ronald Reagan de que “la libertad se puede perder en la próxima generación” me entran escalofríos, ya que es un pronóstico que advierte del probable final de la forma de vida que nos ha conducido a un estado de bienestar imperfecto, pero más que satisfactorio.

    Luis, colocando todo en el fuego, recuerda como fueron desapareciendo los grandes imperios de la historia al involucrarse en guerras interminables, conflictos internos, irresponsabilidad fiscal más el debilitamiento de sus instituciones, dolorosas realidades que nos amenazan.

    Cierto que Estados Unidos es muy diferente a los imperios del pasado, su sentido de la solidaridad, su comprensión de las diferencias y hasta su uso de la fuerza que no comprende la ocupación de los más débiles, sino en promover cambios que favorezcan mejores condiciones de vida, es distinto. No obstante, siempre es un poder hegemónico que contraría intereses, incurrirá en injusticia y cosechará enemigos.

    La charla entre Luis Fernández y su amigo fue realmente interesante y ruego porque sus preocupaciones nunca se hagan realidad, pero, creo firmemente, que el ciudadano medio estadounidense debe asumir conciencia de lo que tiene y puede perder, si no toma una activa y responsable participación en la gestión pública.

    Temo que la falta de atención a los valores tradicionales de la nación, entre los que destacan la tolerancia, el respeto a las diferencias, la libertad individual e igualdad de oportunidades, cualidades que todos deberíamos cultivar, no se acatan como en el pasado, además, se aprecia un serio deterioro en el respeto al trabajo, en la búsqueda del progreso, condiciones que hicieron notable este país, atributos que lo ha alejado siempre de purgas y gulags, al estilo soviético, factores que conduce inexorablemente a tener nietos pobres, de abuelos que fueron ricos que tuvieron hijos parásitos.

    Terminado el comentario sobre la conversación de mi amigo Luis quiero señalar que también me alarma la inclinación de algunos sectores de la política estadounidense al populismo más ramplón, una particularidad que conduce a los pueblos a una confrontación en todos los campos, que desgarra a los países profundamente, situación sobre la cual Alexis de Tocqueville advirtió en su obra “La democracia en América” al escribir que el mayor peligro para el futuro de Estados Unidos no vendría de una invasión externa, sino de fracturas internas y de un nuevo tipo de despotismo.

    Le temo a los extremos, sean de derecha o izquierda, en su momento me alarmé, lo sigo estando, cuando los neoyorquinos eligieron a la alcaldía de la ciudad de Nueva York a Zohran Mamdani, igualmente me inquieta el auge en que se encuentran facciones del Partido Demócrata que se identifican como socialistas y es que no comprendo  que la utopía más fracasada en la historia de la humanidad, siga siendo,  a pesar de sus más de cien millones de muertos, incontables frustraciones y desencantos, una propuesta electoral viable porque sobran personas que eligen ser ciegas y sordas ante la realidad, como todavía hay quienes niegan que campos de la muerte como Auschwitz-Birkenau y Treblinka, muchos más, hayan existido y causado la muerte de millones de personas.

    No obstante, hay que asumir, mi madre siempre me lo dijo, los peores ciegos y sordos son los que quieren serlo, y al parecer, el mundo está lleno de incapacitados con títulos universitarios y talento para ellos mismos hacerse la soga con la que van a ser colgado, Lenin lo escribió, porque publicar un documento celebrando el centenario del nacimiento del verdugo mayor de Las Américas, Fidel Castro como han hecho los Socialistas Democráticos de América, significa que siguen atados a ideologías que destruyen la dignidad humana, propuestas, que hasta las repúblicas bananeras están dejando en el pasado.

     *Pedro Corzo es periodista cubano

  • ¿Cuánto de nuestro acceso a la salud depende de nuestra capacidad de pago, a pesar de que la Constitución la reconoce como un derecho y un bien público?

    ¿Cuánto de nuestro acceso a la salud depende de nuestra capacidad de pago, a pesar de que la Constitución la reconoce como un derecho y un bien público?

    La semana pasada estuve visitando un centro hospitalario privado de San Salvador. Mi médico ordenó una serie de exámenes de laboratorio, que nunca supe cuánto costarían hasta que me tocó pagar, $320 dólares en total. Pero también mi médico ordenó exámenes de imagen, el precio de la resonancia solamente me fue facilitada el día del examen, a pesar de que lo pregunté en varias ocasiones previas a la visita al laboratorio del hospital. El precio total de los tres exámenes (cada resonancia, fueron dos y una radiografía de tórax se paga por separado) fue de $880. Reflexionando sobre no solo el costo de estos exámenes sino de la accesibilidad financiera y la transparencia, cada día me convenzo más que la tecnología médica privada es cada vez más sofisticada, pero el consumidor tiene dificultades para saber cuánto le costará y mucho menos comparar precios antes de realizarse el examen.

    En El Salvador, el precio de un examen médico no siempre es un precio: muchas veces es una cotización. Mientras una institución pública el costo de un hemograma en $8.61 o una TAC promocional en $150, otras obligan al paciente a solicitar individualmente el precio. La falta de una estructura pública y comparable de tarifas dificulta que el paciente pueda ejercer algo tan básico como escoger dónde realizarse un examen.

    En un sistema donde el diagnóstico oportuno condiciona la posibilidad de tratamiento, la falta de transparencia sobre los precios de laboratorios e imágenes en el sector privado convierte una necesidad clínica en una incertidumbre financiera para los hogares. En El Salvador, la medicina privada ofrece una amplia red de hospitales, laboratorios y centros de imágenes. Esa diversidad puede ser una ventaja: más opciones, tecnología disponible y mayor rapidez para obtener resultados. Pero también plantea una pregunta elemental que debería poder responderse con facilidad: ¿cuánto cuesta, realmente, un mismo examen en distintos establecimientos?

    La respuesta casi nunca está a la vista. La mayoría de los proveedores, con la excepción de algunos como Pro-Familia, publican los diferentes servicios, horarios, pero no publican aranceles completos para pacientes particulares. Esta falta de información no es un detalle administrativo. Cuando un paciente necesita hacerse un examen, por lo regular esto no sucede en condiciones ideales: el paciente siente dolor, hay preocupación, una orden medica en mano, y muchas veces urgencia.

    Estoy angustiado por un evento fuera de mi control, donde otro ser humano con conocimientos y habilidades especiales toma el control total de mi salud y muchas veces de mi vida. En ese momento, llamar a cinco lugares para averiguar si una tomografía incluye contraste, informe radiológico, material, interpretación y cargos adicionales puede ser una tarea difícil. Más difícil todavía para una familia que depende de un ingreso limitado y paga todo de su bolsillo.

    En El Salvador, la salud no es simplemente un servicio que se compra en el mercado. La Constitución la reconoce como un bien público y la Sala de lo Constitucional ha establecido expresamente que el derecho a la salud está reconocido en el artículo 65. Al mismo tiempo, la Constitución protege la libertad económica y la iniciativa privada, lo que permite legítimamente la existencia de hospitales, laboratorios y centros de diagnóstico privados.

    El problema aparece cuando ambos principios se encuentran frente al paciente. Exámenes de imagen sofisticados como una resonancia magnética, pueden tener costos que limiten el acceso a una familia de ingresos modestos. En estas situaciones cuales son los deberes del estado para proteger el derecho a la salud de esta familia. ¿Facilitar el ingreso de compañías mexicanas que ganan millones de dólares a costa de nuestros pacientes?

    El costo de la salud en el ámbito privado está teniendo un boom en nuestro país, pero ¿quién lo está pagando? Esto no significa que la Constitución obligue a los hospitales privados a prestar gratuitamente todos sus servicios. Significa algo más fundamental: que la salud tiene una dimensión que trasciende al mercado. El sector privado puede prestar servicios y cobrar por ellos; pero el Estado conserva la responsabilidad de garantizar que la capacidad económica de una persona no determine, en última instancia, si puede acceder a un diagnóstico necesario. Una pregunta que todos deberíamos plantearnos es: ¿Hasta qué punto el sistema de salud salvadoreño convierte la capacidad de pago en un determinante del acceso a la atención medica?

  • Serie: Los grandes  de la Criminología: Cesare Lombroso: el padre de la Criminología. Ciento cincuenta años de su Legado

    Serie: Los grandes  de la Criminología: Cesare Lombroso: el padre de la Criminología. Ciento cincuenta años de su Legado

    Como investigador de la criminología con más de veinticinco años estudiando, aprendiendo de la ciencia criminológica he visto teorías nacer, morir, y otras relanzarse. Pero ninguna sombra es tan alargada e impactante como la de Ezechia Marco Lombroso, universalmente conocido como Cesare Lombroso. Nacido el 6 de noviembre de 1835 en Verona, Italia, este médico, psiquiatra y antropólogo alteró para siempre nuestra forma de entender el fenómeno criminal. Antes de él, la justicia castigaba puramente el acto; después de él, la ciencia comenzó a diseccionar al actor. Considerado mayoritariamente y sin discusión como el «padre de la criminología»

    El Arquitecto de la Escuela Positiva

    Lombroso arrebató el delito de las manos de los filósofos morales y lo colocó bajo el microscopio de la ciencia empírica. Su obra cumbre, L’uomo delinquente, sentó las bases ineludibles de la criminología moderna.

    Algunos de sus principales aportes transformaron la arquitectura de la justicia penal los cuales cito a continuación:

    El «Criminal Nato»: postuló la controvertida teoría del atavismo, sugiriendo que ciertos delincuentes eran retrocesos evolutivos, identificables por estigmas anatómicos específicos (asimetría craneal, mandíbulas prominentes, insensibilidad al dolor).

    Desplazamiento del foco analítico: cambió el objeto de estudio del delito (la perspectiva clásica legalista) al delincuente, obligando al sistema a considerar las raíces biológicas y sociales del comportamiento desviado.
    El rigor del método empírico: Introdujo la observación clínica sistemática, la medición antropométrica y la recolección de datos estadísticos masivos en prisiones y hospitales psiquiátricos.
    La génesis de la perfilación: Al categorizar a los transgresores en tipologías (criminal nato, loco, pasional, de ocasión, entre otros), estableció el ancestro directo del análisis conductual y la evaluación de riesgo contemporánea.
    El doctor Lombroso no trabajó en el vacío. Junto a Enrico Ferri y Raffaele Garófalo, consolidó la Escuela Positiva, proponiendo que el libre albedrío era en gran medida una ilusión y que las medidas penales debían ajustarse a la peligrosidad del sujeto, un concepto que sigue dictando las políticas de libertad condicional en la actualidad. Las palabras peligrosidad, agresividad son legado del padre de la criminología.

    En la actualidad enseñar que la forma de un cráneo dicta la moralidad es una herejía académica. El determinismo biológico absoluto de Lombroso fue refutado metodológicamente y, trágicamente, secuestrado en el siglo XX para justificar atrocidades eugenésicas. Sin embargo, su esqueleto conceptual sigue vivo y respirando en nuestros laboratorios y tribunales modernos.

    La neurocriminología contemporánea es, en muchos sentidos, una versión sofisticada de su búsqueda original. En pleno 2026, ya no medimos frentes con un compás; escaneamos cortezas prefrontales y amígdalas con resonancias magnéticas funcionales de ultra alta resolución. Investigamos marcadores epigenéticos y déficits neuroquímicos que predisponen a la impulsividad o la psicopatía. Lombroso 150 años después es fácil afirmar que no fue certero   en el dónde y el cómo, pero acertó categóricamente en el qué: la biología importa y el cerebro es la zona cero del comportamiento humano.

    Al mismo tiempo, vivimos un resurgimiento tecnológico que disputa peligrosamente con sus postulados. Los algoritmos de inteligencia artificial de análisis predictivo policial, implementados actualmente en varias policías ciudades y países, se alimentan de macrodatos y biometría para calcular el «riesgo» de un individuo. Este es el neo-lombrosianismo digital: la tentación de creer que la máquina puede detectar al criminal antes de que actúe, leyendo «señales» imperceptibles. Como criminólogos de esta era, libramos batallas éticas diarias para evitar que estos algoritmos codifiquen y reproduzcan los mismos sesgos fisonómicos y raciales que plagaron las primeras ediciones de sus textos.

    Cesare Lombroso es un grande de la criminología, uno de sus precursores, el fundador, tuvo la audacia histórica de plantear las preguntas fundamentales. Su legado no es un manual de verdades inmutables, sino el punto de inicio de una ciencia que sigue intentando descifrar el insondable laberinto del cerebro y su relación con el mal. Su audacia al arrancar el estudio del crimen de la pura moralidad para entregarlo al rigor científico. Le debemos la revolución histórica de dejar de mirar exclusivamente el delito para comenzar a comprender profunda, científica y clínicamente al delincuente. Su mayor triunfo perdurable fue enseñarnos que la verdadera justicia exige explorar primero las raíces biológicas y sociales del ser humano. Honro la vida, el legado y la pasión por la criminología de Cesare Lombroso.  Y en cada clase que imparto publico cualquiera de la colección de frases de su obra literaria.  Cada día en el mundo el nombre de Cesare Lombroso es mencionado en el mundo de la criminología, eso se llama «legado»

  • Hacia una humanización de la educación (II)

    Hacia una humanización de la educación (II)

    La semana pasada analicé al pedagogo José Martí, quien manifestó que se debe enseñar a los estudiantes sobre la realidad que los rodea. Además, hice hincapié en enseñar civismo, urbanidad y, por lógica, valores.

    En el libro Educar para humanizar, el pedagogo Antonio Pérez Esclarín manifiesta que educar no es únicamente transmitir conocimientos, sino formar seres humanos que aprendan a vivir con dignidad, solidaridad, libertad y compromiso social. A través de la educación se ayuda a construir una sociedad más justa, democrática y humana.

    Paulo Freire, pedagogo brasileño, se interesó en la educación como un acto de amor y valentía para la transformación social. Para el maestro, humanizar era como liberar al ser humano. La humanización es la vocación histórica del ser humano, mientras que la deshumanización es consecuencia de la opresión. “La educación no cambia al mundo: cambia a las personas que van a cambiar el mundo”. P. Freire.

    Con respecto a los valores, que es lo principal que deben instruir los maestros, en el video Pedagogizandola educación se enfatiza que los valores deben ser enseñados por los padres de familia, quienes también son educadores; no se debe referir a educadores solamente a los maestros.

    Entretanto, en los Cuatro pilares de la educación de Jacques Delors, en Aprender a ser, se destaca losiguiente: «La educación encierra un tesoro, busca el desarrollo integral de cada persona —cuerpo y mente, sensibilidad, sentido estético y responsabilidad— para fomentar un pensamiento autónomo y crítico”. Este pilar es el que humaniza más a los niños y jóvenes, en donde se les debe enseñar que la educación es desarrollar la espiritualidad y sensibilidad del ser humano, además de conectar el proceso enseñanza-aprendizaje con los valores.

    Tuve a mi cargo un proyecto en una universidad; les enseñé a los alumnos a ver la realidad de El Salvador. Les solicitaba que llevasen alimentos y ropa a los más necesitados. Es cierto, hay que también enseñar a pescar a los seres humanos; sin embargo, el objetivo era dar lección sobre la realidad de muchos salvadoreños. En cada entrega, los alumnos hasta lloraban al ver la pobreza, casas paupérrimas y niños desnutridos. Situación que ha ido cambiando, pero hace falta mucho por hacer.

    Un maestro, no importa si es de primaria o universitario, debe enseñar valores a sus alumnos. Debe inculcar la humanización en esas mentes. Algo que debería existir como ejemplo es que, los pocos graduados en una carrera universitaria, de aquella escuela remota, vuelvan al centro escolar de donde egresaron. Ese acercamiento será para que los niños se motiven a continuar sus estudios. El docente debe aconsejar a sus alumnos sobre la importancia de culminar una carrera universitaria y de cómo se le puede ayudar a la humanidad a resolver muchos problemas.

    Actualmente, con tantos temas centrados en la inteligencia artificial, es importante que los maestros no olviden el objetivo primordial de la educación —Inculcar valores para tener mejores ciudadanos—. Hoy en día, es cuando más se les debe hablar de valores y humanismo a los estudiantes. Tal parece que son arrastrados lentamente por las redes sociales y otras tecnologías. Según datos, aparte de tener un retroceso en la educación (véase los resultados en pruebas internacionales), han perdido sensibilidad, respeto y empatía hacia el prójimo. Van por doquier con su celular en las manos y parece que se les ha olvidado el mundo en el que habitan. Aspecto que analicé en la entrega anterior.

    La educación debe ser el pilar para transformar a los seres humanos, tanto en la casa como en la escuela se debe ir puliendo a esos seres humanos que un día serán los que transformen a la sociedad en diferentes rubros.—A través de la humanización de la educación se puede transformar al ser humano. Ese proyecto de vida debe ser la piedra angular para cada maestro—.

     

    *Fidel López Eguizábal, Docente e investigador Universidad Nueva San Salvador

    fidel.lopez@mail.unssa.edu.sv